30
Izz
Los individuos muestran cierta compenetración, como si, al recibir la sustancia en sus cuerpos, pasaran a sentirse entre ellos. Se observa en los especímenes salvajes que se detectan; en ocasiones se atacan, en otras muchas se esquivan deliberadamente.
Se debe estudiar con detenimiento este comportamiento. Puede acarrear riesgos. ¿Son una mente colmena? ¿O solo se trata de un efecto secundario más de la mutación lunar?
–Cuándo pensabas decirme quién eres —suelta a bocajarro cuando los rebeldes salen de la sala, dejándonos solos sin darnos ningún tipo de explicación.
Le miro de hito en hito. ¿De verdad me ha hecho esa pregunta?
—Tenía miedo de hacerlo.
Suelta una risa sarcástica cargada de rencor. Camina de lado a lado de la celda negando con la cabeza.
—Esto no cambia nada —afirmo.
Porque es cierto. Todo sigue igual, lo que pasó —o no pasó— entre nosotros, que sigo siendo su prisionera.
—Lo cambia todo. No puedo confiar en ti .
—Entonces, ¿por qué has dado la cara por mí?
No responde, pero mis sentidos amplificados me muestran sus dudas.
Se debate entre el impulso de acercarse más a mí y el de alejarse lo que le permite nuestra pequeña prisión.
La tensión en sus hombros refuerza esta percepción.
Y lo hace todavía más la mirada que me dedica.
Sus ojos azul cobalto me recorren con anhelo y teñidos por el dolor de la traición.
—Porque eres mi responsabilidad. Yo decidí mantenerte con vida y tengo que asumir las consecuencias.
—¿Ahora tengo que agradecerte estar viva? —Me encaro a él—. Creía que solo era una prisionera que tenías que entregar a...
—¡A tu padre! Eres... Joder, eres Lizara Raven.
Desvío la mirada con los ojos empañados. No quiero que me vea así, me hace sentir vulnerable. No entraba dentro de mis planes que descubriera quién soy en realidad. Pero es verdad que no cambia nada, salvo —eso quiero creer— su forma de ver a Arno..., mi padre.
—No importa cuál sea mi apellido. Has llegado a conocerme mejor que... Te he contado cosas y...
—¿Y algo de todo ello era cierto?
Percibo la esperanza en él, a pesar de que intenta ocultarlo.
—Nunca te he mentido.
—Para empezar no te llamas Izz.
—No. Me llamo Lizara, pero mi abuelo me llamaba Izz. Todo el mundo sabe quién es Lizara Raven, pero nadie conoce a Izz.
Se queda en silencio pensando en mi revelación. Quiere creerme y una parte de él lo hace, sin embargo, no dice nada.
—Mi objetivo no ha cambiado, y sé que el tuyo tampoco. —Me arriesgo, pues sé que, desde que curioseó mi UTP, el laboratorio polar también se convirtió en su meta. Al menos antes de llevarme ante Arno.
—Eso no nos convierte en aliados. —Su mirada es una advertencia—. Y menos con una traición.
Dice «traición» de forma despectiva, pero capto un matiz de ¿tristeza? No lo sé. Mi corazón late a mil por hora. No sé si por querer pensar que a Nil le importo de alguna forma, o por la situación en sí, ya que si no actúo con astucia Arno seguirá jugando a ser Dios y seguirá destruyendo familias.
—Ocultar no es lo mismo que traicionar.
—Para mí sí.
Sus palabras me duelen más de lo que me gustaría admitir.
El labio me tiembla. En mi interior siento un burbujeo que nada tiene que ver con el hambre.
La desconfianza de Nil. El dolor porque cree que le he traicionado.
¿Por qué debo sentirme mal? ¿Por qué tengo la necesidad de recuperar su confianza... ? ¿De volver a sentir... qué?
«Los sentimientos nublan lo importante», me recuerda la voz gélida de Arno. Por vez primera, la ignoro.
En un arrebato, levanto la mano y el brazo ante ambos, pero con la mirada en los ojos de Nil, que esta vez mira mi mutación de forma diferente. Antes lo hacía con curiosidad, ahora con precaución. Preparado.
—¿Quieres saber el porqué de mi brazo? ¿De mi pelo y mis ojos?
¿De esos poderes que tengo? —Silencio. Desea saberlo—.
Tan solo estaba buscando una forma de mejorar el mundo tras la caída de la luna.
Solo quería... —La voz se me quiebra y tengo que coger aire antes de poder continuar—.
Mejorar la calidad de vida, ayudar a la humanidad.
Uno de mis experimentos falló... y me convertí en un monstruo.
—Nunca he pensado que fueras un monstruo.
Bajo la mirada. Por primera vez me veo capaz de soltar todo lo que llevo tanto tiempo guardando para mí. De expresarlo en voz alta y ser escuchada, aunque sea a riesgo de que Nil me juzgue. Pero necesito hacerlo. Necesito contarle la verdad.
—Hubo alguien más. —Las palabras me duelen y me obligo a mantener los ojos clavados en mis pies—. Una amiga. Una saqueadora lunar que formaba parte del Proyecto Selene y... También fue la primera víctima de la que tuve constancia. Y fue por mi culpa.
—¿Fue a ella a quien perdiste?
—Sí. Se llamaba Nyelith.
Compartirlo con él resulta tan liberador que noto cómo mi cuerpo se relaja, como si hubiera estado soportando sobre mí un gran peso del que no había sido consciente hasta ahora.
Estoy a punto de continuar cuando vuelven a entrar dos de los rebeldes. El tal Umbral con el subfusil lunar propio de los cazadores y una mujer con una bata blanca sobre ropa de colores chillones. Tiene el pelo oscuro recogido en una coleta alta y se ajusta las gafas para mirarme con atención.
—Lizara Raven, vas a responder a las preguntas de Catarina y más te vale contarnos toda la verdad —dice el rebelde con tono amenazante—. Y tú, saqueador Nil Dilar, vas a quedarte bien callado.
—Déjame a mí, Umbral —pide la científica apartándole con suavidad.
Recorre la distancia que nos separa y se queda a unos centímetros de los barrotes. Hago lo mismo. Saca de un bolsillo dos bolsas de recogida de muestras que reconozco al instante. Trago saliva.
—¿Sabes qué es esto?
—Claro que lo sé, yo misma las he recogido.
Los rebeldes intercambian una mirada.
—¿Y para qué las quieres?
Antes de que me dé tiempo de sopesar la respuesta la puerta vuelve a abrirse y se une a ellos Ventia.
Sin embargo, se queda detrás, apoyada en la mesa y con la mirada fija en mí.
Siento un escalofrío. Ya lo había sentido antes, cuando me miró por primera vez.
Tengo la sensación de conocerla de algo, pero no acierto a adivinar de qué.
Me centro de nuevo en la rebelde llamada Catarina.
—Para elaborar un compuesto que me ayudará a derrocar a Arno.
—¿Qué quieres decir?
—¿A tu padre? —pregunta Umbral por encima de su compañera—. He dicho que nos cuentes la verdad —termina moviendo el arma.
—¿Sabíais que su padre ordenó atraparla viva o muerta? —interviene Nil colocándose a mi lado.
El cazador lunar nos mira alternativamente, y termina dirigiéndose al saqueador con una expresión de suficiencia.
—Pues no has hecho muy bien tu trabajo, saqueador.
—Mi trabajo no es perseguir rebeldes.
Umbral abre la boca para replicar, pero Ventia le corta.
—Basta, Umbral. Deja que Catarina continúe. Y tú, Lizara Raven, responde.
Le sostengo la mirada unos instantes. No tengo nada que perder, de hecho, es posible que podamos trabajar juntos, ya que compartimos el mismo objetivo.
—¿Qué sabéis de Arno?
—Nosotros hacemos las preguntas aquí.
Ventia se cruza de brazos.
Me tomo mi tiempo, evaluándolos.
—Os responderé mejor si sé qué información tenéis, pero como queráis.
—¿Qué tienen que ver el nexenol y la voltraxita con derrocar a Arno? —continúa Catarina.
—Si conocéis el Proyecto Selene me ahorraré las explicaciones. —Los rebeldes asienten y continúo—: Arno utilizó mis investigaciones para convertirse en un sujeto más de este proyecto.
Se instaura el silencio en la sala. Ninguno de ellos dice nada, pero me tomo un tiempo para que asimilen lo que acabo de decir.
—¿Y...? —La líder no me da tregua.
—Y así obtuvo ciertas habilidades.
—Sí, ya sabemos lo que está haciendo con los centinelas.
—Los centinelas sufren una mutación controlada que solo aumenta algunas características: fuerza, velocidad, resistencia... Pero lo de Arno es otro nivel. Digamos que ahora tiene poderes.
—¿Como tú?
Me sorprende que la pregunta provenga de Nil.
—Sí. Como yo.
—¿Cómo que poderes? —Umbral suelta una carcajada y me mira con diversión.
—Muéstraselo —dice Nil mirando fijamente al rebelde, desafiante.
No lo dudo. Me molesta la forma en que me están mirando. Me concentro y dos copias mías exactas aparecen al otro lado de los barrotes láser. Los rebeldes se ponen en alerta y la situación se descontrola por un momento. Umbral rodea la muñeca de una copia y esta se derrumba en una nube de polvo.
—Me cago en la aurora —suelta Umbral.
La siguiente cae cuando Ventia, tras observarla unos segundos más, la golpea.
Los tres clavan sus ojos en mí. Los de Catarina me miran asustados. Los de Ventia, intrigados. Los de Umbral, amenazantes.
La líder hace un gesto a los demás y se marchan de la habitación dejándonos solos.
Suelto un suspiro y me apoyo en la pared con los ojos cerrados, tratando de controlar los nervios.
¿Conseguiremos salir? De todas mis habilidades no hay ninguna que pueda ayudarnos en esta situación.
Solo queda confiar en que de verdad crean que estoy contra Arno... y nos liberen.