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Izz
Partida de nacimiento
Nombre: Arno Raven
Lugar de nacimiento: Barrio del núcleo (Riesgo social elevado)
Fecha: 23 de mayo del año 53
Grupo sanguíneo: SEL
Informe clasificado del Gobierno de Iberion
El deslizador se detiene. Umbral se coloca el casco de centinela y Nil se ajusta su uniforme.
Me acerco a Catarina mientras ellos permanecen centrados en lo suyo sin prestarnos atención.
Estudio la parte gris de su cara, que ocupa casi la mitad de esta.
Ella respira hondo y me mira con seguridad.
Ha estado callada todo el trayecto, mirando por la ventanilla del transporte.
No hemos tenido tiempo de hablar, por lo que no sé si ya ha empezado a presentar algún síntoma.
Sus ojos... son más claros.
—¿Estás bien? —susurro.
—Sí, no te preocupes.
—Necesito saber qué estás experimentando, Catarina. No podemos permitir...
—Tranquila. —Me sonríe alzando el casco—. Algún olvido esporádico como «¿dónde dejé los guantes?»; cosas sin importancia. Sigo siendo yo misma.
El casco cruje entre sus manos, lo que me hace pensar que también tiene más fuerza que antes. Se lo coloca y asiente con la cabeza.
—En marcha, princesita —ordena Umbral, ya preparado con el arma pegada al pecho, simulando estar listo para disparar en caso de ser necesario.
Catarina le imita y Nil me dedica una mirada de complicidad que le devuelvo. Me coge del brazo y me hace salir con delicadeza del deslizador. Catarina y Umbral van detrás de nosotros.
El viento propio del quinto anillo me revuelve la trenza, buscando deshacerla.
Al avanzar unos pasos nos topamos con el que imagino es el superior de Nil, y el contacto de los rebeldes. Va acompañado de dos centinelas, lo cual complica las cosas.
—Saqueador Dilar.
Percibo un sentimiento de alivio en el hombre, aunque también de pesar, imagino que pensando en el resto del equipo de Nil.
—Teniente Stravic.
Se estrechan la mano en un gesto muy formal. Enseguida los ojos del teniente se posan en mí.
—Has sido difícil de atrapar —comenta. Me mantengo en silencio. Vuelve a dirigirse a Nil—. Es digno de admirar que haya conseguido traerla con vida, saqueador Dilar. Le felicito. El Alto Comisionado le recompensará como merece. Lamento que haya tenido que ser a costa del resto de sus compañeros.
Nil baja la cabeza en una muestra de respeto al equipo Centauri y el teniente le imita.
—Serán honrados como se merecen.
—Gracias, teniente Stravic.
—Y, ahora, vamos. Ya me contará los pormenores de la misión cuando todo haya vuelto a su cauce.
Intercambio una rápida mirada con los rebeldes disfrazados, aunque no puedo verlos por los cascos.
Tengo dudas sobre el teniente Stravic. Nil confía en él, y si él lo hace, yo también debería.
Percibo lealtad en él..., pero ¿hacia quién?
Lleva años trabajando para el Alto Comisionado, por lo que me han contado; ya estaba a su servicio años antes de unirse a la rebelión.
Y es el encargado de conducirnos hasta él.
Miro de reojo a los dos centinelas. Su presencia me escama.
El ayuntamiento, en el que está mi casa, se alza como una aguja oscura en medio del quinto anillo.
Aunque está rodeado de otros rascacielos, ninguno alcanza su altura: parece empeñado en dominar el horizonte, imponiendo su sombra en las calles de Hespéria.
Siendo el coloso que puede apreciarse desde toda la ciudad.
La fachada, metálica, apenas refleja la luz de la aurora. Transmite frialdad y poder.
Como mi padre.
¿Y yo?
En lo más alto, casi rozando las nubes, está el despacho del Alto Comisionado y también mi hogar, divididos de tal forma que nadie tenga que entrar en casa para ir a tratar asuntos de trabajo con él.
Es como un cubo de cristal ennegrecido, que vigila todo a su alrededor como un ojo distante.
Desde allí se contempla la ciudad entera, aunque nadie puede ver lo que acontece entre sus paredes.
Es un lugar aislado e inaccesible, diseñado para recordar a todos que el poder no se comparte, solo puede admirarse desde abajo.
Las puertas de acceso, en la base, son amplias y cuentan con sistemas de vigilancia, además de centinelas, como si entrar fuera un privilegio reservado a unos pocos.
El corazón me martillea en el pecho, fijándome en cada detalle arquitectónico. Las aristas afiladas, los ventanales verticales, la ausencia de ornamentos... Todo ello refuerza la idea de que es más una fortaleza que una institución pública.
Y esa frialdad que antes se traducía en hogar ahora se convierte en prisión. En una cárcel de hierro para mí.
La rabia se funde con las ganas de salir corriendo. Por fortuna o por desgracia, Nil me sostiene por los hombros. Tengo las manos a la espalda, atadas con unas esposas iónicas, y cualquier movimiento en falso haría que me dieran una descarga.
La ansiedad se abre paso, mostrándome los miles de posibilidades.
Nil me traiciona. Me entregan. No me dejan actuar.
Permiten que Arno Raven destruya Hespéria.
«No». Me obligo a repasar el plan.
La mirada melancólica de Ventia se interpone. Es una mujer justa. No me cae bien, a pesar de lo que recuerdo de ella, pero es la realidad. Hará lo que tenga que hacer para poner a salvo a la población. Y luego está él.
Nil.
La sola mención de su nombre me calienta el pecho y calma la ansiedad que me llena.
El recuerdo de sus labios sobre los míos.
Las manos por mi cuerpo. Quiero acariciarme ahí donde reposaron sus dedos y frunzo el ceño.
Siento el colgante que me puso sobre el pecho.
Un amuleto que de pronto pesa demasiado.
El teniente Stravic intercambia unas palabras con los centinelas y la puerta del ayuntamiento se abre.
El plan ha empezado.
Y no sé si vamos a terminar de destruir el mundo o a salvarlo.
La entrada está tal y como la recordaba.
Impoluta, con el mostrador tras el que está la recepcionista, que se lleva la mano a los labios en cuanto me reconoce y me muerdo el labio.
Esta mujer me ha visto crecer, pues además de la recepcionista del edificio, era quien se quedaba muchas veces cuidándome cuando era pequeña y el abuelo no podía porque acompañaba a Arno en sus obligaciones como Alto Comisionado.
Duda un instante que agradezco, pero aprieta los labios, entorna la vista y con una mirada que grita que lo siente, pulsa el botón del móvil que tiene frente a sí.
Los centinelas que venían con el teniente permanecen cerca de nosotros como estatuas y los rebeldes disfrazados los imitan, bien metidos en su papel.
Miro alrededor para calmar los nervios. Arno no nos va a recibir en recepción, así que voy conteniendo el aire.
Siento el peso del amuleto, pero todavía más el de la inyección que llevo guardada en un lateral.
Intercambio una mirada rápida con Nil, que se mantiene impasible, muy lejos de mí.
Es un buen soldado.
Se nota en su porte firme. En sus gestos. En la forma en que me sujeta.
Me concentro en las estatuas que nos rodean. Los cuadros que cuelgan de las paredes. Imágenes de los antiguos comisionados y de Arno, orgulloso, posando el día de su nombramiento.
Me tiemblan las manos y Nil tira de mí hacia él con brusquedad.
Pero, en realidad, su mano toma la mía mientras la recepcionista intercambia palabras con el Alto Comisionado.
Es un gesto breve, tanto que me pregunto si ha sucedido o no, y cuando Cayren, la recepcionista, nos vuelve a mirar, seguimos tan distantes como al principio. Saqueador y prisionera.
—Teniente Stravic y ¿saqueador...?
—Dilar —dice con diligencia el hombre.
—Saqueador Dilar, el Alto Comisionado os espera en su despacho. El asistente Hyan os acompañará.
Hyan es un robot que vuela emitiendo chasquidos hacia nosotros. Es pequeño, un dron que nos guía hacia los ascensores.
Antes de que nos vayamos, Cayren parece querer decir algo; finalmente, agacha la cabeza y vuelve a sus papeleos en la pantalla holográfica de recepción.
El último piso. El despacho de Arno. Cerca de casa y a la vez tan lejos, porque ahora, de repente, no la siento mía...
Los centinelas, los rebeldes disfrazados y el teniente Stravic nos acompañan y el robot no dice nada. Ordena nuestro destino en el piso cincuenta y tres con voz monocorde y el ascensor se lanza hacia la cúpula a toda velocidad. Nil se tambalea, pero enseguida recupera el equilibrio.
Las puertas se abren y quedamos ante un pasillo amplio que se bifurca. A la derecha está el que una vez consideré mi hogar. De frente, tras una puerta abierta, el despacho de Arno.
Doy un paso tras otro. Nil endurece su expresión y la mandíbula se le marca todavía más mientras avanzamos detrás del teniente.
El temblor de mis manos se extiende al resto de mi cuerpo y el pecho se me agita con violencia.
La rabia. El miedo. La incertidumbre. La certeza de que de lo que pase ahora dependen tantas cosas...
Trago saliva con dificultad cuando entran Catarina y Umbral en el despacho tras el teniente Stravic y yo los sigo, empujada por Nil con los otros dos centinelas a nuestra espalda.
El Alto Comisionado no está aquí, así que nos situamos en el centro y esperamos, conteniendo el aliento. Arno y Brais me miran desde la única foto del despacho. Se los ve felices, como deben verse un padre y un hijo. El abrazo afectuoso de Brais es algo que Arno nunca ha hecho conmigo.
Aparto la mirada del cristal enmarcado y trato de concentrarme en la situación. Nil, aunque está nervioso, se mantiene firme. Igual que los rebeldes.
Una vez más me doy cuenta de lo poco preparada que estoy para esto.
Me recuerdo mi misión, el objetivo de estar aquí, y aprieto los dientes, intentando contener la ansiedad que me devora por dentro.
—¿Cómo estás, Nil? —El teniente Stravic rompe el silencio.
Lo hace con un tono paternalista que me impacta. Es como si Nil le importara de verdad. Lo que ha vivido...
Desconecto de la conversación que mantienen, en la que el saqueador le cuenta a grandes rasgos —y omitiendo ciertos detalles por razones obvias— cómo se desarrolló la misión después de que perdieran el contacto.
Miro en derredor. El gran ventanal desde el que se aprecia la ciudad, la aurora propia del último trimestre del año.
Verdosa, con matices naranjas y amarillos; como el otoño del antiguo mundo, como un bosque mágico lleno de secretos.
Siempre me ha relajado, pero no ahora. La ciudad se extiende hacia abajo, escalonada hasta llegar al núcleo que se ve como un borrón oscuro al fondo.
Cada anillo es una gama de gris más claro hasta llegar al último, donde predominan los blancos y los edificios más altos, recordando dónde está el poder y por encima de dónde y quiénes está.
De pequeña, observar desde casa cada anillo me inspiraba.
Arno me decía que mi trabajo era muy importante para mejorar la ciudad, mantener el equilibrio y que todos tuvieran los mismos derechos.
Ilusa de mí, no creía que se refiriera a la escasa energía a la que tienen acceso en el núcleo y los anillos colindantes.
Pensaba que todos la tenían por igual. Pensaba que era algo más a nivel profesional, y que también se podía elegir vivir en el exterior sin problemas de agua o energía.
El despacho está igual que la última vez que estuve aquí, robando a mi propio padre.
Mi padre. Para el que tan solo he sido un instrumento.
El hombre que me crio desde que era una niña. El que me adiestró para ser una científica brillante desde muy pequeña. El que me lo ha enseñado todo.
Mi padre. El hombre al que me dispongo a traicionar.
La culpa me corroe. Tengo que ser fuerte, no tengo que dejarme vencer por estos pensamientos. Me reafirmo en lo que debo hacer.
En este momento escucho sus pasos, porque los reconozco muy bien, y me vuelvo despacio hacia el recién llegado.
Arno Raven entra al despacho y el aire parece volverse más espeso a su alrededor, como si este reconociera su autoridad.
No es solo su altura ni la firmeza de sus hombros: es el modo en que cada paso que da marca un compás invisible que obliga a todos a seguirlo.
Su rostro, endurecido por arrugas que no restan poder, sino que lo acentúan, transmite la historia de un hombre que se levantó de los cimientos, que se forjó a sí mismo con disciplina y ambición para convertirse en el dueño del mundo.
Su cabello oscuro, peinado hacia atrás con precisión, refuerza la severidad de su porte.
Pero son sus ojos dorados, rasgados y brillantes, los que dominan su rostro: miradas que no solo intimidan, sino que seducen, capaces de arrastrar a las multitudes hacia su causa.
Hay algo hipnótico en ellos, como si su palabra fuera ley.
Y, sin embargo, bajo esa fachada de carisma, late una sombra: la certeza de que su visión de futuro no admite dudas ni disidencias; de que todo lo que él toca queda marcado por su control.
Lleva un cinturón con un cuchillo lunar a un lado y una pistola lunar que me llaman la atención. Nunca le he visto ir armado.
«En realidad, nunca le has visto en todas sus facetas», me dice una vocecilla en mi interior.
Tras él entra mi abuelo. Brais Narcea, la mano derecha de Arno Raven.
Ver sus ojos añil me lleva a la infancia, a los momentos que hemos compartido, y me muerdo el labio para evitar que me tiemble.
Le he echado de menos, mas ahora no puedo distraerme.
Solo espero que me perdone por lo que estoy a punto de hacer.
—Teniente Stravic —Arno se dirige al hombre con autoridad—, muchas gracias por su labor. Puede retirarse.
—Alto Comisionado, el saqueador Dilar sigue estando bajo mi mando.
—Sin embargo, su misión ya ha terminado, por lo que su presencia ya no es necesaria. —Un brillo amenazador cruza sus ojos—. El saqueador Dilar será recompensando por su labor como merece.
El teniente Stravic se queda unos segundos de más en la sala, dudando si hacer caso al Alto Comisionado o no. Intercambia una rápida mirada con Nil y, tras ello, abandona la estancia con un saludo militar.
—Has vuelto a casa.
Cuando habla, su voz grave no necesita elevarse. Es un barítono que acaricia y aplasta al mismo tiempo, que convence y amenaza. En su presencia, incluso los rebeldes parecen achantarse.
Sus palabras me envuelven como un manto. Podría convencer a cualquiera de que su visión es justicia. Podría convencerme a mí si no recordara lo que me hizo.