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Nil
Los autodenominados «rebeldes» no son más que un grupo criminal que actúa al margen del Gobierno.
Se infiltran en zonas restringidas, sabotean instalaciones y difunden información falsa para sembrar el pánico entre la población.
No responden a ninguna autoridad legítima, y sus acciones ponen en peligro a toda la sociedad.
Informe interno del Gobierno de Iberion
La puerta se abre con estrépito y Catarina se queda unos segundos quieta mirándonos.
Nos hemos separado deprisa, pero creo que no lo suficiente como para que la científica no nos haya visto.
No hace comentario alguno, aunque tampoco tiene ocasión, ya que poco tiempo después entran el resto de los rebeldes, Alveron incluido.
—Espero que hayáis aprovechado para reponer fuerzas —dice la líder, tomando asiento en un extremo de la mesa.
Izz, sin mirarme a los ojos, se lleva el plato que no se ha comido y lo deposita en la pequeña cocina. Yo no despego los ojos de ella, recordando su sabor. Deseando probarla más. Carraspeo y me doy cuenta de la mirada perspicaz que me dedica Catarina, que se sienta junto a Umbral.
—No es la primera vez que intentamos acceder al laboratorio polar.
Cuando descubrimos su existencia, fue uno de nuestros primeros objetivos —explica Flavia pulsando su ordenador de muñeca y alzando frente a nosotros un mapa holográfico del Desierto Polar, donde hay un punto marcado con una X—.
No es un lugar fácil de encontrar. A simple vista parece un edificio pequeño, incapaz de albergar unas instalaciones tan sofisticadas.
La imagen del holograma cambia y nos sitúa en medio de un cementerio antiguo cubierto de hielo.
Tumbas en la tierra y mausoleos familiares.
La imagen está centrada en uno que no se vería a simple vista, pero sí destaca cuando sabes dónde mirar.
Circular. Pequeño. Achico los ojos para examinarlo mejor.
A sus pies hay una grieta ínfima, como si el suelo se estuviera resquebrajando, nada extraño en el Desierto Polar.
—El muy capullo hizo un laboratorio subterráneo —apunta Umbral señalando la imagen— y lo protegió con lo que sean esos bichos infernales. Quizá tú, Lizara Raven —hace hincapié en el apellido, recalcando su procedencia—, puedas decirnos algo más de la naturaleza de esas cosas.
—La mayoría de los que vi cuando estuve cerca eran animales mutados.
De nuevo, a un toque de Flavia aparecen unos monstruos que no reconozco. Mutaciones siniestras que rodean el lugar. Al fondo, cuando ella amplía la imagen, se ve una última criatura bípeda.
—¿Y qué sabes del grande? —pregunta Ventia tamborileando con los dedos.
—Tan solo lo que sale en los informes. —Al ver las caras de los demás doy por sentado que soy el único que no sabe de qué está hablando, ya que no he leído esos informes—.
Es un disforme congelado de grado diez. Es decir, que ha alcanzado la última fase de la mutación y por tanto no es fácil enfrentarse a él.
Izz se muerde el labio después de esa afirmación y se queda con la mirada perdida, pensativa, quizá intentando recordar algo más.
No dice nada. El holograma cambia y nos muestra a la bestia despedazando literalmente a unos rebeldes.
Izz desvía la mirada y veo sus ojos húmedos.
Yo sigo mirando la pantalla, analizando en lo que puedo al monstruo.
Enorme, con bultos en la cabeza y una musculatura sobrenatural.
La grabación desaparece y el comedor vuelve a quedarse vacío.
—Si sabes tan poco de él, ¿cómo cojones vas a burlarlo? —pregunta Umbral clavando los ojos en Izz.
—Tengo un plan.
Espero que no sea enfrentarse sola a un bicho que parece salido de una pesadilla. No pienso dejarla. Nos enfrentaremos juntos a lo que cojones sea el guardián del laboratorio y cumpliremos la misión.
—Tendrás que ser un poco más específica, princesita.
Izz fulmina a Umbral con la mirada, pero ignora el apelativo burlón. Se limita a alzar la barbilla en ese gesto tan suyo —y que solo anima al soldado a repetirlo— y responde con voz firme:
—Compartirlo con vosotros pondría en riesgo la viabilidad del plan.
—Y no compartirlo me dará motivos para ser creativo. —Se cruje los nudillos y doy un paso hacia él con gesto amenazante.
Sin embargo, Ventia se adelanta a mis palabras con un brazo en el pecho de Umbral.
—Quieto, fiera —le dice con autoridad—. Entiendo tu reticencia a contárnoslo, Lizara, pero ahora tenemos un objetivo común. Estamos contigo y tú con nosotros. Si nos haces parte del plan, sabremos cómo ayudarte.
—No pretendo ofenderos, pero las probabilidades de éxito ya son escasas y se reducirán todavía más si os hago partícipes.
—¿Cómo pretendes que confiemos en ti entonces? —se queja Flavia, irritada.
—Está bien. A ver de lo que eres capaz —la corta Ventia.
—¿Y ya está? ¿Vamos a confiar en ella sin más? —pregunta Alveron revolviéndose el pelo.
—No. No sin más. La confianza no es un regalo, es un pacto. Nosotros te respaldaremos con tu plan, sea cual sea; a cambio, esperamos la misma lealtad.
—Y más te vale que no sea una artimaña, porque entre los nuestros la traición tiene un alto precio. Y tú, princesita, sigues en búsqueda y captura. A tu padre no le importará si la entrega es en forma de fiambre. Y a mí, menos.
La mirada que le dedica Ventia es suficiente para que el rebelde guarde silencio, pero no para que siga mirando de ese modo que no me gusta un pelo a Izz.
—Flavia y Catarina entrarán contigo en el laboratorio. —La líder retoma el plan—. Estaremos en la retaguardia...
—Yo también —digo con voz firme.
—¿Tú también qué?
Alveron resopla desde su posición y le lanzo una mirada fugaz en la que me da tiempo a ver la alarma en sus ojos.
—Yo también lucharé contra el bicho. Al lado de Izz.
—Vaya, guaperas, ¿tantas ganas tienes de morir? —Umbral chasquea la lengua con diversión—. Estás como una cabra.
—Soy un saqueador lunar. Me enfrento a esas cosas.
—¡Y una mierda! Ese bicho...
—Está bien —interviene Ventia—. Umbral, Octavius y los demás nos quedaremos en la retaguardia ocupándonos de las mutaciones más pequeñas que hay alrededor.
Flavia y Catarina os acompañarán al laboratorio una vez que os hayáis deshecho del disforme.
—Nos mira a Izz y a mí—. Sin embargo, os enfrentaréis solos a él.
Ninguno de mis reclutas va a intervenir si la situación se os descontrola.
La forma en que lo dice me deja sin aliento.
¿De qué clase de criatura están hablando si toda esta gente armada no ha podido con él?
Respiro hondo y miro a Izz con preocupación.
Sí, tiene habilidades imposibles y un brazo mutado, pero no tiene formación militar de ningún tipo.
La he visto paralizarse por el miedo. No sé si está preparada para lo que viene, lo que sí sé es que no voy a abandonarla.
—¿Os habéis olvidado de mí o...? —pregunta Alveron rascándose la sien.
—Nada de eso. Tú serás mi apoyo desde la base —le dice Flavia—. Tengo que burlar el sistema para entrar en el laboratorio y tú tendrás que ser mi cortafuegos personal.
—Debería ir yo también.
—No. No tienes formación militar, Flavia sí. A ti te necesito aquí, por si todo sale mal —dice Ventia con firmeza.
Para mi sorpresa, Alveron asiente sin discutir más y, aunque no lo reconocería, me tranquiliza. Si de verdad esa bestia es tan peligrosa, Alveron no tiene nada que hacer contra ella.
—Viajaremos en motos deslizadoras. Nos pondremos en marcha en un par de horas. Ya sabéis lo que tenéis que hacer. En marcha, equipo.
Tengo que revisar mi traje y el de Izz. Ventia debe organizar a los suyos.
Retrocedo y miro a Izz. Habla con Catarina, quizá de lo que tienen que desarrollar en el laboratorio.
No me devuelve la mirada. Lo que estoy a punto de emprender cambia por completo el plan inicial.
Mi misión era entregarla al Alto Comisionado, pero ahora... es precisamente lo contrario.
Octavius se acerca a mí con los uniformes y le pido que me dé los dos. Me aparto hasta uno de los sofás donde los despliego y saco el kit. Revisarlos me lleva menos de lo esperado. Dejo a un lado el de Izz y cojo el mío para cambiarme, aunque no sé dónde hacerlo.
—Ven, quiero hablar contigo un momento.
Giro la cabeza hacia Alveron. Él también está en contra del Alto Comisionado.
Todos los que están aquí lo están y yo llevo a su servicio desde hace años.
Ahora he visto su cara o... ¿es la que quieren que vea?
¿Quiero saber más de esto? Sí. Claro que quiero.
Deseo saber la verdad y desvelarla al resto del mundo.
Mis dedos acuden por inercia al anillo y, al fin, me digno a mirar a Alveron.
Acepto hablar con él. Porque a pesar de todo esto, de que me ha ocultado una parte tan importante de sí mismo, es mi amigo.
Así que le sigo. Dejamos atrás el comedor y vamos por un pasillo lateral, más estrecho que el anterior.
Termina en una puerta que da a un pequeño vestíbulo con varias puertas más.
Una de ellas reconoce el ordenador de muñeca del hacker y nos deja entrar en una sala minúscula.
Hay un catre con las sábanas revueltas, un ordenador holográfico demasiado sofisticado para esta habitación y luces de neón iluminando la sala.
Veo una cápsula de higiene a la derecha y un armario.
—Esto es mejor que tu tugurio del núcleo, ¿eh?
—Está bastante bien.
Parece inseguro, nervioso, lo que me desconcierta en una persona que siempre parece tenerlo todo bajo control.
—Siempre me has importado.
—¿Vas a declararte o algo así?
—Imbécil. —Suelta una carcajada y niega con la cabeza.
Su mirada va al anillo y mis pensamientos recuerdan el momento en que me lo dio.
—¿Por eso me diste el anillo? ¿Era una forma de...?
—Saber dónde estabas, sí. Y poder encontrarte en caso de necesitarlo..., como así ha sido. Pero no tiene nada que ver con los rebeldes. Es porque eres mi amigo.
Me trago la réplica. No he venido a discutir. No cuando quizá muera ahí fuera en unas horas.