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Nil
Las motos deslizadoras son vehículos ligeros diseñados para atravesar las planicies heladas y las dunas endurecidas del Desierto Polar.
No ofrecen gran protección, pero su velocidad y agilidad las convierten en la opción perfecta de los saqueadores experimentados y/o solitarios que necesitan entrar y salir de la zona extrema con más asiduidad.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
Alcanzamos una velocidad de casi doscientos por hora.
En estas planicies se siente como libertad y me encantaría poder sentir el viento directamente en la cara.
Claro que a esta temperatura acabaría muerto en menos de un segundo.
Los brazos de Izz me rodean con tanta fuerza que casi me cuesta respirar, pero no me quejo.
Oigo su respiración a través del canal que compartimos, pero los rebeldes —imagino que gracias a Alveron— se han ocupado de que nuestro canal no sea privado, así que me guardo cualquier comentario y me centro en nuestro objetivo.
Este desierto tiene algo de esas historias donde el hielo se va apoderando de tu corazón hasta que deja de ser tuyo.
¿Qué hay en ese laboratorio polar?
Tengo que verlo con mis propios ojos, por eso me he ofrecido a ir con Izz.
Por eso y porque, aunque la he visto derrotar a monstruosidades grandes como el coloso de hielo a pesar del miedo y la nula preparación militar, no soy capaz de dejarla sola ante esto.
Quiero estar con ella, protegerla si es necesario.
Estoy nervioso, pero intento pensar en que con mi apoyo y sus habilidades podremos con ese monstruo, sea lo que sea.
No se me olvida el rubor tiñendo de color melocotón su mar de pecas.
Tampoco el brillo de sus ojos, ni la forma en que se mordió el labio antes de acceder al exterior.
Si no hubiéramos estado en compañía de Catarina y Umbral, estoy seguro de que habríamos compartido un nuevo beso.
Reconozco las señales cuando las veo y si me hubiera lanzado a probar esos labios no me habría rechazado, sino que me hubiera acogido, dejándome saborearla por segunda vez. Como ansío hacer.
Me aclaro la garganta. Me fijo en las motos que nos rodean. Los rebeldes. A esta velocidad no los veo bien, pero según el ordenador de muñeca, que tengo conectado a la moto —cortesía de Flavia—, nos estamos acercando al objetivo.
—¿Por qué una base en un lugar tan inhóspito? —pregunto.
Quizá nadie me conteste, pero es una buena forma de mantener la mente ocupada.
—¿Te parece mejor lugar la civilización a la vista de todos, guaperas? —contesta Umbral con ironía.
—Hay muchas formas de ocultarse.
—Ninguna es mejor que estar fuera, donde nadie lo esperaría.
—Donde nadie lo esperaría sería en el mismísimo corazón de las naciones. Si alguien quiere esconderse o esconder algo —esto último lo digo de forma deliberada, pensando en Arno—, ¿qué mejor que las zonas extremas?
La risa de Ventia me sorprende, llena el canal de una vibración extraña. Su risa, como todo en ella, no es alegre, sino calculada.
—Tal vez —dice recuperándose todavía de la risa—. Pero ni siquiera los Altos Comisionados se aventurarían a mandar expediciones a las zonas extremas en busca de un puñado de rebeldes sin tener datos precisos. Sería un suicidio.
Ahí tengo que darle la razón.
—¿Por qué lucháis?
—¿Por qué luchan los rebeldes?
—Porque están en contra del sistema. —Intento decirlo con seguridad, pero hay un ligero temblor en mi voz que espero que nadie haya notado.
—Buscan un sistema mejor, porque el que hay es corrupto.
Se hace el silencio mientras escucho por el canal la respiración de Izz, aunque tengo la sensación de sentirla en mi nuca y eso me hace estremecer.
Medito sus palabras. Si todo lo que me han contado de Arno es cierto —y casi no me quedan dudas de que lo es—, si las sospechas que llevo arrastrando conmigo hace ya tiempo no son meras sospechas, significará que solo he sido una marioneta más.
Mis pensamientos se detienen cuando el ordenador de muñeca nos informa de que el objetivo está a tan solo unos kilómetros. La velocidad de las motos tiene que ir descendiendo hasta que nos detengamos en una zona segura. A unos metros del cementerio que rodea el laboratorio.
A medida que la velocidad de las motos disminuye, empiezo a ver con más nitidez lo que nos rodea.
Atravesamos unas murallas acabadas en puntas metálicas, oscuras, cubiertas de una gruesa capa de escarcha que las hace parecer fantasmales.
Las lápidas están cubiertas de escarcha y un líquen verduzco oscuro con un leve halo que se intensifica cuando los focos de los vehículos impactan sobre ellos.
Se extienden en largas hileras a nuestro alrededor.
Seguimos avanzando y las hileras se van espaciando dando paso a una zona más elegante.
Estatuas de ángeles oscuros cuyos rostros congelados en el tiempo nos observan en silencio.
La última parte del camino la hacemos aminorando la marcha y varios mausoleos son testigos de nuestra llegada.
Cuando nos detenemos me sorprende no ver ninguna construcción. Hasta que me fijo en un edificio circular que, de no estar tan cerca, no destacaría en absoluto. Pero a esta distancia se advierte que no encaja ahí, así que deduzco que tiene que ser el laboratorio polar.
Dejamos las motos a un lado y estudiamos los alrededores. Umbral y otro rebelde se adelantan reconociendo el terreno. Los demás se reparten a las órdenes de Ventia estableciendo un perímetro.
El lugar está en calma. Solo se oyen los pasos de los rebeldes, la respiración en nuestros trajes y el viento.
Las apariencias engañan, me obligo a recordarme, y mis ojos van a la silueta menuda de Izz, que está tensa y rígida. Juraría que incluso tiembla. Y siento pena por ella, un experimento de su propio padre, luchando por derrocarle.
Consulto mi ordenador de muñeca. El viaje ha durado dos horas, a pesar de la velocidad del vehículo.
Tenemos un camino largo de vuelta a la civilización. Eso si salimos vivos de aquí. Y una vez allí tendremos con suerte dos días para poner en marcha el plan para derrocar a Arno Raven. El padre de la chica que desciende de la moto con torpeza, manteniendo a duras penas el equilibrio.
—Como ya os dije en el refugio, no voy a permitir más bajas en mi equipo. —Ventia se dirige a nosotros—. Bajo la última luna, seguid adelante.
Izz asiente, mira alrededor y su espalda se sacude. Se estremece. Ahora me parece más pequeña, más frágil... No lo es. Ella sola puede acabar con nuestro grupo en un abrir y cerrar de ojos.
Doy unos pasos para situarme a su lado. Ella ni siquiera me dirige la mirada, concentrada en las sombras que proyectan las lápidas.
—Nil —Alveron suena en el canal de comunicación, uno privado—, ten mucho cuidado. Estaré aquí si me necesitas.
—Lo tendré —contesto con sequedad.
El canal se cierra de forma abrupta y miro hacia la oscuridad, donde el equipo de Ventia ya está organizado, lejos del edificio que se alza a unos metros. Lejos de la bestia que oculta y que debería estar haciendo que me cague en el traje.
—Adelante. Si la cosa se pone fea salid por patas —dice Umbral, aunque sé que no nos lo dice a nosotros, sino a sus compañeros.
Flavia y Catarina se sitúan a cierta distancia de nosotros, esperando a que abramos el camino.
Miro a mi alrededor, los rebeldes se pierden entre la oscuridad.
Las detonaciones de las armas lunares empiezan a resonar a nuestro alrededor.
No veo a las criaturas que están abatiendo y me concentro en avanzar entre los mausoleos hacia nuestro objetivo.
Disparo cuando aparece la primera de las mutaciones en nuestro camino y esta se tambalea con un gruñido.
Tiene la cabeza deforme, repleta de multitud de ojos blanquecinos que miran alrededor, estudiando a sus presas.
No le doy tiempo a atacar. Disparo de nuevo.
La criatura salta, como ya esperaba, y me pongo frente a Izz, protegiéndola.
Saco el cuchillo lunar y corto al animal en dos.
La criatura cae y seguimos avanzando.
Oigo un chillido a nuestra espalda y me vuelvo como un resorte.
Otra de esas bestias amenaza con un gruñido bajo a Catarina y a Flavia.
La chica de pelo naranja saca su arma, pero la científica es más rápida y dispara la escopeta de doble cañón lunar.
El disparo impacta en la criatura, pero la carne de esta, al contrario que la primera, que se abrió como si fuera mantequilla, endurece las placas de alrededor, cerrándose al contacto con la bala lunar.
Emite un grito sordo, que suena a zumbido y me duele en los tímpanos.
—Habrá que usar métodos más tradicionales —dice Catarina.
Avanzo, con el cuchillo dispuesto, pero ella se me adelanta. Es más rápida de lo que esperaba y saca una lanza lunar que se extiende en un abrir y cerrar de ojos y la clava atravesando el pecho del monstruo.
Se derrumba entre nosotros y Catarina y Flavia lo esquivan para seguir el camino hacia el laboratorio.
La oscuridad se vuelve espesa, densa, y una ligera neblina nos envuelve. Por un instante me siento lejos de este lugar, las detonaciones se atenúan y un silencio antinatural me hace estremecer.
¿Por qué no aparecen más mutaciones?
—Tenemos al gran bicho a tan solo unos metros —nos informa Flavia.
En mi ordenador de muñeca no aparece nada de nada, pero Izz se ha detenido. Está muy quieta, delante de mí. Da unos pasos hacia un lado y estoy a punto de seguirla cuando el suelo se abre frente a nosotros como si fuera un espejo de hielo haciéndose añicos.
Catarina y Flavia se resguardan tras un mausoleo dejándonos solos.
Busco a Izz y no la encuentro. Tan solo puedo fijarme en la bestia que se yergue ante mí.
La criatura es descomunal, más alta que cualquier hombre.
Las deformaciones de su cuerpo lo hacen monstruoso: cuatro brazos largos, tensos, cada uno terminado en manos de piel endurecida, como si fueran placas de hielo petrificado.
Su piel se ve cuarteada y entre las grietas que lo permiten se filtra un resplandor azul parpadeante.
Mis ojos se clavan en los suyos, pero apenas un segundo, pues empieza a andar. Me da tiempo a ver una sombra de lo que debió ser. Tiene la mandíbula desplazada y los pómulos salientes y punzantes.
Su respiración se condensa en vapor helado y da la sensación de que al contacto con él el aire se vuelve más frío, como si arrastrara consigo el invierno eterno del Desierto Polar.
Ruge, destruye la tumba más cercana de un solo puñetazo y de pronto, al verme, se detiene.
No es solo que me vea como un objetivo, es que todo su cuerpo se queda muy tenso, olfatea el aire.
No pierdo el tiempo. Saco mi arma y disparo. Antes de llegar a tocar siquiera su piel, de esta se extienden unos punzones de hielo y mis proyectiles se desvanecen. La boca se me seca. Si ese es su poder, jamás voy a poder abatir al monstruo.
Sus ojos vuelven a clavarse en los míos y el azul profundo que habita en ellos me hace dar un paso hacia atrás. Hacia un lugar que ya no existe. A unos recuerdos que en este momento no tienen sentido alguno.
¿Por qué siento como si esta bestia infernal formara parte de mí?