23 #2
Por un instante olvido que acabo de exponerme frente a un desconocido.
Con mis mallas térmicas ajustadas y la camiseta de media manga.
Sus ojos me observan y por un momento me siento como si estuviera desnuda.
El saqueador tiene los labios húmedos y entreabiertos.
Sin embargo, su imagen se emborrona. Todavía siento los pulmones ardiendo, como en medio de la carrera.
Las dentelladas de los monstruos que nos perseguían chasquean en mi memoria y tengo que sostenerme en un lateral de la sala para no derrumbarme.
Trago saliva e intento invocar en mi mente el tablero de ajedrez que siempre me salva.
Pero no esta vez. No cuando todavía siento el aliento de la muerte rozándome.
Casi muero ahí fuera, de no ser por Nil...
«No quiero perderte».
—¿Estás bien?
Se acerca a mí para sostenerme, le cojo del antebrazo para zafarme de su agarre, mas en lugar de hacerlo, me derrumbo sobre él. Con un gran esfuerzo intento recuperar el control sobre mi cuerpo.
—¿Te encuentras bien? ¿Estás mareada? Deberías sentarte.
—No —digo cortante.
La preocupación sincera que veo en sus ojos azul cobalto hace que mi vientre se agite. Sin embargo, me controlo. Solo soy un trofeo. Uno que por alguna razón que desconozco quiere mantener vivo.
—Toma. Bebe un poco, te vendrá bien.
Bebo un sorbo de la botella que me ofrece. Logro por fin apartarme de él. El refugio no es como esperaba. Es minúsculo. El espacio es agobiante, pese a que solo hay una cama, una mesa y una estantería con múltiples utensilios.
—¿Te sientes mejor?
«No quiero perderte». Flaqueo al volver a escuchar estas palabras en mi cabeza y por un momento estoy tentada de dejar que salga todo lo que siente mi interior. De derribar este muro que nos separa, porque así fue como me criaron. Y cuando estoy a punto de hacerlo...
«Pretendo llevarte viva ante el Alto Comisionado».
«No eres más que su prisionera», me recuerdo.
Confirmo mis pensamientos al fijarme en que a pesar de que se ha despojado del traje y ha dejado cosas sobre la mesa, mantiene un cinturón donde lleva las armas.
El espacio es reducido y estamos más cerca de lo que me gustaría, así que me limito a dar un paso atrás. Choco con una superficie dura y caigo sentada. Es una cama. Una única cama minúscula en este cubículo.
Nil está de pie, a menos de medio metro, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí. No en mi rostro. En las uñas plateadas en las que terminan los dedos grises de mi brazo mutado. Adivino su intención de volver a preguntarme sobre ello, así que desvío su atención:
—¿Qué clase de refugio es este?
—Es un refugio de clase A compacto —responde sin moverse, aunque he conseguido mi propósito porque sus ojos se clavan en los míos—. Diseñado para una sola persona. El protocolo no contempla excepciones.
Me incorporo sin levantarme del todo. Siento el colchón térmico bajo mis piernas, emitiendo un pulso lento, en un vano intento de regular mi temperatura.
—¿Y qué propone el protocolo cuando hay dos? —pregunto, despacio.
—Turnos. O improvisación.
—¿Y tú improvisas?
—Solo cuando la situación lo requiere.
Me rasco el hombro y miro la única cama que hay aquí.
—¿Vas a dormir, saqueador?
—No si tú estás despierta, ¿y tú, destructora?
—No si tú vas armado.
Baja la vista a su cintura. Las armas siguen ahí. No hace amago de quitarlas, en cambio, se acerca al banco técnico que hay frente al catre y se sienta. El espacio se reduce todavía más. Nuestras frentes están muy cerca y puedo respirar su aliento cuando dice:
—No voy a usar nada de esto. A menos que me obligues. Es solo para igualar nuestras condiciones.
El silencio que sigue a sus palabras no es cómodo, pero tampoco llega a ser hostil. Diferente. Se instala entre nosotros como la niebla de antes: densa, envolvente e imposible de ignorar.
—Yo tampoco usaré mis dones. A menos que me obligues.
Una sonrisa irónica tira de sus labios haciéndole todavía más atractivo. Es una pena que apenas sonría. Y, tal y como ha venido, el gesto se esfuma y vuelve a ser un saqueador taciturno. Vigilante. Desconfiado. Ambos estamos de nuevo en el punto de partida.
Me tumbo de lado, sin dejar de mirarle, pero él no se mueve. No aparta la vista. Por primera vez desde que entramos, no parece tener claro qué hacer conmigo.
Y, para ser sinceros, yo tampoco sé qué hacer con él.
Se rasca el pecho, allí donde tiene el tatuaje y ese colgante que ha vuelto a sacar en algún momento, y tomo aliento.
—¿Fue hace mucho? Lo de tu hermano.
Sigue con la mano sobre el pecho como si mi pregunta lo hubiera llevado de nuevo al pasado. Necesito saber más de su historia, aunque ello me lleve también a mi pasado.
—Sabes ya mucho de mí y yo sobre ti no sé nada.
—Lo necesario. Delincuente. Viva o muerta.
Hace una mueca que convierte en una sonrisa burlona antes de cruzarse de brazos.
—¿Por qué te persigue el Alto Comisionado? ¿Qué te pasó en el brazo? ¿Y por qué tienes poderes?
—Muchas preguntas de golpe.
—Tenemos tiempo. —Se acomoda en el banco y clava sus ojos en mí, a la espera.
—Elige una.
Sé que me estoy jugando mucho al darle a elegir, pero no tengo por qué contarle toda la verdad. Nil sopesa sus opciones con seriedad. Tamborilea en el banco antes de manifestar su elección.
—¿Qué te pasó en el brazo?
«Curiosa elección».
Me muerdo el labio. Encojo un hombro y me acaricio el brazo. Él observa mi gesto, se inclina un poco más y no aparto la extremidad de él.
—Un accidente —contesto con un hilo de voz.
—¿Qué tipo de accidente?
—Eso es otra pregunta.
—¿Qué más quieres saber?
—¿Cómo?
—Una pregunta por otra.
Sonrío y las preguntas que llevo haciéndome sobre él se agolpan en mi cabeza.
—¿Cuántos libros has leído?
—¿Qué te importa esa respuesta?
—Dice mucho de una persona.
—¿El número de libros?
—El tipo de libros que lee alguien te puede permitir conocerle.
—¿Ahora quieres conocerme?
—Estás gastando muchas preguntas.
—Y por una vez tú las estás respondiendo. —Hace una pausa larga mostrándome esa sonrisa que hace que por un momento pierda el hilo de la conversación—. No los cuento. Leo desde que era pequeño.
Contengo una sonrisa, pero no contengo la pregunta que escapa de mis labios:
—Si tuvieras que elegir un solo libro, ¿cuál sería?
—¿Y el tuyo?
—He preguntado yo primero, saqueadorucho.
—Saltándote mi turno, destructora. —Hace una breve pausa sin borrar su expresión.
Por un momento creo que no va a continuar, sin embargo, añade—: Guardianes de la Ciudadela .
Esos libros..., no sé. Tenían monstruos y héroes, pero no era por ellos, sino por cómo vivían con criaturas sin entenderlas.
Igual que hacemos ahora. Era fácil verme ahí. Me resultó... familiar.
Lo recuerdo. El abuelo me los regaló en uno de mis cumpleaños. Quizás no me marcaron de la misma forma que a él, mas sí sentí algo familiar al leerlos.
—Mi sueño era montar una biblioteca —continúa.
Me sorprende comprobar que un atractivo rubor asciende a sus mejillas. Espero a que continúe, pero no lo hace. Es como si le diera... ¿vergüenza? ¿No le da vergüenza que le vea desnudo y sí confesarme cuál es su sueño? Esto hace que sienta más ganas de saberlo. De conocerle.
—La lectura me ha salvado muchas veces, tanto de lo que hay fuera como de mí mismo, que siempre he imaginado un territorio de historias donde cada libro sea una estrella y cada lector encuentre el coraje para adentrarse en ella. Cuando mi hermano...
Carraspea bajando la mirada durante unos segundos.
Señala mi brazo mutado. Es mi turno.
—Un error de cálculo y esta fue la consecuencia.
—¿Te duele?
Arqueo las cejas.
—No. —Levanto el brazo ante nuestros ojos y lo giro con la mirada perdida en días pasados—.
Pero no es agradable. Es como tener una extremidad que me pertenece y a la vez no.
—Bajo la mano de nuevo, ocultándola de mi mirada—.
Algo que no siempre puedes controlar. Lo odio...
—No continúo. Me toca—. ¿Por qué te hiciste saqueador lunar?
Su expresión se torna seria.
—Será mejor que descanses.
No dice nada más. El aire cambia entre nosotros, como si el frío exterior hubiera entrado de repente. Me recuesto. El colchón capta mi cuerpo y la temperatura se vuelve tan agradable que los ojos se me cierran despacio. No soy consciente del momento en que caigo en un sueño profundo.