La última luna 28 #2
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28 #2

Mentalmente evalúo las probabilidades, teniendo en cuenta su reserva de agua y que aquí cerca no hay nieve, solo hielo, lo que dificulta un poco la extracción.

—Días.

Se gira para mirarme.

—¿Días? ¡No podemos permanecer aquí tanto tiempo! Es muy peligroso. Por esta zona habitan las serpientes de niebla. Su veneno es mortal si no se actúa con rapidez, y siendo solo dos...

Trago saliva y observo el lugar, deteniéndome por primera vez en cada detalle, pues mi obsesión por llegar cuanto antes me ha impedido darme cuenta de que poco después de dejar el refugio hemos dejado atrás la zona pantanosa congelada para internarnos en un bosque fosilizado.

Los árboles emergen a medias, cortados por el hielo, como si la noche los hubiera detenido en pleno crecimiento.

Sin hojas, sin flores. La corteza, agrietada y blanca, asoma bajo una blanca costra gélida.

Bajo nuestras botas, el hielo no es liso: permite ver las raíces, que se extienden como venas oscuras, retorcidas, atrapadas en sucesivas capas de frío.

Parecen vivas todavía, como si el bosque siguiera intentando aferrarse a la tierra desde debajo de su tumba.

Creo percibir movimiento entre las raíces. ¿O estoy sugestionada por las palabras de Nil? Sacudo la cabeza y me centro de nuevo en el fragmento, recuperando la compostura.

—Para eso estás tú, saqueador. Tendrás que esmerarte en evitar que nos ataque un bicho de esos y, si lo hace..., en lograr que sobrevivamos.

Se cruza de brazos.

—Te recuerdo que mi misión es llevarte viva... o muerta. Tenlo en cuenta. No soy tu niñera.

Opto por obviar sus palabras. No es el momento de sentirme dolida o lo que sea que mi ser esté sintiendo.

—Si quieres que esto sea más rápido, ayúdame.

Suelta una risa irónica, pero me da la espalda y recorre el perímetro, asegurándose de que no nos aceche ningún monstruo.

Me quedo sola frente al fragmento, sobre el hielo, con la certeza de que esta misión no solo puede fracasar si no doy con el modo de aprovechar el agua que tengo, sino que podemos morir.

No puedo permitirme fracasar.

Me muerdo el labio y saco las reservas de agua del traje. Son escasas.

Regresa con gesto tenso y mira el fragmento junto a mí; casi puedo imaginar su expresión de concentración.

—¿Qué haces? —pregunto con exasperación mientras con un gotero pongo unas gotas de agua que rozan el fragmento antes de congelarse.

Nada. Como era de esperar.

—¿Y tú?

Capto un matiz retador en su voz que me eriza el vello de los brazos. Ni siquiera me giro hacia él cuando le explico:

—Te recuerdo que el nexenol reacciona al agua —le enseño mis reservas— y como ves, voy escasa de ella.

Suelta un bufido y, sin decir nada, vuelve a darme la espalda y examina el terreno en silencio.

Da varios paseos y decido ignorarlo. Lo que esperaba.

No va a ayudarme. Tal vez no tendría que haberle confesado que mi intención es usarlo contra Arno, aunque él no sepa cómo.

Pero si soy una rebelde, ¿qué otro objetivo iba a tener?

Me quedan solo unas gotas y toco el fragmento, como esperando sentir...

, ¿qué? ¿La presencia del nexenol como por arte de magia?

Suspiro, frustrada, y doy una patada al hielo.

Un siseo me advierte, mas es el movimiento rápido de Nil lo que me termina de alertar.

El saqueador saca el arma, dispara y, al instante, una serpiente más grande de lo que esperaba cae sobre el hielo.

No..., se desliza a través de una pequeña grieta. Miro el suelo bajo mis pies.

—Sí, destructora, viven bajo el hielo, entre las raíces —me susurra por el canal.

Aprieto los labios.

—¿Cuánta agua necesitas para activar la reacción?

—Depende. Pero más de la que tengo, eso seguro.

No dice nada, se lleva una mano a la base del casco, como si se acariciara la barbilla, y después se agacha. Saca el kit de mantenimiento del traje y extrae algo de él. Cuando se incorpora sopesa la aguja térmica entre sus dedos. La calibra en silencio.

—¿Qué...?

—Cuando te dije que improvisaba si la situación lo requería me refería a esto.

Nil calibra la aguja térmica con la misma precisión con la que otros afilan cuchillas.

La clava en el hielo, justo en una fisura que yo no había notado.

El zumbido es suave, pero el calor se propaga como una herida.

El hielo empieza a ceder y en menos de un minuto el agua se acumula en una depresión natural.

—No es potable —dice—, pero no vas a beberla. Solo necesitas que reaccione, ¿no?

Le miro sorprendida. No por la idea —que es brillante—, sino porque no se le nota ni un ápice de orgullo en la voz. Como si lo que acaba de hacer fuera lo más obvio del mundo.

—¿Se te acaba de ocurrir?

—Soy un hombre de recursos. —Se encoge de hombros.

Pienso, fugazmente, que el saqueador es más inteligente de lo que aparenta. No lo digo en voz alta. No ahora. Puede que nunca llegue a decírselo, pero lo pienso.

Recojo el líquido con cuidado. Lo vierto sobre el fragmento.

Tengo que repetir el proceso varias veces más y Nil tiene que usar la aguja térmica en otras tres ocasiones, ya que el agua se congela al contacto con el aire, pero al fin el brillo morado aparece en uno de los contactos.

Como una respiración contenida que se libera.

Estoy tan concentrada que para cuando siento el vello de todo mi cuerpo erizarse la serpiente ya está a unos centímetros de mi pierna.

Es enorme, igual que la anterior. Oscura, con las escamas reflectantes, que me devuelven los destellos de mi linterna.

Los ojos son de un gris azulado intimidante, pero solo puedo pensar en sus colmillos, capaces de atravesar mi traje.

Se desliza tan deprisa que doy un traspiés hacia atrás.

Nil le pisa la cola en un gesto tan imprudente que me hace contener el aliento.

El reptil se vuelve hacia él sacando su lengua viperina y abriendo mucho la boca.

Un veneno negruzco se libera de sus fauces y el saqueador lo esquiva.

Allá donde cae, el hielo se deshace y emana vapor.

Es corrosivo. Letal. Me gustaría intervenir de algún modo, todavía lo estoy decidiendo cuando el cuchillo lunar corta en dos al animal y su sangre empapa unos instantes el suelo antes de congelarse.

—Date prisa. —Nil me cubre, alzando una de las pistolas y atento a lo que nos rodea.

Mientras continúo le observo de soslayo. Cada uno de sus músculos en tensión, la concentración en su rostro —que imagino, aunque no puedo verle bien— y el calor acude a mis mejillas. Tengo que centrarme en lo importante. Vuelvo al brillo del nexenol y empiezo a recolectarlo.

—Tenemos nexenol —susurro.

—¿Tenemos?

Me sonrojo todavía más y agradezco que no pueda darse cuenta de ello.

—Ya me entiendes.

Se agacha junto a mí, observando el resplandor. Está tan cerca que puedo sentir el movimiento de su pecho al respirar. Me giro hacia él. Él también lo hace. Por un segundo nuestros cascos están a tan solo unos milímetros.

Otra vez.

Y el silencio se carga de electricidad, como la que precede a una tormenta. Me doy cuenta de que estoy temblando, pero no por el frío.

Él alza una mano, como si pudiera atravesar el casco y tocarme la mejilla, o apartar un mechón rebelde de mis ojos.

No lo hace. Se queda ahí, muy quieto, con la mano suspendida en el aire.

Al final la baja y me sorprende sentirme decepcionada.

Me concentro en recoger la muestra que he venido a buscar.

Siento sus ojos en mi espalda. Clavados como dos antorchas. Trago saliva, incómoda. Me tiene confundida.

—Deja de mirarme así —le digo con frialdad.

—¿Mirarte...? No te emociones, destructora. Te estoy vigilando. Es mi trabajo.

Sus palabras quedan ahogadas por el sonido de un disparo lejano. Nil se pone en pie de inmediato, me cubre con su cuerpo y se gira hacia el origen del ruido.

—No estamos solos.

Me incorporo situándome a su lado. El brillo morado se apaga dentro de la cápsula que guardo en el traje activando todos mis sentidos. He estado tan absorta en él, en lo que me hace sentir, que he ignorado mi percepción. Otra vez.

Veo lo que acecha entre los árboles congelados antes que Nil gracias a mis poderes.

Soldados. Y por sus trajes de protección, no son de Iberion.