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Nil
Los defensores lunares han sido creados para asegurar perímetros, proteger asentamientos y mantener la integridad de las rutas de tránsito cercanas a zonas extremas.
Su doctrina se basa en la contención, la vigilancia y la respuesta rápida ante amenazas externas o anomalías derivadas de los fragmentos.
Operan en formaciones estructuradas y con equipamiento de refuerzo.
No realizan incursiones profundas en los desiertos, sino que sus misiones de extracción se limitan a un perímetro asegurado previamente.
Informe público del Gobierno de Amazora
Tras haber acompañado a Izz al laboratorio en cuanto ha salido del hospital, me he dirigido al núcleo a seguir indagando sobre Alveron.
El piso sigue sin dar señales de que nadie haya acudido.
Tampoco lo han visto por los lugares que él frecuentaba y cada vez estoy más seguro de que le ha pasado algo.
Sigo dando vueltas por la ciudad hasta que me llega un aviso en el ordenador de muñeca.
Es el teniente Stravic, que me convoca a la Academia de Saqueadores.
Me pregunto qué razones tendrá para llamarme, pero me relaja que sea en su despacho.
No se arriesgará a hacerme nada, si es el traidor, en un lugar público como ese.
Cojo un deslizador que me lleve directo al quinto anillo.
Durante el trayecto me llevo la mano a la mejilla. Aparte del frío no siento nada especial. No he experimentado la desorientación que mencionó Izz, ni ningún otro síntoma. Me pregunto si acabaría convertido en una monstruosidad como Vik o si, por el contrario, conseguiría algún don.
El transporte se detiene interrumpiendo el curso de mis pensamientos y me bajo frente a la Academia.
El aire del quinto anillo me golpea con fuerza y doy unos pasos hacia el edificio en el que he pasado tantas horas durante los últimos años.
Atravieso sus puertas y me dirijo al ascensor, presentando primero mis credenciales con el ordenador de muñeca.
Empiezo el ascenso a una de las plantas superiores, donde está el despacho de mi teniente. Tiene la puerta entreabierta, señal de que me está esperando, y cuando la atravieso los recuerdos me sacuden.
Me llevan al momento en que me ordenaron la misión que cambiaría por completo mi vida.
El teniente Stravic está tras la mesa con unas ojeras marcadas y el semblante serio.
Hay papeles desperdigados por su mesa y a su espalda veo las pantallas holográficas que muestran diferentes partes de Hespéria y que ya me sorprendieron la primera vez.
No las apaga, sino que las mira unos instantes antes de volver a mis ojos.
—Bienvenido, Nil.
No me llama saqueador Dilar. Y su tono tampoco es tan firme como el que solía usar. De hecho, incluso ha aparecido una sonrisa cálida en su cara. Puede que sea solo una máscara.
—Teniente Stravic —respondo de forma automática, haciendo el gesto militar.
—Puedes llamarme Ronan.
—Está bien, te... Ronan.
«Ron me lo dijo». La voz de Arno resuena en mi memoria y tengo que obligarme a mantenerme neutral y seguir respirando con normalidad.
—Te he llamado primero para preguntarte cómo estás.
—Bien, mejor. Gracias. —Siento como si mi propia voz pudiera traicionarme y reflejar mi desconfianza.
—¿Seguro? Perder a todo tu equipo tiene que haber sido muy duro. Sé por experiencia que uno cambia cuando regresa de las zonas extremas.
—No ha sido fácil —reconozco—, pero intento llevarlo lo mejor que puedo.
—Me alegro de escuchar eso. Si necesitas cualquier cosa en cualquier momento solo tienes que pedírmelo.
Se queda unos instantes en silencio y me siento en la silla que hay frente a él, intuyendo que no solo me ha convocado para preguntarme por mi estado.
Repasa los papeles que tiene desperdigados por la mesa y vuelve a dirigir la mirada hacia mí.
Con el ojo con el que puede ver me evalúa antes de tomar aire.
—Ventia ha propuesto un programa nuevo para los saqueadores. Tú sales entre las propuestas para iniciarlo y quería comentarlo contigo antes de que ella lo haga.
¿Un programa nuevo?
Ronan se echa hacia atrás en su silla con los dedos entrelazados, evaluando mi silencio. En realidad, no sé qué decir. Más allá de preocuparme por Izz, de pasar tiempo con mis padres y del antídoto, no me he planteado mi nuevo futuro.
—No es necesario que digas que sí, Nil. No estás obligado, no le debes nada a Iberion.
Más te debe él a ti. —Hace una breve pausa sin apartar la vista de mí—.
Ventia puede ser muy persuasiva, pero quiero que tengas presente que tienes opción.
El poder hace que la gente crea que puede controlar a los demás a su antojo.
Sea con palabras bonitas, con órdenes irrefutables o jugando con las emociones de los otros.
¿Realmente está hablando así de su mujer? ¿La misma que cree que es imposible que la haya traicionado? Me muerdo la lengua para no formular estas preguntas en voz alta.
—Gracias, Ronan —digo en su lugar, y esta vez no consigo ocultar la frialdad en mi voz.
¿Está hablando de Arno en realidad y de que él no pudo elegir? ¿Por qué se quedó él al servicio del Alto Comisionado y no Ventia?
Mi mente se pierde y mis ojos van a las pantallas que hay tras Ronan. Las recorro una a una de forma distraída. Una parte del núcleo. Lugares que desconozco. Despachos. Una parte del cinturón. Una sala del ayuntamiento donde reconozco a Flavia, Umbral y a otros que no sé quiénes son.
—Un momento. —Señalo esa pantalla.
Stravic se vuelve un instante a ver lo que estoy apuntando.
—¿Estás espiando a Ventia?
—En realidad no.
¿Cómo que no?
—Me llegó una señal no autorizada tras el primer apagón. Te vi a ti. A Lizara. A Arno mostrando su verdadera cara al fin. Y yo la mostré al resto de Selestara —dice Ronan con dureza.
—¿Fuiste tú?
No puedo ocultar mi sorpresa ante esta revelación.
¿Por qué difundiría las imágenes él si es el traidor?
No tiene ningún sentido. ¿No fue Alveron?
A él debía llegarle la señal. Si esta se desvió hasta Stravic fue porque falló la comunicación con el hacker .
Y eso solo puede confirmar mis sospechas de que le ha pasado algo.
Pero esto también demuestra que la líder rebelde tiene razón: el teniente Stravic no es el traidor.
—Sí. Después la cámara se la quedó Ventia. Y todo apunta a que se convertirá en la nueva Alta Comisionada.
—Entonces sí la espías.
—¿Importa? —pregunta humedeciéndose los labios—.
Es ella la que ha dejado una cámara en su nuevo despacho.
Si no se ha preocupado por apagarla, no es mi problema.
Y, como he dicho, el poder conlleva riesgos.
No todo el mundo está preparado para cargarlo sobre sus hombros.
No dejaré que a mi mujer le pase lo que le pasó a Eubea Landina.
No estoy muy de acuerdo con sus métodos, pero gracias a ellos se destapó a Arno. Y, aunque no lo reconoceré en voz alta, le entiendo. Protegería a Izz con mi propia vida si hiciera falta.
Stravic apaga las cámaras y entrelaza los dedos frente a sí con la misma sonrisa cálida con la que me ha recibido.
—Eso es todo por ahora, Nil. Recuerda lo que te he dicho. Tu destino solo está en tus manos. Puedes retirarte.
Asiento, le doy las gracias y salgo del despacho y de la Academia con Alveron rondando mi mente.
Voy hacia mi casa dando un paseo, intentando ordenar todo en mi cabeza, cuando mi ordenador de muñeca emite una vibración. Por un momento creo que es Ronan, pero al consultar el mensaje me fijo en que se trata de un comunicado especial del Gobierno.
«Se solicita a todas las personas infectadas que acudan de inmediato al Laboratorio 13, en el sexto anillo, para su inspección obligatoria. El antídoto ha sido aprobado y está listo para su administración».
Han pasado unas horas desde que Izz ha empezado a trabajar, pero no esperaba que fuera tan rápido.
Siento la sonrisa de orgullo estirar mis comisuras y cambio el rumbo de mis pasos.
El sexto anillo no está lejos, sin embargo, cojo un deslizador y llego a la zona de los laboratorios en unos diez minutos.
Todavía no ha llegado mucha gente y puedo entrar sin problemas. Me hacen pasar a una sala de espera en la que hay unos pocos infectados, entre los que reconozco a Drevan. Él levanta la cabeza y, al reconocerme, se incorpora y los dos nos sentamos en una zona apartada de la sala.
—Vik siempre estuvo muy orgulloso de ti. —Un calor me recorre el pecho, donde me llevo la mano, ante sus palabras—. Si te viera ahora, el hombre en el que te has convertido, lo estaría aún más.
—Gracias —respondo con un nudo en la garganta—. Tengo que contarte algo. Espero que no me odies por ello, pero si me odias lo entenderé.
—Nunca podría odiarte, Nil. Igual que nunca podré dejar de querer a tu hermano.
Cojo aire, armándome del valor que necesito para contarlo una última vez.
—Le vi. Allá fuera. Convertido en un monstruo y tuve que...
A pesar de todas las veces que he revivido ese momento, de que todo el mundo me ha dicho que le liberé y yo mismo sé que esa no era vida, que Vik hubiera querido que acabara con ese monstruo, me sigue costando verbalizar lo que tuve que hacer.
—Cuando volvimos del Desierto Polar nos pusieron en cuarentena —empieza Drevan sin dejarme terminar la frase—, nos aplicaron un suero preventivo, según nos dijeron.
Después de eso... algunos de nosotros tuvimos diferentes tipos de reacciones, pero Vik...
Vik empezó a cambiar y lo derivaron a otro laboratorio.
Entonces no lo entendí bien. Quizá porque fue en esa época cuando nos implantaron el chip, pero ahora sé lo que le hicieron.
En qué le convirtieron. —Baja la mirada vidriosa al suelo y respira con fuerza—.
Le quitaron todo. Nos arrebataron la oportunidad de vivir.
Y si tú acabaste con esa pesadilla, le hiciste libre.
Le abrazo con fuerza uniéndome a su llanto. A un dolor que los dos compartimos y comprendemos por igual. Nos quedamos así unos segundos, ignorando lo que sucede a nuestro alrededor.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunto cuando nos recuperamos lo suficiente como para retomar la conversación.
—No voy a ponerme el antídoto.
Frunzo el ceño sin comprender.
—A los centinelas nos dejan elegir. Sin el chip tengo plena conciencia de mis capacidades. Ahora soy... diferente. Mis dones pueden servir de verdad para proteger a los iberios.
Asiento y me llevo la mano a la marca gris. ¿Qué decisión tomaré si resulta que en lugar de ir a convertirme en un monstruo...?
—Lo entiendo. Vas a hacer un gran trabajo hagas lo que hagas.
Me parece una gran idea, ya que siempre ha habido problemas con las mutaciones que entraban de los desiertos y los centinelas son la mejor arma con la que contamos para defendernos de lo que hay ahí fuera. Arno les implantó un chip negándoles la oportunidad de elegir que Ventia les ha dado.