32
Izz
Observo de reojo a Nil. No se ha levantado del banco y permanece en silencio con la cabeza entre las manos. Tiene mucho en lo que pensar. Trago saliva. Ojalá hubiera podido contarle todo y no sentir ahora el nudo de la culpa oprimiéndome el pecho.
Repaso como tantas veces la fórmula en mi cabeza. Me pregunto si no habré empezado ya a olvidar cosas. Pienso en mi abuelo, en el añil de sus ojos. En su voz profunda y en el modo en que alargaba la z al llamarme Izz. Suena clara en mi memoria, mas los detalles de su rostro...
La puerta de la sala se abre y por ella entra Alveron, el amigo de Nil. Entra solo y mirando en derredor como si lo que estuviera haciendo no estuviera bien. Cierra tras de sí despacio y veo verdadera preocupación en sus ojos negros cuando se detienen en Nil, que sigue sin hacer amago de moverse.
—¿Nil? —pregunta acercándose a los barrotes y quedándose a una distancia prudencial de estos.
Me alejo hacia el otro extremo de la celda, dejándoles toda la intimidad que me permite el espacio del que disponemos.
Capto las emociones contradictorias y no sé si pertenecen a Nil o al otro chico, pero al ver el ligero temblor que sacude al saqueador sé que provienen de él. Intento empezar una nueva partida de ajedrez en mi mente, pero mi atención sigue puesta en ellos dos.
—Nil, lo siento, quería contártelo...
Es la segunda vez que alguien de su confianza —pues quiero pensar que yo lo era— le oculta información, y en este caso el dolor es más intenso. Es normal. A mí acababa de conocerme, pero a Alveron...
—Pero la cuestión es que no lo hiciste —responde Nil incorporándose y encarándose con el chico rubio—. Compartí información clasificada contigo. Datos por los que podrían enviarme a Soldrak o condenarme a muerte por traición.
—Yo nunca te traicionaría.
—¿Desde cuándo estás con ellos? Pensaba que estabas formándote para trabajar para el Gobierno.
—Ahí no te he mentido, trabajo para el Gobierno y, por ello, también con los rebeldes.
—No has contestado a mi pregunta.
—Desde que me colé por error en una incursión rebelde y Flavia me pilló.
Creo que era cuando tenía trece o catorce años.
—Se revuelve el pelo y se queda pensativo unos instantes—.
Sí, porque estaba buscando la manera de piratear un juego del UTP y me encontré con un cortafuegos muy extraño.
¡Ah! Era el Evil Monster que salió cuando cumplí catorce.
Pues desde entonces; hace doce años que estoy con ellos.
—¿Doce años? ¿Cómo...?
—No te quiero ofender, pero no eres muy suspicaz —bromea Alveron intentando rebajar la tensión que hay entre ellos.
—No es momento para tus gracias, Alveron.
Nil aprieta los puños y da un paso hacia atrás. Levanta la cabeza al techo unos instantes y niega varias veces antes de volver la vista hacia su amigo.
—Oye, voy a intentar sacarte de aquí...
—Sacarnos de aquí.
Su corrección hace que me dé un vuelco el corazón y el calor acude inexplicablemente a mi rostro.
Me esfuerzo en no dirigir la mirada hacia ellos, mas no lo consigo.
Alveron se fija en mí de nuevo y sus ojos oscuros brillan de una forma que no logro descifrar.
¿Qué más ocultará para proteger a su amigo?
Antes de que el rebelde pueda añadir nada, la puerta vuelve a abrirse y entran el resto de los rebeldes.
Ventia va la primera y le lanza una mirada de reproche a Alveron que da a entender que se ha escabullido para entrar aquí.
Me fijo en la líder, intentando averiguar por qué me resulta tan familiar.
Trago saliva. La piel de un tono bronce.
Los ojos color miel. La cicatriz grande que atraviesa su rostro y el cabello ocre.
Me mira unos segundos mientras su equipo se dispone frente a los barrotes láser.
Catarina, la científica; Umbral, el hombre de la mano robótica; la chica de pelo naranja y el cazador lunar de Nevrast. Forman un equipo particular.
—¿Qué más tenemos que saber acerca de tus... habilidades? —pregunta Catarina, dando dos pasos hacia los barrotes.
—Antes de seguir interrogándola —dice la líder con una voz grave que se impone sobre las demás sin necesidad de que alce la voz—, pongamos las cartas sobre la mesa.
Se gira hacia los barrotes. Hacia mí. Si no fuera porque no puede ser cierto, juraría que me está mirando con cariño. Ventia sigue hablando sin apartar la mirada:
—No estamos aquí para dejar a nadie encerrado. Pero tampoco vamos a abrir la celda sin garantías.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunta Nil.
—Dadas las circunstancias, me gustaría saber de qué lado estás ahora, saqueador lunar.
Un silencio sigue a las palabras de Ventia. Nil no contesta de inmediato, sino que permanece unos segundos pensativo.
—No estoy con vosotros... —hace una pausa como pensando lo que decir a continuación y clava sus ojos en la líder—, pero tampoco con quien ha traicionado lo que decía defender.
Un breve aplauso metálico resuena en la estancia.
—Me vale —interviene Umbral—. Me cae bien tu amigo, programitas. Vamos contigo, princesita —se dirige a mí, pero su mirada está fija en mi brazo mutado.
El rebelde me cae mal de inmediato y tengo que hacer acopio de todo mi autocontrol para no parecer hostil. Cojo aire y alzo la barbilla.
—Creo que el hecho de que haya traicionado a mi padre es suficiente prueba de que no estoy de su lado.
—¿Eso crees? He visto trucos muy sofisticados viniendo de los comisionados. ¿Quién nos dice que esto no es un complot de Arno y su hijita para capturar al fin a los rebeldes? —dice la chica de pelo naranja.
—Bien visto, cortafuegos —aprueba Umbral.
—Te he dicho miles de veces que me llamo Flavia.
—Mandó que me capturaran viva o muerta. Y estaría muerta de no ser por... —miro de soslayo al saqueador antes de continuar— Nil.
—Punto para Nil —dice Alveron.
Ventia se lleva los dedos al puente de la nariz y se adelanta al resto de rebeldes.
—Lizara, si te sacamos de aquí, ¿compartirás todo lo que sabes con nosotros y nos ayudarás a derrocar a Arno?
—¿Y cómo sé que puedo fiarme de vosotros?
La líder sonríe con cierto brillo de orgullo, que se apresura a ocultar antes de lanzar una mirada suspicaz a Umbral, que asiente despacio.
—No somos héroes. Nacimos porque Arno tomó Iberion tras el asesinato de Eubea Landina.
Él fue quien lo ordenó. La rebelión nació hace doce años en Iberion para derrocar a Arno Raven.
Amazora llegó después. Descubrieron lo que su propio Gobierno estaba firmando a espaldas de todos.
Cuando la verdad empezó a filtrarse, algunos amazorianos entendieron que estaban colaborando con un monstruo y decidieron dejar de ser cómplices.
Y también llegó Nevrast. Su Gobierno hizo un pacto secreto con Arno.
Él no cruza sus fronteras y ellos no intervienen.
No son verdugos, pero tampoco detienen la mano que sostiene el arma.
»Tres pueblos distintos, tres historias distintas, un mismo enemigo.
Desde entonces hemos trabajado juntos, perdiendo gente, perdiendo recursos, pero nunca perdiendo el objetivo.
Así que cuando te pedimos que compartas lo que sabes, no es por capricho.
Es porque cada dato, cada aliado y cada decisión puede marcar la diferencia entre detener a Arno o dejar que arrastre a toda Selestara con él.
»No te estoy pidiendo que te unas. Solo quiero que entiendas quiénes somos.
Los que no aceptan que el poder se construya sobre muertes y engaños.
Los que no pueden dormir sabiendo lo que Arno llama progreso.
Los que mostrarán al mundo la verdad y no permitirán que los gobiernos sigan destruyendo lo que hemos construido desde la caída de la luna.
Pienso en todo lo que ha dicho. No sabía de la existencia de los rebeldes hasta que me tacharon de una, y ni siquiera en ese momento tuve la certeza de que de verdad existiera un movimiento contra los gobiernos. Arno ha sabido mantenerme al margen de todo lo concerniente al suyo.
—Creía que había sido cosa de Nevrast la muerte de la anterior Alta Comisionada. ¿Qué tuvo que ver Arno? —inquiere Nil.
—Arno lo orquestó todo con su equipo, abriendo las puertas a Nevrast para ello.
—Ventia escupe las palabras con rabia y percibo su dolor—.
Así fue como subió al poder. Y se ganó al pueblo de Iberion fingiendo honestidad y lealtad.
Llevó energía al núcleo para acabar con las revueltas, para tenerlos a todos contentos y, sobre todo, más controlados.
Ordenó asesinar y encerrar en Soldrak a todos aquellos que descubrieron sus mentiras y quisieron hablar, y nos culpó a los rebeldes de esos crímenes.
—Joder —musita el saqueador.
—¿Amazora y Nevrast saben lo que está haciendo Arno? —pregunto con la esperanza de haber entendido mal.
—Amazora experimenta también. Tienen un acuerdo muy interesante. Comparten ratones de laboratorio e información sobre sus investigaciones —explica Umbral.
—Y Nevrast firmó un acuerdo para no meterse en sus asuntos a cambio de recursos y energía —afirma el único rebelde al que no habíamos escuchado hablar todavía.
Me horroriza lo que acabo de descubrir. Las tres naciones no solo han sido conscientes, sino que han contribuido de alguna forma a este despropósito. Intercambio una mirada con Catarina, la científica amazoriana, y me pregunto si también habrá tenido que trabajar mutando a personas.
—¿Y bien, Lizara? ¿Podemos contar contigo? —Ventia vuelve a mirarme de esa forma que no sé descifrar.
—Os contaré todo lo que sé y os ayudaré a destruir a Arno —afirmo con rotundidad.