2. Chapter 2
Reunión
En cuanto llegamos a las inmediaciones del CG de los Cruzados, todos nuestros teléfonos empezaron a vibrar y emitir avisos.
Más cacerías. ¡No se acababan nunca! Ya era bastante malo que alguna que otra Grieta trajera monstruos de otros mundos al nuestro.
Pero, desde el Cataclismo, los humanos habían vuelto a convertirse en nuestros peores enemigos y se habían vuelto expertos en invocar demonios, resucitar a los muertos, mutar criaturas y empeorar el apocalipsis más de lo necesario.
Al menos había menos cacerías de no muertos y, por lo general, solo se trataba de bestezuelas llegadas a través de las Grietas o de criaturas que llevaban un tiempo escondidas.
Desde que habíamos derrotado al Necroseñor, se habían producido muy pocos ataques o avistamientos de no muertos.
No podíamos descartar que hubiera nigromantes formando ejércitos en las sombras.
Ya había ocurrido antes. Y, si el Mentor seguía siendo un nigromante tan diestro como Candace recordaba, podía estar reuniendo una horda oscura donde no pudiéramos verla.
Había pagado una fortuna para mantener una red de espías en los suburbios y tenerlos vigilados, pero no había conseguido encontrar nada más que a algún gánster suelto reanimando ratas.
Cindy soltó un hondo suspiro. Todos lo sentimos hasta en los huesos.
—Probablemente sea un espíritu oscuro atormentando una cafetería junto a Dean Street —dijo.
—Un perro en llamas ha matado a un niño cerca del Common —añadió Brett.
—Mierda. Probablemente sea un barghest —aventuré mientras volvía a abrocharme el cinturón.
—¿No tienes una reunión? —preguntó Brett.
Hice una mueca.
—Puede esperar.
—No puedes posponer las reuniones eternamente. Jane y tú tenéis que hablar de asuntos que afectarán a todas las cacerías por los siglos de los siglos —replicó.
Quería discutir, pero tenía razón.
A regañadientes, me desabroché el cinturón.
—El espíritu oscuro puede esperar —dijo Cindy mientras yo cerraba la puerta a mi espalda—. Vamos a matar a un perro malo.
Se marcharon en el coche y me dejaron sumida en el silencio, a solas con mi fantasma.
Treth se manifestó a mi lado y me puso una mano reconfortante en el hombro.
—No pasa nada, Kat. Pueden encargarse.
Resoplé.
—Ya lo sé. Pero... no deberían tener que hacerlo.
—Eres nuestra líder —continuó Treth—. Tus responsabilidades deciden cosas mucho más importantes que una sola cacería.
Tal vez tuvieran razón. Jane y yo teníamos que reunirnos. Y yo tenía papeleo y otras tareas aburridas pero necesarias que atender. Los Cruzados podían estar agonizando, pero todavía no habían muerto.
Aun así, solté un suspiro. Con Kyong huida y tantos otros muertos o mutilados, ¿de verdad podía permitirme perder el tiempo rellenando formularios y charlando con una expolítica convertida en una recepcionista con demasiado poder?
Bueno, ya era demasiado tarde.
Subí las escaleras que conducían a la puerta del CG mientras observaba, decepcionada, cómo otra persona se adjudicaba cada cacería de la MonsterSlayer App.
El CG había sido en otro tiempo un hervidero de actividad.
Siempre había un incesante murmullo de movimiento, estallidos de risas estruendosas y cánticos de hechizos.
Era una comunidad. Una familia. Pero ahora, con todo el mundo de cacería o desaparecido, reinaba el silencio.
Resultaba incluso inquietante. Tampoco ayudaba que, antes de las batallas contra el Necroseñor y los Hijos de la Sangre, hubiéramos estado ampliando el edificio.
Ahora, las camas destinadas a cazadores jóvenes y llenos de ilusión permanecían vacías. Junto a ellas se exhibían fotografías de aquellos hombres y mujeres valientes, hasta que otros pudieran ocuparlas.
¡Pero no podía obsesionarme con aquello! Si me consumía lamentando todo lo que habíamos perdido, los sacrificios de mis camaradas quizá hubieran sido en vano. No podía permitirlo. Jamás.
Tenía que idear una estrategia. Encontrar una forma de defender mi ciudad. Y, para hacerlo, tenía que encontrar nuevos cazadores, no centrarme solo en los muertos.
Ojalá Brett se equivocara. Ojalá se pudiera convencer a la Vigilia de que luchara contra monstruos en lugar de manifestantes y policías. Pero con los fanáticos no se podía negociar. Ni siquiera con fanáticos que me adoraban a mí, por alguna razón. ¡Menuda diosa estaba hecha!
Mis pasos resonaron sobre los suelos inmaculadamente limpios del CG.
Fruncí el ceño al verlo. Ni rastro de sangre, suciedad o vísceras.
Al menos, eso significaba que nadie había regresado herido.
Pero también que ningún cazador venía a ducharse.
Estaban trabajando. Constantemente. Sin cesar.
Sin respiros entre turnos. Sin tiempo libre.
Aquello no era vida.
Pero no solo me inquietaban la ausencia de suciedad o el silencio.
Era estar sola. Por supuesto, tenía a Treth. Pero, después de lo que el Mentor le había hecho, temía por mi amigo espectral.
El Mentor podía estar en cualquier parte. Ir a cualquier parte. Podía estar esperando a la vuelta de la esquina. Podía estar sentado en mi silla.
Y, aunque no lo estuviera, había dicho que atacaría. Después de que los vampiros fueran derrotados. Y ya lo habíamos hecho. Incluso nos habíamos aliado con algunos vampiros locales más amistosos. Estaban persiguiendo a los restos de los Hijos de la Sangre en su tierra natal.
Así que ¿cuándo demonios pensaba atacar?
Y, más importante aún, ¿cómo?
Sabía que yo podía encargarme de los no muertos. Al fin y al cabo, era mi especialidad. No era una forma de derrotarme. De hacerme daño, quizá. Pero nunca de vencerme.
Sin embargo, con su capacidad de aparecer en cualquier sitio... podía ir a por mis seres queridos.
¡No! No podía pensar en eso. Solo imaginar al Mentor persiguiendo a mi tía, mi familia de acogida, mis amigos, Brett, Alex o Duer... amenazaba con aplastarme.
Tenía que encontrar una forma de detenerlo. Averiguar cuáles eran sus objetivos. Y también descubrir de qué más era capaz.
Jane no estaba en su escritorio. Probablemente me esperaba delante de mi despacho.
—¿Se te ocurre alguna idea brillante para que nos recuperemos? —le pregunté a Treth mientras subía las escaleras hasta la segunda planta.
—Bueno, mi orden solía reclutar nuevos escuderos e iniciados entre las casas nobles...
—¿Soy yo, Treth, o estás volviendo a ser como cuando acabábamos de conocernos?
—¿Perdona? —preguntó, un tanto dolido.
—Lo siento —dije en voz baja. Con sinceridad—. No pretendía ser grosera. Es solo que... ya sabes cómo es esta ciudad. Cómo es este mundo. Esperaba una idea más moderna.
Sentí que Treth fruncía el ceño.
—Lo sé, Kat... Quizá sea porque he pasado tanto tiempo con Gorgo, Arden y todos los demás. Me ha hecho recordar...
Claro. Eso lo explicaba. Treth podía entrar libremente en la Vasija. Decía que allí dentro había un mundo entero. En aquel mundo, los salones de la Orden de Albín seguían intactos y podía brindar con sus camaradas, muertos hacía mucho tiempo.
Me alegraba por él. De verdad. Pero eso no cambiaba mi situación.
Llegué a la puerta de mi despacho y vi una nota escrita con la elegante caligrafía de Jane.
—Preparativos de última hora con Troodz para la Ley de Sintiencia. Perdón multiplicado por infinito.
Para tener una caligrafía tan elegante y una actitud tan pragmática, Jane escribía como una adolescente. ¡Probablemente fuera influencia de Trudie! Era la adolescente más vieja que conocía. Había sido adolescente desde los diez años y seguía siéndolo con la misma energía pasados los veinte.
—Podría haber ido a la cacería —susurré con tristeza mientras entraba en mi despacho. Casi esperaba encontrar al Mentor sentado a mi escritorio. Por suerte, mi silla estaba vacía.
—Aún tienes papeleo que hacer —me recordó Treth, como si fuera mi asistente personal—. Y necesitas descansar, Kat.
—Ellos también.
—Y podrán descansar cuando tú estés de cacería. Pero ahora te toca sentarte a destrozarte el cerebro en vez de los músculos.
¡Preferiría perder extremidades! Pero era por los Cruzados, así que cedí.
Me senté a mi escritorio y empecé a revisar el papeleo.
Casi de forma mecánica. Sobre aquel mismo escritorio, justo delante de mí, descansaba una wakizashi.
Mi primera espada mágica. Trudie me la había regalado por mi vigésimo cumpleaños.
Pero después había caído en manos del Necroseñor y se había mancillado con la Sangre de inocentes. Entre ellos, mis amigos.
Conservaba la hoja como recordatorio. No tenía claro de qué. Pero, cada vez que la miraba, me inquietaba y me infundía ánimos a la vez.
Mis actos tenían consecuencias. E incluso una herramienta de luz podía utilizarse para el mal.
Ah, sí. Esa era la lección.
—¿Crees que Trudie y Jane tienen alguna posibilidad de ganar? —preguntó Treth, aburrido ya de verme firmar una docena de formularios. No podía decir que lo culpara.
—Por las Grietas, eso espero. Hará más difícil cazar a los licántropos descarriados, pero es un precio muy pequeño a cambio de saber que mis amigos están a salvo.
Trudie, mi amiga de la infancia y mi mejor amiga, era una licántropa. Servía diligentemente como compañera Cruzada junto a su creciente manada.
Trudie y sus lobos podían destruir un monstruo con mayor eficacia que la mayoría de los humanos, incluso que los magos. Eran brutalmente eficientes, poderosos y leales.
Aunque los vampiros y otros humanoides sobrenaturales disfrutaban de derechos humanos en Hope City, se había considerado que los licántropos eran demasiado monstruosos para gozar de semejante privilegio.
La Razón era que la mayoría de los primeros licántropos de la Tierra no habían tenido un alfa que los calmara y los ayudara a controlar la bestia que llevaban dentro.
Pero, como habían pasado casi cinco décadas desde el Cataclismo, la mayoría de los licántropos habían formado manadas organizadas.
Comunidades y familias en las que conservaban el civismo y se ayudaban mutuamente a mantener la cordura y a contener su lado bestial.