Epílogo
Epílogo
La cárcel es una fortaleza de apariencia insignificante, pero en realidad se hunde en la tierra como un monstruo que ha sido cavado para resguardar a los criminales más peligrosos de Selestara, aquellos que el sistema necesita bien controlados.
Además, su ubicación, en pleno Desierto Ígneo, disuade de cualquier huida.
Está dominada por códigos y una burocracia informática difícil de burlar.
Lo suficiente como para que nadie consiga tener acceso a ella.
Las celdas se abren y cierran mediante códigos que se renuevan día a día.
Infringir alguna de las normas tiene un coste elevado. He podido comprobar de buena tinta que aquellos que se han ido de la lengua... han perdido la lengua, en el mejor de los casos.
Me revuelvo el pelo de forma inconsciente.
Quería hacer esto desde fuera, sin poner un pie en la cárcel, pero, por desgracia, mis dotes informáticas no llegan a tanto.
Así que tengo que hacer algo más si quiero entrar ahí y acceder, nada más y nada menos, que a las celdas más protegidas del Complejo Penitenciario Soldrak.
El plan es sencillo, aunque la práctica..., eso ya es más complicado.
Me estremezco al sentir el contacto fresco del uniforme.
No son centinelas como los de antes los que guardan la prisión, sino trabajadores designados por los Altos Comisionados.
Antiguos centinelas, soldados y algún cazador lunar.
Me pongo el uniforme y el casco que cubre mi rostro, pero que no puede ocultarlo del escrutinio del reconocimiento facial, mi UTP y mi ingenio tendrán que bastar para que no me reconozcan.
Miro una vez más las plantas que sobresalen de la prisión y trago saliva, pensando en la trampa mortal que se oculta bajo mis pies.
El bloque de hormigón, acero y cristal ennegrecido refleja un sol implacable, devolviendo un resplandor mortecino a su alrededor, aumentando la sensación de aislamiento.
Da la sensación de ser algo más que una cárcel, de que se hubiera erigido como un monumento para recordar a la población lo fácil que es privarlos de libertad.
Es una amenaza, una sombra en el lugar más luminoso de Selestara.
Me obligo a avanzar, como si fuera un trabajador más. Ajusto el visor del casco y me dirijo a una de las entradas donde el reconocimiento facial se activa antes incluso de que esté cerca. Vibra, emite un sonido metálico y vuelve a intentarlo.
No consigue dar con mi rostro hasta que estoy a unos centímetros. Tengo tan solo unos segundos. Los códigos eléctricos laten frente a mí como un muro infranqueable.
—Vamos, chiqui, no me falles ahora —le susurro a mi UTP conteniendo el aliento.
Escucho con atención el pulso de la red, las pausas mínimas entre las descargas, y mis dedos se mueven con precisión sobre el terminal.
No derribo el sistema, pues sería demasiado sospechoso; tan solo lo desvío.
La cerradura digital respira distinto, un mínimo instante de debilidad que aprovecho para entrar.
La puerta se cierra a mi espalda y recorro los pasillos manteniendo la calma.
Mi objetivo es el panel de control que está en una de las salas de máquinas.
Muestro mis credenciales a un soldado que me obliga a quitarme el casco.
Asiente y me señala las escaleras metálicas que bajan a las plantas inferiores.
La culpa me muerde mientras desciendo, como si cada escalón removiera algo que llevo años intentando enterrar. Pero el recuerdo de aquella bestia imposible vuelve a abrirse paso, nítido, abrasador.
Resuenan en mí las palabras de Arno cuando me encontró y me pidió ayuda.
Encontrar unas grabaciones perdidas en la nube.
Archivos codificados que nadie había logrado descifrar.
Nadie... excepto el hacker que estaba poniendo en jaque a los sistemas del Gobierno.
De su Gobierno. Eso dijo él. Y yo, con catorce años y un ego del tamaño de Selestara, le creí.
Trabajamos juntos. Conseguí lo que quería.
Y lo que vi... Lo que vi cambió por completo lo que creía hasta ese momento.
No sé cómo describir lo que apareció en la grabación.
La cámara no debería haber podido captarlo, pero ahí estaba: algo sin forma definida, y aun así ocupando un espacio que parecía empujar la realidad a su alrededor.
En ciertos fotogramas, cuando la imagen se distorsionaba, sentí que algo rozaba mis pensamientos. Como si la criatura no estuviera solo en el vídeo, sino también en el espacio entre mis ideas. Como si cada parpadeo de estática fuera un intento de atravesar mi mente.
Y tengo la certeza de que sigue intentando cruzar.
El archivo explotó poco después. No encuentro otra palabra. Una descarga que quemó la placa base y borró cualquier rastro de la grabación. Como si algo —o alguien— no quisiera que existiera.
Aun así, incluso sin pruebas, quise contarlo. Necesitaba contarlo. ¿Cómo iba a mantener eso en secreto? Tenía que advertir al mundo, a mis amigos...
—Tenemos que contarlo —le dije, presa del miedo y la rabia—. No podemos ocultar esto al mundo.
Arno me sostuvo la mirada, demasiado tranquilo para lo que acabábamos de ver. Para ser él el protagonista de esa pesadilla.
—¿Y qué vas a enseñarles, Ron? —preguntó al fin, con la voz fría como el hielo—. ¿Tus recuerdos? ¿Un monstruo que solo tú y yo hemos visto? Me tomaron por loco cuando volví de la misión y clasificaron el archivo. Y ahora ni siquiera existe.
—Pero es la verdad.
—La verdad no basta —repuso, acercándose, cerniéndose sobre mí, amenazante—. No sin pruebas. No en este mundo. Nos aplastarán antes de escucharnos.
Quise discutir. Gritarle. ¿Es que acaso no era el Alto Comisionado? ¿No debería velar por el pueblo? Puso una mano en mi hombro, firme, casi fraternal.
—Escúchame —susurró—. Si quieres cambiar algo, necesitas avanzar poco a poco. No puedes hacerlo desde fuera. Necesitas que confíen en ti.
No entendí del todo lo que quería decir. No entonces. Solo sabía que tenía razón. O que yo quería creer que la tenía, porque de lo contrario... me hubiera desmoronado.
Y al final cedí. No porque no quisiera revelar la verdad, sino porque entendí —o me hizo entender— que nadie nos creería jamás. Yo mismo no lo habría hecho de no haberlo visto con mis propios ojos.
Y ahora, mientras avanzo por los pasillos de Soldrak, me doy cuenta de que aquel día no solo perdí la grabación. También di el primer paso para convertirme en lo que Arno necesitaba que fuera: un espía. El mejor hacker de Selestara.
Por fin doy con la sala. El miedo me paraliza un instante, pero la rabia me empuja de nuevo. Aquí no hay celdas. Por la sala de máquinas se pasean tres drones de mantenimiento que emiten vibraciones, chasquidos y otros sonidos mecánicos habituales.
Saco de entre mi ropa el emisor de pulsos y lo activo apretando los dientes. Los drones caen. No durará mucho, pero funcionará. Puedo haber engañado al sistema y a los guardias con una falsa avería que requiere atención humana, pero no a los drones.
No a todo un sistema pensado para evitar, precisamente, lo que voy a hacer.
Mis manos tiemblan sobre el panel y un sabor metálico me llena la boca.
Cada línea que inserto en la red es un golpe contra la muralla eléctrica de Soldrak.
El sudor me nubla la vista y se me acumula en la espalda, las piernas y el pecho.
Jadeo. El sistema se resiste, se activan alarmas internas que silencio mientras aprieto los dientes.
Ya está. El siguiente paso está en las plantas superiores.
«Una última cosa», me digo.
Activo una alarma falsa de fuga en la sima Eís, en el sector norte. Y salgo a toda prisa hacia la sima Heptá.
Es más oscura, con códigos que atravieso hasta llegar al pasillo angosto que alberga cinco celdas de máxima seguridad. Me detengo frente a la tercera con ansiedad.
Doy tres golpes seguidos de dos más espaciados. Me contesta con el mismo sonido.
De nuevo, mis dedos se mueven raudos sobre el panel que hay en la puerta. Atravieso una, la antesala, y, ahora sí, me dejo la piel en los últimos códigos.
La celda se abre con un gemido metálico. El preso me mira desde la penumbra y sus ojos dorados se iluminan. Por un instante dudo de si estoy salvando a la humanidad o condenándola por completo.
Me tengo que recordar lo que he visto. Lo que comparto con este hombre es lo único que debe importar. Le guío por pasillos, pasadizos y túneles mientras la alarma de la fuga sigue sonando en el sector equivocado.
No tenemos mucho tiempo, pero llegamos al exterior y accedemos al deslizador que he dejado preparado.
—Sabía que vendrías a por mí, Ron —dice Arno, mirándome con un brillo especial en los ojos.
—No ha sido fácil.
—¿Cuándo se darán cuenta?
—No puedo darnos más que algunos minutos, pero tendrán que bastar.
Activo los botones pertinentes y pongo las coordenadas del fragmento que muestran los informes del antiguo Alto Comisionado, en pleno corazón del Desierto Ígneo.
Arno observa silencioso, sin pronunciar palabra, y cuando el deslizador se activa y nos lanza a través del cinturón, camino del abrasador día eterno, sonríe.
Y veo al líder que es. Astuto, carismático, pero, sobre todo, un hombre hecho a sí mismo que se preocupa por la humanidad. Aunque tenga que hacer sacrificios. ¿Podré hacerlos yo?
—Juntos, Ron, alcanzaremos lo que otros consideran imposible. Y si hay que sacrificarlo todo, lo haremos sin dudar.
Al alejarnos de la prisión y dejar atrás al antiguo Alveron, sé que he elegido mi bando. Ojalá el mundo sobreviva para ver si ha sido el correcto.
«Bajo la última luna, sigo adelante».