1. Chapter 1 #2
Le devolví otra que no admitía discusión.
Para su mérito, mi novio entró en acción. Brett se lanzó en plancha contra un manifestante que gritaba y lo derribó justo antes de que el diablo estrellara el puño contra el lugar donde había estado.
El manifestante escupió a Brett en la cara.
—¡Cerdo capitalista!
En otro acto digno de elogio, Brett no mató al tipo.
Mi abrigo despidió un infierno de llamas que mantuvo alejados a los manifestantes. Me rodearon como buitres, gritando obscenidades. Nos culpaban de que el demonio estuviera allí. ¡Algunos incluso nos decían que lo dejáramos en paz! Como si fuese una puta especie en peligro de extinción.
¡Ya basta! Tenía un trabajo que hacer.
—Treth, abramos paso.
—¡Recibido!
Mi compañero fantasmal, al que ahora se habían unido otros fantasmas de la vasija, cargó desde mi interior.
Invisibles para todos salvo unos pocos, los manifestantes debieron de pensar que había lanzado algún hechizo de viento cuando cayeron al suelo.
Eso despejó un camino hasta Cindy, a quien aquellos cabrones mantenían inmovilizada contra el suelo.
La rabia me invadió mientras me abalanzaba hacia delante sin importarme los gritos de las personas a las que quemaba por el camino.
Pero, antes de que pudiera llegar hasta mi amiga, alguien se me adelantó.
Una figura con una máscara blanca y una capucha negra levantó al agresor que mantenía inmovilizada a Cindy. El manifestante pareció desconcertado.
¡Athena! Ellos otra vez no. Justo lo que necesitábamos…
—¿Pero qué coño haces, tío? —le espetó el manifestante a la figura enmascarada, como si hubiera sufrido una injusticia.
La figura respondió con el puño y le rompió varios dientes al golpearlo en la cara. Una vez tras otra.
Aparté a la figura de un empujón e hice que soltara al manifestante, ahora aterrorizado. Olía muchísimo a orina.
—¡Basta! —ordené. La figura retrocedió y luego corrió hacia los demás. Aparecieron otras figuras vestidas de manera similar, derribando manifestantes y golpeándolos con puños y porras.
Me agaché sin preocuparme de momento por la carnicería.
Hasta el diablo parecía confuso y absorto ante el caos.
Cada vez que se inclinaba para aplastar o coger a alguien, quedaba atrapado entre los humanos, que preferían luchar entre ellos.
Era la única vez que había visto la desunión funcionar como una forma válida de defensa.
—¿Estás bien? —pregunté, reparando en el verdugón de la boca de Cindy y en el diente que le faltaba. Esperaba que Guy no encontrase al culpable. No podíamos permitirnos más acusaciones de asesinato contra los Cruzados.
Cindy restó importancia a mi preocupación con un gesto e intentó levantarse. Resbaló sobre un poco de gravilla. La ayudé a ponerse en pie antes de soltarla.
La mirada se le quedó en blanco mientras reanudaba el ritual. Tenía el rostro sereno, pero vi que las manos le temblaban ligeramente. No de miedo. ¡Estaba furiosa!
El diablo volvió la cabeza hacia ella, con la vida amenazada una vez más.
No había ninguna barrera protectora que nos defendiera. Pero me había enfrentado a cosas peores. Me planté entre mi amiga y el demonio. Desafiante.
Justo antes de que el demonio tropezara con la masa hirviente de manifestantes y figuras enmascaradas que peleaban.
Desde el suelo, alzó la mirada hacia nosotras, con su expresión arrogante transformada en súplica, justo cuando Cindy alcanzó el clímax y pronunció el encantamiento final del ritual de destierro. Con un chasquido casi audible, el demonio desapareció de la existencia.
—¡Ja! —exclamó Cindy mientras se sacudía las manos con aire triunfal—. Esperaba algo más espectacular. Parece que no era tan importante como pensaba.
—¡Era completamente invulnerable! —exclamé.
Cindy se encogió de hombros.
—Los móviles viejos también lo son, pero no resultan precisamente cataclísmicos.
Una vez desaparecido el demonio, Brett y Guy centraron su atención en deshacerse de los matones que nos habían atacado.
Los conductores, ya completamente hartos de los retrasos, empezaron a pasar junto a nosotros con cuidado.
Algunos hicieron gestos bastante poco educados. Gestos que Treth y yo les devolvimos.
Sin los disparos ni los bocinazos incesantes, ya podía oír el bullicio de la ciudad. Alcé la vista hacia los altísimos edificios de oficinas y apartamentos. Había rostros en todas las ventanas. ¡Menudo espectáculo debíamos de haberles ofrecido! Una pena que no vendiéramos entradas ni aperitivos.
Fruncí el ceño, enfadada.
—¿Qué le enseñan a la gente hoy en día? ¡En mis tiempos, los mirones se apartaban cuando un cazador estaba trabajando!
—Kat, cumpliste veintidós el mes pasado —replicó Treth.
¿En serio? Parecía que hubiera pasado más tiempo.
Me crují la espalda para recalcar lo vieja que me sentía y luego me acerqué como si nada a los manifestantes, que ahora estaban molidos a palos.
Las figuras enmascaradas permanecían a un lado y, de algún modo, parecían satisfechas de sí mismas pese a que yo no podía ver sus expresiones.
Tenían los puños ensangrentados, algunos enguantados y otros desnudos.
Brett estaba doblado en dos y jadeaba cuando le puse una mano en la espalda. Cindy se encontraba cerca, con las manos en las caderas y encarada a los manifestantes.
—¿En qué coño estabais pensando? ¡Ese demonio podría haberos devorado a todos de aperitivo!
—¡Los demonios son criaturas pacíficas! —gritó una manifestante con toda sinceridad, antes de encogerse cuando una de las figuras enmascaradas hizo ademán de acercarse a ella.
Cindy fulminó con la mirada a la figura enmascarada. Amonestado, él retrocedió. Al menos aquellos justicieros nos hacían caso. A veces.
Cindy volvió a mirar a los manifestantes.
—Hay muy pocos demonios a los que yo consideraría pacíficos. Y solo cuando están borrachos. ¿Sabéis qué hacen los diablos rojos con púas antes de comerse a sus presas?
El silencio fue absoluto. Aunque acababan de atacarla, ninguno era capaz siquiera de mirar a Cindy a los ojos cuando se ponía en modo profesora.
—Los desuellan vivos, hacen con ellos lo que les apetece y luego se comen lo que quede —concluyó Cindy—. Y acabamos de impedir que este tipo os hiciera eso a todos. Pensadlo la próxima vez antes de interponeros entre una purificadora y su objetivo.
No respondieron. Cindy miró a Guy y asintió.
Guy levantó al manifestante más cercano agarrándolo por la sudadera y lo empujó para apartarlo.
—Largaos de aquí —dije—. Y la próxima vez que haya un monstruo cerca, más os vale esperar que nosotros también lo estemos.
Los manifestantes se levantaron despacio y se escabulleron entre maldiciones y discusiones. Repitieron mucho capitalistas y fascistas , pese a que resultaban bastante contradictorios.
Pronto solo quedaron las figuras enmascaradas, mientras trasladábamos nuestra breve reunión a la acera. Al menos los coches lo agradecieron. Bueno, los que no habían acabado convertidos en queso suizo y con los parabrisas destrozados.
Las figuras enmascaradas se volvieron para marcharse antes de que Cindy se dirigiera a ellas.
—¿Adónde, por el Vórtice, creéis que vais? ¿Os importaría dar explicaciones?
Se detienen y nos miran con la inexpresividad de sus máscaras. Uno da un paso al frente.
—Hay que proteger a Última Luz —dice.
Guy resopla.
—Kat no necesita que nadie la proteja.
—De los monstruos, no. Pero de las hordas de desagradecidos… —La figura enmascarada niega con la cabeza, decepcionada—. Nuestra vigilancia nunca termina.
Se vuelven hacia mí y no puedo evitar estremecerme un poco. Las máscaras no tienen agujeros para los ojos. Deben de estar encantadas para permitir ver solo desde dentro. Por suerte, consigo mantener una estoica máscara de indiferencia.
—Recordamos a Última Luz y lo que hizo por nosotros.
Saludan y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Parece que han conseguido un mago de la ilusión. Eso sí que es nuevo. Por lo general, se limitan a salir corriendo.
Cindy aprieta el puño y suelta una maldición.
—¡No están ayudando!
—Bueno —responde Brett—, en cierto modo te han salvado de que te avasallara una panda de hippies que no se bañan desde que la reina era católica.
Ante la mención de la falta de higiene, Cindy casi parece convencida, pero entonces niega con la cabeza.
—Esta Vigilia solo consigue dejarnos en mal lugar. Si de verdad quisieran ayudar, nos ayudarían a…
Antes de que Cindy pueda terminar la frase, el aire se llena de sirenas de policía.
Ah, sí. La otra nueva tradición, aparte de que manifestantes y justicieros nos asalten cada vez que intentamos poner remedio al infinito problema de monstruos de esta ciudad. Y, por supuesto, solo llegan cuando ya nos hemos ocupado del monstruo.
No tengo muy buenos antecedentes con la policía.
Los poco ejemplares agentes de Hope City suelen ser incompetentes, estar demasiado bien pagados y trabajar con poco personal.
Pero, a principios de este año, se demostró que me equivocaba.
Cuando el Necroseñor amenazó la ciudad, muchos policías se despojaron de sus placas, vistieron los colores de los Cruzados y plantaron cara juntos a la plaga de no muertos.
Desde entonces, a aquellos valientes se los ha apartado, despedido y humillado sin contemplaciones.
Este es el nuevo régimen. Menos vagos, aún demasiado bien pagados y ahora entregados con fervor a ser una espina gigantesca en mi trasero. El diablo espinoso podría aprender un par de cosas de ellos.
Un coche de policía, uno de los nuevos modelos blindados con placas encantadas, se detiene en medio del cruce y recibe como recompensa aún más bocinazos de unos conductores que, sospecho ya, no tienen ni una pizca de sentido común ni de miedo en el cuerpo.
¡La furia al volante es una droga de cuidado!
Con suerte, estos policías son unos novatos que solo acuden a una llamada. No los de siempre…
Pues no, son ellos.