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Izz
El treinta de octubre no es solo memoria de la caída de la luna.
El Apagón de Hespéria funciona como un reinicio del sistema urbano: depura las redes, expone consumos irregulares y permite localizar focos de insurrección.
Bajo la apariencia de ceremonia, se convierte en un mecanismo de vigilancia y control que recuerda a la población que la energía no es un derecho, sino un privilegio administrado.
Informe interno del Gobierno de Iberion
Solo faltan cuatro días para que en Hespéria se dé el Día del Apagón. Me pongo nerviosa al pensar en lo que nos espera; también en la distancia con el laboratorio polar.
Estamos en una sala de revestimiento metálico.
El equipo de Ventia ya está preparado con sus trajes dispares.
Alveron y Nil son los últimos en llegar.
Percibo cierta tensión entre ellos y sus expresiones no hacen sino confirmar mis sospechas.
Al ver a Nil con su traje de saqueador me da un vuelco el corazón.
Es guapo. Irresistiblemente guapo. Y no debería estar pensando en eso ni, probablemente, mirándole como lo estoy haciendo.
No en estos momentos y con tanta gente pendiente de nosotros.
Tengo que obligarme a respirar con normalidad y alejar el recuerdo de sus labios sobre los míos.
Se vuelve hacia mí, con la mirada decidida de un soldado. Rezuma profesionalidad por todos los poros.
Sin poder evitarlo, los colores suben por mis mejillas y me apresuro a mirar en otra dirección. Antes de desviar la vista me parece ver algo parecido a una sonrisa estirando las comisuras del saqueador. Eso hace que me entre más calor.
Por supuesto que debe estar acostumbrado a que le miren. No solo es un saqueador, sino que...
—Te han asignado como mi pareja.
Me atraganto con mi propia saliva. Toso y me recupero enseguida cuando él se acerca despacio, mientras el resto de rebeldes nos rodean.
—Viajaremos en motos deslizadoras, por lo que tendremos que ir en parejas —nos recuerda Ventia—.
Umbral y Cata saldrán los últimos del refugio.
Cuando lleguemos al cinturón del laboratorio nos replegaremos.
Allanaremos el camino con las bestias primarias, después Lizara Raven y Nil nos abrirán el camino.
Aprieto los dientes. ¿Es necesario que use también mi apellido para referirse a mí?
Alveron le da una palmada a Nil antes de salir de la sala, pero este no le mira siquiera, lo que me hace preguntarme qué ha podido pasar entre ellos.
Cuatro rebeldes armados vigilan en parejas la salida y la entrada al refugio.
Los primeros en salir son Ventia y un rebelde vestido con un uniforme de saqueador lunar, muy parecido al que yo llevo.
Les siguen varias parejas más, entre ellas Octavius y Flavia.
Umbral con sus maravillosos modales nos indica que ha llegado nuestro turno.
—¿Sabes conducir esas cosas? —le pregunto a mi compañero con un hilo de voz.
—Sí. No será muy diferente a las deslizadoras que usábamos en el cinturón en las prácticas.
La seguridad con la que lo dice debería relajarme, pero lo que me provoca es tensarme. Le agarro del brazo en un impulso antes de que avancemos. Él se detiene, me sonríe de medio lado y relaja su expresión.
—¿Necesitas algo más?
Las palabras se agolpan en mi garganta. La culpa. El miedo. La rabia y la incertidumbre son una bola imposible de tragar.
«Que me vuelvas a besar como antes». Enrojezco solo de pensarlo.
«No es el momento».
—Lamento todo esto, Nil —susurro.
—¿Vais a salir ya o necesitáis ayuda?
El saqueador le ignora y extiende la mano hacia mí. El contacto en mi cuello hace que me ponga rígida. Sus dedos se deslizan por la parte más cercana al lóbulo de la oreja y se inclina un instante hacia mí.
—Tú sujétate bien a mí, del resto me ocupo yo.
Su aliento es terciopelo en mi piel y el sonido rasgado de su voz como un acorde que acaricia mis sentidos. La piel se me eriza más allá del cuello, y un estremecimiento recorre mis brazos y mi columna.
—Confío en ti.
Él sonríe abiertamente y su boca queda a escasos centímetros de la mía. Podría besarle. Saborear esa sonrisa. Morderla. Hacerla mía.
—¿Sabéis que tenemos que llegar hoy? ¡Andando!
Maldigo a Umbral. Sin embargo, he de reconocer que tiene razón y no es momento para esto, por mucho que me pese.
Pasamos por la sala de descompresión y volvemos al exterior. La oscuridad nos envuelve, salpicada del brillo propio del desierto y del violáceo de las motos.
Son unos vehículos impresionantes. Conservan la silueta original de las motos, pero ha sido transformada en algo más amenazante, casi vivo.
En lugar de ruedas, la moto se sostiene sobre una cuchilla única, ancha y oscura.
Presenta surcos geométricos y dentados que brillan con un tenue resplandor púrpura, como si se alimentara de energía oscura.
Y me da la sensación de que esta moto no solo corta el hielo, sino que parece dominarlo a su paso.
Mi parte científica no puede dejar de fijarse en los detalles.
El chasis está construido con placas superpuestas, como una armadura.
El acabado tiene un negro grafito que me recuerda a la fibra de carbono reforzada.
Incluso puedo entrever en algunas partes un núcleo energético interno, un motor silencioso que vibra grave y sereno, como una tormenta lejana.
Los faros estrechos parecen ojos, recortando la oscuridad de la noche.
Me salto un par de respiraciones cuando veo el asiento. Pequeño, suficiente para dos personas, aunque a juzgar por cómo van las otras parejas...
«Vamos a tener que ir muy pegaditos».
Como si me leyera la mente, Nil tira de mí y con seguridad me invita a subir primero. Soy el foco de todas las miradas. La hija del enemigo. La chica mutada con poderes sobrehumanos cayéndose de una moto. Una moto monstruosa, sí, pero una moto.
—Lo importante es que pongas el pie en el estribo y luego guíes todo tu cuerpo para quedar montada a horcajadas —me dice Nil.
Me ofrece la mano, pero la ignoro. Subo tal y como me ha indicado con toda la dignidad de la que soy capaz y dejo escapar el aire cuando me veo sentada sobre esta monstruosidad.
Nil sube como si llevara toda la vida llevando este tipo de vehículos.
Se acomoda y mi cuerpo se lanza hacia el suyo amoldándose a la perfección.
El motor se activa. Aunque no puedo sentir la temperatura, veo el vapor que se eleva a nuestro alrededor. El motor ruge vibrando bajo nuestros cuerpos y me agarro a Nil por puro instinto. A su cintura.
—¿Lista? —me pregunta expectante.
El muy canalla está disfrutando del control que le otorga esta situación. ¿Sabrá lo mucho que deseo sentirle en estos momentos? Antes de que pueda responderle, un grito escapa de mis labios cuando la moto sale despedida hacia la oscuridad.
La velocidad, el aire a nuestro alrededor cortando la noche.
La sensación de libertad apaga el miedo, mas no del todo.
Porque mi temor va más allá del mundo difuminándose a nuestro alrededor, más allá de un grupo de rebeldes.
Me sorprendo temiendo no solo por mi vida, sino por la del chico que se ríe entre mis brazos.
Aparto ese pensamiento de mí.
No debería haber pasado nada entre nosotros, aunque me muera por repetirlo.
Él es un saqueador lunar.
Yo soy la hija de un tirano.
La única capaz de destruirle si mi plan sale bien.
Aunque el plan implique traicionar a quien ha conseguido derribar mis muros, resquebrajándolos como el cristal.