La última luna 56
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Izz

La investigación de la muerte de Eubea Landina en condiciones particulares tras el ataque de Nevrast sigue su curso, pero el relevo ya está asegurado: Arno Raven será el nuevo responsable, garantizando la continuidad del Gobierno.

Informe interno del Gobierno de Iberion

–¡No! —La voz se me rompe.

—Lanza la jeringuilla lejos y puede que tu saqueadorcito viva —dice Arno con seguridad.

—¡Izz, no lo hagas! —exclama Nil, desesperado—. ¡Acaba con él!

Debería hacerlo. Ese fue el plan desde el principio, desde que descubrí las atrocidades de este monstruo.

Utilicé a Nil como cebo con el mismo propósito.

Mas no puedo dejarle morir. La dejo en el suelo y la lanzo lejos, haciéndola rodar al otro extremo de la habitación.

Ese movimiento me duele, después de todo el esfuerzo.

Del engaño que conseguimos llevar a cabo Catarina y yo.

La científica incluso ha muerto por ello y yo lo he echado a perder.

—Dispara, centinela ALFA033.

Con estas palabras enciende de nuevo mi ira y el poder incontrolable se extiende por mi cuerpo.

Respiro hondo y encauzo esa luz que me sacude al pecho del centinela.

Interrumpo el curso del poder con un jadeo de dolor y este me arde con tanta fuerza en el interior que por un momento temo entrar en combustión.

Me fijo en que el brazo que ha recorrido la corriente se queda ennegrecido.

No me detengo demasiado tiempo a pensar en ello, porque Arno aprovecha la distracción para zafarse de mí y tirarme al suelo.

—Has desperdiciado tu oportunidad, Lizara.

¿Y por qué? Para salvar a tu saqueadorcito.

Los sentimientos te hacen débil. Te lo he dicho muchas veces, y no aprendes.

Un líder que se deja arrastrar por el corazón no gobierna, se hunde.

Para ser un buen líder hay que dejarlos de lado, porque la compasión no va a salvar a nadie.

Son los sacrificios los que marcan la diferencia.

La frialdad asegura la supervivencia. Por eso el primer paso era arrancárselos de raíz a los centinelas.

Obedecen y no pierden de vista el objetivo por banalidades.

—¡Te equivocas! —jadeo desde el suelo, con los ojos anegados en lágrimas—.

Los sentimientos no son una carga, sino la fuerza que te mantiene en pie cuando todo se desmorona.

Nos dan fuerza, propósito, nos recuerdan quiénes somos y por qué luchamos.

Sin ellos no queda más que vacío... y no pienso vivir vacía nunca más.

Las últimas frases las digo mirando a los ojos a Nil y el corazón se me parte en dos.

—Izz —susurra con dulzura—, tú nunca más estarás sola.

—Qué conmovedor... —La voz de Arno se desliza como un cuchillo entre nosotros—.

Yo también creía que el amor te hacía fuerte.

Me sentía capaz de todo a su lado. Juntos podíamos con todo.

Éramos como dos piezas destinadas a encajar para siempre.

Así fue durante un tiempo, hasta que salí ahí fuera.

Vi lo que nos esperaba a todos y tuve que poner la razón por encima del corazón.

No lo entendió. Y ahí comprendí que no todos estamos preparados para los sacrificios necesarios para la supervivencia de Selestara.

Zeltia Narcea fue mi precio. Mi condena.

—Mamá...

«¿Ordenaría que la quitaran de en medio como a Eubea Landina?».

Miro en la dirección del abuelo, pero la silla está vacía. Me alarmo y le busco con la mirada. En ese momento aparece tras Arno. Le sostiene con una fuerza inesperada y con un jadeo de esfuerzo le clava la inyección en el cuello.

La sorpresa que se refleja en la mirada de mi padre se transforma rápidamente en decepción. En un dolor que le atraviesa la expresión al darse cuenta de que ha sido el abuelo el que le ha clavado el antídoto.

—Lo siento, chico, pero hay límites que no deben cruzarse jamás.

—¿Qué has hecho? —La voz de Arno suena hueca y el tono es tan bajo que me hace estremecer.

No le grita, no le golpea. Solo le mira con ese dolor que le sigue contrayendo el rostro. El abuelo da unos pasos tambaleantes hacia atrás, aún con la jeringuilla en la mano, y cae al suelo con estrépito. Corro hacia él, sosteniéndole con cuidado.

—Abuelo...

—Es inútil, no podréis detenerme. Ahora todo acabará. Apenas lo sentiréis —dice Arno a mi espalda, aunque lo escucho como un ruido de fondo.

—¡No! —grita Nil cuando las luces se funden por completo a nuestro alrededor dejándonos a merced de la aurora otoñal.

—El Día del Apagón rememoramos la caída de la luna. A partir de hoy también será un símbolo de cambio. El inicio de una nueva Selestara.

La onda que sale de Arno es como un latido.

Un pulso breve y concentrado que se expande erizándome la piel.

El aire se comprime y da la sensación de que va a aplastarnos.

Por un instante, creo que el oxígeno abandona mis pulmones.

Arno extiende las manos y la energía comienza a vibrar, primero como un murmullo eléctrico, luego como un rugido invisible que sacude las paredes.

La luz de la aurora se distorsiona en torno a su figura.

El poder se condensa en su cuerpo, envolviéndolo en un halo que no es humano, sino algo temible.

No parece un hombre, sino el epicentro de una fuerza destinada a arrasar con todo.

La energía se propaga y quema lo que toca. Una presión leve en los oídos, como antes de una tormenta. La piel me avisa antes que la mente: Arno ha liberado las esporas y ahora todos están sentenciados.

No ha funcionado. A pesar de todos nuestros esfuerzos, Arno no ha perdido sus poderes. Seguí los pasos. Realicé el antídoto y... ¿para qué? Para nada. Catarina ha muerto en vano. He condenado a Selestara.