61
Izz
Los saqueadores lunares se establecen como unidad de extracción y recuperación en las zonas extremas.
Su función principal consiste en localizar, identificar y recolectar materiales derivados de los fragmentos lunares, operando en entornos de alta inestabilidad térmica y geológica.
Su entrenamiento prioriza la movilidad, la resistencia y la capacidad de operar con recursos mínimos.
No poseen mandato ofensivo ni defensivo más allá de la autoprotección operativa.
Informe público del Gobierno de Iberion
Oscuridad. Un frío que me envuelve el corazón, mas empieza a desaparecer gracias al cálido contacto que cubre mi mano.
¿Dónde estoy? Lo primero que escucho son los pitidos rítmicos de una máquina. Lo segundo, la respiración acompasada de quien está sentado junto a mi cama. Abro los ojos con dificultad. Necesito saber qué es real y qué no. Si estoy en casa con el abuelo o...
No.
El abuelo está muerto. Arno lo mató.
Alguien tiene la mano sobre la mía, pero su cabeza está apoyada muy cerca de mi almohada. El corazón se me llena de mariposas al reconocer el cabello oscuro de Nil, las callosidades de sus manos, los brazos fuertes...
Me duele el brazo, sin embargo, es algo que siento lejano. Latente. Cuando intento moverme otros dolores acuden. La cadera. La espalda. De pronto, me siento como si llevara demasiado tiempo en la misma postura.
—¿Cuánto...? —Apenas me sale la voz. Tengo la garganta tan seca que también me duele.
Nil levanta la mirada hacia mí. Tiene los ojos rojos, y me pregunto si es por mí. Se apresura en acercarme a los labios un vaso de agua. Lo hace con tanta delicadeza que por un momento nadie diría que es un saqueador temible. Y entonces el terror se abre paso: la marca gris en su rostro.
—Ha pasado una semana. ¿Cómo estás?
«¿¡Una semana!?».
Me incorporo ignorando el dolor que me recorre el cuerpo. ¿Cómo puede haber pasado tanto tiempo?
—No..., no...
—Tranquila, Izz. Estás bien. Estamos bien.
—No, Nil. La mutación..., tengo que...
Él se lleva la mano a la zona gris y niega con la cabeza.
—Estoy bien.
Mas eso no me tranquiliza. Tengo que levantarme. Tengo que crear más antídoto.
Él adivina mis intenciones, deja el vaso sobre una mesa y se apresura en ayudarme. Por un momento he pensado que iba a detenerme, y sonrío para mis adentros al pensar que me conoce bien y que no iba a ser capaz de convencerme de que me quedara quieta.
Al ir a apoyarme en el brazo izquierdo, pierdo el equilibrio y acabo entre los brazos de Nil.
Me miro el cuerpo. Intento mover el brazo mutado, que me duele, y...
No está.
Abro la boca por un grito que asciende por mi garganta, pero se queda atascado en ella y lo único que emito es una especie de gruñido. El saqueador sigue la dirección de mis ojos, me ayuda a sentarme bien y se aparta un poco para mirarme, aunque sin soltarme, temiendo que pueda caerme.
—Tu brazo sufrió demasiado. A pesar de la mutación... —Traga saliva, valorando cómo seguir—. Intentaron salvártelo, pero dada su naturaleza, no contamos con medios para curar algo así.
Continúo mirando ese lugar que ahora está vacío.
Y que me duele. Mas no es solo un dolor físico, es algo visceral.
Suspiro con pesar, incapaz de acostumbrarme a esa ausencia.
Me cuesta reconocerme sin mi brazo. Como si hubiera perdido algo más que un miembro.
Como si hubiera perdido una parte de mi historia.
—¿Qué ha pasado con él? —le pregunto eludiendo el tema.
Es algo en lo que no quiero pensar... por el momento.
—Me llamaron a testificar. —Se rasca el pecho evaluando por dónde empezar—.
Arno ha sido juzgado y condenado a cadena perpetua en Soldrak.
Se ha celebrado el juicio de forma pública, toda Selestara ha sido testigo de sus crímenes.
Aparte de revelarse que estaba aliado con Dariena Ayarza, la Alta Comisionada de Amazora, y ambos ocultaban los experimentos con humanos.
Por supuesto, al salir todo a la luz, ella también ha dimitido.
Pero no se quedará sin recibir también su merecido.
Joder, espero que también la condenen a cadena perpetua.
Me muerdo el labio. Sabíamos que Amazora estaba aliada con Iberion gracias a los rebeldes, aunque imagino el impacto que habrá tenido eso en el resto de la sociedad.
Le aparto de mí con suavidad, para que me deje levantarme de la camilla por mí misma. Mis piernas me sostienen a duras penas, pero me alivia poder hacerlo sola. Algunas zonas me responden con un quejido doloroso, pero las ignoro. Necesito moverme.
Mientras doy un paso tras otro de forma lenta, manteniendo el equilibrio y poniéndome a prueba a mí misma, pienso en todo esto. Y, sobre todo, en cómo es posible que, habiendo sido criada tal y como Arno hizo conmigo, no tengo su mentalidad aberrante.
«Porque tú no estás perturbada», me dice una voz en mi interior, que se parece mucho a la de Nil.
Me apoyo en la ventana y observo Hespéria.
No son las vistas de «mi casa» —no sé si considerarla mi casa—, ya que estoy en un piso no muy alto del cuarto anillo.
La ciudad parece tranquila, a salvo bajo la aurora verdosa, ocupada en sus quehaceres diarios, sin saber lo cerca que están de perderlo todo.
Al menos hemos conseguido desenmascarar a Arno, a pesar de que ha completado la Fase Final del Proyecto Selene.
Llevo la mano a mi pecho donde todavía reposa el colgante que Nil me regaló. Pero falta algo.
—El anillo —musito. Me giro hacia él, que se mantiene a unos pasos de mí, aunque leo en sus ojos las ganas que tiene de acercarse, y yo de que lo haga, pero todavía me falta entender algo, que es lo que ahora mismo pone distancia entre nosotros—. ¿Tenía una cámara...? ¿Por eso me lo diste?
—Sí, pero no fue solo por eso. Alveron me lo dio y yo quise dártelo a ti por si algo salía mal, para que quedara grabado. Para exponer a Arno al mundo. No sé qué plan B tenían los rebeldes, pero el mío fue este. Y no me arrepiento.
Bajo la cabeza y me llevo la mano a la nuca dispuesta a devolverle lo que le pertenece.
Nil se acerca y coloca una de las suyas sobre la mía.
La otra coge mi barbilla, que alza con suavidad para que nuestros ojos se encuentren.
Me muerdo el labio de nuevo, a punto de derretirme ante la intensidad con la que me mira.
Él desvía un momento la vista hacia mis labios para luego volver a mis ojos.
—Pero el colgante de mi madre te lo di porque tuve la necesidad de hacerlo.
Sentía que me protegía, y quería que te protegiera a ti.
Que, aunque yo estuviera a tu lado a la hora de enfrentarte a tu padre, lo tuvieras, recordándote que estaba contigo.
—Libera mi mano para descender hasta mi escote, donde me acaricia a la vez que el collar—. Y quiero que siga siendo así.
La mano que todavía sujeta mi barbilla hace una leve presión para acercarme a sus labios y yo no me resisto. Necesito saborearle de nuevo, liberar el fuego que arde en mi interior cada vez que le tengo cerca.
Con mucho cuidado, me acerca más a él y me rodea la cintura para cogerme con firmeza, pues mis piernas parecen haber olvidado su misión de sostenerme.
Me agarro a su nuca y me dejo llevar a un mundo donde queda esperanza para la científica que propició los planes de Arno.
Para la hija del Alto Comisionado que a punto estuvo de arrasar Hespéria con su poder.
Un carraspeo nos hace separarnos de repente. Ventia ha entrado en la sala y Nil me ayuda a sentarme de nuevo en la cama, a pesar de que puedo hacerlo sola.
—Qué alegría verte despierta, Lizara —dice la líder con una sonrisa.
Nil se separa para mirar por la ventana, dejándonos cierto espacio. Ventia está nerviosa y traza círculos sobre la sábana. Todo su rostro está teñido de gris y trago saliva. Si llevo una semana en la cama...
—Sé que no es el mejor momento, pero necesitamos tu ayuda para el antídoto.
—Claro, puedo... —intento ponerme en pie, pero ella me detiene.
—Tranquila. Contamos con algo de tiempo, espero.
—Ha pasado una semana, Ventia. Tiempo es lo que no tenemos. No sabemos el nivel de contagio que ha provocado la onda expansiva en Hespéria. —Se me atropellan las palabras.
La líder niega con la cabeza despacio y me hace sentar con firmeza.
—La onda expansiva de Arno no llegó mucho más allá del ayuntamiento —explica con ese tono suave que no admite réplicas que tanto la caracteriza—.
El antídoto funcionó. Solo que no fue inmediato.
Igual que las mutaciones no son inmediatas.
Por suerte, han sido pocos los casos que ya han iniciado la fase de mutación, sin embargo, el antídoto los ayudará.
Sé que quieres salir ya de aquí, pero no serás de ayuda si no estás del todo recuperada. Esperaremos a ver qué dice el médico.
Quiero replicar, pero sé que tiene razón. Sin embargo, poco me va a importar lo que diga el sanitario. Tengo las fuerzas suficientes para elaborar el antídoto, y si Ventia me proporciona un equipo científico bien preparado, ni siquiera me supondrá un gran esfuerzo.
Se me encoge el corazón al pensar en Catarina. No pude salvarla...
—¿Cómo ha terminado todo? —interviene Nil con la impaciencia brillando en sus ojos.
La mujer nos mira a ambos.
—Han sido tres días de juicio seguido por las tres naciones.
—Nil lo sabe, pero yo no. Imagino que por eso empieza por el principio, algo que le agradezco en silencio—.
El veredicto ha sido claro: Arno Raven será recluido en la Institución Penitenciaria de máxima seguridad Soldrak.
La sentencia recoge crímenes muy graves contra la humanidad, intento de homicidio y un delito inédito que los magistrados han denominado «experimentación degradante», consistente en someter a la población a una mutación forzada con fines militares.
A ello se suman acusaciones de calumnias sistemáticas, utilizadas para desacreditar a sus opositores y conseguir sus fines.
Hace una pausa y arruga el entrecejo. Está tratando de ordenar los acontecimientos. Reconozco la desorientación propia de las primeras fases de la mutación, sin embargo, me mantengo en silencio.
—Además, tanto Arno Raven como Dariena Ayarza ocultaron la existencia de un sistema capaz de generar energía casi infinita mediante la unión de fragmentos lunares.
—Nil y yo intercambiamos una mirada de estupefacción.
¿Habían logrado algo así y habían permitido que la gente siguiera sufriendo las desigualdades energéticas?
—. Fuentes diplomáticas han asegurado que el Alto Comisionado de Nevrast, Tolvanich Morozov, permanecía ajeno a esta información, lo que abre un nuevo frente de tensiones entre las tres naciones.
—¿Qué va a pasar con Dariena Ayarza? —pregunta Nil.
—Correrá la misma suerte que Arno.
Unos toques en la puerta nos advierten de la llegada del médico. El doctor entra en la sala y saluda a Nil y a Ventia, mientras que a mí me hace una leve inclinación de cabeza antes de empezar a hablar.
—Buenos días, Lizara. Soy el doctor Malne y he estado tratando tu caso desde que llegaste al hospital.
Lamento lo de tu brazo, pero no había otra opción.
No disponíamos de los conocimientos necesarios para intentar cualquier otra cosa.
Sin embargo, sí tenemos los medios para proporcionarte un brazo biónico cuando estés más recuperada.
Asiento con impaciencia, porque este no es el tema del que quiero hablar.
—¿Cuándo podré irme?
El doctor Malne arquea mucho las cejas ante la pregunta y teclea en su UTP para examinar mi historial.
—Tienes que hacer reposo y...
—Eso puedo hacerlo fuera de aquí.
—... y tenemos que hacerte un seguimiento.
—Puedo venir todas las veces que consideréis necesarias. Mientras tanto, necesito...
—Izz, no es muy sensato que hagas esfuerzos. Lo mejor es que te quedes aquí hasta que te recuperes.
—Os digo que estoy bien. No voy a excederme, sé hasta dónde puedo llegar, mas hay cosas que debo hacer fuera de aquí.
—Esas cosas pueden esperar.
—¡No pueden esperar, joder!
Nil me mira asombrado con una sonrisa pícara.
—Está bien. Haremos una cosa. Hoy vas a quedarte en observación y mañana si todo sigue en orden programaremos tus revisiones y te dejaremos ir a casa —afirma el doctor Malne cerrando el holograma del UTP.
Estoy a punto de responder cuando Ventia interviene:
—Gracias, doctor.
Con otra inclinación de cabeza el médico abandona la estancia y yo aprieto los labios, frustrada. Vuelvo la mirada hacia Nil, a su mancha gris, y el nerviosismo me corroe.
—Necesitaré un equipo científico y mi laboratorio. Necesito nexenol, voltraxita y quelante de ferrioxina.
—Lizara, ya me he encargado de eso.
Me relajo, lo único que puedo hacer en esta situación, y me tumbo en la cama. Ventia se despide y Nil vuelve a ocupar el sitio en el sillón junto a mi cabecera.
Siento el contacto de su mano sobre la mía mientras dejo que el sueño me venza. Lo último que veo antes de caer en un profundo sueño son los ojos azul cobalto del saqueador, que me acaricia el dorso de la mano con cariño.