La última luna 26
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Izz

El Proyecto Selene avanza satisfactoriamente. Los últimos resultados han sido esclarecedores, y ya contamos con un gran número de sujetos listos para ser adiestrados.

El próximo objetivo será incluir el Proyecto AlfaGénesis en el Proyecto Selene. Tras el éxito del Proyecto AlfaGénesis los resultados podrían tener un potencial único en el mundo.

Cuando llega la hora acordada, salimos del refugio.

Creo que ha cambiado la forma en la que me mira.

No sé qué ha llegado a ver cuando ha estado hurgando en mi UTP, pero no creo que haya podido acceder a los informes clasificados porque los he codificado.

Ni siquiera yo he podido leerlos todos y dadas las circunstancias, no sé cuándo podré hacerlo.

Aun así, cuando terminamos de jugar al ajedrez, la reviso de nuevo buscando el más mínimo indicio de qué ha podido encontrar.

Entre los dos hemos llegado a un acuerdo tácito, una tregua hasta que terminemos en el laboratorio polar. Y después... volveremos a ser enemigos.

Debo reconocer que esta tregua ha sido de gran ayuda.

Ya no solo porque no ha vuelto a esposarme, sino por el hecho de que haya accedido a acompañarme.

Todavía no sé qué interés puede tener en venir conmigo, pero me beneficia lo suficiente como para no quejarme.

Me conviene que me acompañe, y a la vez no soy capaz de entender por qué, pero me tranquiliza su presencia.

Cuando hui al Desierto Polar, no fui consciente de que cabía la posibilidad de que el viaje fuera —como está siendo— tan largo y peligroso, y que tuviera problemas no solo con los animales, sino con la comida y el agua; porque no siempre hay nieve que utilizar para almacenar y beber.

Y comida..., bueno, no sé cazar ni conozco las plantas como para saber cuáles pueden alimentarme.

Gracias a Nil... sigo con vida.

—¿Qué fue lo que hiciste para que el Alto Comisionado te tenga en el punto de mira? ¿Quién eres en realidad?

Y si antes sus preguntas sonaban solo curiosas, ahora su voz tiene un matiz peligroso que me hace estremecer. Debería frenarle. Guardo silencio, sigo concentrada en las fórmulas que bailotean en mi cabeza y me limito a ignorarle.

—¿Qué es el Proyecto Selene?

— No hagas preguntas, es más seguro para ti que no lo sepas.

—¿Qué hay en el laboratorio polar?

Resoplo sin contestar.

—¿Qué es el nexenol? ¿Para qué lo necesitas?

—¡Basta!

Mi voz resuena en el canal de comunicación, pero él no se achanta, se encara a mí.

—¿Experimentabas con humanos?

Aprieto los labios tratando de mantener la calma.

—Así fue como te hiciste eso, ¿no?

Su mirada va a mi brazo y aunque este no se ve bajo el traje me siento expuesta.

—¿Para eso necesitas el nexenol? ¿Qué pretendes hacer en ese laboratorio? ¿Por eso no pusiste pegas a que te acompañara? ¿Piensas hacerme a mí lo mismo que les has hecho a otros?

No lo soporto más. Antes de poder pensar qué hago, me lanzo sobre él y le rodeo el cuello con ambas manos con una fuerza que le desconcierta. Nil no duda. Ni siquiera pestañea cuando caemos al suelo y, con un movimiento, se pone encima de mí. Sigo sosteniendo su cuello, pero él ha sacado el arma.

—¡No tienes ni puñetera idea de lo que hablas!

Me apunta con la pistola lunar, que le quito con un golpe más fuerte haciendo uso de la fuerza que me aporta el brazo mutado. Abre mucho los ojos un instante por la sorpresa y aprovecho para quitármelo de encima. Le doy un puntapié a la pistola, apartándola más de nosotros y me concentro.

Conozco sus movimientos antes de que los realice y ello me permite enfrentarme a él casi a su nivel. Consigo esquivar una llave, jadeando. Le doy un puñetazo que le da de lleno en el estómago y va a responder con un barrido, pero me echo hacia atrás a tiempo y me duplico para confundirle.

Me muevo a su alrededor, recuperando el aliento, mientras la rabia me llena las venas de una energía ardiente, letal.

Nil se incorpora de un salto y golpea a las copias antes de llegar hasta mí.

Va a cogerme del brazo para intentar reducirme, así que echo el cuerpo hacia atrás, pero de forma inesperada me agarra de la cintura y su pierna impacta tras mis rodillas, reduciéndome.

Mi espalda se pega a su pecho mientras su antebrazo se me clava en el cuello. Con el otro me sujeta con tanta fuerza que no tengo movilidad alguna en los brazos, así que me remuevo.

Grito de pura rabia y le doy un cabezazo que no espera, a juzgar por cómo reduce la fuerza con la que me sostiene, dándome unos segundos que aprovecho para darle una patada que nos hace perder el equilibrio.

Caemos, rodamos en un lío de brazos y piernas.

Sigo pegada a su cuerpo, más incluso, ya que me agarra con fuerza, dispuesto a no dejarme libre.

Dejamos de rodar y respiro con tanta fuerza que escucho pitidos en mi pecho, jadeos que resuenan en los cascos, y, para mi satisfacción, advierto que también su respiración es irregular.

Me gira con un movimiento fluido y quedamos cara a cara. Él sobre mis caderas, aprisionándome con las suyas. Se incorpora sosteniéndome el brazo mutado por encima de mi cabeza y apunta a mi barbilla con la otra pistola.

—Basta de tonterías —dice con frialdad—. No quiero hacerte daño, pero lo haré si no me das opción.

Las lágrimas acuden a mis ojos y hago lo imposible por contenerlas.

El nudo en el pecho me duele como si tuviera un vacío inmenso que soy incapaz de llenar.

Un temblor sacude mi labio inferior y me lo muerdo sin piedad.

No quiero llorar. No le daré esa satisfacción.

Ya cometí este error una vez y lo que recibí a cambio fue una semana en la sala de las libélulas.

Oscuridad total, salvo por las luces cambiantes de sus alas.

Esas patitas que me atravesaban como agujas cuando se posaban en mi piel desnuda.

El zumbido incesante que hacía eco dentro de mi cabeza.

Y si gritaba, más las atraía. Hasta que aprendí a no mostrar mis sentimientos.

«Los sentimientos nublan lo importante», me recuerda esa voz gélida como el hielo.

Mi salvación fue el ajedrez, recordar las largas partidas con el abuelo mientras él bebía su café con sirope de calabaza y yo aspiraba con gusto ese aroma dulzón, porque ese olor era él. El abuelo. Y el ajedrez y su olor se convirtieron en mi lugar seguro.

Rompo a llorar. En contra de mi voluntad.

Con tanta fuerza que los jadeos se suceden sin control y mi cuerpo entero tiembla bajo el saqueador.

Me rompo en mil pedazos y la vista se me emborrona.

No quiero ver la expresión de desdén. Tampoco de pena.

Me vacío por completo mientras la ira me abandona y solo queda el agujero en el pecho, el frío y el peso de Nil sobre el mío.

Retira el arma y afloja el agarre.

—Te he fallado —musito con voz rota.