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Nil
Eubea Landina llegó al poder con cuarenta años, tras una larga trayectoria política. Su sistema se presenta como meritocrático y justo: cargos asignados según méritos y servicio público. La transparencia oficial aumenta su presencia equitativa, aunque se cuestiona su poder real.
Fragmento del libro Hespéria, la ciudad del fragmento
–¡Izz! —grito al verla caer a los pies de Brais.
Los dedos de su mano mutada están en posiciones imposibles y el costado le sangra. Arno ha atacado a su propia hija hasta casi matarla. Mi furia se desboca.
Ella no alza la cabeza, pero la veo moverse y el aire entra mejor en mis pulmones al comprobar que sigue consciente.
—No te molestes, saqueador —dice Arno—. Está viva. Todavía.
Brais gruñe, pero el centinela que está con él coloca una mano en su hombro, como reteniéndole. Es entonces cuando me doy cuenta. Ese centinela tiene el casco roto, su cara está a la vista. Esos ojos que me devuelven la mirada vacíos...
—¿Drevan? —Escapa de mi boca.
Sé que no es él. Que el Alto Comisionado le controla mediante un chip que le han implantado. Sin embargo, ahora que lo sé, y que sé que lo que le hicieron es reversible gracias al suero de Izz, me invade la esperanza.
—Drevan, te salvaré. Te lo prometo.
Arno ríe y nos mira a ambos, divertido. Drevan no ha reaccionado, no me ha mirado siquiera, y eso parece encantar a este jodido monstruo.
—Menos mal que no es consciente de lo que estás diciendo, porque es muy cruel dar a alguien esperanzas vacías.
—¿Cruel? No soy yo el que quiere destruir la ciudad —escupo con desprecio.
—¿Destruirla? —Mira a Izz, quien se ha arrodillado y se sujeta el brazo gris con expresión dolorida.
Su abuelo se ha inclinado hacia delante con la mano en el antebrazo de ella, acariciándoselo en un gesto paternal—.
¿Es eso lo que les has dicho? Lizara, Lizara...
—Con un gesto imperativo ordena que el centinela que me tiene atrapado me libere.
Luego extiende un brazo, invitándome a acercarme a él.
Estoy desarmado, no tiene nada que temer de mí.
No me muevo—. Ven, saqueador Dilar. Quiero mostrarte algo.
Como sigo sin moverme, el centinela me da un fuerte empujón que me hace trastabillar, aunque logro mantener el equilibrio. Arno me rodea los hombros con una fuerza inusual y me arrastra con él al amplio ventanal, desde donde podemos ver la ciudad entera preparándose para el Apagón.
—Hespéria todavía no es perfecta. Lo he intentado, llevé la energía a los más pobres, pero eso lo único que logró fue desequilibrar más la ciudad, cuando lo que yo buscaba era instaurar un equilibrio.
No importa lo que haga. Las clases sociales siempre existirán; los delitos, las injusticias...
—Se queda callado unos instantes, no sé si esperando a que yo responda o a que su discurso cale en mí—.
Lo que pretendo hacer nos ayudará a enfrentarnos a lo que se esconde ahí fuera. Y después, todos podremos ser iguales.
Señala los límites de la ciudad, hacia el horizonte, en dirección al Desierto Ígneo. No alcanzo a entender qué quiere decir. No visualizo sus palabras.
—Vas a matar a muchos —me atrevo a decir a pesar de estar tan cerca de él.
Sé que podría destruirme con un rápido movimiento, como ha hecho con Catarina—.
Algunos de los que sobrevivan se convertirán en monstruos.
Y los que tengan suerte estarán a tu merced, sin voluntad, sin conciencia, controlados por ese chip de mierda.
—Nadie va a morir, saqueador Dilar. —Me aprieta hasta hacerme daño, lo que quiere decir que esa negación no nos incluye a los que estamos aquí—. Y ese «chip de mierda» como le llamas inhibe el miedo, inhibe los sentimientos, permitiendo al individuo centrarse en lo que es importante.
—No puedes controlar tanto poder —le contradice Izz a nuestra espalda.
Arno hace que nos giremos.
—He aprendido a controlarlo, Lizara, a diferencia de ti.
Liberaré las esporas lumínicas, como bien sabéis.
Es cierto que no puedo evitar que haya quienes muten en criaturas indeseables, mas eso lo veo como una limpieza.
Solo sobreviven los mejores, los que bajo mi mando harán de Selestara un lugar mejor.
Esto es tan necesario como vuestro sacrificio.
—Me mira directamente y sé que está hablando de Vik.
—Tú eres el único que pone en peligro al mundo —dice Umbral cerca de nosotros con voz ronca.
—Ventia os ha lavado el cerebro y os ha llevado a una guerra que no podéis ganar.
—A mí nadie me ha lavado el cerebro. Los rebeldes somos una unidad.
—Una unidad... —suelta una risotada— que controla Ventia.
Umbral no contesta. Arno se aparta de mí y se acerca a él dándonos la espalda a los demás.
Izz por fin logra ponerse en pie con la ayuda de su abuelo.
Da un paso. Luego otro. Yo me alejo de las ventanas y del Alto Comisionado para ir junto a ella, pero el centinela que me retenía antes se interpone entre nosotros y vuelve a atraparme, echándome hacia atrás, dejando a padre e hija enfrentados con varios metros de distancia entre ellos.
—No soportó que me hiciera con el poder. No quiso entender por qué hice lo que hice —explica Arno arrastrando las palabras—. Y la Alta Comisionada Eubea Landina no podía entender lo mismo que yo porque no había visto lo que yo.
—No todo fin justifica los medios —digo, manteniéndole la mirada al líder.
Este clava sus ojos dorados en mí unos segundos. Sus ojos son magnéticos y no me extraña que haya conquistado Iberion. Tiene un aura de poder que va más allá de sus mutaciones.
—Ya lo creo que sí —contesta con seriedad—. Y tú, saqueador Dilar, deberías comprenderlo mejor que nadie. Pero no importa. Los genios siempre somos unos incomprendidos. Por fortuna, tengo el poder de cambiar el mundo. De protegernos ante lo que viene.
—Estás loco —murmura Izz negando con la cabeza.
—¿Loco? —Arno chasquea la lengua y suspira—.
No espero que lo comprendas, Lizara. Eres un genio, mas solo dentro de un laboratorio; fuera de él estás tan ciega como los demás.
Cuando empezaste con el programa de la reacción de los organismos vivos a los fragmentos lunares, fuiste pionera.
Creaste lo que era necesario para mis propósitos, sin embargo, sabía bien que tu cerebro no serviría para mis grandes planes.
Por eso tuve que experimentar por mi cuenta con lo que podía.
Saqueadores perdidos. Informes inconclusos. Fue un trabajo muy duro.
Aprieto los dientes. Vik. Un eslabón más en su plan macabro de dominación.
—Mas, al final, tuve que pasar al siguiente nivel.
Necesitaba comprobar que las esporas lumínicas podían servir de vector útil.
Que la mutación que transmitían era plausible y no dañina o excesiva como en algunos experimentos fallidos.
Y tú fuiste el espécimen perfecto, deberías sentirte orgullosa, Lizara Raven: fuiste la primera.
La que me dio las respuestas que necesitaba.
No sé a dónde quiere ir a parar. Le escuchamos en silencio, y veo las dudas de Izz desde aquí. ¿Atacar? ¿No atacar? Porque Arno ha demostrado tener mucho más poder que ella.
—Todo para llegar a este día. A este momento en el que absorberé toda la energía de la ciudad para luego expulsarla en una onda expansiva de esporas lumínicas.
Se me hiela la sangre. Lo dice con un convencimiento que casi me hace dudar de si de verdad lo tiene todo controlado. Parece tenerlo. O, al menos, cree tenerlo.
—No permitiré que lo hagas, padre . —Izz da dos pasos y el centinela no la detiene como a mí.
Es la primera vez que le llama padre y no me pasa desapercibido el tono que usa.
A pesar de la debilidad, de la sangre que le empapa el costado o la posición de sus dedos, ella avanza.
Los mechones grises relucen en su cabellera, o tal vez es un efecto óptico propiciado por el color de la aurora que llena la sala.
Aparecen dos copias de sí misma repartidas por la estancia; se lanzan a atacar al Alto Comisionado, pero este las esquiva sin apenas inmutarse.
Golpea a la única copia que queda y busca a la auténtica.
Ni yo mismo me he dado cuenta de sus rápidos movimientos.
Está agachada junto al cuerpo de la rebelde y se incorpora rápida.
Lanza un ataque lumínico que provoca que cierre los ojos y, para cuando puedo abrirlos y enfocar, la última Izz se sienta sobre su espalda y le inmoviliza.
Alza el brazo no mutado y percibo un leve brillo en algo que sostiene: una jeringuilla.
«El antídoto», pienso.
Pero no es posible. Arno lo ha destruido delante de todos nosotros. ¿De dónde lo ha sacado? Mi mirada va a Catarina.
—No permitiré que condenes a todo el mundo, padre .
—No, Lizara, soy yo el que no va a permitir que tú nos condenes. Centinela ALFA033, ejecuta al saqueador Nil Dilar.
Los ojos de Izz vuelan hacia mí. Yo los he llevado de Catarina a Drevan, quien ha sacado su pistola lunar y me apunta a la cabeza con precisión y sin un ápice de duda ni de humanidad en su rostro.