La última luna 60 #2
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60 #2

Ninguno de los dos tiene ningún tipo de marca gris, lo que me hace preguntarme si la tendrán en otro lado o... «Tal vez las esporas no siempre dejen una marca», me digo. Aunque prefiero decantarme por otra opción; que quizás se han librado del contagio.

—¿Estás bien? Te hemos visto en esas imágenes... —La voz de mamá se quiebra mientras me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi rostro—. Tu cara, el brazo...

Respiro hondo. Las esporas lumínicas habrán dejado mi rostro marcado, pero ahora no me preocupa. Al menos, no por ahora.

—Es reversible —respondo, aunque no estoy muy seguro de cuándo se podrá elaborar el antídoto—. Estoy bien, de verdad.

Vuelve a abrazarme antes de acabar sus propias preguntas y yo no digo nada, porque de pronto me falla la voz. Los tres lloramos en un abrazo que dura menos de lo que quisiera.

Me siento a la mesa con ellos y papá sirve los platos de sopa. La mirada de mamá vuelve a recorrerme y se detiene en mi cuello, donde no ve su colgante. No dice nada, pero ladea un poco la cabeza.

—No te he traído el colgante como prometí —le digo.

—Lo importante es que estás aquí.

—Se lo di a alguien importante, lo necesitaba más que yo.

—¿Y funcionó?

—Todavía no lo sé —respondo con sinceridad.

A pesar de la confianza que siempre he tenido con mis padres, hay tanto por contar, tantas cosas difíciles de asimilar que no sé por dónde empezar. ¿Debo contarles lo de Vik? No solo lo que tuve que hacer, sino en qué se había convertido. ¿Qué puedo decirles de Izz ?

—¿Es una chica? —Papá sube y baja las cejas.

—O un chico —se apresura a añadir mamá.

—Es Lizara Raven.

Nunca me ha gustado dar rodeos cuando tengo que decir algo, así que... Lo suelto sin más. Al principio se hace un silencio que vibra entre nosotros con una tensión inusual. Después mamá asiente, como si no le sorprendiera demasiado y estira la mano para tomármela entre las suyas.

—¿Cómo está? Hemos visto lo que pasó...

—No lo sé. —Me encojo de hombros, abatido.

Es la verdad. Ni siquiera sé si saldrá de esta. Puede que lo consiga o tal vez no. Gastó mucha energía en el enfrentamiento con su padre y está grave.

—Ya verás como todo sale bien —promete mi padre.

Les explico lo que ha pasado ahí fuera, la persecución, lo de Arno —aunque esta parte la saben bien pues apareció en todas las pantallas de la ciudad—, lo de los rebeldes, les hablo de Izz y, al final, me quedo en silencio.

Bajo la mirada y dejo la sopa a un lado, porque se me ha cerrado el estómago.

—Cariño, hayas visto lo que hayas visto ahí fuera... —empieza mi madre.

—Es que...

Y no soy capaz. No puedo decirles que el hijo que perdieron en el Desierto Polar mutó hasta convertirse en una monstruosidad al servicio de Arno. No puedo confesarles que yo le maté. Para salvar a Izz.

«Y para dejarle ir al fin», me recuerdo.

«Para salvar a la humanidad».

Pero decirme estas cosas no me quita el peso del corazón, ni cierra la herida. Imagino que nunca se cerrará del todo. Todavía puedo ver sus ojos azul oscuro. La canción que le canté en sus últimos minutos de vida y, en su mirada, un agradecimiento silencioso que me rompió por dentro.

Las lágrimas se me desbordan y los sollozos me sacuden entero. Me tapo el rostro con las manos y los jadeos llenan la estancia de pesar. De un dolor que me pesa demasiado en el cuerpo y que no sé si debo sacar de dentro de mí.

—Todos murieron —digo entre hipidos.

Porque mis lágrimas no son solo por Vik, sino por mis compañeros. Oryonse, Coral, Mia, Kadeth, Lorién... Muertos.

—Nil...

No sé en qué momento mi madre se ha levantado, pero su mano me acaricia la espalda despacio, con cariño.

—Y Vik...

La mano se detiene de pronto, pero después sigue el recorrido.

Sin embargo, la tensión que la recorre ahora se siente en su caricia y eso me da el valor que necesito para seguir hablando.

Porque si mantiene una mínima esperanza, la incertidumbre del paradero de su hijo mayor es peor que... ¿saber que ha muerto?

—¿Vik? —pregunta mamá confusa.

—Vik ya no era Vik.

La caricia se detiene y tiembla. Percibo el leve movimiento que se extiende de su mano al resto de su cuerpo y, aunque intenta contener las emociones, el labio inferior empieza a temblarle. Después de todo lo que han visto de Arno, imagino que ya sabe lo que voy a decirle.

—¿Le viste? ¿Vik está vivo? ¿Dónde...? —pregunta mamá, y el anhelo en su voz me da las fuerzas para continuar.

—Era un monstruo. No se parecía en nada a mi hermano. Pero sé que estaba ahí dentro. Sin embargo... —La voz se me rompe.

Y, con ella, vuelvo a sentir el dolor atravesarme el pecho.

—Tuve que...

—Nil, no pasa nada. Está bien, está bien. —Papá acerca su silla a nosotros y me toma del antebrazo, prestándome su apoyo.

—Sí que pasa. Tuve que... que matarle.

Mis palabras suenan como veneno en mis labios y un regusto ácido me sube por la garganta. El estómago se me pone del revés y me aparto del contacto de mis padres. Me echo hacia atrás. Esperando su rechazo, sus reproches, palabras hirientes.

—Si no era él —empieza mi padre esforzándose—, solo podías defenderte. Salvarle librándole de esa maldición.

—Si alguien es culpable de esto es Arno.

—¿Podréis perdonarme? —Mi voz suena estrangulada y la respiración se me entrecorta.

El aire apenas entra en mis pulmones y me esfuerzo en respirar con normalidad.

Mamá se pone de pie, se arrodilla delante de mí y me obliga a mirarla a los ojos.

Me toma el rostro entre las manos, se lleva lágrimas con los pulgares y, aunque ella misma está llorando, el cariño con el que me mira me hace calmarme. Lo suficiente para poder respirar.

—¿Perdonarte? —Sonríe con tristeza—. Nil, has tenido que sobrevivir ahí fuera.

Has regresado con vida. Y nos has traído la verdad.

Que estés aquí es el mayor regalo. Te queremos muchísimo y si Vik...

murió, si ya no era él, fuiste tú quién le arrancó de esa condena.

Estoy segura de que fuiste su última luz.

Estoy segura de que le liberaste cuando nadie más podía hacerlo.

No cargues con una culpa que no es la tuya.

—Hijo, le diste paz. Y no hay acto más valiente que ese. Vik estaría orgulloso —añade mi padre con la voz ahogada por las lágrimas.

No me merezco estas palabras, pero las acepto. Seguimos juntos algunos minutos más, compartiendo el silencio; después el cansancio me vence y me voy a mi habitación a descansar.

No sé si podré dormir, pero necesito tumbarme. En una cama de verdad.

Para cuando despierto, volvemos a estar en la primera franja de trabajo del día y mis padres se han ido. Me han dejado una nota. No han querido despertarme. Me como unos pastelitos que ha preparado mamá y consulto mi ordenador de muñeca. Intento contactar con Alveron.

Nada de nada.

Tampoco hay noticias del hospital.

Salgo de casa, decidido a ir directo al cuarto anillo a ver a Izz. Necesito verla. Quizá después intente hablar con los rebeldes, saber qué va a pasar.

Encuentro a Ventia cuando estoy recorriendo el pasillo camino de la habitación de Izz.

Me detiene a unos metros de la puerta, desde donde me llegan los pitidos y los sonidos propios de la máquina que se ocupa de mantener a la chica con vida.

—Nil. Tengo que hablar contigo.

—¿Ventia? ¿Qué haces aquí?

—Flavia está en una de esas habitaciones. No creo que tarden mucho en darle el alta. Sabía que vendrías. Verás...

Se asoma a mi espalda, donde Izz reposa en la cama. Me aparta de la sala hasta un pasillo anexo, donde solo hay una máquina de agua, sillas de plástico vacías y una máquina de barritas de proteínas parecidas a las que nos llevamos a las misiones.

—He intentado contactar con Alveron —suelta tamborileando con los dedos sobre la pernera de su pantalón.

—Yo también.

Un brillo de esperanza brilla en la mirada de Ventia, pero solo dura unos segundos, hasta que se da cuenta de que ha sido sin éxito.

—Tú... eres su amigo. ¿Crees que podrías ver si está en su casa o...?

Asiento. Asimilando sus palabras. ¿Dónde está Alveron? ¿Le habrá pasado algo? ¿Y si de verdad fue un hackeo y le tienen preso? O peor... ¿Puede estar muerto? Se me revuelve el estómago.

Ventia me lo agradece y me pide que la mantenga informada de todo. Después me acompaña a la puerta de la habitación de Izz y me deja solo tras darme una palmada reconfortante en la espalda.

Izz está tendida en la cama de sábanas blancas, luchando por su vida. La rabia me hierve en las venas. Siento tal impotencia que empiezo a temblar sin control.

Arno le hizo esto. Su propio padre.

Su pecho se sacude una. Dos. Tres veces. Y después vuelve a normalizar su respiración. Me siento a su lado, la tomo de la mano y así paso las siguientes horas.

Esperando. Hablándole. Suplicándole que despierte.

No lo hace.

Y cuando empieza la segunda franja de trabajo, me voy del hospital. Directo al núcleo. Tengo que encontrar a mi amigo.

Recorro los lugares habituales de Alveron. Su casa está cerrada, sin acceso. El reconocimiento facial no me permite la entrada. Voy a los locales a los que le gusta ir. Nada de nada.

El miedo crece en mi interior y la idea de que alguien le haya matado cobra más fuerza.

Él tuvo que ser el que difundió las imágenes del anillo.

Si le descubrieron, como sospecho, sería motivo más que suficiente para acabar con su vida.

La ciudad me envuelve en su silencio, y cada paso retumba como un eco de lo perdido. Los nombres me persiguen, uno tras otro, como un rezo maldito que no me concede paz. No quiero que Alveron sea otro fantasma. Y, sin embargo, si ha caído, será culpa mía.