La última luna 48
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Izz

En el núcleo la población está formada en su mayoría por trabajadores e individuos de clase baja, sometidos a fuertes restricciones de agua y energía.

Los índices de criminalidad superan la media de la ciudad, con presencia de pequeños grupos organizados.

Se han observado anomalías en personas nacidas en el sector, aún sin clasificación oficial.

Informe interno del Gobierno de Iberion

Los túneles nos reciben con un fuerte olor a tierra y humedad. Salimos del vagón y Ventia nos da las órdenes pertinentes para entrar en la base rebelde.

—¿Cómo habéis conseguido todo esto sin que os detecten? —inquiere Nil mirando a su alrededor con curiosidad.

—Estos túneles ya existían y los hemos aprovechado. Quedaron ocultos tras la caída de la luna. Los descubrimos gracias a mapas antiguos. Muchas de nuestras bases fueron refugios subterráneos al principio. Los hemos acondicionado durante mucho tiempo para convertirlos en lo que son —explica Flavia.

Pasamos a la base rebelde, un edificio que ocupa gran parte del túnel en el que estamos, muy parecido al que acabamos de dejar atrás.

Las instalaciones son más grandes y están mejor equipadas, aunque no me extraña.

No debe de ser fácil transportar material al refugio del Desierto Polar.

Aun así, imagino que los rebeldes tienen más recursos de lo que parece.

Catarina nos guía a Nil y a mí por un pasillo que desemboca en un salón con sofás, una mesa y dos puertas.

—Bienvenidos al ala este de nuestro pequeño hogar.

Las puertas dan a habitaciones, en las que encontraréis uniformes limpios y preparados.

Y cuentan con cámaras de higiene que os aconsejo usar, ya que nosotros tenemos algo de trabajo con los preparativos.

Os avisaremos cuando esté todo listo. Sobre todo —alza el dedo índice—, no salgáis de aquí y ni se os ocurra ir al ala oeste.

—¿Qué hay en el ala oeste? —inquiere Nil.

—Digamos que mientras no sepamos exactamente de qué lado estáis no tendréis acceso a ella.

—Gracias —me adelanto antes de que el saqueador intervenga de nuevo.

Catarina nos deja y Nil entra en una de las habitaciones sin decir más. A pesar de que parece distante, he oído parte de la discusión entre él y Alveron y no paro de dar vueltas a su voz defendiéndome. Quiero despejar la mente, aunque sea por unos instantes, y entro en la habitación que queda.

Es pequeña, hay una cama, una mesita pequeña y poco mobiliario más.

Sobre la cama hay un uniforme de saqueador limpio, como Catarina ha dicho.

Me despojo de la ropa sucia y voy a la cámara de higiene.

Es más amplia de lo que esperaba, dado el lugar en el que estamos.

A decir verdad, nunca he visto muchas cámaras humildes, así que no tengo con qué compararla.

Observo su sistema con curiosidad y activo el agua caliente, que está más fría de lo que me gusta y me dejo envolver por las gotas.

Caen sobre mi cuerpo, llevándose algo más que el sudor en el proceso. Siento el agua como un bálsamo relajante, hasta que la temperatura baja de forma abrupta y me doy cuenta de que se han terminado los litros de agua caliente por hoy.

Me envuelvo en una toalla áspera. No hay mucho tiempo, pero necesitaba lavarme, quitarme esta sensación que me oprime el pecho y que apenas me deja respirar.

Parece culpa, pero no estoy segura. No dejo de repetirme que hice lo que tenía que hacer y, al fin y al cabo, Nil está vivo.

«Pero su hermano no».

«Ya no era su hermano», me recuerdo.

Tamborileo con los dedos antes de quitarme la toalla y ponerme una camiseta ajustada de escote cuadrado y la parte de abajo del uniforme que me han dejado los rebeldes. Dejo el pelo suelto sobre mi espalda hasta que se seque por completo.

Iba a quedarme en la habitación, pero dado que no tengo nada más que hacer aquí salgo al salón y la electricidad me recorre el cuerpo.

Nil está sentado en el sofá. Tiene el pelo mojado, y algunas gotas resbalan hacia su rostro.

Lleva una camiseta interior sin mangas que me permite una visión perfecta de sus brazos fuertes y marcados.

Trago saliva. Mantiene la cabeza gacha, está enfrascado en la lectura de uno de sus libros en el UTP.

Tiene las piernas separadas y apoya los codos en ellas.

Me fijo en el movimiento de los músculos de su antebrazo cuando pasa la página holográfica y respiro hondo.

Doy un paso, intentando hacer el menor ruido posible, pero él es un soldado y se percata enseguida de mi presencia.

Alza la mirada para verme y el brillo en sus ojos me llena de esperanza.

Sin embargo, vuelve a bajar la vista a las páginas, que dejan de avanzar. No está leyendo.

El silencio se vuelve tan denso que me da la sensación de que me va a costar caminar, pero cuando doy otro paso hacia Nil nada me detiene.

Me sitúo frente a él, aunque a una distancia prudencial.

El salón es tan pequeño que la distancia me parece escasa, lo que me pone nerviosa a la par que agradezco.

—Nil... —empiezo.

—Izz —suelta mirándome de arriba abajo—, ¿o debería decir Lizara? ¿Cómo debería llamarte?

—Me gusta Izz.

Y lo digo porque es verdad. Para los demás siempre he sido Lizara Raven. Señorita Raven. Doctora. Pero la forma en la que pronuncia Izz, tan diferente a como lo hacía mi abuelo, hace que me estremezca con un deseo que no puedo frenar.

Me muerdo el labio ante este pensamiento. No debería estar...

—¿Por qué no me dijiste quién eras?

Suelto un gruñido de hastío. Ya sabe cuál es la repuesta. No podía, y tampoco pensaba hacerlo.

—No importa —dice resoplando—. Ya no.

Pero sí que importa. Doy unos pasos inseguros.

Quiero aparentar indiferencia, mas mi máscara se rompe antes de intentarlo siquiera.

Las cosas entre nosotros han cambiado. No es solo que le haya usado como cebo o que le haya mentido.

Es que, sea lo que sea lo que vibra entre nosotros, lo hace ahora con más fuerza.

—Eras un saqueador enviado para atraparme.

No podía decírtelo, como comprenderás. —Asiente dándome la razón—.

Y después... Tenía miedo, Nil —confieso con un hilo de voz—.

Miedo de perder lo único que sentía que me quedaba.

Si te contaba quién era, pensé que te alejarías.

Y no podía pensar en ello, no podía arriesgarme a que fueras tú quien decidiera irse. No quería perderte.

Otra verdad. Una que me hace sentir vulnerable. Algo que no me permito. Que Arno jamás ha dejado que suceda. Pero es el mismo hombre que me ha utilizado.

Intento ocultar mi mano gris al pensar en ello. Y niego con la cabeza. Doy un paso atrás. De pronto, siento que toda esta electricidad es cosa mía, que me la estoy imaginando.

—Conmigo no tienes que fingir ser quien no eres.

—Ahora ya lo sé.

—No puedo dejar de preguntarme qué hubiera hecho yo en tu lugar, Izz...

Se pone en pie y acorta la distancia entre nosotros. Le doy la espalda intentando huir, pero me doy de bruces contra la mesa. Él se queda a unos centímetros y siento su respiración cerca de mi cuello.

No quiero girarme y a la vez deseo hacerlo. Perderme en sus ojos azul cobalto. Dejar de pensar o de sentirme así. El miedo me atenaza.

La mano de él recorre la mesa hasta llegar a la mía. Nuestros dedos no se encuentran, pero están muy cerca de hacerlo, a tan solo unos milímetros. Dejo de respirar.

Él se acerca más y el calor de su cuerpo me hace cosquillas en la espalda. No me toca, pero su torso me quema.

—Cuanto más lo pienso más me asusta darme cuenta de que tal vez hubiera hecho lo mismo. Tú y yo no somos tan diferentes —murmura.

Su voz es una caricia. Un bálsamo ardiente que me hace estremecer. La electricidad me recorre desde la parte baja de mi vientre y, por fin, nuestros dedos se encuentran.

—Te utilicé —contesto con un nudo en la garganta.

—Es cierto.

Me acaricia el dorso de la mano con una delicadeza exasperante.

—Nil...

—Izz. Mírame.

Su orden suena como una súplica y me vuelvo despacio hacia él. Alzo el rostro, percatándome de nuestra cercanía.

—Me utilizaste. Sabías quién era el monstruo, quién era yo.

—Sí —asiento, y las lágrimas inundan mis ojos.

—No sé si podré perdonarte eso.

Abro mucho los ojos ante su confesión y endurezco mi expresión, preparándome para defenderme de su ataque. Explicarme.

—Pero, joder, tampoco puedo odiarte.

Veo la sombra del deseo oscureciéndole los ojos azules. El movimiento apenas perceptible de sus labios, entreabriéndose. Y la caricia de su dedo en mi mano asciende por mi brazo, tanteándome. Contengo el aire que pugna por salir de mis labios, que entreabro, expectante.

Le mantengo la mirada con firmeza.

Su mano sigue ascendiendo hasta llegar a mi cuello y se detiene a apartarme un mechón húmedo del rostro. Su otro brazo sube despacio por mi piel gris y me tenso. Intento contenerme, pero él no hace amago de detenerse, sino que sigue subiendo, y en ese momento se detiene.

Se inclina hacia mí y el corazón se me dispara.

Va a besarme.

Estoy segura de que va a besarme y...

Sus labios se detienen a unos milímetros de los míos y se apoya sobre la mesa, encajando su cuerpo con el mío.

—Debería odiarte —musita.

Su aliento me hace cosquillas en la boca y me atrevo al fin a mover la mano. La apoyo en su pecho. Quiero subir a su cuello, atraerle hacia mí.

—Pero la verdad es que lo único que quiero es saborearte de nuevo.

Esto es más de lo que puedo aguantar. Por fortuna, se me acerca y su boca toma la mía entre sus labios.

Gime y toma aire con fuerza por la nariz mientras nuestras lenguas se encuentran.

Me aprisiona contra la mesa, en un beso tan apasionado que me deja sin aliento.

Sus brazos me rodean la cintura y ascienden por mi espalda.

No le detengo, sino que me acomodo en la mesa, mientras él ocupa el espacio que nos separaba. Su cuerpo arde y se endurece con mi contacto.