La última luna 65
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Izz

Se envió a una unidad de cazadores lunares al Desierto Polar tras registrarse actividad no catalogada en un corredor glaciar ya investigado.

La operación consistió en avanzar por una zona de baja visibilidad y temperaturas extremas para verificar la presencia de amenazas.

El equipo recorrió el sector asignado y neutralizó un punto de inestabilidad sin necesidad de apoyo externo.

No se reportaron bajas ni incidencias adicionales.

Informe clasificado del Gobierno de Nevrast

El laboratorio se extiende a mi alrededor. Toda mi vida está frente a mí. La fórmula que me costó años crear. Lo que pensaba que era para el bien de la humanidad y en realidad fue un engaño de mi padre para condenar a toda Hespéria.

Ventia, a mi espalda, me cede mi espacio mientras repaso las fórmulas desperdigadas frente a nosotras. Flavia, en una mesa a nuestro lado, sigue dentro del sistema destruyendo todo rastro de la información que me permitió crear el suero lunar.

Uno a uno los archivos, hasta las copias de seguridad, se van eliminando bajo la mano implacable de la hacker . Sin dudas. Sin pausa.

Yo no debería sentirme así. Como si destruir esto fuera un ataque físico. Me duele de un modo inexplicable y me siento culpable. Pero eso no elimina el frío que se extiende de mi pecho al resto de mi cuerpo.

Al fin, reacciono. Tomo cada uno de los documentos entre mis manos. La mano biónica responde mandando señales a mi cerebro como si de verdad fuera un miembro que lleva conmigo toda la vida. Mas no es así, pues solo hace unas horas que lo llevo y todavía intento adaptarme a él.

Rompo el primer documento. El primer ensayo que realicé.

Luego el segundo. Los experimentos con animales.

Al principio despacio, como si al rasgar el papel rasgara parte de mí.

Cuando llego al tercero lo rompo con rabia.

El primer análisis a los saqueadores de los desiertos.

El dolor. La rabia. Los años bajo el mandato de mi padre.

Sus mentiras. Sus desprecios. La forma en que me veía.

La muerte del abuelo. La desaparición de mi madre.

El mundo se vuelve borroso mientras elimino papeles.

Ventia me detiene cuando voy hacia los cuadernos, poniéndome una mano en el hombro. Solo entonces me doy cuenta de que estoy temblando y de que una fina capa de sudor me cubre la piel.

—Espera, Lizara.

Trago saliva. Me vuelvo hacia la líder de los rebeldes y una llamada en su UTP interrumpe el curso de mis pensamientos.

Umbral aparece entre nosotras. El Desierto Polar se extiende a su alrededor. Reconozco el cementerio y la estructura del laboratorio polar. A punto de ser destruido. Imagino el líquido abrasivo descendiendo planta por planta y arrasando con todo. Y eso sí me da cierto placer.

Me regocijo al pensar en Arno. En lo que representa esta destrucción.

Sonrío.

—Estoy en la posición, jefa —dice Umbral.

—Adelante. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

La llamada se corta, dejando a los rebeldes que hagan su trabajo. La mirada de la líder repasa mi rostro, en busca de grietas en mi expresión. No las encuentra.

—¿Estás bien? —pregunta Ventia.

—Sí, sí. Es solo...

—Lo entiendo. De verdad. Pero esto no termina aquí.

Claro que no. Hay mucho que hacer.

—Tengo una propuesta para ti, Lizara. Y es posible que para ello necesites lo que hay en esos cuadernos.

La miro con interés, esperando a que continúe. Ya he creado el antídoto. Hemos eliminado la fórmula. Y los que han elegido quedarse con los poderes ya no están controlados por un chip. Lo que contienen estas libretas es peligroso. Si llegara a las manos equivocadas sería el fin.

—¿Crees que serías capaz de crear una vacuna?

Sopeso sus palabras. Una vacuna protegería a la población de más contagios por la sustancia lunar. Sería útil para los cuerpos lunares, pues evitaría que se convirtieran en monstruos. Pero no es algo sencillo de fabricar. Requerirá tiempo. Estudio.

—Pondré a tu disposición lo que necesites. Un equipo experto, laboratorios...

Y por alguna extraña razón pienso en Catarina. A pesar de que no la conocía mucho, sé que hubiera sido una gran compañera. Lo que Ventia me propone es el paso más lógico a seguir.

Tiene razón: no podemos eliminar del todo la fórmula. En ella quizá esté la clave para preparar la vacuna.

—Solo que... esto —señala los cuadernos frente a nosotras— es altamente confidencial. No puedes decirle a nadie que siguen existiendo. Solo lo sabremos nosotras tres. Imagino que entiendes el peligro que supondría...

—Sí, lo entiendo.

—Siento tener que pedirte esto a ti, pero eres la única capaz de ayudarme. De proteger a Hespéria. Y a toda Selestara.

Mi mirada se pierde entre los instrumentos que una vez fueron mi hogar. ¿Sería capaz de volver aquí? Ahora todo es diferente. Sin embargo, siento un nudo en el estómago solo de imaginarme en este laboratorio trabajando de nuevo.

—Piénsatelo. Y dame una respuesta cuando estés lista.