35 #2
—¿Cómo es la hija de Arno?
Su pregunta me sorprende y bajo la cabeza para que no vea la sonrisa bobalicona que sin duda se ha dibujado en mi rostro unos segundos. Los mismos que tardo en componer mi mejor cara de pasota y encogerme de hombros antes de devolverle la mirada.
—A mis ojos era solo una rebelde fugada hasta que... —Señalo lo que tenemos alrededor.
—Puede que sea un buen momento para que me devuelvas la cámara. Puedo hacerle unos ajustes mientras...
—No.
—¿No? —Alveron frunce el ceño.
—Tú vas a quedarte aquí, pero yo voy a ir a ese laboratorio. Vamos a ver a ese monstruo creado por Arno. Es importante que lo documentemos todo. Tú mismo lo dijiste. Y luego el laboratorio, todo debe quedar grabado.
—No creo que...
—Si queremos desenmascarar al Alto Comisionado, esto puede ser clave.
Se revuelve el pelo, como suele hacer cuando quiere rebatir y no encuentra los argumentos. Alza las manos, desvía la mirada hacia el panel holográfico y lo enciende.
—¿Qué haces?
—Reconecto la cámara a mi sistema. Venga, chiqui, vuelve con papá —dice dirigiéndose a la pequeña cámara antes de dirigirse a mí de nuevo—, de lo contrario es posible que las imágenes se pierdan o...
—¿Se pierdan?
—O lleguen a otros receptores.
—¿Se envía a algún otro lugar que no seas tú?
—No exactamente, pero sí busca el puerto más accesible —dice, ajustando el panel.
—¿Accesible cómo?
—Cuando la red se vuelve inestable, la cámara busca cualquier nodo que esté activo y tenga permisos de entrada. Normalmente soy yo..., pero si hay una caída fuerte, puede saltar a un canal secundario.
—¿Un canal secundario?
—Un sistema de seguridad, un servidor de respaldo, lo que esté más cerca en términos de latencia. No es inteligente, solo sigue el protocolo de emergencia.
—¿Y eso pasa a menudo?
—A mí jamás. Ya sabes que lo tengo todo bien controlado. —Me dedica una sonrisa socarrona—. Pero si la vía se satura o alguien fuerza la red, la cámara se engancha al primer puerto que responda.
—¿Y por qué me diste un objeto así?
Alveron suelta una exhalación breve, casi divertida, como si la pregunta le pareciera exagerada.
—No te preocupes. Es solo una cuestión de seguridad.
—¿Seguridad?
—Sí. Estas cámaras no funcionan como un canal directo, ¿vale? No es una línea recta. La red es... más bien un río. A veces la corriente va perfecta y llega a mí sin problema. Y otras, si hay ruido o demasiados paquetes circulando, la señal se dispersa un poco.
—¿Y eso no es peligroso?
—Nada que no pueda controlar. Simplemente rebota hasta que encuentra un nodo que esté despierto.
Si por lo que sea tardo en responder, la cámara busca el siguiente punto estable.
Un servidor de respaldo, un sistema de seguridad, un terminal de mantenimiento...
, lo que esté más cerca en términos de latencia.
Pero, créeme, nadie mira eso. Son canales automáticos, archivadores. Basura digital.
—Entonces, ¿no hay riesgo real?
Me preocupa no haber conocido antes esta información, sabiendo que lo que he grabado con el anillo ha podido acabar perdido o peor, en manos de alguien fiel al Alto Comisionado.
—Ninguno. Si no la reconecto yo, la señal puede perderse entre miles de paquetes. Por eso prefiero asegurarme de que vuelva a mi sistema. Es lo más fiable. Sobre todo, si queremos tenerlo todo atado para cuando llegue el momento de desvelar el gran pastel.
Alveron se sienta en su cama revolviéndose el pelo y yo aprovecho para ponerme mi uniforme de saqueador.
—Siento haberte ocultado todo esto, Nil, pero no sabía cómo reaccionarías, ya que eres un saqueador lunar.
Me apoyo en la mesa y me cruzo de brazos.
—Lo entiendo. ¿Quién me iba a decir a mí que mi mejor amigo, el que estudiaba para trabajar en el Gobierno, acabaría enfrentándose al Alto Comisionado?
—Arno Raven busca proteger su nación, a diferencia de los otros Altos Comisionados.
Le miro entrecerrando los ojos.
—No me malinterpretes, no creo que su forma de hacer las cosas sea la más idónea.
—Por mucho que sus intenciones sean buenas, cosa que ya dudo, no justifica experimentar con personas en contra de su voluntad, arrebatarles su vida y mentir a sus familias.
—Tienes razón —se levanta, pero no se mueve del sitio—, ha cruzado límites que nadie debería cruzar.
Sin embargo, no conocemos todas las consecuencias que la luna trajo consigo.
Animales mutados, monstruos..., ¿qué más pueden ocultar los desiertos?
Tal vez no sea tan descabellado crear un ejército que esté preparado para protegernos.
—No me puedo creer que estés diciendo eso. Vik podría ser uno de esos centinelas. ¡Llevo seis años creyendo que está muerto! Y tal vez no lo esté, tal vez tan solo haya perdido toda conciencia sobre quién soy, sobre quién es.
La rabia fluye por mi interior. Soy incapaz de creer que Alveron pueda estar defendiendo de alguna forma a alguien así. Y más cuando sabe todo por lo que ha pasado mi familia. Cuando conoce el núcleo mejor que nadie.
—Además, ¿qué clase de monstruo ordena matar a su propia hija? —insisto.
—Venga ya, tío. No la conoces de nada.
—Tienes razón, no conozco a Lizara Raven, pero sí a Izz.
—Izz es la cara que Lizara Raven quiere que veas.
—Basta ya, Alveron. No sé a qué viene todo esto ni por qué de repente atacas a Izz.
Nos sostenemos la mirada el uno al otro. En otra ocasión, este duelo hubiera terminado en risas y bromas. Hoy no.
—No me lo puedo creer —musita alejándose hacia un lado revolviéndose más el pelo. Me da la espalda unos instantes y vuelve a mirarme—. Dime que no es cierto, Nil. Dime que ella y tú no...
—¡A la sala de operaciones en dos minutos! —dice la voz cantarina de Flavia al otro lado.
Sin responder a Alveron, salgo de la habitación y me dirijo a donde están los demás, dejando atrás una amistad que creía inquebrantable.