La última luna 66
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Izz

Durante la exploración del corredor sin cartografiar en el Desierto Ígneo, la unidad accedió a una cavidad térmica no registrada. Los sensores observaron un descenso abrupto de actividad geotérmica seguido de un patrón lumínico no identificado.

«No sé cómo describir lo que salió de la arena.

No tenía forma, mas ocupaba espacio. No tenía rostro, pero me estaba mirando.

Vi extremidades que no eran extremidades, movimientos que no seguían ninguna lógica, y un cuerpo que cambiaba cada vez que intentaba fijarlo con la vista.

Acabó con todo mi equipo. Y desde ese día, sigo viéndolo cada vez que cierro los ojos», declaró Arno Raven.

El Comité determinó que el informe carece de fundamento verificable y lo desestimó. Se ordenó la clasificación de nivel alto de todos los datos asociados.

Nota final (censurada): Arno Raven insistió en que «si esto despierta, Selestara no tendrá defensa posible».

Informe desestimado de Arno Raven

Tras dar unos pasos por el salón me estremezco. Las lágrimas se agolpan en mis ojos y miro a través de la ventana que domina el piso de lujo en el que viví con mi padre. Hespéria es hermosa; siempre me lo ha parecido, lo que más me gustaba de vivir aquí eran las vistas.

Pero ya ni siquiera por eso quiero quedarme aquí.

Le he ofrecido la vivienda a Ventia, le vendrá bien estar cerca del puesto de mando ahora que es la Alta Comisionada, aunque la antigua rebelde dice que pretende convertir esto en una oficina.

La entiendo, mirando a mi alrededor solo veo ambición ciega, control y...

una infancia que no puede denominarse así.

Me limpio una lágrima rebelde cuando escucho la puerta del baño a un lado.

Nil sale con la camisa a medio abrochar y el pelo húmedo.

A punto estoy de dejar caer el marco con la foto de mi abuelo y yo que sostengo entre las manos y que estaba a punto de guardar en una caja para la mudanza.

Contengo a tiempo mis emociones mientras avanza hacia mí con una sonrisa provocativa.

De nada sirve que intente esconderme, pues las mejillas me arden y apostaría lo que fuera a que me he sonrojado. También a que eso le encanta.

Llega hasta mí, me quita la foto de la mano biónica con delicadeza. Aparta la caja con un movimiento del pie, cerca del sofá en forma de media luna en el que hace tan solo unas horas me ha llevado a las estrellas bajo la luz de las auroras.

—¿No has quedado con tus padres? —le pregunto, pero me ignora.

Él me besa otra vez, y lo hace con una suavidad exasperante. Se aparta de mí y sus ojos azul cobalto van desde mis clavículas desnudas, que quedan a la vista con el jersey de hombros descubiertos color cereza que he elegido, hasta mis vaqueros ajustados bajo las botas con tacón.

—Tengo tiempo de sobra para dedicarme a ti.

Otra vez el calor en las mejillas. Él acaricia mis pecas con el pulgar y le saco la lengua, apartándole la mano en lo que intenta ser un movimiento firme, pero no lo es.

—Ventia me ha ofrecido un puesto en uno de los laboratorios.

—¿Y qué quieres hacer?

—Todavía no lo sé. Necesito un tiempo alejada de todo eso. Tengo mucho en que pensar.

Me dirijo a la ventana que me ofrece la visión de Hespéria.

Estoy tratando de encontrar un lugar en el mundo.

Voy a empezar una nueva vida fuera de este edificio en el que he estado siempre.

Aunque el laboratorio ha sido mi lugar seguro, tras lo que ha sucedido me gustaría encontrar otros.

Soy científica y siempre he amado la paz que me daba mi trabajo, pero ahora...

Me vendrá bien un tiempo separada de ello.

Para valorar qué es lo que realmente quiero hacer.

Me concentro en la ciudad y en los movimientos del quinto anillo. Acaricio el cristal que me separa del mundo. Puede que esto sea lo único que eche de menos de esta casa.

Nil me rodea por la espalda, me besa la coronilla y se queda unos instantes aspirando el aroma de mi cabello. Me vuelvo hacia él y le rodeo el cuello.

—¿Has sabido algo de Alveron?

—Flavia no encuentra rastro de él. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Umbral ha estado interrogando a Arno, pero no ha conseguido sacarle nada, ni siquiera quién fue el que traicionó a los rebeldes. Ventia sospechaba de Octavius, pero como Arno lo mató...

Me quedo en silencio y deslizo la mano de su cuello al mentón, me aprieto contra su cuerpo y él baja las manos hacia mis caderas.

—No sé si eres lo mejor que me ha pasado..., pero eres lo único que no quiero perder —afirmo, sin dejar de mirarle a los ojos.

—¿No te estarás precipitando, destructora de colosos? —dice sonriendo con picardía.

Me río un poco, aunque sé que habla en serio. Su humor siempre contiene un doble filo extraño: parece broma, pero guarda verdad.

—Tú matarías por mí. Yo volvería a hacer caer la luna por ti.

Su expresión cambia. Los ojos le brillan con una emoción nueva y sus brazos suben por mis costados hasta mi cuello. Sus manos me envuelven el rostro con una suavidad que contrasta con la intensidad de su mirada.

—Entonces, no me queda otro remedio que estar a la altura —susurra.

Por un instante el mundo parece reducido a este gesto. A nosotros. Al latido de nuestros corazones.

Sus labios buscan los míos y el beso es lento, profundo. Intenso y largo. De esos que no quieres que terminen jamás. El calor de su cuerpo y el mío se funden en uno.

—He caído por abismos que volverían loco a cualquiera... —jadea contra mi boca—, pero contigo es la primera vez que no quiero encontrar la salida.

Su boca regresa a la mía, con más firmeza; urgente, como si necesitara sellar con fuego lo que acaba de decir.

—Todo lo que soy, todo lo que seré... será tuyo —musita, y en sus ojos brilla una devoción que me desarma por completo.

Aunque el mundo se derrumbara ahora mismo, este instante sería eterno. El mundo puede congelarse, estallar en mil pedazos, que a su lado me siento invencible.

Y, con este pensamiento, dejo que su beso se convierta en promesa. En eternidad. En un amor que arde más allá de toda destrucción.