La última luna 40
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Izz

El golpe me llega tan de sopetón que me hace caer hacia atrás.

Ruedo a través del suelo escarchado dejando el surco de mi cuerpo en él.

La bestia avanza unos pasos, deprisa, hasta llegar a mí.

Esquivo hacia un lado impulsándome con mi brazo mutado y un calambre me sube hasta el hombro.

Suelto un grito y jadeo. El monstruo ruge, me oculto tras una lápida cercana y una lluvia de piedras cae sobre mí cuando se destruye bajo su puño; de pronto, ya no estoy en el suelo y mi cuerpo surca con violencia el aire.

Para mi sorpresa, cuando caigo, lo hago sobre un cuerpo.

Nil. Ha parado mi caída y me sostiene de la cintura. Me aparta deprisa de su lado y se sitúa delante de mí, esperando la llegada de la criatura.

¿Qué está haciendo? ¿Acaso no ve que es imposible combatirlo?

—Vik. —Su voz suena a súplica.

Pero ya no queda nada de su hermano en la bestia y eso es lo que me impulsa a incorporarme y... detenerme en seco. No es el dolor lacerante que sube de mi pie, probablemente herido, sino la reacción del monstruo.

El disforme congelado se ha quedado estático, pero cuando creo que esto se ha acabado, ruge lanzando saliva que se congela en el aire. Se impulsa con sus cuatro brazos, aparta a Nil de un manotazo y se dirige hacia mí. Me alcanza en un abrir y cerrar de ojos.

Suelto un grito cuando me llega el impacto de un puño en el costado y otro en el casco, que emite un crujido nada alentador, y entonces Nil salta sobre la espalda de su hermano.

Le desestabiliza y ambos caen al suelo.

—¡Entra en ese laboratorio de una maldita vez! —grita el saqueador.

La rabia en su voz no deja lugar a error. Está furioso. Triste. Y todas las emociones que cabría esperar dada su situación. La primera vez que vi al guardián del laboratorio me fijé en los surcos de su pecho. Mas no comprendí lo que era hasta que vi el tatuaje de Nil y este me habló de su hermano.

Y aunque he tenido en mente usar al saqueador de cebo desde que vi la V y la N marcando su pecho, ahora no puedo abandonarle a su suerte. Estaba convencida de que, aunque no tuviese conciencia, siendo su hermano al final sentiría la conexión.

—¡Vete, maldita sea!

—¡No quiero perderte!

—Ya es tarde para eso.

Sus palabras se clavan en mi pecho. Siento su rabia, pero no me muevo. La criatura se incorpora, da un paso. Luego otro, y yo me preparo para recibir el impacto. Detenerle con mi brazo mutado si hace falta.

Me mira como si fuera un insecto al que aplastar. Aprieto los labios y me divido como he aprendido a hacer. Al instante las dos copias de mí le rodean. El monstruo ni siquiera se inmuta y sigue mirándome fijamente.

Nil se interpone entre nosotros, empeñado en morir en medio de la nada.

—Vik. —La voz de Nil ahora es tan dulce que me hace estremecer. «Tan insistente como siempre»—. Mamá todavía pone cubiertos en tu sitio. Papá aún tararea la canción que siempre cantabas mientras cocinabas. Y yo..., yo siempre te voy a llevar en el corazón. —La última palabra suena estrangulada.

Vik se queda muy quieto, mirando a su hermano, pero yo sé que no le ve.

No como debería. No como lo hacía el que de verdad fuera el hermano de Nil.

No puedo dejar que intente buscar lo que no hay.

No lo comprende, no sabe lo que pasa en los laboratorios y, aunque odie reconocerlo, siento que la culpa me quema por dentro.

—Nil —susurro, poniéndome en pie—. Él ya no es tu hermano.

—No te acerques a mí, Lizara Raven.

Jadeo. Me merezco su desprecio, pero el dolor en el pecho me atraviesa como una flecha afilada.

Me acerco a su espalda. Despacio, con prudencia, y atrayendo la atención del monstruo.

En cuanto me ve se altera, la mirada se vuelve más oscura y la mandíbula, de por sí ladeada, deja entrever los dientes afilados.

Me preparo para empujar a Nil a un lado y ocupar su lugar cuando el saqueador hace algo inesperado y saca el otro cuchillo lunar.

Todo pasa demasiado deprisa y en mi cabeza solo suena una melodía con una voz que no reconozco de inmediato. Rasgada y suave. Delicada como una caricia y a la vez rota, desesperada. Un canto triste que habla de la luna y de las estrellas. De un mundo que ya no existe.

Una canción perfecta para acunar al monstruo que ha dejado de ser quien era y se ha convertido en una aberración.

Nil ha saltado sobre su hermano y le ha clavado el cuchillo con fuerza en la grieta que dejaba entrever una luz violácea y también los restos del tatuaje que los unía.

El monstruo se tambalea y cae, pero el saqueador no se suelta, sigue con el cuchillo clavado en su pecho. La bestia no grita, sino que observa a su hermano en silencio y, por primera vez, creo ver reconocimiento en los ojos de un mutado.

Quizá sea la canción. La voz de su hermano pequeño. O la simple cercanía de la muerte.

Pero estoy convencida de que, en sus últimos latidos, Vik ha recuperado algo de quien fue.

Cuando ya no hay rastro de vida en él doy un paso, me acerco, pero Nil saca el cuchillo, lo limpia y se incorpora.

Su espalda se estremece. Grita. Alza la cabeza al cielo y su bramido se convierte en llanto.

En súplica. Y, por último, cuando se vuelve hacia mí, en un odio ciego que estalla y le cambia la cara.

—Entra en el maldito laboratorio de una puta vez. Tu guardián ya ha caído —me dice con sequedad.

—Nil, yo...

Él acorta la distancia entre nosotros, me toma de las muñecas y solo encuentro oscuridad en sus ojos azules. Una sombra en su rostro y un mar de lágrimas surcando sus mejillas.

—No hay tiempo para esto. Hemos venido aquí porque tenemos una misión, así que cumple tu parte.

Sus palabras me golpean como un dardo. Tiene razón, mas mi mente se esfuerza en buscar una excusa, palabras de aliento o cualquier cosa con la que llenar este silencio. Sin embargo, es cierto que tengo que entrar en el laboratorio y ya he perdido demasiado tiempo.

—No le has matado. Le has liberado —susurro, en un intento por calmar su dolor.

Me mira unos segundos más con un desprecio tan palpable que me hiere. Y me suelta como si fuera un soldado más. Sin violencia. Con una profesionalidad fría y devastadora. Me tambaleo, pero trago saliva, bajo la cabeza y le doy la espalda.

He hecho lo que tenía que hacer. Me lo repito una y otra vez, aunque sé que no es así.

—Lizara —es Flavia en el comunicador interrumpiendo mi línea de pensamiento—, he conseguido abrir la puerta. Date prisa porque no sé cuánto podré mantenerla abierta.

A mi pesar, dejo atrás a Nil, que se mantiene en pie junto al cuerpo de su hermano.

Su figura destaca en medio de este cementerio congelado y siento en él un frío que no tiene nada que ver con el Desierto Polar.

Un frío que yo he provocado. Y que no sé si algún día podré atravesar como él logró atravesar el mío.