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Izz
El nexenol se encuentra en unos fragmentos muy concretos.
El primero de ellos en el mar helado del norte del Desierto Polar.
Llamado MHYS-selenity , forma parte de lo que fue en la luna la montaña Mons Huygens.
La zona es inestable, peligrosa y se precisa agua para despertar la sustancia y poder recolectarla.
Un rugido me pone en alerta, pero enseguida me doy cuenta de que han sido mis propias entrañas.
¿Cuánto tiempo hace que dejamos la cueva?
¿Tres días? ¿Cuatro? Por mucho que lleve el UTP, es fácil perder la noción del tiempo.
No nos ha faltado agua, sin embargo, alimentarse en el Desierto Polar no es fácil si no sabes dónde están los refugios, como me ha tenido que explicar Nil.
A él no parece afectarle la falta de alimento, pero yo me siento a punto de desfallecer.
Aunque la barrita proteica que me dio me ha ayudado a aguantar mucho más de lo que esperaba, mi cuerpo lleva horas pidiendo más y ahora lo hacen también mis tripas.
Le miro de reojo. Por un momento estoy tentada de hablarle, de iniciar una nueva conversación que me distraiga.
Hace horas que Nil no ha dicho nada, tan solo me ha guiado a través de un gran valle de líquenes luminosos donde nos hemos cruzado con algunos pingüinos —no parecían haber sufrido ningún tipo de mutación, se han limitado a ignorarnos— y hemos parado para tomar un respiro.
Para que lo tome yo, más bien. Mi resistencia no es como la de él, y necesito más tiempo para recuperarme.
Me pregunto en qué habrá estado pensando todo este tiempo, ya que en mi cabeza se repite nuestra lucha, mi fragilidad ante él y ese último momento...
De haber estado en otro lugar, nos hubiéramos besado.
Me muerdo el labio solo de imaginarlo y un cosquilleo recorre mi vientre.
Él también quería. Lo vi. Entonces, ¿qué ha pasado para que ahora me ignore?
«Tú tampoco le has dado mucha conversación que digamos...».
Observo los alrededores tratando de evadirme tanto de Nil como del hambre.
A nuestros pies hay una vasta extensión de musgo negro y un verde apagado.
Este musgo no es como el que conocemos en Hespéria.
Este sobrevive en estado latente, reactivándose mínimamente cuando las condiciones del Desierto Polar lo permiten.
Bajo nosotros, capas de hielo traslúcido que nos muestran el agua.
No fluye, pero tampoco está congelada. Si el suelo gélido cediera ante nuestro peso nos atraparía y moriríamos en cuestión de segundos.
Un pitido en el UTP me advierte de la cercanía del fragmento. Nil me mira extrañado.
—¿Por qué pita tu ordenador de muñeca?
—¿Qué clase de saqueador le llama «ordenador de muñeca» al UTP?
—Es lo que es. Un ordenador de muñeca, ¿qué sentido tiene UTP? —dice utilizando un tono condescendiente que pretende imitar el mío.
—Unidad táctil de proyección —le recito las siglas.
—Lo que yo decía. No te desvíes del tema, ¿por qué ha pitado?
—Me avisa de que estamos a nueve kilómetros y medio del objetivo.
Le veo consultar el suyo, donde marca una posición, que imagino que es el fragmento lunar. Es algo que también aparece en los mapas holográficos de los saqueadores. Examina la zona en silencio antes de decir:
—Estupendo, hay un refugio a poco más de cinco kilómetros donde podremos comer y descansar antes de dirigirnos hacia allí.
—No vamos a parar —digo con rotundidad, acallando el rugido que proviene de mi interior.
Da unos pasos hacia mí y me detiene.
—Izz —la forma en que suena mi nombre en sus labios hace que se me erice el vello de todo el cuerpo y el vientre se me llene de un calor inesperado—, no aguantarás más tiempo sin comer. No sabemos qué vamos a encontrar allí y...
Aprieto los labios y, a pesar de que quiero continuar, el cansancio amenaza con hacerme caer desfallecida al suelo. Trago saliva y asiento con la cabeza. Tiene razón. No es la primera vez que encontramos peligros inesperados, es mejor afrontarlos tras recuperar fuerzas.
Seguimos caminando, parando en más ocasiones de las que me gustaría. Me falta el aliento y agradezco —aunque no lo reconocería ante Nil— la presencia del refugio.
—Ahí está.
El saqueador rompe el silencio que nos envuelve desde hace poco más de una hora.
Avanza frente a mí y pone el código para acceder al refugio.
Le sigo y pasamos por el mismo proceso que ya vivimos en el primero, solo que cuando entramos en la siguiente sala me doy cuenta de que este es más grande, pensado quizá para un grupo entero de saqueadores.
Hay una mesa amplia en un extremo, camas térmicas en el otro lado y una estantería.
A grandes rasgos es igual que el primero que visitamos.
Nil, que lleva el traje de saqueador anudado en la cintura, deposita sobre la mesa varias barritas de diferentes colores.
Me dejo caer en una silla que rodea la mesa y él se sienta frente a mí.
Me sonríe, pero mantiene la distancia. Me fijo más de lo debido en la forma de sus músculos al flexionar los brazos, la firmeza de su mandíbula o cómo se humedece los labios antes de darle el primer mordisco a la barrita.
—¿Qué te apetece? ¿Conejo o trucha?
—¿Perdón?
Nil alza dos barritas, una con el envoltorio gris y el otro rosa. Ladeo la cabeza y elijo sin pensar la primera.
—Conejo entonces.
Me la tiende y empieza a comerse la suya despacio. Yo saboreo la mía y, aunque tiene un sabor insípido, ahora mismo me parece un manjar. Comemos en silencio. Nil saca una más que tiene un llamativo color naranja, cuando la abre me viene un aroma dulzón que reconozco al instante.
—¿Hay barritas de higo?
—Y nueces —añade.
—Me encanta el higo. Lo solía comer con el abuelo en nuestras largas partidas de ajedrez.
Nil me está mirando con gran interés y es entonces cuando me doy cuenta de que lo he pronunciado en voz alta. Enrojezco y bajo la cabeza. La barrita recorre la mesa que nos separa y me quedo paralizada unos instantes.
—Cómetela, a mí no me gusta tanto. Y tú la necesitas más.
—Tú la necesitas igual que yo, no vayas de héroe.
No contesta, se pone en pie y recorre la sala hasta llegar a las camas térmicas, donde toma asiento en una de ellas.
Le doy el primer mordisco a la barrita y su sabor explota en mi boca.
Dulce, crujiente y tostado. Las notas ácidas de la fruta me hacen cosquillas en la lengua mientras mastico con gusto.
—El nexenol es un compuesto inestable y difícil de conseguir.
Nil guarda silencio como si temiera que al intervenir yo fuera a dejar de hablar. Continúo la explicación aún paladeando la fruta.
—Reacciona al agua y esa es la única forma de verlo para recolectarlo.
—¿Y para qué lo necesitas?
—Para derrocar a Arno.
Y la sinceridad de mis palabras me resulta liberadora.
Siento una punzada de culpabilidad ante este pensamiento porque, en realidad, no estoy siendo del todo sincera.
Él todavía no lo sabe, pero le necesito para entrar en el laboratorio polar, y que haya decidido acompañarme, aunque no me haya dicho el porqué, ha sido una deliciosa casualidad.
—¿Es ese tu objetivo?
Le miro unos instantes en los que sopeso qué decirle. Sí, quiero derrocar a Arno, pero es mucho más que eso. Él es un saqueador lunar, al servicio del Alto Comisionado.
—Eso es —digo sin entrar en detalles.
Sus ojos me repasan y la intensidad del azul de su mirada me hace tragar saliva mientras alzo la barbilla, sin inmutarme ante su escrutinio.
—El Alto Comisionado vela por Hespéria. Por Iberion entero.
Me sorprende la firmeza en su voz, sobre todo porque mi percepción me grita que duda. Y eso es imposible. Quizá mis sentidos me engañan y solo quiero tenerle de mi lado.
«No has dejado de ser su prisionera».
—¿A quién intentas convencer? ¿A mí o a ti mismo?
—Solo te informo de los hechos. Llevó luz al núcleo. Nos dio esperanza y cada una de sus acciones...
Alzo una mano, no quiero escucharle. Sé lo que va a decir. Es el discurso típico y yo también lo creía hasta hace algún tiempo.
—No me cuentes las bondades de Arno, por favor. —Pongo los ojos en blanco.
Me incorporo tras terminar con los restos de la barrita y me alejo unos pasos de él.
Por un momento espero que se acerque, sentir la calidez de su cuerpo cerca del mío, que esta vez que no nos separan los cascos podamos...
, no sé. Sin embargo, él parece empeñado en poner distancia entre nosotros y no me extraña.
Nuestros objetivos no pueden ser más distintos, aunque parezca que el laboratorio sea un punto común.
Esté buscando lo que esté buscando al acompañarme, dejará de unirnos cuando lo consiga y entonces tendré que ver cómo evito seguir siendo su prisionera.
Salimos a la oscuridad nocturna y nos reciben el frío, el hielo y el musgo que cubre toda la superficie bajo nuestros pies.
Nil tenía razón, el camino parece más ameno con el estómago lleno y así acortamos la distancia con el fragmento en algo menos de hora y media.
Está rodeado de árboles muertos cubiertos de escarcha.
Es grande, enorme. Flota a apenas unos centímetros del hielo, pero se mantiene estático.
Cuando llegamos lo examino bien a la luz de las linternas.
Lo malo del nexenol es que, a diferencia de la voltraxita, no es visible a simple vista.
Tengo que usar agua para inducir una reacción que provoque en el compuesto un leve brillo morado.
Por ello he tenido que racionar el agua y beber solo lo mínimo.
Pero viendo las dimensiones del fragmento es muy probable que gaste todas mis reservas sin encontrarlo en el primer intento.
Suspiro.
—¿Qué pasa?
Nil ha estado mirando la roca también, esperando que sea yo quien actúe.
—No esperaba que este fragmento fuera tan grande. Es posible que encontrar el nexenol me lleve tiempo.
—¿Cuánto tiempo?