1. Chapter 1 #3
Del asiento del conductor sale un hombre barrigudo con un gesto hosco grabado de forma permanente en la cara. Su compañero aparece por el otro lado con un gesto parecido, cuya única nota distintiva son su piel más oscura y un bigote negro como una oruga.
Me dan ganas de soltar un gemido tan fuerte que alguien podría pensar que el Titán está despertando y provocando terremotos otra vez.
En lugar de eso, esbozo mi mejor sonrisa falsa y me acerco a los policías, dejando que mi espada caiga en la mano de Treth y desaparezca de la vista.
Mi truco de magia no parece impresionarlos.
Bueno, hoy en día la magia tampoco se considera nada del otro mundo.
—¡Agente Weaver! ¡Agente Makeba! Es un honor que los mejores agentes del HCPD vengan a entregar personalmente la recompensa.
—¡Déjese de kak , Drummond! —maldice Weaver, el blanco corpulento, mientras me señala con un dedo acusador.
—Acabamos de ver a un grupo de estudiantes ensangrentados y cubiertos de moratones —añade Makeba—. La agresión es un delito. Aunque usted sea Última Luz.
Weaver chasquea la lengua.
—Aunque eso no significa gran cosa para escoria como usted. Sobre todo teniendo a su colega aún huido por asesinato.
Se refiere a Kyong. Kyong, antaño un artista marcial mágico de poder discreto, tuvo que esconderse después de matar a golpes a un manifestante a principios de año.
Aunque Brett y yo salimos impunes de nuestros supuestos delitos, Kyong no consiguió escapar de la mirada sentenciosa de la ley ni de los medios de comunicación.
—Kyong es dueño de sus actos. Y un hombre muy poderoso, no lo olvide. Si quiere escapar de su justicia, nadie puede impedírselo. Y mucho menos yo —respondo.
—Tendremos que discrepar —replica Weaver con un gruñido antes de señalar las salpicaduras de sangre que aún manchan el asfalto—. Ha atacado a civiles. Los ha apaleado hasta dejarlos inconscientes. Esta vez no puede escudarse en una legislación obsoleta.
—No me hace falta. Les guste o no, estábamos salvando a esos civiles mientras intentaban montar una manifestación improvisada en medio del tráfico. Y eso después de que nos atacaran a nosotros . Habríamos estado en nuestro derecho de defendernos.
Me encojo de hombros.
—Pero, a diferencia de algunos, nosotros hemos aprendido a contenernos.
Makeba da un paso al frente, echando humo. Brett y Guy se interponen en su camino y le sostienen la mirada. Weaver le pone una mano en el hombro a su compañero y lo calma.
—Supongo que también va a decirme que no sabe nada de los justicieros que estaban aquí hace un momento. Que aparecieron, dieron una paliza a los incordios que la molestaban y luego desaparecieron. Como ángeles de la guarda borrachos.
—Usted sabe tanto como nosotros, si no más, agente —recalco el título, tratando de mostrarme respetuosa. Me sale sarcástico. ¡Maldito sea mi inagotable sarcasmo!
Weaver me sostiene la mirada en silencio, mientras Guy y Brett se enfrentan con la suya a un Makeba ya más calmado.
Por fin, Weaver se vuelve.
—Acabaremos atrapándola, Drummond. No puede huir eternamente de la ley. Esta ciudad está cambiando y usted es una reliquia de un pasado vergonzoso.
Los policías vuelven a entrar en su vehículo, derriban una papelera al dar marcha atrás y se alejan a toda velocidad.
¿Reliquia? ¡Solo tengo veintidós años!
—No les estabas diciendo exactamente la verdad, Kat —comenta Treth cuando la policía desaparece de la vista y el uso indebido de la sirena queda reducido a un zumbido lejano—. Sabes algo más sobre la Vigilia de lo que has dado a entender.
Cindy gruñe con una diversión casi irritada. Es un sonido extraño viniendo de ella. También puede oír a mi compañero fantasmal. Y verlo cuando se manifiesta a nuestro lado mientras todos emprendemos el camino de regreso a la furgoneta de Brett.
¡Me alegro de que esta maldita salida haya terminado! No recuerdo la última vez que disfruté de verdad de una cacería. Bueno, la parte de cazar no está tan mal. Lo malo son las malditas relaciones públicas que la rodean.
Antes me apetecía salir de caza durante el día.
No tenía que preocuparme de que me sorprendieran bestias con mejor visión nocturna.
Y además podía dormir por las noches en vez de merodear por las calles cubierta de vísceras.
Pero ahora las cacerías diurnas solo implican más manifestantes, más policías y más de la maldita Vigilia.
—La razón por la que no les contamos nada —responde por fin Cindy a Treth— es que deberían ocuparse de sus malditos asuntos.
Treth se detiene y niega con la cabeza, escandalizado.
—Espero esta clase de anarquismo de Kat, pero ¿de ti, Cins? Deberíamos negociar con ellos. ¡Hacer las paces!
—¿Paces? —me burlo—. Estamos siendo todo lo pacíficos que podemos. ¡Son ellos quienes vienen a por nosotros!
Cindy, normalmente la voz de la concordia y la Razón, asiente. ¡Eso debe de significar que yo estoy del lado de la concordia y la Razón!
Me vuelvo para encarar a Treth, haciendo que el grupo se detenga. Veo que algunos conductores contemplan la escena, pero no me importa demasiado. Nadie está lo bastante cerca para oírnos desde la acera.
—La Vigilia me gusta tan poco como a ti, Treth. Pero eso no significa que vaya a ayudar a entregarlos a los mismos capullos que quieren vernos entre rejas.
Treth reflexiona sobre lo que he dicho. Me irrita la perpetua ingenuidad de mi compañero espectral, pero también me da un poco de pena.
Creció como un pilluelo callejero que esquivaba la ley, pero fue encontrar su lugar en una sociedad civilizada, con una jerarquía, una ley y una doctrina estrictas, lo que lo ayudó a dar sentido a su vida.
Yo soy distinta. Incluso antes de que el Consejo fuera a por nuestra sangre, siempre he desconfiado de la autoridad.
Sencillamente, no me fío de quien recibe su recompensa tanto si hace bien su trabajo como si no.
Los policías de Hope City no tienen que hacer bien su trabajo.
Muchos lo intentan, claro. Pero el propio sistema está corrupto. Condenado al fracaso.
Treth no lo entiende. Solo ve guardianes de la ley. Guardianes de la ley que persiguen a sus amigos. Y, por extensión, a él.
Eso le está provocando una buena dosis de disonancia cognitiva y confusión.
Cuando me vuelvo hacia mis otros compañeros, comprendo que Treth no es el único confundido.
Brett, mi novio, aparta la mirada cuando dejo de mirar a Treth. Pero veo algo en su expresión. Algo repentino. Ojos tristes. Mirada baja. Casi parece sentirse excluido.
Su amigo Guy, el marido de Cindy, luce su habitual expresión impasible, pero sospecho que también se siente al menos un poco confundido al ver que Cindy y yo podemos hablar con un fantasma que para ellos es invisible y mudo.
—Lo siento, Brett —digo mientras acelero el paso para caminar a su lado y alargo la mano para coger la suya—. Solo estaba explicándole a Treth por qué no les contamos a las garrapatas nada sobre la Vigilia.
Brett me dedica una leve sonrisa para tranquilizarme.
—Eso lo he entendido. ¿Sigue sin enterarse?
Me vuelvo hacia Treth, que se ha quedado rezagado y va pateando piedrecitas hacia la cuneta mientras reflexiona sobre la vida y la no vida.
¿Será esto alguna forma de pubertad espectral?
Pero ¿no se supone que debería estar volviéndose más rebelde?
Treth prácticamente nos está pidiendo que nos besemos y hagamos las paces con la policía.
¡Una vergüenza para todos los adolescentes del mundo!
—Sí. Sigue queriendo que les mandemos una cesta de fruta —digo, volviéndome hacia Brett. Es fugaz, pero vuelvo a captar esa expresión. Le aprieto la mano.
—Lo siento… —empiezo.
—¿Por qué, cariño? —pregunta, haciéndose el tonto. Pero lo he visto. Tan claro como el agua bendita. Se siente excluido.
—Podría repetirte palabra por palabra lo que ha dicho —digo—. Incluirte en la conversación.
Brett descarta la sugerencia con un gesto de la mano.
—Qué va. Es tu fantasma. Estoy bien. ¡De verdad!
Eso es lo que solía pensar, pero cuanto más tiempo pasamos juntos Brett y yo, y cuanto más estrecha se vuelve nuestra relación, más consciente soy de que hay toda una parte de mí que Brett no puede compartir.
Y él sabe que está ahí. Oculta tras una cortina infranqueable.
Tentándolo con el atractivo del secreto y con la esencia de todo lo que soy, pero siempre fuera de su alcance.
Quiero que Brett tenga acceso a esta parte de mí. Pero, salvo por alguna conversación ocasional con Candace, Cindy y unos cuantos seres de gran poder mágico —dioses incluidos—, Treth y yo estamos solos.
—Hablando de la Vigilia —dice Guy, rompiendo el silencio y devolviendo la conversación a cuestiones prácticas (¡Gracias, Athena!)—, no podemos seguir así. Sé que esto es lo que queríamos al principio, que solo los cuatro cazáramos monstruos, pero estos turnos…
Para que Guy se sincere y se queje de algo, la situación tiene que ser desesperada de verdad. Y esta lo es.