La última luna 47
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Nil

Las células rebeldes forman bases en lugares inhóspitos e indeterminados. Su composición es heterogénea: individuos de nacionalidades y orígenes dispersos, unidos por la oposición a los Altos Comisionados.

La falta de jerarquía clara entre ellos dificulta su neutralización. Aunque se conoce a ciertos líderes carismáticos, no se ha podido dar con ninguno.

Fragmento del Manual del Saqueador Lunar

El transporte de los rebeldes me sorprende casi tanto como lo hizo la moto.

Se trata de un deslizador parecido a los que usamos los saqueadores para llegar a los desiertos, pero más pequeño, mucho más lento, pues es bastante anticuado, y dividido en vagones.

Los asientos se transforman en camas individuales nada cómodas que hemos tenido que usar las dos noches que hemos pasado viajando.

Comparto el mío con Alveron, Flavia y Lizara, que se ha quedado dormida frente a mí.

Tengo sentimientos encontrados respecto a ella y desvío la mirada cuando emite un sonido entre ronquido y gemido suave.

La miro durante unos segundos y Alveron me da un codazo cariñoso al que no respondo, el ambiente sigue un poco tenso después de nuestra última conversación.

A pesar de todas las explicaciones, suyas, de los propios rebeldes...

Sigo sin saber cuál es mi papel. Una parte de mí me dice que sigo siendo saqueador lunar, independientemente de Arno Raven, pues yo estoy al servicio de Iberion, no de él.

Sin embargo, estoy ayudando a los rebeldes... y también a Lizara Raven.

Flavia se incorpora —no es que haya mucho espacio para movernos—, da un par de pasos y se pone de puntillas varias veces, estirando los músculos.

Alveron le da un toquecito a Lizara en el pie, que reposa en el suelo. La chica no reacciona.

—¿Cómo sabía que ese ser era tu hermano? —pregunta Alveron.

—Porque vio su tatuaje la primera vez que intentó entrar en el laboratorio. Y luego vio el mío.

—¿Cómo sabía lo del tuyo?

—Pues... Bueno, eso no importa. —Tengo que respirar hondo para calmar el revoloteo que siento en el vientre al recordar ese momento que ahora me parece tan lejano—. El caso es que cuando lo vio se quedó mirándome de un modo... —Niego con la cabeza—. No pensé que fuera el tatuaje, sino...

—¿Tus firmes pectorales? ¿O los abdominales de hierro?

Se me escapa una risa ante el tono que usa Alveron, pero reconozco que sí lo pensé.

Antes de querer ser saqueador lunar no era precisamente...

lo que soy ahora. Tuve que entrenar mucho y estoy orgulloso de mi cuerpo.

No voy a negarlo. Así que sí, pensé que se trataba de una cuestión puramente física. Si hasta se sonrojó.

«Y te gustó».

Acallo esa voz. Claro que me gustó. Soy humano.

—Sí, bueno...

—Por favor, ¿en serio? —Flavia chasquea la lengua con impaciencia.

—La cuestión —prosigo— es que no fue eso, sino que reconoció el tatuaje porque lo había visto antes. Y cuando le conté lo de mi hermano perdido, ató cabos.

—Y decidió usarte de cebo —afirma con un matiz de desprecio tiñendo su tono.

—Era el único modo de entrar en el laboratorio, alejando al guardián de alguna forma.

—Podría habértelo dicho. No fue sincera, no confió en ti. Te traicionó. Después de que tú decidieras dejarla con vida, a pesar de las órdenes claras de Arno.

—No me debía nada por dejarla con vida. No esperaba ningún agradecimiento por ello.

—Ya, pero eso no cambia que te traicionara, aun sabiendo que podrías morir.

—Debió pensar que quizá quedaría algo de lo que fue la criatura y que a Nil no le pasaría nada —interviene Flavia.

—Si es la que inició el programa, sabía perfectamente que los sujetos se convierten en monstruos sin ningún atisbo de humanidad, así que no me sirve.

—No tiene que servirte a ti, Alveron —insiste Flavia.

Alveron se incorpora, da los pocos pasos necesarios para acercarse a la otra hacker y la señala con un dedo.

—Tú no te metas. Esto no va contigo.

Flavia pone los ojos en blanco, pero se mantiene al margen. Yo me sorprendo por la reacción de mi amigo. Nunca le había visto así.

—Cuando Vik murió, es decir, cuando yo le maté... Vi algo en sus ojos. Creo que, de alguna manera, estaba ahí y...

«Me agradeció lo que hice por él».

—Ya no era él. Nunca hubiera vuelto a ser Vik.

—Ella podría habértelo dicho.

—Eso ya no importa —respondo con un suspiro cansado.

Llevo demasiado tiempo dándole vueltas al mismo tema. No es que la haya perdonado, ni que pueda olvidarlo, pero he empezado a imaginar qué habría hecho yo en su situación. Si hubiera vivido su vida. Si me hubieran criado como ella.

—Claro que importa. —Alveron vuelve a encararse conmigo.

Me sorprende la intensidad de sus palabras y la expresión con la que dirige la mirada a Izz, que despierta en mí un sentimiento de protección que creía enterrado y hace que mis piernas actúen por instinto y me incorpore.

El rostro de Alveron y el mío quedan a escasos centímetros y le mantengo la mirada, impasible.

—Si Lizara Raven no hubiera empezado con el Proyecto Selene... —insiste.

—Fue su padre el que aprovechó esos conocimientos para crear un ejército —la voz de Flavia es cortante—, y también para experimentar con su propia hija y consigo mismo.

—Ella pretendía mejorar la calidad de vida de los iberios.

—En eso se escuda, pero Lizara es la que empezó los experimentos.

—Porque Arno la crio para ello —le digo con toda la firmeza que soy capaz de reunir.

—No es una víctima, Nil.

—Ni tampoco la villana de esta historia.

—Esto no es uno de tus libros.

—Y por eso sé que el blanco y el negro no son los únicos matices. El gris también importa.

—Estás ciego.

Alveron se sienta revolviéndose el pelo y trastea en su UTP.

Por un momento creo que ya ha terminado conmigo y se ha perdido en temas informáticos que no entiendo.

Sin embargo, con un movimiento hace que un holograma se materialice ante mis ojos.

En él veo a Arno, que a su vez observa una pantalla en la que sale Izz.

Viste una bata de laboratorio, tiene el pelo recogido y usa unas gafas llenas de datos que cambian continuamente.

Tiene una jeringuilla de cristal en la mano que sostiene delante de lo que parece un gato.

«Tranquilo, pequeño. Te prometo que no te haré daño».

Le inyecta el contenido azul plata. Durante un instante los ojos del felino emiten un brillo lunar que enseguida se apaga.

«Fase 1 iniciada con éxito».

Puedo ver la sonrisa ambiciosa de Arno antes de que Alveron corte la imagen.

—Así empezó, pero luego... Empezaron con los humanos. Como tu hermano.

Tengo que sacudir la cabeza y frotarme la frente para recordarme que lo que he visto en realidad... Dirijo la mirada a Izz, que sigue dormida o fingiendo estarlo. Ella también fue víctima de Arno Raven. Siendo su propia hija. No se me ocurre nada más terrorífico.

—Tú no eres mejor que ella, Alveron. Tus inicios en el hackeo no fueron precisamente los más loables.

—Yo no puse en riesgo vidas humanas, ni te usé de cebo.

—Debemos reconocer que eso fue un plan brillante —confiesa Flavia, que vuelve a prestarnos atención.

No puedo creer que la rebelde haya dicho eso y, a juzgar por el modo en que Alveron la fulmina con la mirada, él tampoco. Sin embargo, tengo que darle la razón, pero me guardo de decirlo en voz alta.

—¿Qué? Tú también lo piensas. Gracias a eso conseguimos el antídoto. Y hubiera cumplido con su cometido sin perder un valioso tiempo si no se hubiera dejado llevar por sus sentimientos y hubiera vuelto a salvar a Nil.

Se encoge de hombros.

«... si no se hubiera dejado llevar por sus sentimientos». ¿De qué habla?

Me siento y apoyo la espalda en el asiento.

Mi amigo se incorpora otra vez e intercambia unas palabras con la rebelde de Amazora mientras yo observo unos instantes más a Izz.

El corazón me da un vuelco cuando ella se mueve un poco.

Los párpados le tiemblan, pero no abre los ojos.

Al otro lado de las ventanas la noche empieza a aclararse y ya se percibe el azul verdoso de la aurora de final de año.

Nos acercamos a Iberion y eso significa que estamos más cerca de poner el plan en marcha.

El plan en el que tengo que fingir entregar a Lizara Raven a su padre.

Lizara. Izz. La destructora de colosos de hielo.

La que creía que era la causa de lo que le había ocurrido a mi hermano y a la que no quiero ver de nuevo como una víctima. Porque no lo es. ¿O sí? Ya no sé qué pensar... A pesar de lo que he visto... sigue siendo parte del programa de mutaciones. La que me engañó.

Sin embargo, mi corazón no está dispuesto a ponerla en el bando enemigo con facilidad y se resiste, recordándome su miedo.

La forma en que se aferraba a mí en la moto.

El tacto de sus labios. Su mirada cuando salí del agua; por mucho que me recuerde que fue por el tatuaje, sé que había algo más.

Un cosquilleo me recorre el vientre. Uno que asciende lentamente hacia mi pecho y estalla en miles de mariposas.

Quiero conocerla. Saber quién es de verdad Lizara Raven. Y también Izz. Quiero conocer sus dos caras.

Y eso es más peligroso que todas las bestias del Desierto Polar.

En este momento, el transporte entra en un túnel. Las auroras se desvanecen y la poca claridad que llegaba de ellas se apaga y nos quedamos con la única iluminación del vagón.

Tras unos minutos, nos detenemos. No reconozco el lugar, imagino que estamos en cualquier parte bajo el Cinturón.

—Ahora entraremos en nuestra base de Iberion. Allí nos distribuiremos por equipos y seguiremos con la fase dos del plan —dice la voz de Ventia en el comunicador del transporte.

Lizara se sacude con el frenazo y sus ojos se abren. Está adormilada. Me fijo en el rosa de sus mejillas, bajo el mar de pecas, y respiro hondo intentando que baje el nudo que se forma en mi garganta cuando nuestras miradas se encuentran.

No lo consigo.

Por primera vez siento que no tengo el control de la situación.

No me queda más remedio que dejarme llevar.

Aunque antes tenía un equipo y un superior, sí que tenía poder de decisión.

Aquí estoy a merced de los rebeldes. Y de los sentimientos que no he conseguido apagar y que arden cada vez que pienso en ella.