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Nil
Con pesar informamos de que el saqueador lunar Vik Dilar no regresó de la última expedición al Desierto Polar. Las condiciones impiden precisar las causas de lo ocurrido. No se han hallado restos ni pertenencias. A efectos oficiales, se notifica su pérdida.
Fragmento de la carta a la familia de Vik Dilar
Me dejo caer junto al cuerpo de mi hermano y deslizo la mano por la herida que yo mismo he abierto. Mi propio pecho me arde, como si la herida no estuviera solo en el cuerpo de Vik, sino que también estuviera abierta en el mío.
En realidad, lo está. La herida que llevaba sangrando desde que mi hermano desapareció se ha abierto más. Los bordes están desgarrados y todo mi cuerpo siente su ausencia ahora que es más real. Más palpable.
Acaricio el eslabón deshecho que cuelga de su muñeca y reconozco el diseño. Es igual que el colgante que me dio mamá, a pesar de que la mutación lo reventó y lo dejó anclado para siempre en su piel.
Al pensar en mis padres los bordes de la herida se resquebrajan más. Y dudo de que esta herida pueda llegar a cerrarse algún día.
Vuelvo los ojos hacia el rostro de mi hermano. O lo que queda de él. Fijándome bien veo más que sus ojos. La línea de la nariz, aunque modificada, permanece intacta. Igual que la barbilla. Firme. Ancha. Mi hermano.
No queda atisbo de pelo en la cabeza, repleta de bultos y cuernos helados. Los músculos han duplicado su tamaño y todo en él resulta monstruoso.
«No le has matado. Le has liberado».
Pero no es eso lo que siento.
Un sollozo se me escapa, apenas soy consciente de que he empezado a llorar. Ni del hecho de que estoy acariciando el rostro de una criatura mutada.
Como si el Desierto Polar comprendiera mi dolor y quisiera acompañarme, comienza a nevar.
Aquí los copos no se derriten tan rápido como en la periferia, donde hemos hecho los simulacros de las misiones.
Recuerdo que, si nevaba, extendías la mano y la nieve enseguida se derretía en el guante, dejando un minúsculo charco de agua.
Aquí permanecen, cubriéndonos de estrellas resplandecientes en medio de la oscuridad.
Gimo. Grito. Mi voz me rompe las cuerdas vocales cuando vuelvo a entonar la canción que él siempre cantaba. La misma que le he cantado cuando le he...
Dejo caer la mano a un lado.
Le he matado.
He matado a mi hermano.
Tiemblo de forma incontrolable. Mis sollozos me ahogan.
La respiración se convierte en un imposible y por más que intento tomar aire no siento el oxígeno.
No son las reservas del traje. Es mi propio cuerpo.
La culpa, el miedo... El dolor. Ardiendo en mis pulmones.
Quiero arrancarme el casco y ver si este frío mortal puede apagarlo. Pero no lo hago.
Me conformo con volver a mirar a mi hermano y recordarme que esto que tengo frente a mí ya no era él.
También que yo no le he matado. Fue ella. Fue el sistema. Fue Arno.
Me incorporo y miro hacia la entrada del laboratorio. Ella lo sabía.
Lo sabía y me trajo como cebo para ver si así podía entrar en el laboratorio.
Ella es científica y creó esto. Ella le hizo esto a mi hermano, por eso había visto el tatuaje antes y por eso sabía que funcionaría.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que me hago daño en la mandíbula.
La rabia sube en oleadas de las piernas a mi vientre.
A mi estómago. Estalla en mi pecho y quiero golpearla.
A ella. A Arno. A todo este maldito sistema injusto.
Esto jamás debería haber pasado.
Vik debería haber vuelto de la misión con Drevan. Debería haber tenido una vida junto a él. Junto a su familia.
Un hermano pequeño jamás debería verse obligado a matar a su hermano mayor.
Quiero entender esta situación que me hace tener que pensar para poder respirar.
—¿Nil? —Es Alveron.
No tengo energía para contestarle. Y menos a él. Necesito silencio. Pero recuerdo que soy un saqueador lunar. Que estoy en una misión y que tengo que mantenerme firme; como Vik haría. Mi hermano siempre sabía sobreponerse a las adversidades. Era fuerte. Inteligente.
Y yo solo quiero ser la mitad de bueno de lo que él era, así que suspiro y vuelvo a mirar a lo que un día fue mi hermano. Porque si sigo pensando en ella, en el peso de su traición o en las consecuencias de sus investigaciones —con la influencia de su padre o sin ella—, no responderé de mí.
—Mantente en tu posición, saqueador —dice Ventia en el comunicador.
—Entendido. Espero a Raven aquí.
Soy consciente de que tendré que compartir espacio con ella.
Miro el cuerpo de mi hermano. No puedo llevarlo conmigo.
No podría aunque siguiera siendo humano y no una bestia.
Así que me limito a agacharme de nuevo a su lado, a acariciarle la mejilla despacio y a tocar con el guante el eslabón que pende de su muñeca.
Tengo el impulso de arrancárselo, llevarme una parte de él, pero me detengo en el último instante.
Esto es lo poco que le queda de su antigua vida.
Un regalo de mamá. El dolor regresa. Y lo dejo fluir.
Lloro en silencio antes de ponerme en pie, cantarle una vez más su canción entre sollozos y temblores y, después, mientras espero a que salgan del laboratorio, empiezo a cubrir su cuerpo con la nieve que sigue cayendo sobre nosotros y ha cubierto los alrededores como en un reino de hielo donde el invierno y la nieve son los reyes.
Las tumbas se extienden a mi alrededor, entre mausoleos y estatuas. Al menos, mi hermano no descansará solo.
—Adiós, hermano. Bajo la última luna, sigue adelante.