La última luna 44
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Las esporas lumínicas han demostrado ser el vector más eficiente de contagio de la mutación. También el más limpio e inocuo. Permanecen latentes en la oscuridad y se activan mediante pulsos energéticos, propagándose de forma imperceptible.

Allí donde alcanzan tejido humano, el contagio es visible y la transformación, inevitable.

Aprieto los labios. No es capaz de entender nada de lo que está pasando.

Es más grande que nosotros; que su hermano, aunque me pese decirlo.

No tiene nada que ver con nuestras propias heridas, sino con toda Hespéria.

Y puede que también en un futuro con Selestara.

Nil no lo ve. Para él esto se ha convertido en una guerra de sangre y venganza, de un hermano perdido.

Para mí es la condena o la salvación de miles.

Me dejo caer sobre el sofá, derrotada. A pesar de lo mucho que me repita todo esto, comprendo a Nil. Comprendo sus sentimientos, su dolor, el odio que ahora mismo está sintiendo hacia mí. Me duele el pecho, y sé que es por él. No sé si entiendo por qué. No debería importarme, entre él y yo...

«Hubo algo. Mas ya no volverá».

Catarina acaba de entrar por el mismo lugar por el que Nil ha desaparecido y se acerca a mí. Veo una sombra en su rostro. Me levanto alarmada al darme cuenta de lo que le está pasando, sin embargo, ella me dedica una cálida sonrisa.

—¿Estás bien?

—Yo... —Por un momento no sé qué decir. Mis ojos siguen clavados en esa piel grisácea que conozco tan bien—. ¿Y tú?

Suelta una carcajada.

—No soy yo quien ha tenido una crisis de pareja.

Enrojezco al instante.

—No somos pareja. Nosotros... —«Céntrate»—. Catarina, ¿te has mirado la cara?

—¿Por qué? —Se lleva los dedos a las mejillas y veo sus intenciones de bromear cuando su expresión se torna seria—. ¿Qué...?

Se dirige hacia un lado donde hay un pequeño espejo colgado de la pared a modo de adorno. Suelta un chillido que atrae a Umbral y Flavia. Él abre la boca para hablar, pero frunce el ceño en cuanto su compañera se gira hacia ella. La hacker parpadea varias veces.

—¿Qué cojones...?

Ventia llega interrumpiendo la frase del cazador lunar. La líder de los rebeldes examina la cara de Catarina y enseguida clava los ojos en mi brazo mutado, del que solo se ve la mano, con una mirada perspicaz. Yo asiento sin atreverme a decir nada.

—¿Qué pasó en el laboratorio polar? —indaga Ventia.

Flavia y Catarina se miran entre ellas y luego me miran a mí. No sé de qué habrán hablado si es que lo han hecho cuando hemos llegado. Yo me he quedado aquí esperando a Nil, quien llega ahora con Alveron y Octavius.

—Encontramos a ese científico como os dijimos... Estaba experimentando con un hombre —explica Flavia, dando a entender que ya han hablado del tema.

—Y Catarina trató de ayudarle, lo sabemos —continúa Octavius.

Entrecierro los ojos.

—Catarina entró en una Sala de Bioamenaza de Nivel Alto —suelto recordando los hechos—. El científico la encerró allí. —Me acerco a la rebelde para verle mejor la piel—. Allí debía haber algo más...

—Él me dijo..., mencionó algo de unas esporas lumínicas...

—¿Esporas lumínicas? —inquiere Umbral—. ¿Qué cojones es eso?

Flavia se dirige hacia la mesa con rapidez y enciende el ordenador holográfico, donde despliega los informes que me robaron del UTP. Los mismos que yo le robé a Arno.

—Aquí. —Lo lee en voz alta deteniéndose especialmente en la última frase—. «Allí donde alcanzan tejido humano, el contagio es visible y la transformación, inevitable».

Todos miramos a Catarina, que palidece.

—¿Estoy contagiada?

—Si me permites sacarte una muestra de sangre, puedo analizarla y saber si lo estás —me ofrezco.

—Pero... pero... ¿cómo es posible? —Flavia se frota la frente—. Yo no tengo nada...

—Tú no entraste en la sala —le recuerdo.

Catarina ha tomado asiento en un taburete alto de los que rodean la mesa. Ventia se acerca a ella y le pone las manos en los hombros, transmitiéndole su apoyo. Por un momento, recuerdo a Nyelith.

—Cata, tranquila. Todo saldrá bien. —Hace una pausa para que sus palabras hagan su efecto—. Siento tener que preguntártelo, pero... ¿ese hombre te dijo algo más? Es de suma importancia que lo recuerdes, sea lo que sea.

La científica hace un gran esfuerzo. Puedo entenderla. Ahora está con la duda de si está contagiada o no. De si se convertirá también en un monstruo, algo que sabré en cuanto analice su sangre.

—Que Arno era un monstruo..., que él pretendía..., que durante la oscuridad... ¡No lo sé! —Se tapa la cara con las manos, aunque enseguida retira el contacto con la zona grisácea que, lo sé bien, ahora le devuelve frío—. Nada tenía sentido.

Un silencio tenso se instaura entre nosotros. No sé si los demás han comprendido el alcance de sus palabras, pero mi cerebro está trabajando a toda prisa.

—Era un pobre desgraciado que ya había perdido la razón —tercia Alveron hablando por primera vez—. Según los informes, las mutaciones empiezan con la pérdida de la conciencia.

—No recuerdo haber leído eso. —Octavius arruga la frente.

—No sucede al principio —indico ganándome una mirada de desaprobación del hacker —. Es un proceso lento. Al principio desorienta y afecta más a la memoria.

Me acerco a la mesa con los ojos clavados en el holograma del informe. Releo cada palabra.

«... la oscuridad... El Día del Apagón... Las esporas lumínicas...».

Un escalofrío me recorre la espalda. El poder de Arno. ¿Podría ser que en esa onda expansiva...?

—No puede ser.

—¿Qué pasa? —me pregunta Ventia.

—Arno planea efectuar un contagio a gran escala. Por eso marcó el Día del Apagón. Usará ese poder de la luz para ello, expandiendo las esporas lumínicas.

Las respiraciones son todo cuanto se oye. Hasta que Nil rompe el silencio:

—Es decir... que quienes no mueran en esa onda expansiva de la que hablasteis... ¿acabará convertido en monstruo?

—Si no tiene la suerte de ganar habilidades en el proceso, sí —afirma Flavia.

Nil respira hondo, como si la idea fuera encajando pieza a pieza.

—Y los que sí las desarrollen pasarán a formar parte del ejército de Arno. —Se rasca el pecho de forma distraída—. Con ese chip. O lo que use para controlarlos.

No puedo evitar mirarle, aunque él tiene la vista fija en el informe. Se ha quitado la parte de arriba del traje. Tiene el cabello revuelto, los ojos rojos por las lágrimas y una expresión seria y preocupada. Imagino que debe de estar pensando en su familia. En sus amigos.

—Eso es.

Ventia consulta su UTP calculando el tiempo que nos queda. Muy poco. Dos días. Dos días y medio si tenemos en cuenta que el Apagón es entre las dos franjas de trabajo. Es decir, a mediodía.

—Tú y Catarina id al laboratorio inmediatamente —nos ordena a ambas—. El resto, venid conmigo. Tenemos que terminar el plan que detendrá a Arno y salvará no solo la ciudad de Hespéria, sino a toda Selestara.

Percibo en ella que sabe, tan bien como yo, que Arno no se detendrá en la ciudad del fragmento. Arno es ambicioso y esto es solo el principio de lo que pretende desatar, algo que no comprendemos y que, precisamente por eso, resulta aún más perturbador.