La última luna 39
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Nil

El manual no contempla las amenazas inesperadas; no hay reglas escritas sobre ello.

No hay protocolos ni rescates, solo lo que llevas encima y lo que seas capaz de improvisar.

Si algo surge del hielo o la nieve, no pierdas el tiempo en saber qué es: muévete, busca protección o lucha con lo que tengas a mano.

Mantén la calma, pues será tu única arma; el miedo mata más que cualquier monstruo.

Fragmento del Manual del Saqueador Lunar

Disparo, pero no a él, sino al suelo que le sostiene.

Este tiembla, le hace reaccionar y la bestia se vuelve hacia mí.

El aire me quema en los pulmones cada vez que entra y siento los músculos llenos de adrenalina.

Tengo miedo y, a la vez, me siento lleno de vida.

Como si siempre hubiera tenido que vivir este momento.

El monstruo golpea el suelo y este vibra a mi alrededor. Sostengo con firmeza el cuchillo y espero a que ataque.

El monstruo se lanza sobre mí, cubriéndome con su envergadura.

De un manotazo lanza el cuchillo lejos y me rodea con los cuatro brazos, clavándome en el suelo.

Tengo su rostro enorme a escasos centímetros de mi casco.

Temo que lo golpee, lo resquebraje y me deje a merced de una muerte helada.

Pero nuestros ojos se encuentran y la bestia boquea. Saco la pistola lunar con agilidad.

Respiro despacio, intentando deslizarme hacia atrás, lejos de su alcance, aprovechando que se ha quedado estático, pero entonces un tintineo me golpea el cristal.

Sus extremidades tienen nervios tan tensos que parecen a punto de explotar, pero entre todo ello veo un eslabón.

Está ennegrecido, destruido, y se engancha a la carne mutada como un colgajo.

Pero lo reconozco, porque va a juego con el collar que yo tengo en el cuello y que me dio mi madre antes de partir.

Vuelvo a mirarle a los ojos.

Azul cobalto.

Como los míos.

Como los de Vik.

Quiero gritar. Llorar. Todo a la vez.

Porque esto es tan imposible e inverosímil que no puedo asimilarlo. Me arrastro hacia atrás deslizándome por la fría superficie terrosa y él se sienta sobre sus piernas.

Busco rastros de mi hermano en esa bestia, pero no... No es posible. Él no...

«... experimentos con humanos...».

Jadeo. Doy un traspiés y miro hacia la puerta del laboratorio. Buscando la verdad en la reacción de Izz, pero ella no está.

«Mutación de grado diez».

El monstruo ruge de nuevo y el aire se arremolina a su alrededor. Me mira con los ojos inyectados en sangre, que ahora ya no puedo ver monstruosos, pues...

«No puede ser Vik».

Se eleva sobre mí, su pecho marcado por la piel endurecida y el brillo que viene desde el interior. Palpita, como si se tratara de su corazón. Si es que la bestia que tengo frente a mí puede tener corazón.

Es entonces cuando el mío se detiene, pues veo unos surcos que reconocería en cualquier parte, aunque se hayan emborronado por la mutación, estirado y desfigurado.

La V y la N entrelazadas formando un tribal que rodea el símbolo del infinito. Dentro de él está el número once. El mes y el día en el que ambos nacimos con seis años de diferencia.

Lanzo un grito que se funde con el rugido del monstruo.

No es solo la certeza de que él es mi hermano, sino el peso de la traición. Ella lo sabía. Por eso reconoció el tatuaje. Por eso me dejó acompañarla. Y por eso dijo que tenía el modo de burlar al monstruo.

«No la conoces de nada». La voz de mi amigo resuena en mi memoria.

Alveron tenía razón. He sido un imbécil. Jamás fue mi prisionera, sino que era ella la que manejaba los hilos. Como Arno maneja los de Iberion.

La ira me ciega, pero me obligo a respirar. Sintonizo el canal exterior para que pueda escucharme.

—¡Vik! —grito, dirigiéndome a la bestia—. Soy yo, Nil.

El monstruo eleva uno de sus puños para golpearme, pero se detiene en seco. Tiene que quedar algo de mi hermano en él.

«Mi hermano».

La palabra se me atraganta.

—Vik, lo siento tanto... —Las lágrimas recorren mis mejillas, mientras bajo la pistola lunar y avanzo hacia él.

Tiemblo. De pena. De rabia. Sacudido por un dolor que no quiero comprender, que no quiero sentir. Es mi hermano. Convertido en una bestia de pesadilla. Pero es él.

—¿Te acuerdas de cuando vivíamos en el núcleo y me decías que siempre estarías a mi lado? —Tengo que hacer esfuerzos para que la voz no se me rompa.

Se mantiene muy quieto, mirándome. Quizá esté reconociéndome.

Sigo recorriendo la distancia hacia él, alzando los brazos en señal de paz.

—¿Y de cuando mamá nos hacía dormir con las ventanas abiertas para que entrara la aurora porque me daba miedo la oscuridad? Tú me decías que la luz era un escudo, que mientras brillara nada malo podía pasarnos.

El monstruo me observa. Sus ojos, los mismos de siempre, parpadean con un destello que no sé si es reconocimiento. El brazo aún suspendido sobre mí tiembla, como si estuviera luchando contra sí mismo. O contra el monstruo en que le han convertido.

—¿Te acuerdas, Vik? —Mi voz se rompe, pero no me detengo—. Siempre decías que estarías a mi lado.

El silencio se vuelve insoportable. El vapor de su respiración me envuelve. Cada paso hacia él se siente como un paso al vacío.

Por un instante, creo que esto ha funcionado. Que me ha reconocido, que bajará el brazo y... ¿qué?

Me rompo en mil pedazos. Porque Vik ya no está. No hay solución.

En la vida real la luz no nos salva de nada y las promesas de mi hermano mayor están tan rotas como yo.

El puño de Vik se alza más, enorme, cargado de una fuerza descomunal. El mundo se detiene a nuestro alrededor, en un pulso imposible que sé que no es real.

—¡Vik! —grito, pero esta vez mi voz no le hace detenerse.

El brazo desciende con la fuerza de una avalancha hacia mí.

Antes de que me alcance, una sombra se cruza entre nosotros.

Izz. Su brazo mutado se interpone entre la vida y la muerte.

La extremidad de la chica se extiende como una raíz oscura, con placas relucientes que chocan contra el brazo de mi hermano.

El impacto resuena en el cementerio; un choque brutal entre dos fuerzas inhumanas.

El suelo tiembla. Izz grita y su brazo se arquea bajo la presión del monstruo.

—¡Nil, atrás! —Su voz está quebrada por el esfuerzo.

La miro con incredulidad. Ella nos ha condenado a ambos. ¿Por qué no está dentro del laboratorio haciendo lo que ha venido a hacer? El monstruo gruñe, un sonido profundo y vibrante. Sus otros brazos se agitan, buscando abrirse paso, pero Izz mantiene la defensa, clavada en el hielo como un muro.

Por un momento, el mundo deja de girar: mi hermano convertido en un monstruo, Izz enfrentándose a él y yo atrapado entre el dolor y la rabia.