51
Nil
El ayuntamiento de Hespéria se levanta como un rascacielos de cincuenta y tres plantas, en el corazón del quinto anillo, resulta visible desde cualquier punto de la ciudad.
En su cúspide se encuentra el despacho del Alto Comisionado y su residencia privada.
En los niveles más bajos están las salas de deliberación y las oficinas administrativas.
Mientras que las plantas intermedias están reservadas como viviendas de lujo para los magistrados y altos cargos del Gobierno.
Fragmento del libro Hespéria, la ciudad del fragmento
Izz se revuelve en el sitio y la sostengo con firmeza, intentando transmitirle que espere unos minutos.
Ella parece comprenderlo y cede. La sujeto de los antebrazos, como si estuviera previniendo una posible fuga.
Ella gruñe, se queja y aflojo el agarre lo suficiente para no hacerle daño.
No me gusta tratarla así, pero tengo que mantener las apariencias.
Su cuerpo se aprieta contra el mío y respiro contra su cuello con fuerza.
—Parece que no ha sido una prisionera fácil, saqueador Dilar —dice Arno, con una sonrisa que no le llega a los ojos.
—Para nada —respondo, diligente—, pero aquí estamos.
—Me gusta tener hombres tan eficientes entre los saqueadores. Sin duda, mereces una buena recompensa por lo que has hecho. —No me muevo ni un ápice. No quiero nada de él. Nada de lo que pueda ofrecerme me interesa—. Es una rebelde peligrosa, como ya sabes.
—Sí, Alto Comisionado.
Su voz es suave, melosa. Quizá demasiado. De repente, me siento como un ratón en una trampa. Izz se tensa cerca de mí e imagino que ella está pensando lo mismo, porque vuelve a forcejear. Esta vez tengo que aprisionarla contra el suelo, a los pies de su padre. A su merced.
Brais desvía la mirada, traga saliva y me fijo en cómo su puño se pone blanco apretando con fuerza el bastón que le sostiene.
Arno se mantiene impasible y se agacha para mirar a Izz con la cabeza ladeada.
—Siempre supe que había una fierecilla en tu interior, mas bajo mi control. Sin embargo, escapaste de mi poder.
Siento cómo el cuerpo de Izz se tensa. Yo debo hacer grandes esfuerzos por no mostrar ningún tipo de reacción ante estas gélidas palabras de un padre a su hija.
«Sin duda, es un monstruo».
Miro de reojo a Umbral, que hace un gesto con la mano, tan sutil que temo haberlo imaginado.
Es el momento. Aprovechando mi posición sobre Izz y que el Alto Comisionado no me presta ninguna atención, desconecto las esposas con un movimiento rápido e imperceptible.
Le doy un ligero apretón a Izz, avisándola de que el plan está en marcha.
Ella enseguida lo entiende, libera las manos y se zafa de mí con rapidez.
Se levanta y otras dos copias de ella aparecen de la nada, lo que desconcierta a los centinelas, que se lanzan a por ellas. La verdadera sale huyendo del despacho.
Arno suelta una carcajada que dejo atrás al salir corriendo tras ella, ya que solo disponemos de unos pocos segundos; lo que tarden en descubrir que son meras copias de la prisionera.
Izz ha cogido el ascensor. No me detengo, me lanzo hacia las escaleras y desciendo tres pisos al lugar que ella misma me indicó.
El ascensor va más rápido que mis piernas, por lo que al llegar no logro verla, pero sé dónde debo ir.
Escucho los pasos apresurados de Catarina y Umbral que me siguen en su papel de centinelas e imagino que los otros dos no andan muy lejos.
Llegamos hasta una amplia sala de reuniones que tiene una mesa redonda, en cuyo centro está representada la luna, que reluce con un brillo fantasmagórico.
A unos centímetros, un panel de control y cerca del mismo un mueble con botellas de licores de diferentes tipos y copas relucientes.
También veo un escritorio, varias estanterías y un reproductor de discos holográficos.
Y en el extremo más alejado un amplio ventanal desde el que se ve toda Hespéria.
—Tranquila, estoy contigo —le susurro.
—No estoy segura de que podamos hacerlo, Nil. Está mi abuelo, si algo sale mal...
Me quedo unos segundos analizando la mención de su abuelo. Se me abren mucho los ojos cuando ato cabos.
—¿Tu abuelo es Brais Narcea? ¿La mano derecha del Alto Comisionado?
Asiente con la cabeza. La información me deja descolocado. Ella siempre ha hablado con cariño de su abuelo. ¿Cómo pueden ser él y Brais Narcea la misma persona?
Escucho que alguien se acerca y me apresuro en regresar a mi papel, atrapándola, reteniéndola con fuerza pegada a mi cuerpo. Izz se resiste.
—¡Suéltame!
Catarina entra a toda prisa, seguida por Umbral. La científica, a la que reconozco a pesar del casco, se queda un momento quieta y mira alrededor, confusa.
—¿Dónde estamos? —pregunta con una voz grave y ronca que me sorprende.
—Donde tenemos que estar según el plan —contesta el rebelde.
Catarina se tambalea e Izz intenta dar un paso hacia ella, pero no la dejo moverse.
En ese instante, llegan los otros dos centinelas, seguidos de un tercero.
Unos minutos más tarde llega Arno sosteniendo a Brais con cuidado.
El anciano parece agotado y se sostiene sobre el bastón con fuerza.
El Alto Comisionado se asegura de que su mano derecha esté bien antes de dar unos pasos hacia su hija.
Los centinelas cierran la puerta y se sitúan a ambos lados de esta mientras que el último se coloca junto a los rebeldes, como esperando instrucciones.
—Ya veo... —murmura.
Temo que Izz pierda el control y golpee a su padre, así que la retengo. Forcejea y me obligo a reducirla, pegando su cuerpo a la mesa. Su cadera roza la mía, mientras le mantengo el rostro pegado a la superficie de madera.
—Quietecita —digo con firmeza.
Ella gruñe y se revuelve. Intenta golpearme y esquivo el manotazo.
No está fingiendo. De verdad quiere deshacerse de mi agarre.
—¿Necesitas ayuda? —Arno arquea una ceja.
Se aleja, va hacia el mueble bar, toma una copa entre los dedos y se sirve de un líquido burbujeante del dorado de sus ojos. Le ofrece una copa a Brais, pero este la rechaza. El Alto Comisionado se relame y después deja el fino cristal junto al rostro de Izz.
Brais da unos pasos y le pone a Arno una mano en el hombro. No dice nada, pero es suficiente para que el Alto Comisionado rebaje la tensión de sus hombros y vuelva la vista a su consejero.
—¿No deberías recompensar al saqueador y dejarle marchar?
—Cada cosa a su tiempo, Brais.
Permito que Izz se incorpore, pero la retengo contra mi cuerpo, impidiendo que ataque a su padre.
«Todavía no, Izz».
Ella toma aire como si me hubiera escuchado y le devuelve la mirada a su progenitor.
—Suéltala, saqueador, ahora es cosa mía.
El Alto Comisionado hace un gesto y los centinelas de la puerta se acercan a nosotros. Toman a Izz de los brazos, la alejan de mí, y cuando Arno me sonríe, un frío me sube por el estómago.
Las luces parpadean varias veces antes de apagarse por completo.
Antes de dejarnos sumidos en la oscuridad intercambio una mirada con Umbral, pero él no me devuelve el gesto, pues tiene los ojos fijos en Catarina.
Ambos parecen igual de confundidos que yo, así que deduzco que el plan, por alguna razón, se ha adelantado y Flavia ya ha simulado el Apagón.
A continuación, y para sorpresa de los cuatro, el Alto Comisionado aplaude con lentitud. La risa de Arno me llega como una sacudida eléctrica.
—Qué gran actuación. Debo reconocer que me habéis impresionado. —Hace una pausa, permitiendo que el horror cale en nosotros—. Detenedlos —añade con tranquilidad, bebiendo otro sorbo largo de su copa.