La última luna 42 #2
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42 #2

Activo la centrifugadora, marco la temperatura y el tiempo y dejo escapar el aire. La fuerzo por encima del límite recomendado; el metal tiembla, protestando, pero el proceso se reducirá de media hora a quince minutos.

Lo más difícil ya está hecho. Ahora solo queda esperar. Activo el comunicador de nuevo.

—¿Cómo vais ahí fuera? —pregunto, sin dejar de observar la máquina.

—Estoy a punto de abrir la puerta.

—No es buena idea. Vas a condenarnos a todos. —Escucho al científico.

—Cómo lamento no tener una de las mordazas de Umbral.

Mientras el proceso sigue su curso, miro con ansiedad a la centrifugadora, que vibra con fuerza, amenazando con explotar.

—Esto es más grave de lo que creíamos.

La voz de Catarina resuena en mis oídos poniéndome en alerta.

—¿De qué hablas? —inquiero.

—¡No sabéis lo que habéis hecho! ¡Sois unas...!

Su repentino silencio me hace imaginar que alguna de las dos le ha dejado sin conocimiento, y casi lo prefiero, aunque me da pena.

Me recuerda un poco a mí. Trabajar en un laboratorio, experimentando para mejorar la vida en Selestara.

Sin saber... Tal vez él sí lo sepa. Tal vez no sea una marioneta como lo fui yo.

Al fin y al cabo, estaba experimentando con ese pobre hombre.

Un disparo resuena a través del canal de comunicación.

La máquina emite un clic y me dispongo a verter con cuidado el compuesto en un envase más apropiado.

Un cristal templado adecuado para aguantar los viajes.

He preparado también un estuche para guardarlo.

Lleva uno de los sellos del Gobierno que aviva mi rabia, pero me obligo a permanecer todo lo imperturbable que puedo.

Salgo de la sala sellada y veo frente a mí a las dos rebeldes, con los trajes salpicados de sangre, esperando junto al cuerpo noqueado del científico.

Al fijarme mejor en la estancia veo el cuerpo del disforme mutado en un charco de sangre.

Desvío los ojos hacia ellas. Catarina está temblando y Flavia le acaricia un brazo con delicadeza.

—No había nada que pudiéramos hacer por él y tú lo sabes mejor que nadie. —La hacker se percata de mi presencia—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. No consigo desactivar la alarma.

Mientras recorremos de nuevo el camino hacia la salida, me embarga una emoción a la que no estoy acostumbrada: culpa.

Porque fuera está Nil. El cadáver de su hermano.

No estoy preparada para que me mire otra vez como lo ha hecho antes.

«Tendré que estarlo», me digo apretando los dientes.

Cuando salimos todo sigue igual y a la vez se ve diferente. Un grupo numeroso de soldados vestidos de blanco se está enfrentando a los rebeldes. Centinelas de Arno. Busco a Nil y le veo luchando contra uno de ellos.

Otro de los centinelas se dirige hacia nosotras.

Antes de que pueda reaccionar, Catarina da dos pasos rápidos y se enfrenta a él con su lanza extensible.

Me sorprende la destreza de la científica.

A pesar de saber que es una defensora, no deja de ser admirable.

En cuanto acaba con este primer adversario, se mete entre el resto de rebeldes para apoyarles.

Tres centinelas nos rodean a Flavia y a mí.

Ella se ocupa de dos y yo me enfrento al tercero.

Me concentro para copiarme dos veces y aprovechar el desconcierto del centinela para golpearle en el pecho con mi brazo mutado.

Cae hacia atrás y se incorpora deprisa. Puedo ver su siguiente movimiento gracias a mi percepción y soy capaz de echarme hacia atrás antes de recibir la estocada de un cuchillo.

Me incorporo y retrocedo para evitar otro impacto.

Los centinelas son poderosos y no sé si podré acabar con él solo con mi brazo.

Recuerdo que tengo otra habilidad que no me he vuelto a atrever a usar, pero viendo la situación...

Flavia tiene problemas con el segundo centinela, pues el primero ya ha caído. El resto de los rebeldes también parecen estar en apuros. Trago saliva y tomo la decisión. Es la única opción.

Respiro hondo y estiro el brazo concentrando toda la luz posible en mí.

La electricidad me recorre de pies a cabeza y contengo el aliento.

El calor me quema y amenaza con hacerme explotar, sin embargo, fuerzo un poco más.

Los trajes de los rebeldes y los centinelas se quedan a oscuras y yo brillo unos segundos antes de agacharme y posar la mano en el suelo.

Tengo que hacer uso de toda mi concentración.

Cierro los ojos y aprieto los dientes mientras visualizo, como si se tratara de un mapa holográfico, la situación que hay a mi alrededor.

Mi percepción me ayuda con ello. Coloco en mi mente a todos los centinelas antes de lanzar toda la luz en rayos que recorren el suelo del cementerio, creando un círculo lumínico a mi alrededor que se extiende en forma de raíces hasta derribar a cada uno de ellos.

Y no solo a los centinelas. Algunos rebeldes caen también, para mi consternación.

Intento incorporarme, sin embargo, no consigo hacerlo. La vista se me nubla y me tumbo tratando de recomponerme. Sigo oyendo voces y gritos de pelea. Duran unos minutos o más, no puedo precisarlo, pues siento la cabeza embotada y el cuerpo débil.

Cuando todo se queda en calma, alguien tira de mí hasta incorporarme. Es Flavia, que me ayuda a caminar.

El suelo está surcado por las líneas que ha dejado mi luz liberada, ahora unas rendijas negras que recorren el cementerio. Sorteamos los cuerpos de los centinelas y de algún rebelde antes de llegar a los vehículos.

Nil está apoyado en la moto que queda libre, apartado de los demás. Al verme avanza hacia mí, sustituye a la hacker para sostenerme y me ayuda a montar.

La tensión se palpa en el aire y no tiene nada que ver con la que compartimos en el viaje de ida, donde cada roce de su cuerpo se sentía como una electricidad imparable que nos instaba a buscar el contacto mutuo. Ahora el contacto se siente frío, distante, metódico.

Se tensa de inmediato cuando me sujeto a su cintura, pues es el modo más seguro de viajar.

—Lo siento —musito.

—¿Por agarrarte a mí? ¿O por ser la causa de que mi hermano haya muerto?

No respondo. El silencio se instaura entre nosotros como una tercera presencia, más pesada que cualquier bestia.

La moto ruge, avanza, pero lo que realmente se mueve es la grieta que acaba de abrirse entre los dos.

Y mientras el hielo se resquebraja bajo la cuchilla térmica, entre nosotros la brecha se hace más grande; sé que pronto no quedará nada que nos sostenga.