52
Izz
Se ha verificado que el chip regulador solo mantiene su funcionalidad en sujetos clasificados como centinelas.
En individuos con mutaciones descontroladas no se observa respuesta alguna: el dispositivo no logra sincronización neurológica, por lo que su eficacia queda descartada en fases inestables de la mutación.
Uno de los centinelas me inmoviliza sin que me dé tiempo de reaccionar por lo inesperado de la situación. ¿Cómo podía saber que...?
Las luces regresan aumentando mi confusión. ¿Por qué Flavia ha provocado este apagón? No era el momento, todavía no habíamos reducido a Arno. Y que tan solo haya durado unos escasos minutos me da mala espina.
Arno se me acerca con esa sonrisa altiva tan propia de él cuando quiere demostrarme que es superior a mí. Rebusca en mi uniforme. Trato de evitarlo, pero el agarre del centinela es fuerte. Arno extrae la inyección y la alza ante nuestros ojos.
—Creía haberte enseñado bien, Lizara.
La tira al suelo y la pisa con fiereza. Umbral suelta una palabrota, inmovilizado junto a la ventana por otro de los centinelas.
Catarina ha sido noqueada y está tumbada bocabajo en el suelo, inerte.
Nil está en pleno duelo con el tercer centinela, pero las cosas no pintan bien para él.
Actúo deprisa y lanzo un movimiento certero cargado de energía que impacta en el brazo del centinela y sube hasta su cabeza.
Se tambalea, se echa hacia atrás, intentando recuperar el control de su cuerpo.
Aprovecho su confusión para golpearle con el brazo mutado.
El casco se resquebraja y los pedazos se caen antes de que el centinela se desplome.
Arno se aleja hasta el otro extremo de la mesa redonda, observándome divertido. La aurora verdosa se cuela en todo su esplendor por los grandes ventanales de la sala.
—Nada puede escapar a mi control. —Con un giro de muñeca activa su UTP, el más sofisticado de todo Iberion, y aparece un holograma sobre la mesa en el que vemos a Ventia, Octavius, Jill, Flavia y Huck tumbados en el suelo mientras son apuntados con las armas de otros cuatro centinelas—.
¿Creíais que podíais engañarme tan fácilmente?
—Ladea la cabeza y hace desaparecer las imágenes—.
Soy el Alto Comisionado de Iberion, tengo ojos y oídos en toda la nación. Y también entre los rebeldes.
Respiro hondo tratando de calmar la ansiedad que pugna por hacerse con el control de mi cuerpo. No aparto la mirada de él, no voy a dejar que piense que le tengo miedo.
—Te crie para ser brillante, pero nunca para ser libre.
—Me criaste como tu instrumento.
—Te hice útil para Selestara.
—Me hiciste un monstruo. Y ahora pretendes que te lo agradezca.
—Un monstruo, sí..., pero mío. —Se acerca rodeando la mesa, con esa calma que me hiela la sangre—. Todo lo que eres, cada célula de tu cuerpo, me pertenece.
—Sin ti, tal vez hubiera llegado también a ser científica..., mas no tendría las manos manchadas de sangre.
—La inocencia es un espejismo, hija. —Me acaricia la mejilla sin cariño. Tan solo como si fuera su mayor trofeo. Me aparto de él—. Lo único real es el poder. —Ahora soy yo quien suelta una carcajada carente de humor—. Solo quiero justicia en este nuevo mundo, y una paz que solo yo puedo ofrecer.
—Izz, abre los ojos. Arno te educó para que siguieras sus pasos. Para que el mundo fuera un lugar mejor.
—Abuelo...
—¿Paz? ¿Justicia? ¿Llamas justicia a convertir a toda la ciudad en tu ejército mutado? ¿A robarles su humanidad para que te sirvan? —Nil señala a los centinelas presentes que no se inmutan con sus palabras.
—Humanidad... —El Alto Comisionado ríe con desprecio y regresa a su lugar para dar el último sorbo al contenido de la copa—. La humanidad es débil, corruptible, desigual. Yo les ofrezco equilibrio. Un ejército unido, sin clases, sin anillos. Todos iguales bajo mi diseño.
—Iguales en la esclavitud. Eso no es justicia —sigue el saqueador.
El abuelo rodea la mesa y se acerca a mí, ignorando la mirada de advertencia de Arno, y me acaricia la cara con cariño.
—Izz, por favor, estás a tiempo de volver a casa.
—Nunca ha sido mi casa, sino una prisión.
—No lo entiendes. —Vuelve a hablar Arno—. Demostraré que el equilibrio es posible. Que todos pueden ser elevados, transformados, liberados de su miseria.
—¡Los estás condenando! —Doy un golpe en la mesa—. Les robas lo que son para convertirlos en armas.
—¿Y acaso no es mejor ser arma que ser víctima? ¿No es mejor servir a un propósito mayor? Tú eres mi obra maestra.
No puedo creer lo que estoy escuchando. Puede que él me criara justo para eso, para hacer de Selestara un mundo mejor.
Para traer la igualdad, el equilibrio, una nueva forma de vida.
Pero dentro de mí sé que esto no está bien.
Que no debe hacerse así. Que lo que él propone crearía un mundo sin emociones, meros robots.
Eliminaría la inocencia de los niños, la compasión, el miedo, las risas, el amor...
Mi mente viaja a hace menos de dos horas y se me escapa una mirada de reojo hacia Nil, recuerdo sus labios sobre los míos, su sabor. Todo ello se perdería.
Retrocedo hasta apoyarme en la pared, mareada por las náuseas.
—Mírame, hija. Mírame y dime que no sigues siendo parte de mí.
Me miro las manos. Una normal, la otra gris plata, como si formara parte de la mismísima luna.
«Su obra maestra».
—Dime que no es verdad —pido, alternando mi mirada entre la de mi abuelo y la de Arno.
Las luces del laboratorio fallaron en el accidente que me convirtió en esto.
Recuerdo a Catarina en la sala de bioamenaza de alto nivel.
No se percibía nada en el aire, pero se contagió con las esporas lumínicas, igual que yo.
Con las que el Alto Comisionado pretende contagiar a toda la ciudad.
Con las que, ahora lo veo claro, me infectó a mí primero.
Se derramó sobre mi brazo el suero lunar...
, no hubo contagio con mi sangre a través de ninguna herida y, sin embargo...
Vuelvo la vista hacia Catarina, sigue en el suelo, pero mueve de forma espasmódica una pierna. Imagino su rostro, marcado por la mutación. Igual que la piel de mi brazo.
Alzo la mano gris frente a Arno con la respiración entrecortada.
—Dime que no fuiste tú —insisto.
Brais se gira de forma abrupta hacia Arno, contempla mi brazo, frunce el ceño y niega con la cabeza despacio. Tras el accidente, tuve que ocultarlo, tratando de evitar por todos los medios que mi padre y él se enteraran de lo que había pasado.
—¿Ella es el sujeto SXPS 252? —Brais lo dice casi sin aliento.
—¿Con quién si no iba a experimentar primero? Ella fue creada con mi sangre. Era la prueba de cómo me afectaría a mí. Y también una forma de protegerla de lo que hay allá fuera.
Esto no está pasando. No puede estar pasando. Él...
—No lo disfraces de amor, Arno.
Me sorprende que esa sea la voz de mi abuelo. Siempre le ha hablado de un modo respetuoso, casi con reverencia, pero ahora se muestra frío, lleno de una rabia que me hace comprender que él tampoco estaba al corriente.
—Sabes lo que hay ahí fuera —replica el Alto Comisionado.
—Claro que lo sé y por eso siempre te he apoyado. Pero estamos hablando de experimentar con tu propia hija.
—A veces hay que hacer sacrificios. Lo sabes tan bien como yo.
—No me vengas con eso, chico.
—¿Tengo que recordarte que tú mataste a Eubea Landina?
Los ojos se me desorbitan. Me dejo caer al suelo, ya que mis piernas de repente parecen incapaces de sostenerme. Nil trata de escapar del agarre que le aprisiona, cerca de mí, con los ojos preocupados. Ahora mismo no puedo mirarle siquiera.
Que Arno sea el monstruo que esperaba no es una sorpresa, aunque sí lo sea que fui solo un experimento, pero que mi abuelo sea un asesino...
—Lo hice por ti. Porque ella nunca hubiera entendido los riesgos. No habría sido capaz de atravesar los límites para protegernos de...
Un gruñido hace que me ponga en alerta. Mis sentidos ven, antes de que yo lo haga, a Catarina fuera de sí a punto de atacar. No me da tiempo a incorporarme cuando la científica se abalanza sobre mi abuelo con una fuerza inesperada.
El Alto Comisionado lanza un grito de dolor, como si él mismo fuera la víctima, y empuja con fuerza a Catarina. Mi abuelo está en el suelo, con un corte que le atraviesa el rostro, y aunque sangra con profusión no parece grave.
Me arrastro hasta llegar a Brais mientras el Alto Comisionado se enfrenta a Catarina.
—¿Qué cojones haces, Cata? —pregunta Umbral, forcejeando con el centinela que le retiene.
El impacto del puño de Arno llega al casco de la rebelde, destruyéndolo de un golpe. Boqueo intentando que el aire llegue a mis pulmones al ver el rostro que hay al otro lado.
—Joder —musita Nil.
La cara, con una gran parte gris, no es lo más impactante, sino sus ojos enajenados. Los bultos en la cabeza y el pelo que ha empezado a caerse. Retrae los labios mostrando los dientes y gruñe lanzando espumarajos por la boca, lanzándose otra vez sobre el Alto Comisionado.
—¡Catarina!
Ella reacciona. Se queda estática un instante y vuelve la cabeza hacia Umbral, cuyo rostro se descompone al ver en qué se ha convertido.
Arno aprovecha la distracción de la mutada para avanzar hacia ella, tirarla al suelo y darle un pisotón en el cráneo con tanta fuerza que este estalla con un crujido y el rostro de la científica se convierte en un amasijo de sangre y sesos.
Y lo único que puedo escuchar, además del crujido una y otra vez, es el grito desgarrado de Umbral.