La última luna 25
38%

25

Izz

Astra es la inteligencia artificial integrada en todos los UTP, los dispositivos holográficos personales de uso común.

Entre sus funciones más comunes se encuentran la gestión de tareas básicas, la proyección de información en formato holográfico y la recomendación de contenido personalizado, desde lecturas hasta actividades de ocio.

Aunque su capacidad es limitada y no tiene autonomía real, Astra ofrece una presencia constante en la vida diaria, actuando como una herramienta práctica y siempre disponible.

Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna

El tablero de ajedrez holográfico se extiende ante mis ojos.

Nil ha propuesto descansar un rato más antes de volver a salir, pero intuyo que es más por mí que por él.

En realidad, más que descansar, siento que lo que necesito es dejar de dar vueltas a todo.

Está siendo una partida difícil y tengo que pensar muy bien no solo el siguiente movimiento, sino prever las siguientes jugadas, tanto mías como de mi contrincante —Astra, una inteligencia artificial—. Consigo desconectar.

Alzo la mano preparada para mover el caballo, es la mejor opción de todas.

—¿No estás desprotegiendo a tu reina?

La voz de Nil me sobresalta y doy un pequeño respingo sobre la cama. Estaba tan concentrada en la partida que no me he dado cuenta de que se ha sentado a mi lado y mira con curiosidad el tablero.

—Aunque mueva el caballo no hay ninguna pieza enemiga que pueda alcanzar a mi reina con uno de sus movimientos.

El saqueador ladea la cabeza, como tratando de comprender mis palabras. Termino la jugada que he empezado. Él resopla y niega con la cabeza.

—Nunca he entendido este juego.

—El ajedrez no es solo un juego. Es medir hasta dónde llega tu mente. Es estrategia pura: ver patrones, prever consecuencias... y comprobar cómo se construye una táctica desde cero, hasta que cada movimiento revela la lógica que la sostiene.

Alza una ceja.

—No me quiero imaginar lo que es estar en tu cabeza.

Sonrío azorada. Así es como he crecido. Estrategias, cálculos exactos, organización milimétrica. Me cuesta asimilar aquello que no puedo controlar.

Miro de reojo mi mano gris.

«Justo como esto».

Aparto esos pensamientos, cierro la partida e inicio una nueva que extiendo entre nosotros. Me mira con expresión interrogante.

—¿Polares o ígneas? —inquiero.

—¿Quieres que juegue contra ti?

—¿Ves a alguien más aquí?

Me dedica una sonrisa torcida.

—Ígneas. Estoy un poco cansado de lo polar.

Las piezas del color del fuego se extienden delante de él, mientras que las semejantes a una tormenta de hielo en la noche lo hacen en mi posición.

Él empieza. Tarda un buen rato en mover. Me resulta gracioso verle tan concentrado en tan solo el primer movimiento.

Al fin mueve un peón, con una seguridad que es pura fachada. No tiene ni idea de lo que está haciendo y eso hace que tenga que contener una carcajada. Respondo con el mismo peón, pero mi gesto es automático: ya estoy pensando varias jugadas por delante.

Nil saca un caballo, dejándolo expuesto. No digo nada. Me muerdo una sonrisa y muevo mi alfil, apuntando al centro.

Se toma su tiempo en el siguiente movimiento, como si estuviera buscando segundas intenciones en mi jugada o si pretendiera ver más allá. Nuestras miradas se encuentran y levanto la barbilla, desafiándole.

—Esto se te da bien, destructora —afirma alzando la mano y tomando su alfil entre los dedos.

Lo deja chocando contra sus propios peones. Protejo al rey con mi torre. Nil duda y tras unos instantes imita mi jugada. No está entendiendo nada.

Coloco mi dama en una casilla que parece aleatoria, inocente. Y, como ya esperaba, él sonríe creyendo que por fin tiene un turno fácil. Mueve un peón y uno de los míos cae.

Y hago mi jugada maestra.

Él parpadea varias veces y mira el tablero, confundido. Dibuja una mueca con sus labios y después me mira a mí. Y su miedo, su incertidumbre, me da un poco de pena, pero no me achanto.

—Eso es malo, ¿verdad?

—Para ti, sí —respondo, con una sonrisa afilada.

La partida sigue. Sus piezas empiezan a caer una tras otra. Para mi sorpresa, Nil no se frustra de inmediato, sino que está atento, estudiando el tablero y estudiándome a mí.

—Jaque mate —digo vocalizando las palabras con orgullo.

Acabo con su reina y él se lleva la mano al pecho, pensativo.

—¿Cómo...? ¿Pero qué...? ¿Cómo ha pasado?

Me inclino sobre el tablero, acortando la distancia entre nosotros, señalándole las ígneas.

—En el momento en que rompiste la cohesión de tu estructura central estuviste perdido. Al avanzar ese caballo sin apoyo, debilitaste la casilla E5 y me cediste el control de la diagonal larga. Desde ahí, mi alfil tenía acceso directo a tu rey.

Se me queda mirando con el ceño ligeramente fruncido, como si no hubiera entendido una sola palabra de lo que he dicho.

—¿Y eso qué significa si no hablo tu idioma de hechicera del tablero?

Cojo aire con fuerza y pongo en orden mis pensamientos, intentando adaptar mi explicación a alguien que no suele jugar al ajedrez.

—Perdiste en el instante en que abriste una grieta en tu reino. Enviaste a tu caballero a explorar solo por un sendero en mitad del bosque sin darte cuenta de que llevaba directo a tu enemigo. Desde ahí, mi alfil ya tenía tu corona al alcance.

Ahora sí, sus ojos azul cobalto se llenan de comprensión y dice con entusiasmo:

—Es como la historia de las dos reinas enfrentadas. Todo gira en torno a protegerlas, a mover medio mundo para que no caigan. Al final, es lo mismo aquí: una batalla donde cada pieza importa, pero las reinas... son las que deciden cómo termina todo.

—¿Llevas siempre todo a los libros?

—Los libros tienen la frase adecuada para cada momento, si sabes buscar bien.

Me encojo de hombros y desvío la mirada. Nunca he tenido demasiado tiempo de ocio como para leer tanto como él parece haber hecho.

—¿Y tú? ¿Siempre eres tan...? —Se queda callado, buscando las palabras, y yo hago desaparecer el tablero entre nosotros.

—¿Tan qué?

—No sé... ¿Nunca desconectas?

Parpadeo varias veces sin comprender su pregunta.

—Juegas como si cada partida fuera una lección, no un juego. Parece que tienes que demostrar algo.

—El ajedrez consiste en estar centrado. En prever todos los movimientos posibles. Ayuda a trabajar la mente —me señalo la sien— y por eso llevo años practicando. Me relaja.

—¿Te relaja? No pareces relajada.

—Eso es porque tú no eres un buen contrincante.

Se señala, haciéndose el ofendido, y una sonrisa asoma a sus labios. El calor asciende a mis mejillas. Trago saliva. No entiendo qué me está pasando.

Sus ojos siguen fijos en mí. Siento el latido en la garganta, mi corazón late acelerado. Y aun así no aparto la mirada. No puedo. Hay algo en él —en su forma de observarme, en la tensión contenida en sus hombros— que me atrae como un imán.

Por un instante, parece que él también se rinde a ese tirón. Hasta que se levanta de golpe, como si el contacto visual hubiera sido un error. Se aparta de mí todo lo que da el espacio.

—Tenemos que irnos. Hay un largo camino hacia el fragmento.

Y así, la magia del momento se desvanece junto con su sonrisa. La que, por más que me esfuerce en borrar de mi mente, sigue persiguiéndome. Porque en este momento lo único que deseo es volver a ver esa chispa en su mirada.