42
Izz
El nexenol presenta una alta inestabilidad molecular y requiere manipulación bajo condiciones estrictamente controladas.
Durante su uso se han observado liberaciones de sustancias volátiles potencialmente tóxicas al aire, lo que obliga a emplear sistemas de ventilación activa y filtros de protección completos.
El laboratorio polar se extiende frente a nosotras en silencio.
Respiro hondo. No hay nadie a simple vista, pero no estoy segura de que no vaya a aparecer cualquier otro monstruo.
Tengo que ser rápida. Según el mapa de Flavia, la sala sellada en la que tengo que elaborar el suero está al final, en el sótano más profundo.
Me detengo frente al ascensor, pero las escaleras son una opción mejor, así que recorremos la sala aséptica conteniendo el aliento.
Quedan solo cuatro días para el gran Apagón nacional y esto tiene que salir bien a la primera.
Eso hace que sienta un regusto amargo en la boca del estómago. El corazón me late tan fuerte y deprisa que me da la sensación de que puede escucharse en todo el laboratorio, y aunque eso es imposible, tengo que obligarme a inhalar y exhalar despacio antes de llegar a las escaleras.
—¿Creéis que hay alguien más? —pregunta Flavia.
—¿Aparte de posibles mutaciones o...? —responde Catarina, alerta.
—Las mutaciones, en caso de haberlas, estarán encerradas en celdas dispuestas para ello —digo mientras empezamos a bajar por las escaleras—. Es posible que haya algún científico. Tendremos que ir con cuidado.
Flavia y Catarina se mantienen en guardia, con las armas preparadas.
Hacemos el descenso iluminadas tan solo por una luz parpadeante.
El visor me indica que la temperatura está descendiendo.
Cuando al fin llego a la planta en la que se encuentra mi objetivo me quedo estática un instante.
En la puerta hay un visor. Uno que tendremos que burlar y no sé cómo.
—Esto es cosa mía.
Flavia me adelanta y se pone a trabajar con su UTP.
Mientras lo hace miro en derredor preocupada. Da la sensación de que estamos en un túnel sin salida. No voy desencaminada, porque podemos estar metiéndonos en nuestra propia tumba.
La hacker trabaja deprisa y la pantalla se llena de números y letras inconexos. De pronto, el pasillo se ilumina con unas luces rojas intermitentes y una sirena resuena en todo el laboratorio. Se me desboca el corazón y miro alrededor, en busca de centinelas.
—Flavia, ¿qué has hecho? ¡Ha saltado la alarma! —Catarina mira por encima de nosotras hacia su compañera.
Me mantengo quieta, como si así pudiera evitar... ¿qué?
—¡No he sido yo! —La hacker levanta la vista antes de volver a centrarse en lo que tiene delante—. Desactivé toda seguridad al entrar. Alguien ha hecho saltar las alarmas...
Cruzo una mirada con ella, luego con Catarina. Pero ahora mismo no es el momento de pensar qué ha podido pasar.
—No importa, tenemos que atravesar esa puerta ya —intervengo, acercándome más a la chica de pelo naranja.
Finalmente, la puerta cede y soy la primera en empujarla. Antes de que atravesemos por completo el umbral escuchamos un gruñido.
Lento. Gutural. Como una bestia preparándose para el ataque.
Vuelvo la mirada y no me encuentro con ninguna bestia de pesadilla. Tiemblo como una hoja mientras Catarina cierra tras de nosotras.
Estamos en un laboratorio más pequeño de lo que esperaba. Mesas largas cubiertas de matraces, un microscopio y fragmentos clasificados en un extremo.
No estamos solas. Un hombre con bata blanca nos evalúa tras un traje de protección mientras sostiene un tubo de ensayo que tiene un brillo de tonos plateados, que destacan en el líquido oscuro.
Como si el cielo estrellado estuviera contenido en ese pequeño recipiente.
Con rapidez coge un bisturí y lo sostiene en alto para defenderse o intentarlo al menos.
Flavia le apunta con la escopeta lunar de doble cañón y Catarina hace lo propio con la suya.
Yo me quedo quieta cuando escuchamos de nuevo un gruñido.
Pero esta vez suena como un gemido lastimero.
Un llanto similar al que emitiría un niño pequeño.
Nadie dice nada, busco con la mirada a nuestro alrededor y encuentro dos puertas.
Una corresponde a la sala sellada, lo sé por su revestimiento metálico.
La otra está hecha de un material más resistente que el anterior, algún tipo de aleación, y tan solo cuenta con un cristal redondo reforzado para ver a través de ella. Es el lugar del que vienen los llantos.
—¿Qué narices tienes ahí dentro? —pregunta Catarina, sin dejar de apuntar al científico.
Él no responde, y veo que baja la mano despacio hacia la mesa.
Estoy a punto de decir algo cuando Flavia dispara en un lateral.
No le da al hombre, pero es suficiente para que del susto este deje caer el tubo de ensayo que aún sostenía y dé un paso hacia atrás.
Su palidez es tan notable que se percibe incluso con el traje de protección.
—Será mejor que no cometas ninguna locura —intervengo.
Los ojos del desconocido me evalúan.
—Solo lo voy a repetir una vez, ¿qué hay ahí dentro?
—Na-nada.
La científica le ignora, avanza bajando el arma hasta que alcanza la puerta. Se asoma al cristal y suelta una maldición que no termino de entender.
—¡Hay un hombre herido dentro!
—¡No! ¡No puedes entrar ahí!
La alarma en la voz del científico hace que un miedo inesperado anide en mi pecho, sin embargo, no me da tiempo a intervenir cuando Catarina pulsa el botón que hay a un lado y la puerta se abre.
La atraviesa y el científico, pese a seguir bajo la mira de Flavia, teclea en un panel de control que tiene a un lado y la puerta se cierra.
Corro hacia allí y vuelvo a pulsar el botón para abrirla, pero este no responde.
—La ha bloqueado.
Me asomo. Catarina avanza hacia la persona que está hecha un ovillo en el suelo. La científica se agacha junto a él.
—Sácala de ahí o perderás un brazo.
—No puedo abrir. No lo entendéis.
—Pues haz que lo entienda si quieres conservar tu cuerpo intacto.
—Es una sala de bioamenaza de riesgo alto. Si alguien entra sin la protección adecuada, no sale.
Catarina estira un brazo hacia el herido con lentitud.
—¡Catarina, no! ¡Detente! —Golpeo la puerta con fuerza, pero ella no parece escucharme.
El herido se incorpora despacio, manteniéndose de espaldas.
Entonces, se gira y tanto Catarina como yo nos echamos hacia atrás por la impresión.
Me recuerda al aspecto que tenía Vik, pero en un grado mucho menor.
Tal vez sea un disforme congelado de grado dos o tres.
El pelo ha empezado a desaparecer de su cabeza y pequeños bultos le cubren el cráneo.
Catarina levanta el arma y le grita algo que no alcanzo a oír.
—Ya te digo yo que ella sí va a salir —continúa Flavia, aunque sin quitarme ojo, preocupada por lo que le pueda estar pasando a su compañera.
—Si abrimos esa puerta no saldrá solo tu amiga.
El disforme mueve los labios y su rostro se contrae en una mueca involuntaria. Retrae el labio superior y muestra los dientes. Después, se lleva las manos a los ojos y da un paso hacia atrás.
Catarina se mantiene firme en su posición. Mis ojos se desvían a la sala contigua, la sala sellada. Me muerdo el labio, pensativa. No quiero dejar a la rebelde a merced del disforme, pero no puedo hacer nada. Intento una vez más abrir la puerta pulsando el botón. Sin éxito.
Flavia saca unas esposas iónicas y sin apartar la mirada del científico me ordena:
—Haz lo que has venido a hacer, Lizara Raven. Y date prisa. Yo abriré la puerta.
Asiento con la cabeza, aunque ella no me ve, y me muevo.
En una de las paredes hay una vitrina con cristales lunares etiquetados.
Busco quelante de ferrioxina, lo cojo y entro en la sala sellada que se abre ante mí tras pulsar el botón.
Una vez me quedo aislada, saco de mi traje el frasco que contiene nexenol, la bolsa de muestras en la que guardé la voltraxita, y los dejo a un lado.
El nexenol no emite brillo alguno; al estar lejos del agua, ya no reacciona.
Sin embargo, la voltraxita sí mantiene su brillo iridiscente.
—Ahora te vas a quedar bien quieto mientras yo hackeo el...
Apago el comunicador. No puedo permitir que nada me desconcentre, vamos a contrarreloj y cualquier error sería fatal.
Mi pulso se calma en este ambiente. El control de las cantidades. Registrar datos. Revisar protocolos. Mi pequeño mundo.
Esto es lo que conozco y mis manos dejan de temblar en cuanto me concentro. Los dedos se mueven, abren frascos y toman goteros con precisión.
El más mínimo error puede echar a perder toda la misión y no tengo ni tiempo ni ingredientes para repetir el procedimiento.
No es un proceso rápido, la mezcla tiene que ir haciéndose a lo largo de, por lo menos, un par de horas.
Y después necesito media hora más para estabilizarlo y poder ponerlo a buen recaudo en mi traje.
No tenemos tanto tiempo.
Me pongo con ello de inmediato. El sudor me humedece la frente por la tensión, pero los primeros ingredientes se mezclan bien. El problema es el nexenol. Inestable y peligroso. El único capaz de parar esto.
Contengo el aliento cuando humedezco la sustancia y la introduzco en un mezclador; esta va tomando forma con el brillo característico.
Activo el filtro de mi traje pues se forma un vapor delicado, denso y suave que en esta primera etapa es venenoso.
Respirarlo sería fatal, pues mis pulmones se comprimirían.
Necesitaría una hora para que el vapor desapareciera completamente, sin embargo, voy a realizar la solución así.
En realidad, esto es como cuando preparas la masa de pan.
Se recomienda dejarla reposar varias horas, sin embargo, se puede hornear al cabo de unos minutos. Y es lo que voy a hacer.