La última luna 45
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Nil

Tras la declaración confidencial del nuevo Alto Comisionado, Arno Raven, reconociendo la falsedad de las acusaciones sobre el crimen de Eubea Landina, se confirma la retirada inmediata de nuestras unidades de la frontera con Iberion.

Asimismo, garantiza que el contingente del Proyecto Selene no será desplegado contra territorio nevrastiano y acuerda el intercambio de datos relativos al mismo.

Nevrast, por su parte, se compromete a mantenerse al margen del conflicto interno iberiano.

Informe clasificado del Gobierno de Nevrast

Izz y Catarina han salido hacia el laboratorio.

La sala sigue llena de murmullos tensos.

Umbral, Flavia, Alveron y Octavius se agrupan alrededor del holograma, discutiendo en voz baja.

Yo permanezco inmóvil pensando en lo que acabo de leer.

En que, si es cierto, Hespéria está perdida.

Mis padres. Mis amigos. Desaparecerán, ya sea convertidos en monstruos como Vik o en marionetas a merced del Alto Comisionado. No puedo quedarme sin hacer nada, no...

—Id adelantando el plan —ordena Ventia sin alzar la voz, pero acallando los murmullos—. Necesito un momento con Nil.

Los demás asienten y se apartan unos metros, dejándonos espacio para hablar. El único que no parece concentrado en el plan es Alveron, que no nos pierde de vista.

¿La líder quiere hablar conmigo? Eso me saca de mis pensamientos, pero enfoco la mirada en ella y parpadeo varias veces. Ventia me atraviesa con sus ojos marrones, evaluándome en silencio. No encuentro lástima en ellos, sino una comprensión profunda que me sorprende.

—Estoy bien —digo, aunque mis palabras me suenan huecas y sin sentido.

Ella me guía hacia los sofás. Toma asiento en uno de ellos y me invita a hacer lo mismo en el otro.

Aprieto los labios con frustración, ¿por qué parece tan calmada?

Acabamos de descubrir que Arno pretende acabar con toda Hespéria.

Y no se me olvida tampoco que ella tendría que estar...

, no sé, desesperada. Catarina puede acabar convertida en un monstruo en el peor de los casos.

—No tienes por qué estar bien.

Sus palabras me sorprenden. No esperaba ese inicio de conversación y mucho menos viniendo de ella. Aprieto la mandíbula y apoyo las manos en las perneras del traje para que no se note que me tiemblan.

—Yo tampoco sabía qué hacer el día que se me cayó el mundo encima. No es el mejor momento.

Se me escapa una risa rota, inesperada y carente de humor. La evalúo. ¿Adónde quiere llegar? ¿Quién es esta mujer? ¿Cuáles son sus objetivos?

—Perder a alguien duele más que cualquier otra cosa.

Y está bien. Tiene que ser así. Lo que no sería normal y te haría más inhumano que una mutación sería estar bien.

La pérdida te desgarra por dentro, te parte en dos, y tienes que reconstruirte.

Lamento decirte que no es un proceso rápido, aunque eso ya lo sabes.

»Cuando perdí a Eubea nada tenía sentido. Yo era muy joven, pero toda mi carrera había sido al lado de la Alta Comisionada. Ella me enseñó a luchar por mis principios, a cuestionarme lo incuestionable. Abrió mi mente y me hizo comprender que las cosas podían cambiar si te esfuerzas lo suficiente.

Hace una pausa larga en la que mueve los dedos sobre sus rodillas.

Un gesto que le he visto hacer a menudo cuando piensa.

Imagino que está recordando a Eubea, su propia juventud, y...

estará reviviendo el dolor. Eso es lo que pasa con los que dejamos atrás.

El dolor no desaparece, solo aprendemos a gestionarlo mejor.

—Era mi mentora. Mi amiga. La única persona que creía que Iberion podía cambiarse sin romperse. Y yo... yo estaba allí cuando murió. Y no pude hacer nada por ayudarla.

La culpa se palpa en el aire como una sombra helada y hace que me revuelva en mi asiento. Yo vi morir a Vik. No solo eso, sino que tuve que matarlo. Pero no vi lo que le hicieron. Vi en qué lo convirtieron. Ese pensamiento es suficiente para que vuelva a enfadarme y apriete los dientes.

—Y... ¿por eso fundaste la rebelión?

—No.

Arqueo las cejas, sorprendido. No esperaba esa respuesta y lo sabe, porque una sonrisa triste estira sus comisuras.

—Era joven, como ya te he dicho, y estaba muy enfadada.

Eubea no creía en la venganza, pero en ese momento me dio igual.

Cuando descubrí la verdad, quise que los responsables pagaran.

Y, sobre todo, quería librarme de la culpa.

Me perseguía y me dolía a cada paso. Me repetía una y otra vez que estuve ahí, que podría haber hecho algo y que se lo debía.

Se humedece los labios y mira hacia otro lado antes de volver a mirarme con fijeza.

—Siempre me he dicho que lo hice por ella. No fue así. Fue por mí. Porque quería intentar... reparar esa herida. Quería volver atrás. Pero nunca se puede volver atrás —añade con un susurro áspero—. Por mucho que lo desees. Por mucho que te lo repitas.

Se frota las manos, como si todavía pudiera sentir el frío de ese día.

No digo nada. La entiendo bien. Ojalá pudiera volver al día en que mi hermano salió hacia el Desierto Polar.

Tal vez podría hacer algo, o quizá nada.

Comprendo su culpa, porque es la misma que me arde en el pecho, en las manos manchadas de sangre.

Sí, puede que ya no fuera él, pero para mí...

—Cuando por fin lo entendí, ya había levantado todo esto. La rebelión. La causa. La guerra. Me di cuenta de que no la había fundado para honrarla. Ni siquiera para seguir sus principios, aunque son estos los que nos mueven a cada uno de nosotros, sino que fue por mí. La fundé para no hundirme.

Me quedo mirándola sin saber qué decir. No imaginaba que Ventia estuviera tan rota. Que fuera tan humana.

—Ventia... —empiezo, pero ella niega con la cabeza.

—No me malinterpretes. No me arrepiento de luchar, ni de lo que hemos construido. Sin embargo... —sus ojos se clavan en los míos con más intensidad—, no puedes basar tu vida en una herida. Porque entonces todo lo que hagas será para taparla, no sanarla. Y no puedes enterrar el dolor para siempre.

Siento un nudo en la garganta. Un calor inesperado en los ojos. Una lágrima que escapa y limpio deprisa.

—No sé si puedo hacer otra cosa.

Ventia me observa con una mezcla de dureza y compasión.

—Claro que puedes.

Se inclina un poco hacia mí.

—Ahora mismo no lo ves. Porque estás en el centro del dolor y ahí todo parece definitivo. Irreversible. —Hace una pausa—. No lo es.

Suspiro, agotado. No se trata solo de Vik, de su muerte o de haber empuñado el arma que acabó con él. Es lo que tuvo que pasar. La traición de Lizara. De Izz. Mis sentimientos por ella. Quiero arrancarlos de mí, dejar de sentir esta lucha interna que me enfada y me aterra a partes iguales.

—No sé si puedo perdonarla.

No es necesario que diga a quién. Ventia me observa con un brillo diferente en la mirada y asiente despacio.

—No te estoy pidiendo que la perdones. Te estoy pidiendo que no dejes que la rabia te destruya.

Me echo hacia atrás consternado.

—Nil —continúa—, lo que te ha hecho, lo que has perdido... Lo que has tenido que hacer es real. Y dolerá. —Su voz se suaviza—. Pero no conviertas el dolor en tu brújula. No dejes que decida por ti. Que apague todo lo demás.

Me quedo en silencio. No sé si entiendo todo lo que dice, pero sí entiendo que tiene razón.

Y el recuerdo de Vik acude a mí, pero lo hace de otro modo.

Su sonrisa, las carcajadas, su valor, su cabezonería.

La forma que tenía de empujarnos hacia delante.

Cómo se enfadaba cuando me rendía antes de tiempo.

Era optimista, alegre, insoportable a veces.

Y, por primera vez, su recuerdo no me aplasta, sino que me recuerda quién fue.

Quién era antes de que todo se torciera.

Porque lo que he matado... no era mi hermano.

Mi hermano nunca habría permitido que yo le dejara atrapado en aquello para siempre.

Nunca habría querido que yo cargara con ese peso como si hubiera sido culpa mía.

—Ventia. —Flavia se ha acercado en silencio, aunque mantiene cierta distancia respetando nuestra conversación. La líder le hace un gesto con la cabeza para que continúe—. Es Ronan.

—Discúlpame, Nil.

La mujer se dirige hacia la informática y yo aprovecho para beber agua. No me había dado cuenta de la sed que tenía, y sé que no es solo por la conversación que hemos mantenido.

Escucho a Ventia hablando con alguien a través de su UTP.

Su interlocutor calla mientras ella le explica los últimos datos del plan que vamos a llevar a cabo.

Lleno un segundo vaso y lo bebo a sorbos pequeños mientras repaso mentalmente los pasos que ella va detallando.

Cómo Catarina y Umbral van a hacerse pasar por centinelas gracias a unos uniformes que alguien ha conseguido.

Los centinelas llevan casco. Nadie podrá saber que son rebeldes infiltrados, y Ventia ha dado esta información tan solo a quienes participamos en la misión.

—Muy bien, cielo. Os esperaré en el punto acordado.

Esa voz.

No.

No puede ser.

El vaso se me escapa de entre los dedos y cae con un ruido metálico que atrae la atención de los presentes.

Mis pies caminan por sí solos hacia Ventia, quien tiene ante sí el holograma de un hombre sentado que me devuelve la mirada en cuanto entro en su campo de visión.

Ese ojo de cristal que recuerdo bien se clava en mí.

—Teniente Stravic... —musito sin apenas voz—. Pero...

No me salen las palabras. Dirijo la vista de uno a otra varias veces, tratando de comprender lo que estoy viendo.

—Saqueador Dilar, me alegra verle... vivo.

Lo dice con sinceridad, sus ojos me lo demuestran.

Ventia consulta la hora.

—Tienes mucho que contarle a Nil, Ron. Aún queda algo de tiempo.

Me pasa el ordenador de muñeca desde el que se ha establecido la conexión y se dirige a la mesa a continuar con los preparativos.

—¿Usted también...?

Él alza una ceja, inquisitivo, pero no comenta nada al respecto.

—Me preguntaba qué había sido de ti, Nil. —Me llama la atención la pérdida de formalidad—. Pero jamás hubiera imaginado que te habías unido a Ventia.

—En realidad...

No sé qué decir. Él me sonríe con una calidez paternal.

—Aunque no me sorprende en absoluto. Desde que te uniste al cuerpo de los saqueadores lunares ya vi que tenías aptitudes.

Y cuando me pediste autorización para el Registro Confidencial e hiciste una copia ilegal de los archivos de la expedición de tu hermano...

—Me quedo pálido—. Tranquilo, borré tus huellas. Solo lo sé yo.

¿Puedo estar tranquilo? ¿Puedo confiar en él? ¿De qué lado está realmente? Recuerdo cuando entré en su despacho y vi la cantidad de imágenes de diferentes lugares, algunos que no reconocí. Un topo rebelde en Hespéria.

—¿Desde cuándo pertenece a los rebeldes?

Vuelve a sonreírme.

—Puedes tutearme, Nil. Aquí... o allí, no soy tu superior. —Se levanta y pasea por su despacho—. Desde que mi mujer fundó la organización. Hace doce años.

—¿Su...? —Carraspeo—. ¿Tu mujer? —Desvío la mirada hacia Ventia—. ¿Ella es tu mujer? Pero... pensaba que tú eras fiel al Gobierno del Alto Comisionado.

—Esa es la idea, que parezca que lo soy, ¿no?

—Se encoge de hombros con una sonrisa teñida de orgullo y melancolía a la vez—.

Cuando empezamos a ver sobre qué se había construido el Gobierno de Arno, no pudimos quedarnos de brazos cruzados.

Sin embargo, no podíamos huir los dos. Teníamos una hija a la que proteger e irónicamente estaba más segura entre los muros de Hespéria que en las zonas extremas.

Así que fingimos que Ventia me había abandonado, dejándome solo con nuestra hija de once años, Nyelith.

«Nyelith».

La amiga de Lizara.

La saqueadora mutada a la que los centinelas abatieron.

Uno de los experimentos del Proyecto Selene.

Siento el suelo tambalearse bajo mis pies. Me pregunto si él conoce la verdad. Toda la verdad.

Vi morir a su hija, pero no puedo decírselo. No...

—Pero no pude protegerla. Se unió a los saqueadores en contra de mi voluntad cuando se enteró de que su madre y yo seguíamos en contacto y que ella nunca la había abandonado.

—¿Qué le pasó?

—Nunca regresó del Desierto Ígneo.

—Lo lamento, Ronan.

—Por eso derrocar a Arno es mi prioridad. Verle caer es lo único que me ha dado consuelo desde que Nyelith se fue.

«Nyelith, que acabó convertida en un monstruo. Muerta en la ciudad cuyos muros debían protegerla».