1. Chapter 1 #4
Cuando fundamos los Cruzados, fue una forma de que Cindy utilizara su licencia de caza de monstruos para permitir que el resto volviéramos al ruedo después de que un funcionario corrupto del Gobierno —sí, es algo habitual— retirase las licencias de Brett, Guy y la mía.
Pero, cuando Puretide empezó a desmoronarse y las amenazas monstruosas se volvieron demasiado grandes para que los cazadores solitarios pudieran afrontarlas, decidimos admitir a más gente.
Así nacieron los Cruzados. O, como los llaman todos menos yo: los Cruzados de Kat .
Sí, me niego a llamarlos así.
Hubo un tiempo en que los Cruzados fueron enormes.
Después de que más o menos plantara cara a un dios oscuro feérico de la pestilencia y me convirtiera en Última Luz, decenas de cazadores autónomos se unieron al grupo.
Y, cuando Puretide murió junto con su fundador, Edward Taragon, la mayoría de los supervivientes también se unieron a nosotros.
Tantos cazadores aunaron fuerzas con los Cruzados que nuestros enemigos del Consejo decidieron que estábamos formando un monopolio. De ahí las acusaciones por violación de las leyes antimonopolio. De hecho, tengo una vista por ese asunto dentro de unas semanas. ¡Qué emoción! En realidad, no.
El problema es que, mientras el resto de la ciudad esconde la cabeza bajo tierra, los Cruzados se ven obligados a afrontar solos el interminable problema de los monstruos.
Ya no hay ningún Puretide que persiga a los no muertos.
Y Drakenbane se ha vuelto cada vez más silencioso y exclusivo, y solo acepta las mayores recompensas de los clientes más ricos.
A todos los efectos, la única agencia de caza de monstruos operativa en la ciudad son los Cruzados. Lo cual da cierta validez a las acusaciones de monopolio.
¿El problema? Hemos perdido a un sinfín de hombres y mujeres valientes.
Primero, por culpa del Necroseñor y su inmenso asalto a nuestro cuartel general.
Y después, por una sucesión de atentados terroristas seguida de una gigantesca batalla culminante provocada por los Izingane Zegazi: los vampíricos Hijos de la Sangre.
Eso nos ha dejado faltos de personal, exhaustos y aún de luto por la pérdida de nuestros camaradas. Todos hemos estado haciendo turnos triples para compensarlo.
Guy niega con la cabeza y continúa.
—Necesitamos más cazadores. Sobre todo con…
Se interrumpe. Noto que todos me miran. Las palabras que nadie pronuncia retumban con más fuerza que cualquier palabra dicha en voz alta.
El Mentor viene. El nigromante que mató a mis padres, me convirtió en la Vasija, corrompió a Candace y fue el cerebro detrás de todo esto.
Dijo que se enfrentaría a mí cuando los Hijos de la Sangre dejaran de ser un problema, pero se ha mantenido relativamente callado desde que apareció en mi apartamento.
¡Ese recuerdo aún me produce escalofríos!
No sé todo lo que el Mentor es capaz de hacer.
Nigromancia, por supuesto. Pero posee alguna forma de teletransportarse de un sitio a otro.
Cindy, Pranish y todos mis conocidos magos nunca han oído hablar de ningún humano capaz de semejante magia.
Solo de unos pocos seres feéricos y demonios que existen a medias en el Entremedio.
Espero de verdad que el Mentor no sea ninguna de las dos cosas. Pero no puedo descartarlo.
Decir que estoy preocupada se queda corto. Brett y los demás comentan lo tranquila que parezco. Pero solo Candace, a través de nuestro vínculo de alma, puede sentir de verdad lo que siento.
Estoy aterrorizada, furiosa y desesperada. Y, por encima de todo, impaciente. Con la impaciencia que podría sentir un condenado en el corredor de la muerte. Deseando acabar de una vez.
Pero Guy tiene razón. Necesitamos más reclutas. Porque, incluso sin el Mentor, tenemos una ciudad que defender y no hay suficiente gente para hacerlo.
—Si al menos esos malditos justicieros dejaran a un lado estas ridículas tonterías pseudorreligiosas y nos ayudaran de verdad a luchar contra los monstruos…
—dice Cindy mientras doblamos por la calle donde Brett ha aparcado.
Su furgoneta está justo delante. Oscura, blindada y encantada hasta los topes.
Es prácticamente un TBP mágico. Después de Guy y de mí, es lo que más quiere Brett en el mundo.
Bueno, espero ir yo antes que la furgoneta.
—Resolveríamos muchos de nuestros problemas si la Vigilia se convirtiera en los Cruzados —responde Guy, coincidiendo con su mujer.
No creo que sea tan sencillo.
Brett se detiene justo delante de la furgoneta, posa una mano sobre la puerta pero no la abre.
—Ese no es su objetivo —dice sin más.
Nos volvemos hacia él. Incluso Treth.
—Su vendetta no es contra los monstruos —continúa Brett con voz fría. La voz que adopta cuando el Cuerpo de su interior asoma—. Su vendetta es contra los humanos. Mientras la gente convierta a su ídolo en enemiga, lucharán contra ella. Y no podemos hacer nada para detenerlos.
Nadie responde ni dice una palabra más mientras entramos en la furgoneta. Una presión incómoda pesa en el ambiente. Por las palabras que nadie ha pronunciado. Y por lo que implican las de Brett.
Porque, si la Vigilia lucha contra humanos en mi nombre, ¿todo lo que hace es culpa mía?