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Nil
Se acuerda entre Iberion, Amazora y Nevrast la creación simultánea de unidades operativas especializadas, denominadas Cuerpos Lunares.
Su establecimiento responde a la necesidad de intervenir en las zonas extremas, gestionar los fragmentos lunares y garantizar la seguridad fronteriza ante fenómenos no catalogados.
Aunque cada nación desarrollará su propio enfoque operativo, la activación de los Cuerpos Lunares se realizará de manera coordinada para asegurar paridad estratégica y evitar desequilibrios regionales.
La cooperación inicial se limita al intercambio de protocolos básicos y a la delimitación de zonas de actuación.
Informe internacional de Selestara
Los ojos se le cierran, pero todavía respira.
Su pecho se mueve con suavidad, de forma irregular, y miro a mi alrededor, desesperado.
Arno está entre dos rebeldes, esposado, pero sus ojos están clavados en mí y me mira con una satisfacción tan cruel que me dan ganas de ponerme en pie y borrarle esa maldita expresión del rostro.
Sin embargo, aún sostengo a Lizara y mi corazón se agita con violencia.
La observo y el miedo me atenaza. Miedo a no volver a ver su sonrisa. A escuchar su voz. A continuar lo que hay entre nosotros.
Acaricio su piel gris y un frío perturbador me enfría las yemas de los dedos.
Sigo subiendo hacia la herida sangrante.
No pierdo el tiempo recordando el manual de emergencias.
Arranco un trozo de mi propia ropa para hacer un torniquete rápido con manos temblorosas.
La herida deja de sangrar y deslizo el dedo por su rostro con desesperación.
Ni siquiera me importa que estemos rodeados de gente que nos está mirando.
—Izz, despierta, por favor.
—Los sanitarios ya están de camino —me dice Ventia, que se ha acercado a nosotros.
Me aferro a Izz sosteniéndola cerca de mí. Escuchando su respiración entrecortada. Sus ojos se entreabren y parece que enfocan en mi dirección. Por un instante siento que nuestras miradas se cruzan y la esperanza me sacude el estómago.
Ella gime muy bajito y sus dedos rozan mi brazo. Le tomo la mano y me la llevo a los labios, sin dejar de sostenerla.
—No me dejes ahora, Izz. No con lo que nos queda por vivir.
Se me hace un nudo en la garganta cuando su mano se afloja en la mía y sus ojos se cierran otra vez.
El sonido de unas pisadas metálicas interrumpe mis pensamientos y los sanitarios y los cuerpos de seguridad entran a la sala. Arno les da órdenes, pero no le hacen caso. Ahora todo el mundo ha visto su cara y a quien escuchan es a Ventia, que, por el momento, ha tomado el mando.
Me mira con una disculpa silenciosa cuando los sanitarios me quitan a Izz de los brazos y se la llevan. Me levanto para ir tras ella, pero uno de los médicos me detiene.
—Tengo que examinarte.
—Estoy perfectamente.
—Nil, por favor —me pide Ventia con la súplica pintada en su rostro gris, y me dejo hacer.
El sanitario me pide que me desnude de cintura para arriba y empieza a examinarme y curarme.
Casi me había olvidado del dolor del hombro, pero cuando el médico empieza a revisar la herida y a darme puntos de sutura, el dolor se despierta y me hace apretar los dientes con fuerza.
Cierro los ojos, dejando que el profesional haga su trabajo.
—¿Cómo puede haber pasado?
Umbral, Flavia —quien ha hecho la pregunta— y Ventia se han apartado y susurran junto al cuerpo de Catarina, cerca de nosotros. Aunque mi intención no es escucharlos, sus voces llegan hasta mí.
—Tal vez hayamos sufrido un hackeo —propone el cazador.
—Imposible —rebate la hacker —. Alveron y yo lo teníamos todo bajo control. Juntos hemos creado un cortafuegos imposible de atravesar.
—¿Entonces cómo explicas que ese desgraciado supiera todo?
Por el rabillo del ojo veo cómo a Umbral se le tensa la mandíbula contemplando el cadáver de la que fue su compañera.
—Alguien nos ha traicionado —media Ventia con seriedad—. Alguien en quien confiamos... —Su voz se apaga y noto la culpabilidad en ella.
—Esto no es culpa tuya. —Flavia le pasa el brazo por los hombros.
Entiendo a Ventia. No sabe cuánto. Se siente culpable por todas las personas a las que han perdido hoy. Por el plan fallido. Igual que yo me siento responsable por haber perdido al equipo Centauri.
—Ya puedes marcharte. Intenta evitar hacer esfuerzos estos días —me indica el sanitario.
Mis pies me guían hacia el grupo de rebeldes que siguen debatiendo ajenos a mi cercanía.
No entiendo por qué Umbral no habla. Arno mencionó a Ron.
¿Debería decírselo yo a Ventia? Es su marido.
¿Me creerá? ¿O debo mantenerme al margen?
Por culpa del traidor ha muerto mucha gente inocente. Izz podría no salir de esta.
Ron.
Intento pensar quién más puede ser.
No se me ocurre nadie y empieza a dolerme la cabeza.
La líder dirige la vista hacia mí y las palabras no alcanzan a mis labios.
¿Cómo decírselo?
«Ventia, Arno mencionó a Ron, creo que es tu marido».
Quizá ese no sea el mejor modo.
—Ventia —digo armándome de un valor que me infunde el recuerdo de Izz entre la vida o la muerte—.
Arno mencionó algo cuando nos reveló que conocía el plan.
Dijo que el traidor se llamaba Ron y... —Me humedezco los labios, de repente, me doy cuenta de lo seca que tengo la boca—.
Dijo que estaba con los rebeldes desde el principio.
Ella me evalúa en silencio. Coge aire con fuerza y mira a los otros rebeldes, que no pronuncian palabra, sino que se quedan pensativos. Umbral detiene sus ojos en los míos y atisbo un brillo de comprensión, sin embargo, aprieta los labios y guarda silencio.
—Es imposible —responde ella tajante—. Será mejor que descanses, Nil.
—Piénsalo, ¿quién más conocía el plan? ¿Quién, además, tenía contacto directo con Arno? Solo...
—He dicho que es imposible.
—¿Y quién está con nosotros desde el principio? —interviene Umbral dando un paso hacia delante.
—Investigaremos quién nos ha traicionado, pero no toleraré que se señale a nadie sin pruebas. En mi organización no toleraré esas acusaciones.
Tras echar un último vistazo a los rebeldes, me marcho de aquí. Quiero estar con Izz, necesito saber que se va a poner bien, que después de todo lo que hemos vivido...
El ascensor baja demasiado lento para mi gusto. Una vez en la planta baja, veo con horror lo que Arno ha provocado. Heridos siendo ayudados por centinelas, gente vomitando sangre, personas marcadas por el gris y confusión por haberse descubierto la auténtica cara del Alto Comisionado de Iberion.
Al salir a la calle suelto una maldición. El deslizador de los sanitarios que imagino que lleva a Izz se ha ido. Tendré que coger uno por mi cuenta.
—Nil, espera.
Drevan. Con el caos reinante casi me había olvidado de él.
—¿Cómo estás? —le pregunto.
Su uniforme blanco está manchado, pero no parece herido. Aunque mi pregunta no va tanto a lo físico.
—No soy yo quien ha recibido una paliza.
—Me mira de arriba abajo. No debo de tener muy buena pinta—.
Estoy bien, Nil. Algo confundido —recorre los alrededores con los ojos—, dada la situación.
Es como si llevara semanas dormido. Lo último que recuerdo es regresar de la misión y que nos pusieron a todos en una especie de cuarentena... —Se frota la nuca—. Y ahora esto.
—Y, a pesar de ello, has reaccionado con gran rapidez. Es digno de admirar —le alabo, porque así es.
—Soy un soldado. Estoy entrenado para actuar. —Se encoge de hombros y se fija en mi uniforme—. Y, por lo que veo, tú también. Tenemos mucho de lo que hablar, Nil. Tengo algo que contarte.
El corazón me da un vuelco al pensar en mi hermano. ¿Tendrá que ver con él? Un regusto amargo me recuerda lo que le sucedió, y que Drevan no lo sabe. ¿Cómo reaccionará cuando se lo diga?
—Imagino que quieres ir con esa chica que se han llevado.
—Señala la dirección por la que ha debido de marcharse el deslizador sanitario—.
Ahora no podrás hacer nada por ella, salvo esperar en una sala fría durante mucho tiempo.
—Hago un gesto de negación indicándole que no me importa, pero continúa—: Hazme caso, Nil.
Lo mejor que puedes hacer es irte a casa, comer, ducharte, reponer fuerzas y que cuando ella despierte te encuentre al cien por cien.
Tiene razón. Por mucho que quiera estar en el hospital con ella, soy consciente de que no puedo hacer nada. Asiento y me dispongo a irme, pero le echo una última mirada.
—Ya hablaremos más tranquilamente —se despide y se marcha para seguir ayudando a quien lo necesite.
El trayecto hasta casa se me hace largo. Miro la ciudad. Por aquí no parece haber estragos de las esporas lumínicas que Arno ha lanzado contra Hespéria, sin embargo, no todas las consecuencias son visibles. Espero que no haga falta esperar para verlas y algunas puedan solucionarse lo antes posible.
Entrar en casa, a pesar de que en realidad solo han pasado un par de semanas, me resulta extraño.
Como si hiciera mucho más que me he ido.
El aire huele a la sopa que hace mi madre.
A hogar. Escucho la voz de mis padres en la cocina y camino despacio hacia allí, sin querer interrumpirlos.
Los observo desde el umbral de la puerta.
Y el corazón se me calienta. Pero también siento miedo.
Uno que me atenaza la garganta y que me recuerda lo que he tenido que hacer ahí fuera.
El recuerdo de Vik se me clava como una esquirla de hielo y me obligo a tragar saliva antes de dar otro paso y entrar en la cocina.
—¿Nil? —Mamá deja caer la cuchara con la que removía el caldo y se lanza a abrazarme.
Me dejo envolver entre sus brazos como cuando era pequeño y papá se une al abrazo pocos segundos después.
Como cuando me fui, pero este abrazo está teñido de unas emociones muy diferentes.
Mamá se separa un instante, me sostiene el rostro y me palpa, como queriendo asegurarse de que no soy un holograma. Que de verdad he regresado.