46
Izz
Saco la muestra de sangre en silencio. Catarina se mantiene seria y la determinación que veo en sus ojos me parece admirable.
Mientras, deseo que los resultados sean buenos.
Trago saliva, me llevo la muestra y empiezo a trabajar.
Ella se aprieta el brazo para que deje de salir sangre y después me sigue, ayudándome con el análisis.
—¿Me voy a convertir en una de esas cosas? —pregunta con un ligero temblor en la voz.
—Todavía es pronto para saberlo.
Dejo caer la gota de sangre de Catarina en el cartucho hemolumínico. El reactivo responde al instante, extendiéndose en un brillo tenue que se fractura en vetas irregulares.
Inserto el cartucho en el analizador sin añadir palabra. El aparato emite un pulso y una luz verde recorre el panel, iniciando la lectura. Ajusto el espectro con movimientos precisos, metódicos, y dirijo la mirada a la rebelde, que se ha quedado muy quieta.
—Respira —le pido con delicadeza.
Ella me obedece, respira hondo, aunque está temblando y empieza a caminar por la sala con nerviosismo.
La pantalla fluctúa mostrando los patrones y los porcentajes de progreso.
Treinta segundos.
Veintinueve.
Veintiocho.
—¿Qué es lo que determina la transformación? —inquiere Catarina sin dejar de caminar.
Aprieto los labios cuando la pantalla empieza a mostrar claramente que está contagiada, aunque eso ya lo sabíamos. Me interesa la cantidad de toxicidad en su sangre y para eso todavía quedan algunos segundos. También necesito saber su grupo sanguíneo.
—Según mis investigaciones es el grupo sanguíneo. A raíz de la caída de la luna se registró uno nuevo, por evolución de la especie, al que se denominó SEL.
—Eso lo sé —replica con impaciencia.
Claro. Todo el mundo lo sabe. A veces no soy consciente de que ciertos temas científicos son de dominio público.
Quince segundos.
Catorce.
—Entonces sabes que el gen que determina ese grupo sanguíneo es recesivo.
Se necesitan dos copias para que se manifieste.
—Ordeno mis pensamientos—. Cuando el infectado tiene el grupo sanguíneo SEL desarrollará poderes, y también cuando esté como alelo recesivo.
Sin embargo, solo cuando este provenga de la línea paterna.
Si el gen recesivo SEL es de línea materna o si la persona no tiene ese grupo sanguíneo de ninguna forma...
No termino la frase. No es necesario. Todos los que no cumplan los requisitos acaban convertidos en monstruos. La máquina cesa la vibración y muestra los resultados en la pantalla. Catarina recorre la distancia que nos separa, pero no se asoma al panel, atenta a mi reacción.
Me tiembla un poco el pulso cuando anoto en un papel los resultados. Quedan registrados, sin embargo, necesito hacer algo con las manos.
El nivel de toxicidad en su sangre es muy alto. Lo que quiere decir que la exposición ha sido prolongada. Aunque, como he leído en los últimos informes, las esporas lumínicas son el mejor vector de contagio, así que...
El dato que me duele y que no me atrevo a pronunciar es el de su grupo sanguíneo.
Catarina es A positivo, sin presencia alguna de SEL en su genética.
—Mierda —susurra a mi espalda.
Lo ha leído. Se echa hacia atrás y niega despacio. Se toca la cara, retira deprisa el contacto y, tras ver la toxicidad en su sangre, deja escapar un jadeo ahogado.
—¿Me voy a convertir en una de esas cosas?
Trago saliva sin dejar de mirar el análisis que tenemos delante y suelto el bolígrafo con el que estaba apuntando datos.
—Tenemos aún algún tiempo antes de llegar a...
—¿Con esa carga de toxicidad en sangre? ¿Cuánto tiempo?
—Catarina... Tenemos el antídoto, si conseguimos llegar a tiempo a Hespéria y preparamos más dosis...
«Sigue sin ser suficiente».
—Sé sincera conmigo, Izz.
—Está bien. —Me incorporo dejando caer las manos a ambos lados de mi cuerpo—. Los efectos con una carga como la tuya empiezan a manifestarse algunas horas después del contagio. Pueden ser dones de la criatura en la que vayas a... mutar.
Se mantiene firme, a pesar de que los ojos se le llenan de lágrimas.
—¿Y mi conciencia? Voy a empezar a olvidar quién soy o...
—No tan deprisa. Esos efectos son lentos. Puede aparecer desorientación, olvidos ocasionales y cosas así. En las primeras fases de la mutación se han observado restos de conciencia, la pérdida de identidad es progresiva.
—Mierda.
El silencio se extiende entre nosotras. No sé qué más decirle. Tenemos una dosis del antídoto, podríamos... Quizá daría tiempo de recolectar más nexenol y voltraxita, pero ahora que ya han enviado centinelas a por nosotros, es probable que el laboratorio polar esté más protegido.
—No —niega, como si me leyera la mente—, no vamos a malgastar la dosis en mí. Hay que detener a Arno, si tus sospechas son ciertas, de ello depende toda Hespéria.
—Este laboratorio no cuenta con sala sellada, pero se puede intentar hacer otra dosis aquí y...
—He dicho que no. El plan tiene que seguir como está previsto y para eso tienes que ayudarme.
—¿Cómo?
—Ocultando la auténtica carga de toxicidad. Diciéndoles a los demás que el proceso va a ser más lento. Lo que sea. Si no, me dejarán fuera y me necesitan.
Niego con la cabeza, sopesando las palabras de Catarina. Quiero rebatirla, sin embargo, recuerdo su forma de luchar, sus conocimientos y... Tiene razón, es necesaria allí.
—Está bien. Puedo mentir, pero si empieza la transformación antes de que pueda curarte...
—Tendrás que matarme.
Se me seca la boca de repente. La miro a los ojos y suaviza su expresión. Acorta la distancia entre nosotras y me toma de las manos. Sus dedos rozan la superficie fría de mi mano gris y baja los ojos a mi mutación.
—Eres la única que podrá hacerlo llegado el momento.
Asiento. No estoy segura de que sea capaz de matarla. No pude hacerlo con Nyelith. Solo pude observar, liberarla y dejar que otros la mataran.
—Gracias, Lizara Raven. No importa que lleves su apellido, tú no eres como él.
Siento una sensación amarga en la garganta.
Catarina. Nyelith. La miro a los ojos. No se parecen en nada a los de la saqueadora.
Son oscuros, del color del chocolate fundido, y, a pesar de que está asustada, están llenos de gratitud y confianza.
Y eso me da el valor necesario para seguir con el plan.
—¿Vas a contarme qué pasa entre el guaperas y tú?
Imita a la perfección el acento de Umbral y eso me arranca una sonrisa. También siento los colores acudir a mis mejillas y desvío la mirada hacia la mesa donde aún están las muestras de sangre. Me pongo a recogerlas sin responder.
—Venga ya. ¿De verdad vas a negarle un último cotilleo a esta moribunda?
Admiro su entereza. A pesar de su situación, es capaz de sacar buen humor y bromear.
—No estás moribunda —replico limpiando las muestras.
Catarina pone los ojos en blanco, se sitúa al otro lado de la mesa y recoge desde ese lado la aguja y las gasas, que tira al pequeño contenedor de desechos.
—Vi cómo os besabais, ¿o me vas a decir que te caíste sobre sus labios?
—Por todas las auroras —suelto desesperada.
Tomo aire con fuerza y apago el analizador.
—No importa lo que haya sucedido entre nosotros, sea lo que sea ha terminado antes de empezar.
Catarina abandona su expresión bromista y extiende la mano para coger la mía.
—No sé qué ha pasado entre vosotros, pero cuando estáis juntos en la misma habitación la tensión se palpa en el aire. La forma en que te mira podría derretir todo el Desierto Polar.
Me sonrojo hasta las orejas, pero trato de recuperar el aliento antes de seguir hablando:
—Por si no te has fijado, me odia.
—¿Por qué iba a odiarte?
Niego con la cabeza, bajo los ojos a mis manos y le resumo la situación. Mis pesquisas al ver los tatuajes, la deducción de que era su hermano, cómo planeé todo para que Nil fuera la llave de acceso al laboratorio polar. También que me arrepentí de ello, pero no había otra forma.
Catarina me escucha con atención, sin interrumpirme, y a medida que las palabras salen de mis labios su expresión se va tornando más comprensiva. Me da un apretón en la mano.
—Todos cometemos errores.
—No llamaría error a usarlo de cebo contra su propio hermano mutado.
—Bueno, algunos errores son más bien cagadas monumentales, no te lo voy a negar. Yo misma he cometido algunas que todavía me hacen estremecer.
La miro con sorpresa.
—Solo tienes que ver mi cara ahora mismo, ¿quién entra en una sala herméticamente cerrada sin activar los filtros? —Hace una pausa dramática—. Sí. Yo.
—Pero tú no has implicado a otros.
—Lizara, a veces nosotros somos los que complicamos las cosas más de lo que debemos. Nil necesita tiempo. Y tú también.
Lo que dice Catarina tiene sentido. Tiene razón. Ambos necesitamos tiempo para enfrentarnos a nuestros demonios. Y, además, tenemos una nación que salvar.
—Será mejor que vayamos con los demás. No nos vayan a dejar fuera del plan a las dos grisitas.
Me río y la detengo antes de que salgamos del laboratorio.
—Gracias, Catarina.
Ella hace un gesto para restarle importancia y recorremos el pasillo hacia la sala en la que hemos dejado al resto de rebeldes.
Todos están reunidos alrededor de la mesa con el mapa de Hespéria desplegado sobre sus cabezas.
Nos colocamos entre Umbral y Flavia. Nil está frente a la hacker y al lado de su amigo.
Le miro de reojo recordando lo que me ha dicho Catarina, buscando una señal de lo que sea, pero enseguida me centro en la pregunta de Ventia.
—¿Qué tal?
La científica me mira con complicidad antes de responder:
—Sí, estoy contagiada. —Algunos dejan escapar el aire con pesar—. Pero los primeros síntomas no se manifestarán hasta dentro de una semana o dos según los cálculos de nuestra experta. Tenemos tiempo de derrotar a Arno y elaborar otra dosis del antídoto.
—Vamos, que podemos contar contigo para cargarnos a ese capullo —afirma Umbral con orgullo, dándole unos golpecitos en la espalda a su compañera.
—No pensaba daros el gusto de hacerlo sin mí.
Umbral retira el contacto y sonríe con afecto antes de recuperar su expresión seria. Lo que me hace pensar que quizá no soy la única que tiene un cotilleo jugoso que contar. Acallo ese pensamiento.
—¿Vais a darnos los detalles o no? —inquiere Catarina.
—Ahora mismo saldremos hacia nuestra base de Iberion.
Allí nos prepararemos con todo lo necesario.
Se harán tres equipos: el primero —Ventia señala una zona de la ciudad cercana al ayuntamiento— establecerá un perímetro por si necesitamos intervención urgente.
Alveron, estarás con ellos ayudando a Flavia desde el exterior.
—¿Por qué no entro yo y Flavia se queda fuera? —se queja el hacker .
—Porque tú no tienes formación militar, programitas —apunta Umbral.
—Yo estudio para trabajar en el Gobierno de Iberion, por si no lo recuerdas.
—Y si algo sale mal y te descubren, no quiero tener que hacer de niñera.
—Alveron —Ventia zanja la discusión—, te quedarás fuera. Precisamente por ser nuestro topo debes estar fuera de peligro. Te necesitaremos si algo sale mal.
El hacker aprieta los dientes y desvía la mirada.
—El segundo equipo, compuesto por Octavius, Flavia, Jill, Huck y yo nos infiltraremos en el despacho de Arno Raven, donde si la información que nos ha facilitado Lizara es cierta, encontraremos las pruebas necesarias para sacarle del Gobierno y mostrar su verdadera cara a Iberion.
No obstante, para lograr esto, necesitamos un tercer equipo que se encargará de distraer al Alto Comisionado.
—Y tú eres la carnada perfecta para ello. —Umbral toma la palabra seco e implacable con los ojos puestos en mí.
La palabra me golpea como un hierro al rojo vivo. Carnada . No aliada, ni compañera. Solo un cebo. La furia me recorre como un veneno. Me contengo para no responder. Prefiero ver todas las cartas sobre la mesa antes de decir nada.
—Catarina y Umbral se harán pasar por centinelas. Y el saqueador... —interviene Flavia.
—Yo la llevaré ante Arno —dice Nil, clavándome sus ojos de océano—. Soy el más indicado para hacerlo. Pertenezco a uno de los equipos que fueron enviados a atraparla. El saqueador que entrega a la fugitiva.
—¿Y no quedará raro que la lleves con vida? —interviene Alveron.
—Nos ordenaron viva o muerta. Y yo elegí llevarla con vida.
—El tercer equipo, además —Ventia vuelve a intervenir antes de que haya un nuevo debate que no llevará a nada—, se encargará de reducir a Arno e inyectarle el antídoto antes de que lleve a cabo la destrucción de Hespéria.
Nosotros nos encargaremos de provocar un falso apagón que ayude a dejar en jaque al Alto Comisionado.
Ese será el momento de atacar y unirnos a vosotros.
El plan se despliega ante mí como una trampa bien tejida. No hay salida.
—¿Alguna pregunta? —Ventia nos mira uno por uno, deteniéndose en mí más que en los demás. Recibe silencio como respuesta—. Bien, pues no perdamos más tiempo.
Nos ponemos en marcha.
Como siempre que se trata de Arno, la ansiedad me devora por dentro. Tengo que enfrentarme a él. Saber toda la verdad. Mostrar al mundo qué clase de hombre es tras su máscara de justicia.
Entonces, recuerdo al abuelo y se me encoge el corazón.
Le he dedicado pocos pensamientos desde que hui por miedo a enfrentarme a ellos.
Por miedo a saber las respuestas. ¿Qué pensará de mí?
¿Qué le habrá contado Arno sobre todo esto?
¿Le habrá mentido? Y, lo más importante...
, ¿sabrá el abuelo todo lo que Arno oculta?
Y mientras cada uno repasa su papel yo le doy vueltas al mío.
Tan solo soy el cebo. Me siento como debió de sentirse Nil cuando descubrió mi engaño.
Aquí la diferencia radica en que no hay engaño ninguno: me lo han dicho claramente.
Soy carnada. Y entonces lo entiendo: no me han hecho parte del plan. Me han convertido en el plan.