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Sus dedos me recorren el cuello, tantean mis hombros y se unen en mi nuca con unos movimientos delicados. Su boca baja por mi barbilla a mi cuello y gruñe dándome mordisquitos. Me acaricia con vehemencia, y los dedos se graban en mis clavículas, en la curva de mi cintura y también en el pecho.
—Joder, Izz. —Se separa unos instantes.
Me mira y juraría que veo el fuego que arde dentro de él. Desliza el pulgar por mi barbilla y me recoloca la camiseta con una suavidad exasperante, cuando solo quiero que me quite la ropa.
—Sigue —le pido.
Él arquea una ceja y me arrepiento enseguida de mi arrebato.
El calor sube a mi rostro —más si cabe, pues no me cabe duda de que estoy azorada por completo— y bajo la mirada.
Él se inclina otra vez hacia mí, me toma de las caderas y me arrastra a su cuerpo.
Me besa con intensidad mientras sus manos van de mi cintura a mis pechos, donde juguetean despacio con mis pezones a través de la camiseta.
Gimo entre sus besos y recorro con la yema de mis dedos sus pectorales, los recorro hasta llegar a los hombros.
Mis caderas se mueven por inercia pidiendo más.
Se separa un instante para observarme unos segundos.
Sus ojos me recorren el rostro, el cuello, los pechos y la curva de mi cintura.
Se relame y suelta un gemido antes de inclinarse hacia mi cuello.
Las manos acuden deprisa al bajo de mi camiseta y la levanta hasta quitármela con la mirada cargada de una lujuria que me enciende por completo.
Su lengua envuelve mi pezón izquierdo mientras acaricia el otro con el pulgar.
Jadeo y hundo los dedos en su cabello húmedo.
Sus movimientos se vuelven más insistentes.
Alzo el rostro y un grito pugna por salir de mis labios.
Me contengo, tiro de él y le muerdo el labio.
Él sonríe entre beso y beso.
—¿Sigues queriendo más, destructora?
—Sí —jadeo como puedo.
Le empujo contra el sofá. Él se deja hacer con una sonrisita lasciva.
Me siento a horcajadas sobre sus muslos.
Me muevo rítmicamente mientras tiro de su camiseta hacia arriba.
Se incorpora lo justo para que la prenda salga por su cabeza.
Los abdominales, el pecho marcado por el tatuaje.
Todo en él parece esculpido a la perfección y un gemido surge de mi garganta cuando me lanzo a besarle.
Recorro sus hombros y aspiro el aroma de jabón que impregna su piel.
Las manos de él no se quedan quietas, sino que me toman de las nalgas empujándome hacia su erección.
Gruñe y sigo el camino hacia su boca. Cuando nuestras lenguas se funden en otro beso apasionado me acaricia la espalda, desliza los dedos por mi cintura y cubre mis pechos con las palmas de sus manos.
—¿Y tú, saqueadorucho? ¿Quieres más? —pregunto contra sus labios.
—Lo quiero todo. Quiero ver hasta dónde podemos llegar tú y yo.
—Nil...
Sin darme tiempo a nada, vuelve a devorar mis labios con una necesidad salvaje.
Desliza los dedos por mi vientre hasta llegar al inicio de la parte de abajo de mi uniforme.
Siento el tacto de su piel ardiendo más allá de mi bajo vientre hasta llegar a introducir uno de ellos en mi interior.
Traza círculos y siento una oleada de placer que aumenta de intensidad mientras intensifica el ritmo de sus caricias.
Cuando estoy a punto de alcanzar el clímax la puerta de la sala se abre de forma abrupta.
—¡Me cago en las auroras! Vaya con el guaperas.
Doy un salto hacia el otro lado del sofá, cubriéndome el torso con una mano. Nil me tiende un cojín tan rápido que apenas me da tiempo de sostenerlo. Umbral nos mira apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa burlona.
—Os dejamos diez minutos y hacéis que esto se convierta en una sauna. Vestíos que nos vamos en cinco minutos.
Umbral está a punto de cerrar cuando se oye la voz de Catarina.
—¿Están listos?
—Necesitan algo más de tiempo —replica el rebelde cerrando tras de sí.
Siento el calor en el rostro. Me tapo la cara con el cojín avergonzada y escucho la risa de Nil retumbar en la habitación. Me baja el cojín con delicadeza, dejando mi rostro al descubierto. Me aparta el pelo de la cara y me mira unos segundos, aún entre risas.
—Creo que no hemos elegido el mejor momento —me dice cuando se recupera.
—No es que hubiera muchas opciones.
Nos quedamos callados unos segundos y él se separa un poco y se acaricia el colgante, como tantas veces le he visto hacer, mas esta vez sus manos van hacia la nuca. Se desabrocha la cadena de la que pende un anillo y se inclina de nuevo hacia mí.
Su rostro vuelve a estar cerca del mío, tanto que siento su aliento en mi piel y el calor se intensifica más si cabe. Me pone el colgante, abrochándolo con delicadeza en mi nuca.
—Quiero que lo tengas tú. Me ha dado suerte hasta ahora, y con lo que viene... —me susurra.
—Nil, no es necesario que...
—No te confundas, no es un regalo —sonríe con picardía—, sino un préstamo. Cuando todo termine podrás devolvérmelo. Me lo regaló mi madre antes de partir. Llévalo siempre por fuera.
—¿Por qué?
—Cuando me lo devuelvas te lo diré.
Y, sin decir más, se inclina una última vez para besarme los labios con una suavidad que contrasta con la pasión que nos invadía hace tan solo unos minutos.
—Y terminaremos lo que has empezado —me dice sin perder la sonrisa.
—¿Yo? Eres tú quien se ha lanzado a devorarme.
—Será mejor que nos vistamos antes de que vuelva Umbral y decida vestirnos él.
—Tienes razón..., tenemos que ponernos en marcha para la misión.
La palabra misión se clava entre nosotros como un recordatorio: somos piezas de un plan que no debe fallar.