La última luna 57
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Nil

Solo una vez al año, cuando las auroras se oscurecen y la ciudad conoce la penumbra, surge la Noche Iridiscente. En el núcleo, durante el Apagón, las familias encienden unos farolillos de cristalitos ensamblados a mano que reflejan las pocas luces en el cielo.

En medio de la penumbra, los colores se convierten en deseos: un nuevo inicio, un recuerdo que no se pierde, un sueño compartido, la unión de los que amamos.

Fragmento del libro Hespéria, la ciudad del fragmento

La iluminación se va apagando desde el núcleo hasta este anillo, donde las luces parpadean, regresando solo un segundo para desaparecer por completo.

Como cada año. Recuerdo los preparativos e intento pensar cuánto suele durar.

Lo suficiente para que detecten anomalías, para que el mundo rememore la luna y, por un momento, vivamos solo bajo la tenue aurora.

El centinela que me sostenía me libera y no entiendo por qué hasta que me vuelvo hacia él y cae de rodillas en el suelo. Se lleva las manos al casco, se lo retira y, aunque no le reconozco, sí veo la confusión en sus ojos. Vuelvo la cabeza de inmediato hacia Drevan, que tiene la misma expresión.

Izz está arrodillada en el suelo, todavía sosteniendo a Brais.

Lo zarandea con suavidad y me doy cuenta de que un brazo le cae inerte a un lado.

Ella repite el movimiento y susurra unas palabras que no alcanzo a escuchar.

El surco de sangre de su costado se ha detenido.

Cicatrización rápida, otro de los efectos de sus poderes.

—¿Abuelo? —pregunta con voz estrangulada.

Para mi sorpresa, Arno se gira como un resorte y avanza deprisa hacia Izz y Brais. Se le desencaja la mandíbula y se inclina, apartando a su hija de un manotazo. Se inclina ante su mano derecha y le toma el pulso.

—¿Qué has hecho? —sisea con rabia dirigiendo todo su dolor hacia Izz.

—¿Yo? Has sido tú, Arno. Le has matado. Te lo advertí —escupe ella con la voz tomada por el llanto inminente—. No quisiste escucharme. Este poder no se puede controlar.

Umbral golpea al centinela que todavía le sostenía confuso y se libera en un abrir y cerrar de ojos.

Luego corre hacia el Alto Comisionado, que se ha dejado caer al lado del cuerpo de Brais y lo sostiene.

No dice nada, pero sus sollozos roncos inundan la habitación.

Arno, el monstruo que ha experimentado incluso con su propia hija, está llorando. Destruido.

Sin embargo, cuando Umbral está a punto de golpearle, mueve un brazo y un rayo de energía atraviesa el aire en dirección al rebelde, que cae con un ruido sordo sobre los restos de la mesa. No parece que haya muerto, pero no se mueve.

Cojo la pistola lunar del centinela que me sostenía y alejándome de él a toda prisa apunto a Arno.

—¿Nil?

Aparto la mirada de esas tres personas que nunca llegaron a ser una familia para fijarla en el centinela que ha pronunciado mi nombre.

—Drevan.

Sus ojos me reconocen. Se incorpora mirando a su alrededor, frunciendo el ceño, desorientado.

—Nil, ¿dónde estamos? —Se lleva la mano a la nuca y se la frota.

No entiendo qué está pasando. Mantengo el arma en alto apuntando al Alto Comisionado, aunque sigo mirando al que fue el novio de Vik. ¿Un nuevo truco de Arno? ¿Cómo puede haberme reconocido de repente? Sin embargo, la confusión de Drevan parece real. Y si es real... ¿cómo es posible?

—En el ayuntamiento —respondo.

¿Qué más puedo decirle? ¿Cómo explicarle todo en este momento?

Observa la sala y su expresión muestra signos de reconocimiento en cuanto se detiene en el Alto Comisionado. Entonces me mira de nuevo. A la pistola lunar que apunta al líder de Iberion.

—Vas a saber lo que es vivir con dolor, Lizara. Vas a experimentar lo que yo he experimentado. El dolor que me has provocado.

Arno se ha levantado y tiene un brazo extendido en mi dirección.

Izz se incorpora rauda, aparentemente recuperada de sus heridas, y pone su brazo por delante para defenderme del poder de destrucción de su padre.