La Última Luz (Serie Kat Drummond 15)
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1. Chapter 1
Tiempos mejores
Todo el mundo es el héroe de su propia historia.
Y todo héroe necesita un villano.
Y, en estos momentos, mi villano me gritaba obscenidades mientras yo intentaba desesperadamente esquivar el tráfico.
—¡Quédate quieta, pedazo de mierda amanerada! —se carcajeó el diablo rojo más gordo y alto que había visto en mi vida, con un bramido profundo y cargado de ceniza. Como si se hubiera fumado una barbaridad de cigarrillos todos los días durante la última eternidad y media.
Rara vez luchaba contra demonios. La última vez que me había enfrentado de verdad a un demonio auténtico, estuvo a punto de matarme. Y no sobreviví gracias a mi arrojo ni a mi astucia. Más bien sospecho que sencillamente se aburrió de luchar conmigo.
Dudaba que a este tipo fuera a darle el mismo cambio de parecer.
Rodeé al diablo, dejando que mi abrigo de salamandra de fuego chamuscara los coches de alrededor, mientras el aire se llenaba con la cacofonía interminable de bocinazos y gritos.
Mientras los conductores chillaban y nos miraban boquiabiertos, sin prestar la menor atención a su propia seguridad, empezó a importarme aún menos dañar sus preciados vehículos cuando mi abrigo desató un gran infierno.
Las lorzas y la melena de púas del diablo temblaron y vibraron cuando se volvió hacia mí.
Su sonrisa llena de colmillos no casaba con la amenaza infernal de su voz.
Parecía infantil. Quizá fuese un niño según los criterios demoníacos.
Sin embargo, su voz sonaba como las fosas del Infierno del que procedía.
Ignoré las miradas furiosas de los conductores, salté por encima de una caja eléctrica y aterricé junto a Brett.
—Qué cabronazo tan desagradable, ¿eh? —masculló Brett, apretando los dientes mientras rebuscaba una solución en su chaleco táctico.
Una pena que no hubiera ninguna. Ni la plata, ni los explosivos ni la potencia de fuego de toda la vida habían conseguido siquiera arañar a aquel tipo.
Lo habíamos descubierto a medida que más y más gente se sumaba al atasco, considerando la pelea primero un espectáculo y ahora una molestia.
—Haz que no mire a Cins —ordené—. Es lo único que podemos hacer.
Brett asintió con determinación.
—Recibido, Comandante.
Ja. Aún me pillaba desprevenida cuando me llamaba así. ¿Quién habría imaginado que pasaría de llamarme Katty con descaro a comandante ?
Asomé la cabeza por encima de la caja eléctrica apenas un instante antes de volver a agacharme, mientras unas púas carmesí perforaban la pared justo a nuestra espalda.
No era un diablo cualquiera. Era más alto que todos aquellos de los que había oído hablar. Medía fácilmente dos metros y medio. Tal vez más. Y cada centímetro de su enorme cuerpo estaba cubierto de pliegues de grasa roja como la sangre, coronados por espinas y púas erizadas.
Solo Cindy parecía saber qué era. Y tenía demasiada prisa intentando desterrarlo como para explicarlo.
Oí disparos por encima de la irritante orquesta de bocinazos. Guy estaba disparando a voleo. Las balas se incrustaban sin causarle daño en la mole del demonio, pero captaron su atención. Como una mosca zumbándole a uno en el oído.
Me lancé fuera de mi escondite y extendí la mano vacía.
Mi compañero fantasmal, Treth, se manifestó a mi lado y dejó caer la espada Ithalen en mi mano. En cuanto tocó mi piel, su tonalidad translúcida se volvió sólida, y el metal encantado de azogue de la hoja brilló bajo el sol. Algunos conductores incluso dejaron de tocar el claxon, maravillados.
Una pena que la espada surtiera tan poco efecto sobre el demonio como las balas de Guy…
—¡Prueba a apuñalarlo! —sugirió Treth, hundiendo su espada espectral en el muslo de la bestia. La espada atravesó la carne del demonio, pero no dejó ni una marca. Lo de siempre.
—¡Daos prisa! Llego tarde al trabajo. ¡Matadlo de una vez! —gritó un tipo desde un vehículo de lujo plateado, asomando la cabeza por la ventanilla.
No pude evitar poner los ojos en blanco justo antes de lanzarme a un lado cuando el diablo estrelló su puño cubierto de púas contra el asfalto.
Rodé sobre el capó del coche y me encontré cara a cara con el conductor furioso. No había ni rastro de miedo en su rostro. ¿Hasta qué punto se había insensibilizado esta maldita ciudad? ¿O es que eran estúpidos sin más?
—¿Por qué coño no lo matáis de una vez? No pago mis impuestos para que montéis espectáculos de circo en un puto cruce.
—Y tus impuestos no me pagan a mí, gilipollas —repliqué antes de dejarme caer del capó, justo cuando una andanada de púas perforaba el motor del coche.
Sentí una pequeña satisfacción cuando el conductor se desabrochó a toda prisa el cinturón de seguridad, salió del coche dando tumbos y echó a correr presa del pánico. ¡Ahora sí que se comportaba como debía!
Una pena que el resto de aquella maldita ciudad estuviera sacando las palomitas o tratándonos como si fuéramos una actuación improvisada que bloqueaba el tráfico.
Le lancé una mirada a mi amiga Cindy. Estaba rodeada de círculos de energía arcana dorada y blanca que formaban runas en el aire.
Entre los bocinazos, los disparos y los gritos, oí débilmente la salmodia de su ritual de destierro.
Por lo general, la melodía de los hechizos de purificación era hermosa.
Suave. Como miel para los oídos. Pero aquel no era un simple hechizo para sanar o transmitir buenas vibraciones.
Era para desterrar a un demonio al otro lado del Entremedio y devolverlo a su fosa en llamas.
Cada sílaba que pronunciaba Cindy era más contundente que melodiosa. Exigente. Inflexible.
Pero, sin conocer el nombre verdadero de aquel demonio, enviarlo al otro lado del Entremedio no era tarea fácil. Aunque Cindy estaba convencida de que podía encontrar otra manera. Y Cindy nunca me decepcionaba. Ni decepcionaba a nadie, en realidad.
Ahora solo era cuestión de no decepcionarla a ella.
El diablo volvió la cabeza cornuda hacia Cindy y alzó un puño en dirección a la purificadora que salmodiaba. Al mismo tiempo, Guy, Brett, Treth y yo atacamos a la criatura, disparando y asestando tajos inútiles contra sus colgantes extremidades cubiertas de púas.
Soltó un bramido ronco.
—¿No eres tú la legendaria Última Luz? ¡Bah! No eres más que un mosquito. Menos que un mosquito.
Levantó la pierna, haciendo ondular su grasa, y la dejó caer justo donde yo había estado. La fuerza del pisotón abrió grietas en el asfalto.
Guy y yo intercambiamos una mirada preocupada. Teníamos suerte de que aquel demonio no se estuviera tomando las cosas en serio. De lo contrario, no estábamos seguros de poder defender a Cindy, ni siquiera con su escudo arcano.
Cuando el diablo parecía a punto de proferir otro insulto, su sonrisa dentada se marchitó.
Volvió de golpe la cabeza hacia Cindy, ahora muy en serio.
En aquel momento se percibió un zumbido inconfundible de energía en el aire.
La sonrisa llena de colmillos había desaparecido.
En sus ojos solo había pánico. Y desesperación…
La salmodia de Cindy se acercaba al clímax. Había descifrado el código. ¡Ahora no necesitaba un nombre verdadero para devolver a aquel cabrón al lugar al que pertenecía!
Ignorando nuestros golpes, el diablo avanzó hacia Cindy. Guy, sin preocuparse por su propia seguridad, se interpuso. Vació la pistola a quemarropa contra el demonio antes de sacar un machete que consiguió poco más que antes.
—¿Ya queréis que me vaya? —bramó el demonio—. ¡Pero si acabo de llegar! Quedémonos y… ¡juguemos!
Con un rugido, lanzó su puño cubierto de púas contra la barrera protectora de Cindy. Guy cayó al suelo con un golpe sordo. Hasta los coches dejaron de tocar el claxon cuando comprendieron que aquello podía ser serio de verdad.
El puño extendido del demonio voló hacia Cindy. Y entonces estalló en una neblina roja y naranja. Retrocedió tambaleándose, contempló el muñón donde antes estaba su mano con garras y púas y gritó.
Incluso desde lejos pude ver la sonrisa satisfecha de Cindy. No estábamos allí para protegerla. Solo debíamos hacer tiempo hasta que estuviera preparada.
Abrió mucho la boca para gritar la última palabra del hechizo justo cuando una piedra le golpeó la mejilla.
Un salivazo rojo pareció volar a cámara lenta junto con el blanco de un diente, mientras Cindy se tambaleaba, incrédula.
Los círculos arcanos dorados y blancos de la barrera protectora se disiparon.
Antes de que el diablo o cualquiera de nosotros pudiera reaccionar, una turba de matones con sudadera irrumpió entre los coches detenidos y derribó a Cindy. Uno intentó coger la escopeta de Brett. Mala idea: acabó con la nariz hecha un cristo.
Treth suspiró de manera audible.
—¿Manifestantes? ¡¿Otra vez?!
Eso parecía.
Desde que los Hijos de la Sangre y el Necroseñor habían llevado su carnicería a Hope City, el Consejo y los medios afines lo habían retratado a los Cruzados, en el mejor de los casos, como una banda de gánsteres oportunistas y, en el peor, como fascistas en toda regla.
Siempre que teníamos que luchar contra un monstruo a plena luz del día, ocurría esto. Era de esperar que muchos de los manifestantes fueran de mi alma mater. Parecía que habían pasado de protestar contra los exámenes a hacerlo contra los defensores de la ciudad.
Mi abrigo se inflamó cuando lanzaron un proyectil contra mí. El calor lo hizo estallar y me bañó en refresco caliente.
Pegajosa, acalorada e irritada, estuve a punto de plantearme dejar que el diablo, de momento desconcertado, hiciera lo que quisiera con la multitud.
A punto…
La mano del diablo se regeneró; el hueso, los tendones y la carne crecieron en tiempo real antes de que sonriera y cerrara el puño.
—Más bocaditos que devorar. ¡Qué detalle!
Los manifestantes no parecían tomárselo demasiado en serio. ¿Qué demonios le pasaba a aquella ciudad? ¿Se había vuelto loco todo el mundo?
—¡Guy, Brett, impedid que el demonio se coma a estos idiotas! —ordené.
Brett me lanzó una mirada que preguntaba sin palabras: «¿De verdad tengo que hacerlo?».