La última luna 59
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Nil

Se realizará una evaluación psicológica y se someterá a un protocolo de seguimiento en los próximos meses, hasta asegurarnos de que no hay riesgo de que provoque el pánico colectivo.

Informe clasificado del Gobierno de Iberion

Aprovecho la distracción para correr junto a Izz. Está herida y con contusiones. La abrazo, pegándola a mi cuerpo para protegerla. No permitiré que ese monstruo le haga más daño.

Desde aquí veo los hologramas que se proyectan en esta sala y en toda Hespéria.

No solo son las imágenes en tiempo real de lo que está sucediendo aquí, sino de todo lo anterior.

Grabaciones de Arno reconociendo sus crímenes, amenazando a inocentes, mostrando su faceta más despiadada, exponiéndole ante el mundo.

Y él lo sabe.

El Alto Comisionado se agacha para coger el cuchillo, pero Drevan avanza, da una patada al arma; a él se une el centinela que sostenía a Umbral. Del tercero no hay ni rastro, ha dejado la puerta abierta tras de sí. Umbral avanza tambaleante, con el arma en alto, con la que apunta a Arno.

Este los mira con desprecio, con la rabia en cada uno de sus gestos.

Ventia llega corriendo seguida de un grupo de rebeldes.

—Esto ha terminado, Arno, todo el mundo ha visto quién eres en realidad —dice la líder con voz serena.

—Ventia. Ya tardabas en unirte a esta fiesta —contesta Arno mirándola a los ojos—. No te equivoques, esto solo acaba de empezar. Y muy pronto todos vosotros estaréis a mi servicio.

Habla como un auténtico perturbado. Camina dejando un reguero de sangre a su paso.

Coge la pistola con la mano que le queda y apunta a Jill, que está detrás de Ventia.

Él saca a su vez el arma. Sin embargo, en lo que todos nos fijamos es en la energía que se arremolina perezosamente alrededor de la otra mano del líder, y asciende por su antebrazo.

Mantiene la expresión firme, marcada por el esfuerzo.

—Puedo matar a todos tus lacayos en un abrir y cerrar de ojos, Ventia. Quédate quietecita —sonríe con malicia— como hiciste en el pasado.

La rebelde aprieta los puños con frustración, pero no hace amago de moverse.

—Ordenaste matar a Eubea Landina, que era mucho mejor Alta Comisionada que tú —suelta a bocajarro la mujer.

—No tienes pruebas de eso.

—Te equivocas. Y muy pronto todos lo sabrán. Verán a quién han estado...

—¡Cállate!

La energía se libera e impacta de lleno en Octavius, que se desploma sobre el suelo. Ventia lanza un grito desgarrado y después abre y cierra la boca, buscando el aire. Arno se dispone a lanzar más energía, pero esta no acude, y aunque muestra sorpresa, vemos la amenaza en sus ojos dorados.

Camino hacia él con el arma en alto apuntándole. Me mira con ojos crueles y sonríe con suficiencia.

Hace el mismo gesto que hizo con Octavius, pero no sucede nada.

Se mira el brazo, frustrado, y opta por amartillar el arma con la mano sana.

Está a punto de disparar cuando Izz se interpone.

Actúo rápido, la sujeto por la cintura, la tiro al suelo y la cubro con mi cuerpo, librándonos a ambos de la muerte.

La mantengo protegida, esperando a que lleguen más disparos.

Aprieto los dientes preparándome para el dolor, pero Arno ahora apunta a Ventia, que avanza hacia él.

—Llegas tarde, Ventia. Tú y tus soldaditos no habéis podido impedir la Fase Final del Proyecto Selene.

Abro la boca emitiendo un grito que no llega a salir de mi garganta. Izz se revuelve entre mis brazos. El resto, rostros lívidos y expresiones de terror.

Izz y yo nos incorporamos. Comprendemos con horror que hemos fracasado. Que no importa que le derrotemos.

Arno alza la cabeza con expresión triunfante.

Mis ojos se clavan en la ciudad de Hespéria, allí donde mis padres estarán celebrando el Apagón sin mayor preocupación que la de dedicar un pensamiento a su hijo ausente. Casi puedo verlos. Casi puedo ver la pesadilla cerniéndose sobre ellos.

La máscara de poder de Arno se resquebraja cuando intenta invocar su poder y este no acude de inmediato, sino que la energía avanza muy despacio hacia él.

Pequeños remanentes que no llegan a nada.

Aprieta los labios, frustrado, mira al otro lado de la ventana, adonde la luz ha regresado hace varios minutos, mezclándose con los tonos de las auroras, que ahora, aunque aún oscuras, se perciben entre el verde de la aurora otoñal, formando casi lo que antiguamente denominaban «arcoíris».

—Tú. —Señala a Izz con todo el peso de su ira—. Tú lo has echado todo a perder.

Izz alza la barbilla orgullosa, pero traga saliva y su mirada se desvía un segundo hacia el cuerpo de su abuelo.

No hemos impedido que Arno lleve a cabo la Fase Final del Proyecto Selene, sin embargo, no quiero pensar que todos los que han muerto lo han hecho en vano.

Recorro la estancia con la mirada. Catarina muerta.

Octavius probablemente también. Los que quedan están marcados por la mutación.

Compruebo con horror que Umbral tiene ambas manos grises, Ventia tiene toda la cara marcada por la mutación y Flavia ha perdido el color naranja de su cabello.

El resto de los rebeldes también tienen marcas visibles.

Todos ellos, y toda Hespéria si no conseguimos detener esto, van a acabar convertidos en monstruosidades tarde o temprano.

¿También yo estaré infectado? Me da un vuelco el corazón al recordar a Vik. En lo que acabó convertido.

—Vas a pagarlo muy caro, Lizara Raven —dice Arno muy despacio, evaluando a su hija con dureza—. Vas a saber lo que es vivir con la culpa. Vas a cargar sobre tus hombros con más muertes de las que vas a poder soportar.

Apunta con el arma lunar y esta libera su energía hasta impactar de lleno en el pecho de un rebelde.

Este se desploma con un ruido sordo que me hace contener un jadeo.

El disparo se repite, y esta vez en dirección a Flavia, pero el centinela al que le rompí el casco tira de ella a tiempo para que solo le roce el brazo.

—Parece que vamos a tener que pasar al plato fuerte.

Sé lo que viene a continuación. Me apunta y dispara.

Esquivo el primer proyectil y disparo la pistola lunar.

El tiro no da en el objetivo y Arno sonríe con maldad.

Sigue disparando una y otra vez, esquivo la mayoría, pero el dolor me sacude cuando una bala me atraviesa el hombro y aprieto los dientes.

Pierdo la concentración y el Alto Comisionado aprovecha mi distracción para apuntar de nuevo.

Izz se sitúa delante de mí interponiendo su brazo mutado como si hubiera escuchado el disparo antes de que se produjera. El impulso la echa hacia atrás y la sujeto antes de que se desplome. Me arrodillo con ella en brazos.

—Vuestro amor ha condenado a Selestara. Y ahora será el arma que os destruya.

Arno suelta espuma por la boca y nos mira con los ojos inyectados en sangre.

La pistola lunar apunta directamente a mi pecho.

Izz tose e inhala con fuerza, y el esfuerzo que hace por respirar me resulta doloroso.

El brazo mutado sangra y permanece inerte a un lado de su cuerpo.

Parpadea varias veces intentando enfocar la mirada y trata de incorporarse, pero la detengo con fuerza.

La aprieto contra mí a la vez que la protejo de su padre, a punto de disparar.

Cierro los ojos y me centro en su contacto, en su respiración, en nuestro final... juntos.

Sin embargo, este disparo no llega nunca y me atrevo a abrir los ojos. Flavia y Umbral han desarmado a Arno y le sujetan con fuerza mientras él los maldice.

—Izz, sigue conmigo —le suplico, ignorando el caos a nuestro alrededor.

—Creéis que me habéis detenido. Solo habéis acelerado lo que viene. —Las amenazas del Alto Comisionado se diluyen también entre todas las voces que hay a mi alrededor.

—Izz, por favor... Estoy aquí, contigo.

Su mirada se pierde bajo los párpados y deslizo los dedos a través de su mentón, de la curva de su rostro hasta llegar a los labios. Las lágrimas me queman en la garganta, pero me obligo a permanecer firme.

—Te vas a poner bien —le digo con voz temblorosa.

¿Y si no se recupera? ¿Y si este es el final?

—No, Nil... —susurra, como si me hubiera leído la mente.

—Izz..., no te vayas. No cuando por fin sé que quiero una vida escrita por nosotros. No te pido que luches por Selestara; te pido que luches por lo que ya hemos empezado a escribir. No dejes que otros decidan dónde termina nuestra historia.

No se puede empezar de cero cuando lo que has vivido es tan intenso. Sin embargo, ese pensamiento se me escurre como agua entre los dedos. Como la vida que siento que abandona su cuerpo. Como la luz de esos ojos plateados que se desvanece cuando los cierra.

—Deberíamos habernos quedado allí...

Son esas palabras las que me llevan con ella de vuelta al Desierto Polar, bajo un mar de estrellas infinito.