La última luna 34
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Izz

Tras explicarles que sé cómo elaborar una especie de antídoto que le quitaría los poderes a Arno, los rebeldes se miran entre sí, aunque es Catarina la que se dirige a mí con gesto resolutivo:

—Podrías desarrollarlo en nuestro laboratorio.

—No sé... Necesito unas condiciones muy precisas. ¿Tenéis sala sellada?

Catarina aprieta los labios y niega con la cabeza con un gesto de fastidio.

—No, pero...

—No. Tengo que usar nexenol, que es una sustancia demasiado inestable como para arriesgarnos a hacerlo en un entorno no adecuado.

Ventia nos observa sin pronunciar palabra, trazando círculos con el dedo sobre la mesa, en un gesto distraído.

—¿Por eso el objetivo es el laboratorio polar? —interviene Nil.

—Sí —respondo de inmediato.

—Pues estamos jodidos —suelta Umbral.

Ventia deja escapar un suspiro largo y me mira durante varios segundos.

—¿Has intentado entrar en el laboratorio polar?

—He estado cerca.

—Entonces, no sabes lo que lo custodia —murmura Umbral haciendo crujir su mano robótica.

—No he dicho eso —le rebato, alzando la barbilla.

—Hay un monstruo sin nombre imposible de derrotar. Una de las bestias de tu padre. —De nuevo, Umbral escupe las palabras con rabia—. La última vez que intentamos entrar perdimos a la mitad de mi batallón.

—No volveré a poner a mis hombres en peligro —asegura la líder con rotundidad.

—Yo sé cómo burlar a la bestia —afirmo sin dudar.

La líder alza una ceja, pero una media sonrisa estira sus labios en una expresión lobuna.

—¿Tienes algún as en la manga?

—Algo así.

Ella se encoge de hombros. Antes de que pueda darme una respuesta suena un pitido insistente en su UTP. Comprueba el terminal con expresión grave y vuelve a dirigirse a mí:

—Devolvedles sus pertenencias. Aprovechad este rato para comer algo y descansar.

Hace un gesto a su gente y se apartan de nosotros. Empieza a dar órdenes y todos se movilizan enseguida, haciendo que me pregunte qué ha pasado y si tiene que ver con Arno. Deja con nosotros a Alveron y a Catarina.

Los rebeldes están mejor organizados de lo que pensaba.

Su base es subterránea, sin embargo, está bien abastecida, y me hace sospechar que es uno de los primeros refugios que se establecieron tras la caída de la luna.

Hubo pueblos que no acudieron a la franja habitable, poblaciones enteras que creyeron que podrían sobrevivir.

La mayoría murieron, pero este lugar, aunque mejorado, tiene pinta de ser uno de esos primeros lugares.

Las paredes tienen revestimiento metálico, las luces son frías y se encienden tras un leve parpadeo. No sé cómo consiguen la energía, no creo que tengan la tecnología suficiente para sacarla de algún tipo de fragmento, mas no puedo saberlo.

Nos guían por un pasillo estrecho que da a una puerta de cierres metálicos que Catarina abre invitándonos a entrar.

Es un comedor con una pequeña cocina con todo lo necesario.

La científica se afana en preparar algo mientras su compañero nos hace sentar.

Nil y yo nos colocamos uno frente al otro y Alveron decide colocarse junto a mí, no sé si por guardar un poco las distancias con su amigo o para poder tenerle cara a cara.

—Hoy vais a probar las aves del abismo rellenas de insectos de escarcha, ¡mi especialidad! Os vais a chupar los dedos.

Arrugo la nariz al escuchar lo de los insectos, dudando de esa afirmación. ¿En serio? ¿Insectos? Tengo que recordarme dónde estoy y con quién estoy. Yo misma he tenido que alimentarme de unas raíces amargas con un regusto nada agradable.

Recuerdo las comidas del abuelo. Solían ser sencillas ya que la cocina no era su fuerte, hasta que crecí lo suficiente para aprender y ayudarle. Juntos hasta inventamos algunos platos deliciosos que echo de menos. Arno siempre se mostró indiferente ante los nuevos sabores, pero no me importaba.

Catarina coloca delante de nosotros bandejas con una carne blancuzca nada apetecible, sin embargo, para mi sorpresa, huele bien. Tanto que me rugen las tripas. Al recordar los insectos se me cierra el estómago de nuevo y cojo un tenedor, moviendo la carne con desconfianza.

Nil con menos recatos corta un trozo de su porción y se lo mete en la boca sin darme tiempo a ver el relleno. Lo saborea y se le abren mucho los ojos.

—Joder, esto está buenísimo.

Le miro escéptica, fijándome en el relleno. No parecen bichos. Tienen un color agrisado asqueroso y se deslizan sobre el resto de la carne con una viscosidad que me repugna. El saqueador sigue devorando su porción y mira con ojos brillantes mi bandeja.

—¿Te vas a comer eso? —pregunta estirando la mano ya hacia mi comida.

—Todavía no lo he decidido.

—Pues vete decidiendo rápido, porque Nil no es famoso por su paciencia. Sobre todo cuando se trata de comida.

—Tranquilos, hay más. —Catarina sirve otra ración con el mismo aspecto asqueroso y se sienta junto al saqueador.

Sigo debatiéndome unos minutos más cuando de repente suena el UTP de Alveron y este comprueba con fastidio el mensaje de Ventia.

—Tenemos trabajo, Cata.

Sin decir nada más, ambos se levantan y nos dejan solos en el comedor.

—Dale una oportunidad a ese pájaro paliducho. Está bueno, te lo prometo. —Detiene el tenedor a medio camino de su boca.

—El problema no es la carne de ave, sino los bichos.

—Piensa que es alguna salsa.

Trago saliva.

—Las salsas que yo conozco no tienen este aspecto.

—Olvidaba el lugar en el que te habías criado.

No lo dice con desprecio, sino con naturalidad, como si acabara de ser consciente del abismo que nos separa.

—Si quieres sobrevivir en el núcleo tienes que comer auténticas bazofias. Como la sopa de musgo... —Hace una mueca de asco.

Ignoraba su procedencia. El abismo se hace aún más grande.

—¿Naciste en el núcleo?

—Sí, pero cuando tenía trece años mi hermano entró en la Academia de Saqueadores Lunares y nos mudamos al quinto anillo.

Me quedo en silencio. Sé que el recuerdo de su hermano es doloroso y quiero darle el espacio que me parece que necesita, por si quiere añadir algo. No lo hace, pero sí detecto que la mirada se le ensombrece y se me encoge el corazón.

—¿Cómo es vivir en el núcleo? —pregunto tras unos instantes en silencio.

Cojo una porción en el tenedor y la observo mientras él toma aire.

—Una mierda, la verdad. —Suelta una risa carente de humor antes de volver a su semblante serio—.

La energía diaria apenas nos daba para hacer las cosas más básicas.

Compartíamos los litros de agua para poder beber una cantidad suficiente.

En más de una ocasión teníamos que conformarnos con una higiene escasa.

Y la comida..., un asco, como te digo. La sopa de musgo.

La llovizna constante. Y aun así recuerdo mi infancia con cariño.

Mis padres siempre se preocuparon de que no nos faltara de nada a mi hermano y a mí.

Y Vik... Vik era el mejor hermano de Selestara.

Suspira y se lleva la mano al pecho, donde acaricia el colgante con el anillo y bajo el cual sé que está el tatuaje que compartía con su hermano.

—¿Y cómo es convertirse en la científica más brillante de Iberion con tan solo...?

—Es complicado. Desde niña me obsesioné con querer conocer todos los secretos de la luna.

Me encantaba, pero tuve que renunciar a pasar tiempo con mi abuelo, a nuestras partidas de ajedrez, a las tardes de lectura y repostería...

—Por un momento, me pierdo entre los recuerdos de mi niñez; en las risas del abuelo y su olor a café y sirope de calabaza.

Siento la mirada paciente de Nil, esperando que continúe, deseando que lo haga, mi percepción me lo dice.

Sin embargo, no voy a compartir con él algo que solo nos pertenece al abuelo y a mí—.

Tenía doce cuando entré a trabajar en el laboratorio.

—¿Y de eso hace...?

Tan insistente como siempre. Me guardo la sonrisa que está a punto de escapar de mis labios.

—Tengo diecinueve, saqueadorucho.

Intento deducir su edad. Parece algo mayor que yo, pero tampoco demasiado. Dice que se unió a los saqueadores cuando su hermano murió. Y la instrucción dura seis años...

—¿Te la vas a jugar o no? ¿Cuántos me pones?

Me sonrojo al instante al darme cuenta del escrutinio al que le he sometido.

—Pues... ¿treinta? —digo con toda la seriedad de la que soy capaz.

Su expresión de desconcierto merece la pena.

—¿Treinta? ¿En serio? ¿Tan desmejorado me ves?

—Créeme, he sido generosa. En realidad, aparentas más —respondo, y se me escapa la risa.

Me tira un insecto del relleno y me aparto con un chillido. Me incorporo tan deprisa que la silla se cae a mi espalda.

—¡Eh! ¡Eso es de mala educación! ¿No te han enseñado que con la comida no se juega?

—La verdad es que no. —Vuelve a lanzar otro bicho que cae en una masa viscosa en un lateral de mi bandeja.

Si había alguna mínima posibilidad de que probase esa comida de dudoso aspecto, ha desaparecido.

—Venga, dime, saqueadorucho, ¿cuántos años tienes?

Nil recupera esa sonrisa que hace que me entre calor en todo el cuerpo. Levanto la silla y me siento otra vez, mirándole con interés.

—¿Quieres saber la edad oficial o la no oficial?

—¿Perdón?

—Veintitrés, pero para Iberion tengo ya veinticuatro desde febrero.

—¿Y cuándo los cumples en realidad?

—El once de noviembre. ¿Cuándo es el tuyo?

—El veintitrés de abril.

—¿Y cómo suele celebrarlo la gente de las altas esferas? —pregunta tras terminarse el plato. Se cruza de brazos y se echa un poco hacia atrás.

Recuerdo mis cumpleaños. Esperando a Arno, pero con la única compañía de mi abuelo.

Solíamos cocinar tartas de higo y jugar al ajedrez.

Más adelante, cuando fui haciéndome mayor...

, los pasaba encerrada en el laboratorio, pero Arno tampoco se acordaba.

Nunca me felicitó más allá de cuando, al cumplir doce, me llevó por primera vez allí. Ahora lo recuerdo como una prisión.

—Lo siento, Izz...

Aparto el plato y me levanto. Doy unos pasos para alejarme de la mesa y de su mirada de lástima y empiezo a hablar:

—Desde bien pequeña mostré aptitudes para las ciencias.

Mi padr... Arno contrató maestros que me enseñaban en casa no solo lo básico que se enseña en la escuela, sino temas más avanzados y específicos.

Decía que yo era un prodigio y que había que hacerme brillar.

—Sonrío con tristeza—. El día que cumplí los doce años me felicitó por primera vez, pero no por cumplir años, sino porque había terminado mi instrucción con el éxito esperado y ya podía pasar a la siguiente fase: el laboratorio.

—Me detengo a mirar el techo unos instantes con los ojos brillantes—.

Al principio estuve a cargo de otros científicos, sin embargo, no tardé en superarlos y convertirme en la jefa del Departamento de Selenoingeniería Biológica.

Descubrí que algunos elementos que solo se encuentran en los fragmentos de la luna tienen propiedades que pueden sernos de utilidad, mejorar Selestara.

Por eso empecé a investigar y experimentar al principio con plantas, luego con animales.

Así surgió el Proyecto Selene. O, al menos, lo que yo creía que era el Proyecto Selene. —Me tiembla la voz al terminar.

Nil se levanta y se acerca despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco fuera a hacerme huir.

—No me puedo imaginar cómo es pasar una infancia así.

Mis cumpleaños siempre han sido con risas, dulces y la emoción de abrir regalos.

Aunque solo fueran baratijas, tenían un gran valor.

Tú, en cambio... —Se queda callado y da otro paso, acortando la distancia entre nosotros, no me aparto—. Gracias por contármelo.

Está muy cerca. Demasiado. O quizá no lo suficiente.

—Has tenido un padre que no era un padre y a pesar de ello conseguiste salir adelante.

—No echo de menos lo que nunca he tenido —afirmo con rotundidad.

—Te crio para sus fines. Es injusto. Quiso convertirte en su instrumento y tú conseguiste brillar, pero no porque él quisiera que lo hicieras, sino porque tú eres... —se acerca todavía más, hasta que puedo sentir su aliento en mis labios— brillante.

Me quedo en silencio unos instantes. Trago saliva y me concentro en sus ojos azules que me envuelven.

Apenas me toca, pero su contacto me quema.

Doy un paso hacia él sin pensarlo. O quizá sí.

Quizá necesitaba que alguien me mirase del modo en que él lo está haciendo.

Como si fuera todo lo que desea. Su frente roza la mía.

Un contacto suave. Veo cómo se contiene, los dedos acarician mi cintura y sé que me está dejando elegir. Puedo acercarme o puedo alejarme.

Y me acerco.

Mis labios encuentran los suyos en un beso lento, tímido, como si ambos temiéramos romper algo frágil. Pero no nos rompemos. Nos encendemos. Y por primera vez en mucho tiempo siento que no estoy sola.