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Izz
Los cazadores lunares constituyen una unidad de carácter ofensivo destinada a neutralizar amenazas detectadas en las zonas extremas y territorios limítrofes.
Su entrenamiento enfatiza la persecución, la eliminación de riesgos y la intervención directa en escenarios hostiles.
A diferencia de los cuerpos equivalentes de Iberion y Amazora, los cazadores operan con autonomía táctica y con autorización para actuar más allá de los límites cartografiados.
Informe público del Gobierno de Nevrast
Los efectos del antídoto no son inmediatos, y aunque soy consciente de ello, no puedo evitar ponerme nerviosa. Tras comprobar los resultados del análisis de la sangre de Nil y ver que no tenía el grupo SEL... el corazón se me congeló.
Ventia ha permitido que entierre al abuelo con su familia, con mi madre. Nunca he estado aquí. Arno no me permitió asistir al entierro de ella cuando era pequeña, tampoco cuando crecí lo suficiente como para entender lo que era la muerte. Y después...
Me muerdo el labio.
Me encerré en un laboratorio. Me olvidé del mundo.
El viento es tan fuerte en el sexto anillo que las rachas silban en mis oídos mientras nos detenemos ante el arco custodiado por estatuas.
Amplio, construido en piedra, como las edificaciones del antiguo mundo.
Me fijo en las fases lunares representadas en la parte superior.
Nil me da la mano, infundiéndome fuerzas, y damos un paso hasta situarnos entre las dos grandes estatuas que nos miran desde su altura.
Una de ellas representa a un fénix de fuego con las alas abiertas que emiten un fulgor incandescente.
Frente a él, un fénix de escarcha emite brillos iridiscentes que recuerdan al hielo.
Ambos parecen estudiarnos mientras las puertas se abren frente a nosotros revelando unas escaleras que se adentran en lo más profundo de la tierra.
Cuando las puertas se cierran a nuestra espalda seguimos oyendo el viento, mas este ya no nos golpea. El lugar está alumbrado con luces cálidas que emulan antorchas. Dejamos atrás la escalera hasta llegar a una sala amplia que se bifurca en pasillos repletos de nombres.
Nuestro destino está al final, donde se sitúan los panteones privados. Donde reposará mi abuelo para siempre junto a su hija. Mi madre.
A medida que avanzamos me fijo en los nichos de las clases más bajas. Las dejamos atrás y llegamos a una zona con lápidas y estatuas modestas. Sin embargo, al final, el paisaje cambia para dar paso a una zona salpicada de panteones amplios, que hacen que este lugar parezca una pequeña ciudad.
El de mi familia, uno de los más grandes, está casi al final y se alza como un coloso entre el resto de edificaciones. La estatua de un ángel custodia la puerta. Nil se aleja unos pasos para dejarme intimidad y yo atravieso la entrada.
Escucho el sonido de mis propios pasos que retumban contra el suelo de mármol. Mis antepasados están convertidos en piedra y me observan mientras camino hacia la última estatua que representa a Brais.
Está tan bien hecha que se me escapan las lágrimas al verle. Incluso tiene sus ojos. Aunque no es posible, me parece distinguir el tono añil que tanto los caracterizaba. En esa mirada de infinito cariño con la que solía mirarme y que ahora ya jamás volveré a ver.
Trago saliva y desvío la mirada a la estatua que hay junto a él. Una mujer de facciones hermosas, cabello largo que cae en cascada a ambos lados de su rostro y cubre su pecho. Leo el nombre bajo la estatua.
Zeltia Narcea.
Mamá. Y los pocos recuerdos que tengo de ella acuden a mi memoria. No recuerdo su voz. Tampoco su rostro, que me resulta ajeno mientras lo observo. Acaricio la superficie pulida de la piedra y me pregunto cómo será tener una familia como la que Nil ha tenido.
Doy un paso atrás.
Toco la mano de piedra de mi abuelo, queriendo sentir el tacto de su piel, pero solo siento el frío de la muerte.
—Abuelo..., no sé cómo se supone que se hace esto.
No sé cómo despedirme de la persona que me enseñó lo que él jamás se preocupó de enseñarme.
No hablo solo del ajedrez, aunque sé que para ti nunca fue solo un juego.
Me enseñaste a pensar antes de mover, a no rendirme cuando perdía piezas, a entender que incluso cuando el tablero parecía perdido siempre quedaba una jugada que podía cambiarlo todo.
Y ahora que no estás... me doy cuenta de que también me estabas enseñando a vivir.
»Tú fuiste quien me mostró que sentir no era una debilidad, que uno puede ser fuerte sin dejar de ser humano.
Que se puede tener miedo y aun así avanzar.
Que se puede querer y aun así seguir en pie.
Todo eso lo aprendí contigo, en tus silencios, en tus historias, en la forma en que me mirabas cuando creías que no me daba cuenta.
Hago una pausa en la que vuelvo a mirar la estatua de mi madre unos instantes antes de volver a centrarme en él.
—Ojalá hubiera tenido más tiempo para decírtelo.
Para decirte que cada vez que muevo una pieza en el tablero te escucho.
Que cada vez que siento algo que me desborda pienso en cómo me habrías dicho que respirara hondo y siguiera adelante.
Me enseñaste a no temblar..., pero hoy tiemblo igual.
Y aun así voy a seguir. Porque tú me enseñaste cómo.
No sé si voy a hacerlo bien, pero voy a intentarlo.
Por ti. —Suspiro despacio—. Bajo la última luna, sigue adelante.
Lanzo un beso al aire antes de darle la espalda y caminar de nuevo hacia la salida del panteón.
Nil está fuera, examinando lo que tiene alrededor, y una oleada de cariño me recorre el vientre.
El calor acude a mis mejillas. Sigue de espaldas, ajeno a mi escrutinio.
No parece un soldado. Se detiene frente a una estatua y doy un par de pasos.
Se gira hacia mí en cuanto me escucha y su mirada cobalto se clava en la mía.
Y el afecto se convierte en deseo.
Camina hacia mí con esa sonrisa que me deja sin palabras y cuando llega a mi altura me estrecha entre sus brazos. Me apoyo en su pecho y le rodeo con el brazo. Me besa en la cabeza antes de separarse un poco de mí.
—¿Cómo estás? —pregunta con suavidad.
—Ahora mejor.
Es cierto. Rodeada por sus brazos, aspirando su aroma, que me embriaga y me hace querer hundir la cabeza en su pecho. El corazón se me desboca y él me aparta un mechón del rostro. El tacto de sus dedos en mi mejilla me hace estremecer y cerrar los ojos unos instantes.
—Eres preciosa.
Abro los ojos, completamente ruborizada, esperando encontrarme algún gesto burlón en su expresión, pero solo veo admiración, deseo y un fuego en el que quiero arder.
—Nil, yo...
Su mirada se enfoca en mis ojos y se inclina para darme un beso suave en los labios. Se separa, ahora sí con una sonrisa.
—Cuando dijiste que matarías por mí, ¿era cierto?
La sonrisa se esfuma de su expresión y me aprieta más fuerte contra él. El azul de sus ojos se vuelve más oscuro y recorre con la otra mano el contorno de mi rostro. Su voz parece más grave incluso cuando responde:
—Izz..., hemos sobrevivido al hielo y al infierno, ¿crees que me temblaría la mano por ti? Si alguien te toca, le destruyo.