La última luna 29
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Nil

El símbolo de la media luna invertida y fracturada es traición. Quien lo porte, lo dibuje o lo difunda será considerado enemigo del orden. Los rebeldes no son héroes: son criminales que ponen en riesgo la supervivencia de todos.

Fragmento del libro Selestara: el mundo tras la caída de la luna

El dolor de cabeza, la boca seca y los músculos entumecidos son solo los primeros síntomas que me advierten de que estoy drogado o, por lo menos, muy aturdido. Los recuerdos vienen a ráfagas mientras abro y cierro los ojos intentando en vano acostumbrarme a la luz del lugar en el que me encuentro.

Me sujeto las sienes, dolorido, y acuden a mi memoria las máscaras de aspecto siniestro que imitaban a los devoradores de silencio. Al principio pensé que eran monstruos, pero después...

Intento ordenar mis pensamientos. Recuerdo las amenazas, las ametralladoras, las pistolas y las escopetas cortas apuntándonos sin dudar.

Alcé las manos para indicar que no íbamos a ofrecer resistencia. No sirvió de nada. Fuera quien fuera aquella gente, no nos dieron oportunidad de reaccionar.

El pecho me tiembla al recordar a Izz pegada a mi cuerpo, tan quieta como siempre que la he visto aterrorizada, y me sorprendo deseando protegerla más de lo razonable.

Tengo la boca pastosa; me humedezco los labios con la lengua mientras las imágenes siguen sucediéndose en mi mente.

El golpe seco de la culata en el pecho de Izz.

El puñetazo que lancé contra el captor vestido como un protector lunar de Amazora. Su máscara aterradora.

El dolor en las rodillas.

La visión borrosa.

Oscuridad.

Mi resistencia y la inutilidad de la misma.

Vuelve el horror al recordar la insignia en el pecho del desconocido que me redujo: una media luna invertida, atravesada verticalmente por una grieta rojiza.

Después, la descarga que me doblegó y me dejó inconsciente.

Tras eso, solo sombras. No puedo recordar nada más.

Me despejo de golpe cuando escucho una voz conocida que no tiene ningún sentido aquí.

—Le conozco, Ventia, él no...

—¿Y qué hacía con ella?

—¡Apresarla!

—No tenían una actitud precisamente de soldado y prisionera. ¿Estás seguro de que le conoces?

—Ventia. No sigas por ahí.

La vista se me enfoca despacio y al fin consigo mantener los ojos abiertos durante más de unos segundos sin que me lagrimeen.

Me incorporo despacio y una mano me detiene.

Siento su calidez y suelto un respingo que no se convierte en un grito porque otra mano fría y dura como la piedra me tapa la boca.

Es Izz. Está a mi lado, vestida con ropa térmica.

Sus labios me dicen sin palabras que no diga nada.

Sus pecas son más evidentes bajo esta luz, como también otros detalles que no había tenido tiempo de admirar.

No intento zafarme de su agarre, tampoco hago amago de apartarla. Nunca le había visto la expresión que tiene ahora. Inquieta más que asustada, mirando de reojo a nuestros captores. Izz se lleva una mano a los labios, indicándome silencio. Asiento y se aparta de mí, dejándome la boca libre.

Estamos dentro de una especie de... celda.

Unos barrotes láser nos separan del resto de la estancia.

Tan solo hay una puerta metálica que ahora mismo está cerrada.

La sala no es muy grande y tan solo cuenta con una mesa alargada, donde nos dan la espalda los rebeldes.

Una chica menuda, con el pelo anaranjado cayendo en trenzas sobre su espalda, lleva un uniforme de protector lunar, con tonos naranjas y detalles en verde, que son el distintivo de Amazora.

Es menos ajustado que los nuestros porque tiene multitud de bolsillos y cavidades que usan para recolectar los materiales de sus investigaciones.

Me pregunto cómo pueden huir o enfrentarse a cualquiera de las monstruosidades que he visto ahí fuera.

Junto a ella hay una mujer de cabello entrecano con un uniforme de saqueador lunar que hace décadas que no se usa.

Es de un tono azul oscuro desgastado, con detalles en gris, y está confeccionado con un tejido más grueso.

Recuerdo la insignia de la media luna invertida, con una grieta rojiza que la atraviesa verticalmente. Ahora no las veo porque me dan la espalda, pero sé que las llevan. Ahora que estoy más despejado no tengo dudas.

Son rebeldes.

Nada bueno puede pasar si hemos sido apresados por un grupo de rebeldes. Pero... miro a mi prisionera de reojo. ¿Por qué la han encerrado también a ella? ¿No se supone que han venido a liberarla? Es en este momento cuando caigo en la cuenta de que nunca le he visto la marca de los rebeldes...

Por un momento he perdido el hilo de su conversación, así que vuelvo a prestarles toda mi atención.

—Es una orden.

—Si me escuchas... Si me dejas hablar primero con él...

—Déjalo ya, Alveron.

La chica de pelo naranja pone una mano sobre los hombros de mi amigo, como instándole a guardar silencio.

No parece él, estoy acostumbrado a verle con sudaderas holgadas y pantalones anchos, pero ahora viste el uniforme propio de los saqueadores lunares.

Sin embargo, su pelo rubio platino revuelto es inconfundible.

Se lo desordena todavía más cuando se lleva la mano a la frente en un gesto que le he visto hacer cientos de veces.

Un escalofrío me asalta. ¿Qué hace Alveron con ellos? Mi amigo siempre ha sido especial, con todo el tema del hackeo y eso, pero... Parecía fiel al sistema. ¿Qué ha cambiado? Me llevo la mano al pecho, donde continúa el colgante de mi madre y el anillo. ¿Por qué me lo dio Alveron?

—No encontramos a ningún otro saqueador en el perímetro —continúa la mujer del pelo canoso que se hace llamar Ventia.

—¿Me lo estás diciendo en serio? Estamos en medio del Desierto Polar, donde hay bichos mutantes que, en el mejor de los casos, mata —insiste Alveron mostrando esa faceta suya de no saber cuándo tiene que callarse.

—Ventia, quizá lo que dice Alveron no sea tan descabellado, ¿y si le damos una oportunidad? —dice la chica pelirroja con el acento propio de Amazora. Es cálido, suave y con cierta musicalidad.

—Tú no digas nada, Flavia. —La voz imperativa de Ventia no admite réplica. Parece que es la que da las órdenes aquí.

—¡Venga ya! Hablemos con él y...

—¿Y qué? ¿Preguntémosle sin más qué hace ayudando a Lizara Raven a vete a saber qué? —tercia una cuarta voz con un marcado acento de Nevrast, pues apenas pronuncia las erres. No puedo ver al dueño de esta voz, pues me lo tapan los demás. Sin embargo, ahora mismo es lo que menos me importa.

Me vuelvo con brusquedad hacia Izz. La verdad se refleja en sus ojos de plata y tengo que recordarme que debo coger aire para respirar.

—¿Eres Lizara Raven? ¿La hija de Arno Raven? —exclamo alzando la voz sin pensar.

La pregunta es absurda, pero es que no soy capaz de asimilar la mentira, el engaño. Ni entiendo por qué Arno nos envió a buscar a su propia hija. Viva o muerta.

Es demasiado y me levanto para apartarme todavía más de ella. Izz —o Lizara— se incorpora también; endurece sus gestos, dolida, pero no hace amago de excusarse, hablar o intentar acortar la distancia entre nosotros.

Los rebeldes se acercan a nosotros, pero es la líder la que clava sus ojos en los míos.

La mirada de la tal Ventia se posa entonces en mi compañera.

Capto en ella un brillo que mezcla la melancolía con el odio.

Por un momento me da la sensación de que la conoce...

, pero eso me lleva de nuevo a preguntarme por qué es prisionera de sus propios aliados.

—¡Estás despierto!

Alveron se coloca junto a mí al otro lado de los barrotes, pero se detiene al ver la tensión entre Lizara y yo.

Son demasiadas mentiras, porque si Alveron está aquí, tampoco ha sido sincero conmigo durante este tiempo.

Y si es uno de ellos... ¿Por eso se acercó a mí?

¿Para obtener información? El corazón se me congela al recordar que he compartido con él información clasificada y que podrían condenarme por ello.

—¿Eres un... rebelde?

Escupo la palabra y soy muy consciente de ello, pero verle con la insignia de la luna rota en el pecho hace que me cueste comprender qué está pasando.

—Hay cosas que... —Alveron se revuelve el pelo.

Me tapo el rostro unos segundos. La última vez que vi a Alveron tenía algo que decirme.

No pudo ser por la aparición de ese centinela.

¿Sería esto? He pensado durante este tiempo que era por los vídeos de mi hermano.

Al pensar en él vuelvo a mirar a Izz, o Lizara, mas ella no me devuelve la mirada.

Me muerdo los carrillos intentando que mi cerebro conecte las piezas.

—¿Desde cuándo? —pregunto tratando de contener la rabia que me quema por dentro.

—Eso digo yo, ¿desde cuándo los prisioneros hacen las preguntas?

Me sobresalto. La voz pertenece a alguien que acaba de llegar.

Un individuo que está apoyado en el marco de la puerta.

Alto, corpulento, con el pelo cortado a cepillo y la cara angulosa.

Da unos pasos y me fijo en la ligera cojera de su pierna derecha.

No me pasa desapercibido tampoco que le falta una mano y en su lugar lleva una robótica que emite chasquidos y vibraciones cuando se detiene frente a los barrotes láser y desliza los dedos entre ellos antes de decir:

—Nil Dilar, ¿cierto?

Lleva el uniforme de los cazadores lunares de Nevrast. Blanco con leves reflejos azulados y detalles metálicos que lo asemejan a una armadura.

De cerca me fijo en sus ojos, verdes como la espesura del bosque, en contraste con su piel oscura.

Pronuncia mi nombre con cierto desagrado.

Se mete una raíz en la boca y empieza a mascarla en silencio.

—Umbral... —se adelanta Alveron.

No sé si ese es su nombre o un mote, pero el hombre detiene sus movimientos para clavar su mirada esmeralda en Alveron, que sonríe, como si estuviera hablando del tiempo y no de un amigo prisionero que, al parecer, está junto a la hija del Alto Comisionado de Iberion.

—¿Te he preguntado a ti, programitas?

—No, pero como intentaba explicarle a Ventia, Nil es mi amigo. Respondo por él.

Alveron me mira, pero yo no le devuelvo la mirada, la mantengo clavada en Umbral.

—¿También por ella?

—No, pero yo sí —digo sin pensar.