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Izz
Durante el Apagón de Hespéria, las cárceles y hospitales permanecen activos gracias a un sistema de energía de emergencia. Este circuito paralelo garantiza el funcionamiento de instalaciones críticas, evitando fugas y colapsos sanitarios.
Fragmento del libro Hespéria, la ciudad del fragmento
Las luces de la sala están apagadas, y la aurora otoñal crea sombras a nuestro alrededor.
Este despacho es luminoso, pero no lo suficiente para que la aurora llegue a los rincones más oscuros de la sala.
Nil está a unos metros, de rodillas en el suelo.
No tiene heridas visibles, pero la energía ha impactado de lleno en su pecho.
Tengo mis dudas de si podría aguantar otra sacudida.
No quiero que se lance a una muerte segura.
Y no lo hará si mantengo a Arno distraído, lo suficiente como para que yo pueda cumplir nuestro objetivo.
El centinela que estaba tendido en el suelo se levanta y ayuda al abuelo, llevándolo hasta una silla donde le deja con cuidado. Me sorprende la delicadeza de sus movimientos.
—Tanto esfuerzo en moldearte, Lizara Raven —pronuncia el apellido que compartimos con una mueca de desagrado—, y al final no ha servido de nada. Mi mayor logro desperdiciado. Años tirados a la basura.
—Arno... —musita el abuelo con debilidad.
—Te di una infancia que otros habrían suplicado tener: propósito, utilidad. Gracias a mí llegaste a ser directora del Departamento de Selenoingería. Por ser quien eras. Y ahora lo estás desperdiciando.
Tiene razón. La idea me atraviesa antes de que pueda detenerla como una orden que llevo años obedeciendo sin cuestionar. ¿Habría llegado hasta aquí si no fuera «la hija del Alto Comisionado»? ¿Si no hubiera sido moldeada, vigilada, corregida, calibrada como un instrumento?
La duda se me clava entre las costillas.
Doy un paso atrás sin pensarlo. El suelo parece inclinarse bajo mis pies, igual que cuando era pequeña y él me llamaba por mi nombre completo, con esa voz que no admitía réplica.
Siento el mismo nudo en la garganta, la misma presión en el pecho, la misma certeza de que cualquier cosa que haga será insuficiente.
Inútil. Defectuosa.
La sala desaparece por un instante. Solo queda su sombra, su decepción.
Y yo, reducida otra vez a esa niña que intentaba no temblar.
Me arde la cara. Por la sospecha de que tal vez siempre tuvo razón. De que sin él, sin su apellido, sin sus experimentos, yo no sería nada. De que todo lo que he logrado no es mío, sino suyo.
Y esa idea..., esa idea me rompe más que cualquier golpe.
—Mírate, ni siquiera eres capaz de cumplir con aquello para lo que fuiste diseñada.
—Arno, ya basta. —El abuelo insiste, pero él le ignora.
A mi pesar siento las lágrimas rodando por mis mejillas. Me limpio de un manotazo las primeras, sin embargo, no puedo contener el temblor de mi cuerpo. Verme así provoca una sonrisa malévola en él.
—Izz —jadea Nil a mi espalda—, no le escuches. Recuerda quién eres. No eres suya. No lo has sido nunca. Eres tuya. Y eso es lo que más le duele.
Miente. No me conoce... No...
—Te conozco, Izz. No sé quién es Lizara Raven, pero sí quién es Izz. La que supo ver el mundo como es y no como le enseñaron. La que se enfrenta a sus pesadillas a pesar del miedo. La que aprendió a luchar sin la ayuda de nadie.
—¡Cállate, gusano inútil! —exclama Arno dando una zancada hacia el saqueador.
Mi percepción me avisa del siguiente movimiento de Arno, que alza la mano apuntando a Nil al mismo tiempo que yo interpongo mi brazo.
La corriente de energía me hace tambalear, pero aguanto el impacto y le devuelvo el haz de luz con rabia.
Este surca el aire y abre una pequeña herida que le atraviesa una ceja en diagonal.
El Alto Comisionado se lleva los dedos al corte y observa la sangre estupefacto.
Jadeo. El miedo se transforma en una sensación liberadora.
La rabia en euforia. Y me preparo para su furia.
—Parece que no aprendiste los buenos valores que te enseñé.
A papá no se le ataca. —Arno alza ambas manos y la luz arremete como una lluvia torrencial, me cubro con las manos y siento el aguijonazo atravesando mi piel una y otra vez—.
A papá no se le traiciona. —Su voz se vuelve más fuerte a medida que se acerca a mí—. A papá se le obedece.
Me coge del cuello de forma inesperada. Me revuelvo tratando de escapar de su furia.
El pecho me arde mientras intento en vano tomar el aire que necesito.
Muevo las manos frente a mí, intentando aflojar la presión sobre mi cuello.
Si no lo consigo... Se me nubla la vista y un gemido ronco escapa de mi garganta dolorida. Va a matarme.
—¡Arno, detente! —El abuelo se levanta con dificultad, apoyándose como puede en el bastón—.
¡Tú no eres así! Recuerda por qué empezaste todo esto.
No fue por ambición, ni por poder. Fue por responsabilidad.
Por la convicción de que alguien tenía que cargar con ese peso.
Lo hiciste por proteger a Selestara del horror que nos acecha.
—Hace una pausa, mas Arno no parece escucharle.
Sus ojos dorados están fijos en mí—. ¡Por todas las auroras, es tu hija!
—No es mi hija. Nunca lo fue. —Primero se dirige al abuelo. A continuación, me habla a mí—. Eres un proyecto. Un experimento. Una herramienta. —Su rostro se emborrona entre luces y sombras mientras me esfuerzo en respirar—. Y las herramientas que no funcionan... se descartan.
El abuelo agarra a Arno del brazo, provocando que me suelte y caiga a sus pies. El aire entra a borbotones y mis pulmones emiten silbidos por el esfuerzo. Todavía tengo la vista nublada y trato de recuperarme, me siento y alzo la mirada hacia ellos.
—Escúchame de una maldita vez, chico. —El abuelo sostiene a Arno por los hombros—.
¿Qué te está pasando? Siempre he creído en ti.
Te he apoyado. He movido todos los hilos necesarios para darte los medios para hacerles frente a monstruos innombrables.
Mas esto es demasiado. No permitiré que trates así a nuestra pequeña.
—Brais, lo siento, pero haré lo necesario para cumplir precisamente lo que dices. Ella formaba parte del plan, si elige ir contra mí, elige que Selestara se condene.
Brais jadea, se tambalea y estoy a punto de ayudarle cuando Arno le sostiene con delicadeza y le ayuda a sentarse en una silla.
—No te preocupes, Brais. Todo saldrá bien y seguiremos con lo que empezamos.
Respiro hondo con fuerza, todavía sintiendo los pitidos en lo más hondo de mi caja torácica.
Cerca de mí, Nil jadea, atrapado de nuevo por un centinela, pero le siento muy cerca.
Umbral está en el otro extremo, con unas esposas iónicas que le han dejado semiinconsciente, ya que ha estado forcejeando.
Mis ojos van al cuerpo de Catarina y trago saliva.
Todo el plan ha salido mal.
Me incorporo. El dolor que siento en el cuerpo no es comparable al que me inunda por dentro.
Arno me mira con desprecio. Me mantengo quieta, a la espera de que él se aleje lo suficiente del abuelo.
Pasea hasta la cristalera y se queda mirando Hespéria.
Se lleva un dedo a la barbilla y se vuelve para mirarme a los ojos.
—Si hubiera sabido que acabarías así, Lizara..., jamás te habría creado.
Caigo sobre él, sorprendiéndole, y chocamos contra el cristal reforzado que nos separa de la ciudad. Le aprisiono entre la superficie pulida y yo y golpeo con toda la fuerza de la que soy capaz el cristal. Ni una grieta. Suelto un grito desesperado y repito el movimiento.
En este momento escucho un estruendo en mi oído que me hace estremecer.
Una fuerza me sostiene el puño haciendo crujir mis dedos.
Me percato de que el sonido es la risa de mi padre.
Hueca. Cruel. Inhumana. Y la fuerza que me aplasta el puño es su mano.
Cerrándose en torno a la mía y fracturando los huesos.
Los ojos se le han oscurecido, un velo gris cubre el dorado de sus ojos y jadeo, dolorida. Aprieta con más fuerza e intento retirar la mano. No quiero llorar, pero el dolor me atraviesa en oleadas que me sacuden con violencia.
—¿Qué pretendías, Lizara? ¿Lanzarnos al vacío?
Sí. Es lo que pretendía. Matarle. Acabar con esto. Evitar la tragedia.
—Acabaré con esto. Y ni tú ni tu saqueadorcito ni esos pobres desgraciados que has traído vais a impedírmelo.
Me golpea en el costado con algo punzante y me lanza a unos metros. El gemido que se me escapa de la garganta se junta con la corriente eléctrica con la que ha acompañado el golpe.
Si no hago algo ya, nos destruirá a nosotros y después a toda Hespéria.