La última luna 43
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Nil

Recuerda: la misión no conoce vínculos. El saqueador que se detiene por alguien está perdido. El terreno no perdona distracciones y las emociones no figuran en el reglamento. Las emociones alteran el juicio. Un saqueador que se deja llevar por ellas pone en riesgo la misión.

Fragmento del Manual del Saqueador Lunar

Me cuesta concentrarme en el camino de vuelta. Los pensamientos y los recuerdos mantienen una batalla en mi cabeza que intento aparcar por el momento, pues un movimiento en falso podría desestabilizar la moto y hacernos caer por el abismo que ahora cruzamos.

El agarre de Izz es fuerte, diría que más que cuando emprendimos la ida. Lo único que quiero es llegar y que termine este contacto. En cuanto volvamos a Iberion y no me necesiten para nada, regresaré a casa y dejaré que los rebeldes terminen su misión y hagan con Lizara Raven lo que quieran.

Me da igual.

Solo quiero separarme de ella.

El colgante me quema en el pecho, recuerdo no solo de mi madre, sino también de Vik. De lo que he tenido que hacer.

Esta vez el trayecto se me hace corto. Porque, al final, no he estado concentrado como debería, sino que me he dejado llevar por mis pensamientos.

Qué haré a partir de ahora. Cómo sobrellevaré lo que ha pasado.

Y más importante: ¿seré capaz de contarles a mis padres lo que he hecho?

¿Volverán a mirarme como a su hijo pequeño o lo harán como el asesino de su hijo mayor?

En cuanto detengo el vehículo estoy tentado de quitarme el casco y frotarme la cara, a pesar de seguir en el exterior.

Mi acompañante baja con torpeza de la moto y está a punto de perder el equilibrio.

Mi mano se mueve por sí sola y la sostiene.

Izz me mira sorprendida, incluso yo lo estoy.

Obligo a mi extremidad a soltarla para que se apañe sola a partir de ahora y me muevo para dejar el vehículo en su sitio.

Antes de hacerlo, un pensamiento fugaz cruza mi mente: alejarme de aquí.

Y es lo que hago.

Para sorpresa de todos, acelero y me marcho a toda velocidad. Escucho los gritos a mi espalda, aunque en realidad provienen del comunicador que apago, acallando las voces.

Acelero hasta alcanzar el máximo, unos trescientos kilómetros por hora.

La adrenalina me recorre y siento cómo todo queda atrás.

Mis padres. El Alto Comisionado. La muerte de Vik.

Lizara Raven. Los rebeldes. Ojalá pudiera quedarme con esta sensación de soledad y libertad.

Pero no. Tengo que enfrentarme a todo ello.

Me cruzo con algunos animales que solo son borrones ante mis ojos. ¿Habrá algún mutado entre ellos? No quiero pensarlo.

Solo cuando he tenido suficiente, regreso. Soy consciente de que no puedo regresar solo a Iberion. Y tampoco puedo quedarme a vivir en el Desierto Polar huyendo de todo.

Aparco la moto en su lugar. No hay nadie fuera, aunque no esperaba que lo hubiera.

Entro en la cámara de descompresión y me libero del casco y los guantes que tiro a un lado de mala manera.

No sé a dónde ir, así que me quedo en la sala principal, donde nos reunimos con los rebeldes.

Voy hacia la máquina de agua y aprovecho para dar un buen trago; estoy seco y ni siquiera me había dado cuenta.

Me sirvo una segunda vez y me siento para beber más despacio.

Es entonces cuando me percato de que no estoy solo. Izz está sentada y me mira con los ojos enrojecidos. Ha estado llorando, pero ya no me importa.

Me levanto al momento. No quiero estar en la misma habitación que ella.

La escucho levantarse también.

—Nil, espera.

No lo hago y sigo caminando hacia la salida. Su voz me revuelve por dentro, no quiero escucharla. Estoy a punto de alcanzar la puerta cuando me sujeta del antebrazo. El contacto frío de su mano mutada me detiene.

—Por favor, Nil, yo...

—¿Qué? —Me encaro a ella con odio—. ¿Vas a intentar engatusarme como hace tu padre? ¿Es la especialidad de los Raven?

El dolor que veo reflejado en sus ojos al escucharme debería hacerme sentir algo, pero en este momento solo quiero devolverle el daño que me ha hecho. El daño que ella y su padre han provocado en tantas personas.

—Solo quiero que me escuches. Luego puedes seguir odiándome.

Su voz está cargada de amargura. Me cruzo de brazos, me apoyo en la mesa y la miro con desgana esperando a que hable.

—Lo que te voy a contar no es para excusarme de mis actos. Ya te conté un poco cómo ha sido mi vida. Mi madre murió cuando yo era pequeña y me criaron mi padre y mi abuelo, aunque como sabes Arno nunca me vio como una hija, sino como un medio para un fin.

Me mantengo en mi posición. No respondo ni hago ningún gesto. Aunque por dentro me pregunto cómo debe de ser crecer sin el cariño de una madre y darte cuenta de que tu padre no te quiere.

—Si tu padre es tan malo, ¿por qué seguiste con él?

Izz abre mucho los ojos, sorprendida.

—¿Cómo podía saber que mi padre era malo si eso era lo único que conocía?

—Porque... —Los argumentos se me escapan antes de pronunciarlos.

Cuando era pequeño tenía a mi hermano, a mis padres, pero además conocíamos a otras familias del núcleo. Ella no ha tenido con qué comparar. Arno se encargó de que estuviera aislada en su burbuja. Ella me da la espalda y camina hacia el otro extremo de la sala.

—Sí tuve el cariño de mi abuelo. Él siempre estuvo ahí cuando Arno no estaba y siempre defendía a mi padre, explicándome que su trabajo implicaba estar ausente, porque también debía dedicarse al pueblo de Iberion.

Cuando empecé a trabajar en el laboratorio entendí estas palabras.

Tenía que pasar muchas horas en el trabajo, dedicada a una investigación para mejorar la calidad de vida de los iberios.

Veía menos a mi abuelo, tan poco que podía pasar semanas sin mantener una conversación con él más allá de lo básico.

Eso me enseñó que los sentimientos, como decía Arno, a veces entorpecen lo importante.

Y Lizara Raven creyó que eso era lo normal.

Lo correcto. Que formaba parte de crecer.

Así que dejé atrás a Izz para convertirme en una reputada selenoingeniera biológica.

»Cuando los saqueadores lunares regresáis de las misiones —se gira y me mira—, debéis pasar por un reconocimiento médico.

Yo dirigía el equipo que lo hacía, para examinar la sangre por si había entrado en contacto con alguna de las sustancias lunares y ver su reacción y controlarla en caso de que fuera necesario.

Ahí conocí a Nyelith, una saqueadora lunar.

Ha sido la única amiga que he tenido. Tenía voltraxita en la sangre.

Le prometí que no le pasaría nada... —La voz se le quiebra.

Tiene los ojos empañados y casi, solo casi, logra traspasar el muro de hielo que he levantado entre ella y yo—.

Un día, no volví a verla. Me dijeron que se había tenido que marchar a otra misión de urgencia.

Sin embargo, por accidente, encontré entre los documentos de mi padre un informe en el que descubrí que se la habían llevado para experimentar con ella...

Teclea en su UTP acercándose a mí y busca en una lista de archivos hasta dar un toquecito en el holograma de uno que se expande ante mis ojos.

«BETA97 fue retenida tras detectarse en ella trazas elevadas de voltraxita tras una misión de recolección en el Desierto Ígneo.

Los niveles encontrados indican una fase temprana de integración bioenergética, con alteraciones en la actividad eléctrica periférica y respuestas anómalas.

Debido al riesgo de que la integración provoque efectos impredecibles —desde habilidades no controladas hasta mutación irreversible—, se autorizó su traslado a una Sala de Bioamenaza de Nivel Alto del Laboratorio 13 para seguimiento intensivo.

BETA97 llegó consciente y orientada, con signos de estrés, pero sin deterioro físico aparente.

El equipo de investigación ha solicitado iniciar pruebas de estimulación controlada para determinar si la voltraxita se estabiliza de forma espontánea o si avanza hacia una fase crítica.

Se recomienda proceder con la Fase 1 antes de que la integración supere los umbrales seguros».

Con un rápido movimiento, Izz pasa a otro informe.

«Informe clasificado del Proyecto Selene 5986K.

Sujeto BETA97. Las alteraciones morfológicas registradas durante las últimas horas muestran una desviación extrema respecto a la fisiología humana, con patrones de crecimiento irregulares y respuestas bioenergéticas que superan los umbrales de estabilidad.

La conducta refleja pérdida de toda conciencia.

Se considera que la mutación ha adquirido un carácter altamente agresivo e incompatible con cualquier forma de control convencional».

Apaga el UTP y se queda unos segundos con la mirada perdida mientras yo asimilo todo lo que acabo de leer.

—La habían convertido en un monstruo —musita con la voz rota—.

Y yo la liberé para darle una oportunidad sin pensar en las consecuencias.

La reconocí de inmediato cuando la vi al otro lado del cristal.

Ya no era ella, pero nunca podría olvidar sus ojos.

Esa mirada bicolor estará siempre en mi memoria.

Todavía puedo ver sus ojos: uno marrón y otro azul.

Izz da unos pasos hacia atrás, alejándose de nuevo, y se sienta para sujetarse la cabeza con las manos.

Clavo la vista en ella. El recuerdo viene a mí y ato cabos con sus palabras. Liberó a un monstruo, que acabó en el núcleo y al que abatieron los centinelas.

—Ahí fue cuando descubrí que el verdadero monstruo es mi padre.

—¿Crees que liberarla fue la mejor opción?

—Sé que la mataron y me sentí culpable por ello, pero esa cosa ya no era mi amiga. Ya no era Nyelith. Yo no tuve el valor de acabar con su sufrimiento. Quizá debería haberlo hecho, pero yo... —Se mira las manos—. ¿Cómo iba a hacer algo así?

Se tapa la cara para ocultar las lágrimas que han logrado escapar y ahora ruedan por sus mejillas. Estoy tentado de acercarme a consolarla y tengo que hacer uso de todo mi autocontrol para contenerme.

Todo esto no justifica lo que ha hecho.

—Pues eso es lo que me vi obligado a hacer yo. Lo que le pasó a mi hermano es por ti... —susurro—. ¡Por tu maldito descubrimiento!

Ella no se mueve. No intenta negarlo.

—Sí. Es por mí.

Esa aceptación me golpea más que cualquier mentira. Me acerco a ella, que se levanta preparada para enfrentarse a mí.

—Me usaste de cebo. Sabías que era mi hermano, que vendría tras de mí, y lo aprovechaste para entrar en el laboratorio polar. ¡Lo sabías, joder!

—Lo sabía —responde, con los ojos ardiendo—. Lo siento, Nil, pero era la única forma de entrar...

—¡Era mi hermano! —repito con la rabia desgarrándome la garganta.

—Y era un monstruo. Ya no quedaba nada de lo que fue tu hermano.

—Su voz se quiebra, pero no retrocede—. No estuvo bien lo que hice y te pido perdón por ello.

Era la única forma de entrar. El único modo de preparar el antídoto y detener a Arno.

Cuando vi el tatuaje, cuando hablaste del hermano que perdiste, lo comprendí.

Eras la clave para el plan, sabía que, aunque no quedase rastro de humanidad en él, quizá durante un instante notaría algo que lo distraería. Pensé como lo haría mi padre.

—Porque eres igual que él.

—Tal vez. —Me sostiene la mirada sin pestañear—.

Pero conocerte destruyó las barreras que él había construido, liberando una parte de mí que creía enterrada: Izz.

Rompiste pedazo a pedazo el muro que había levantado para protegerme, para no sentir.

Y cuando te vi ahí, contra un monstruo imposible...

, terminó de destruirse por completo. Yo no quiero...

—La voz le tiembla y creo que va a apartar la mirada como suele hacer cuando está nerviosa, pero no.

Mantiene sus ojos del color de la luna clavados en los míos.

Y yo me niego a apartarla—. No quiero apagar lo que despertaste.

Quiero sentir, Nil. Quiero ser... mejor.

Contigo, o gracias a ti, no lo sé. Pero no pienso volver a esconderme.

Me atraviesa, claro que lo hace, pero no pienso dejar que me derribe tan fácilmente.

Siento el tirón en el pecho, ese calor que me despierta cosas que quería enterrar, pero también siento la resistencia, la parte de mí que aún quiere mantenerse firme.

No es miedo; nunca he tenido miedo a sentir.

Es... una guerra. Una guerra que me remueve entero.

Me asusta. Me atrae. Me rompe. Me reconstruye.

Todo a la vez. Y lo peor es que no quiero apagarlo.

Pero debo hacerlo. Por Vik.

—Me ocultaste la verdad. Eso es lo mismo que esconderse. No me hablaste de mi hermano, ni de lo que planeabas hacer, ni de que pensabas usarme como carnada.

—Pensé en hacerlo muchas veces. No al principio, porque no te conocía y eras la llave para el laboratorio polar.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo...

Quería contártelo, de verdad. Solo que hacerlo ponía en riesgo a Iberion.

Y al final..., al final me convencí de que callar era lo único que podía protegerlos.

—No me diste elección. Me convertiste en tu jodida marioneta utilizando el mismo juego de tu padre. —Doy un paso hacia ella, con fuego en mis ojos.

—¡Ya basta de compararme con mi padre! —Me da un empujón inesperado que me hace retroceder un par de pasos—. No soy como él. Puede que tenga un brazo mutado, pero no soy un monstruo. ¡Intento detenerle!

—¿Detenerle? —Mi voz se rompe en una carcajada amarga—. ¿Y a cambio de qué? ¿De mi hermano muerto? ¿De mi confianza hecha pedazos?

—A cambio de salvar Hespéria. De que nadie más tenga que pasar por lo que tú has pasado.

—¡No me importa una mierda Hespéria! —le grito, aunque no es cierto, pero no soy yo quien habla ahora—. Me importaba él. Y le perdí por tu culpa.

Ella se queda en silencio, como si mis palabras fueran cuchillos. No intenta defenderse más. No intenta convencerme. Solo me mira, rota, y por un instante pienso que va a volver a golpearme.

—No vuelvas a dirigirte a mí —murmuro con la rabia y el dolor mezclándose en mi pecho, apagando cualquier resto de lo que alguna vez sentí por ella—. No te atrevas siquiera a mirarme.

Me giro y camino hacia la puerta. Cada paso retumba como un golpe seco. No miro atrás. No pienso hacerlo.

La dejo sola, con su brazo, con sus culpas, con sus monstruos. Y yo me marcho con los míos.