La última luna 23
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Izz

Se ha observado un fenómeno atmosférico en una inspección de rutina. Se detectó una niebla de densidad inusual, sin origen meteorológico claro. La visibilidad se redujo y duró aproximadamente media hora, dejando una capa de escarcha opaca sobre los trajes y sensores.

Su toxicidad es alta, se recomienda buscar refugio de inmediato. ¿Es a causa de alguna bestia?

Recorro la cueva para estirar las piernas hasta dar con una pequeña laguna.

Por un instante recuerdo la sensación de sumergirme en agua caliente y tengo la tentación de darme un baño.

Miro hacia el saqueador, está concentrado en su UTP.

Me ha sorprendido que esté leyendo lo que parece ser una novela, viviendo una aventura que yo jamás he tenido oportunidad de vivir.

Está relajado, con el cabello revuelto y todavía húmedo tras el baño.

Sonrío ante la imagen. Su piel, levemente morena, aún brilla por algunas de las gotas de agua que recorren su cuerpo.

Me imagino siendo una de ellas y recuerdo el momento que acabamos de vivir.

La presión de su cuerpo en el mío y el deseo de que no terminara nunca.

«Está claro que necesito un baño».

Aprovechando que estoy fuera de la vista de Nil me doy un baño muy rápido, aunque cuando vuelvo junto a él ya vestida mi pelo me delata.

El saqueador sigue leyendo, y pienso en el gran significado que tiene ese tatuaje que a mí me parecía insignificante. No esperaba que tuviera que ver con una pérdida tan importante para él como lo ha sido para mí la de Nyelith.

Me miro la mano izquierda, cuya piel gris resplandece.

—¿Qué te pasó en el brazo? —Nil me trae de vuelta a la realidad.

Me pongo el guante para ocultar cualquier rastro de la mutación. No le respondo. Él no insiste, sino que se pone a rebuscar en una bolsa.

—¿Quieres una barrita proteica?

Se ha acercado lo suficiente como para tenderme una barrita de envoltorio rojo. De inmediato se me hace la boca agua y se la quito de las manos. Comparado con las raíces amargas de las que me he estado alimentando, esto me sabe al mejor de los manjares.

—¿De qué te has estado alimentando? —pregunta con expresión divertida.

—Pues... —Mastico—. Estuve observando a los animales herbívoros y me hice con una reserva de raíces asquerosas.

—¡Qué inteligente! No se me habría ocurrido.

—A ti te han enseñado cómo sobrevivir en este lugar, a mí no. ¿Quieres alguna?

Saco la bolsa para mostrarle las raíces y él se echa hacia atrás con una mueca de asco fingido.

—¿Estás tratando de envenenarme, destructora de colosos de hielo?

—No eres tan tonto como pensaba, saqueadorucho insignificante.

Suelta una carcajada que logra contagiarme y ambos rompemos a reír. Durante un momento no parecemos enemigos.

—Esto es lo primero que sabe a comida en... no sé cuánto tiempo —se me escapa, mientras me deleito en cada bocado.

—No recuerdo la última vez que vi a alguien disfrutar de algo tan simple. Te imaginaba más difícil de complacer.

—No es para tanto. Solo tenía hambre.

—¿Cuánto tiempo llevabas alimentándote de raíces? —pregunta con interés, sin humor en su voz.

Sin embargo, ya lo sabe, pues lo enviaron a perseguirme poco después. Y aun así me lo ha preguntado, como si... Si le importara de verdad. Tengo que recordarme por qué estamos aquí. No somos amigos, por mucho que por un momento me haya dejado llevar y me haya relajado a su lado.

—El suficiente.

Su sonrisa se ensancha y le llega a los ojos, dándoles un brillo que me hace devolverle el gesto antes de ser consciente de ello.

No dice nada más, sino que vuelve a su libro mientras yo termino de saborear la barrita.

Doy un sorbo de agua y me concentro en una nueva partida de ajedrez.

Permanecemos así hasta que Nil comprueba que es seguro salir.

En el exterior una niebla de un turquesa apagado se ha extendido como un manto espeso sobre nuestras cabezas y la visibilidad es justa.

Me quedo en la entrada de la cueva mientras Nil avanza.

Da la sensación de que el aire se ha vuelto sólido de repente.

Desconozco los efectos que esto pueda tener sobre nosotros, así que espero.

Le veo desaparecer en la densidad y regresar al poco con algo en las manos que me muestra.

Es una flor que ha perdido todo color, los bordes parecen estar fundidos y da la sensación de que algunas partes van a deshacerse sobre los guantes que la sostienen.

—Y he visto un zorro ártico en condiciones similares. —Consulta su UTP y añade—: La toxicidad es alta. Espero que los filtros aguanten, pero tenemos que llegar pronto a un refugio. La cueva no nos protegerá de esto.

—¿Cómo lo sabes?

—No he llegado a ser saqueador lunar por un puñado de músculos bien puestos.

—¿Y crees que es mejor arriesgarnos y exponernos sin saber si los filtros aguantarán? —pregunto ignorando su comentario deliberadamente, aunque mis ojos no lo han hecho.

—No tenemos otra opción.

Lo dice con voz firme, sin atisbo de miedo, aunque sí parece confundido.

—¿Qué se supone que dice vuestro manual sobre esto?

—Esto no sale en el manual. Vamos.

No pongo objeción. Tenemos que llegar al refugio que marca su UTP.

Cuando llevamos unos cinco minutos caminando mi traje empieza a emitir unos pitidos estridentes.

Veo la espalda del saqueador frente a mí, emborronada por esta niebla densa.

Cae en suspensión sobre nuestros trajes y mi panel marca que los filtros están sufriendo con el veneno que irradia el aire.

Aprieto los dientes y él acelera el paso. De pronto se detiene y choco contra su espalda. Me sujeta en un acto reflejo, volviéndose a toda prisa y pegando su casco al mío.

—Tenemos que darnos prisa.

—No creo que mi traje aguante —digo con un hilo de voz.

Él no contesta y mira hacia la derecha. Vuelvo los ojos en esa dirección y el corazón se salta varios latidos en mi pecho.

Entre la niebla y la bruma oscura que nos rodea, gracias a la luz nocturna del traje, veo unas siluetas.

Grandes como osos, caminan a cuatro patas muy despacio.

A ratos brillan y, en otros momentos, se mimetizan por completo con la niebla.

Por eso me ha costado verlos al principio.

Nil pone una mano en mi visor y me gira la cabeza hacia él.

Pulsa un botón en un lateral del casco y nos sumimos en la oscuridad cuando las luces de nuestros trajes se apagan.

—Confía en mí.

Por absurdo que parezca, sí confío en él, pero no se lo hago saber.

—¿Confiar en ti?

—O puedes confiar en los espectros de hielo. Tú decides.

La niebla se espesa cada vez más a nuestro alrededor.

—¿Tienes un plan?

Un pitido me responde antes de que lo haga él, avisando de que las reservas de su traje también están al límite. De repente se hace un silencio sepulcral que me eriza el vello de todo el cuerpo y siento los ojos de los animales sobre nosotros.

—¡Corre y por nada del mundo sueltes mi mano! —Me agarra con firmeza la mano izquierda y, sin darme tiempo de reaccionar, echa a correr llevándome con él.

Lucho contra mi propio miedo al sentir a los espectros tras nosotros. Mis piernas se quejan, forzadas a un estrés al que jamás han tenido que someterse, mas las obligo a continuar. El trayecto se me hace eterno.

Los rugidos a nuestra espalda se mezclan con el pitido insistente de mi traje que ya no tiene reservas.

En cuestión de minutos no podré respirar.

Ya noto la falta de aire. Los pulmones me arden y la garganta se me cierra por mucho que intente tragar el poco oxígeno que me queda.

Tropiezo, pero antes de que caiga el saqueador logra sostenerme entre sus brazos y tira de mí.

—Aguanta, Izz, estamos cerca.

Los pasos de los monstruos hacen temblar el suelo bajo nuestros pies. No vamos a conseguirlo. No vamos a llegar. La vista se me nubla e intento soltarme de su mano.

—Sálvate tú —jadeo rindiéndome.

El saqueador saca el arma y dispara varias veces a nuestra espalda, haciendo recular a los espectros, dándonos unos preciosos segundos.

—No voy a dejarte a merced de esas criaturas. No quiero perderte. —Continúa tirando de mí con fuerza y añade—: Pretendo llevarte viva ante el Alto Comisionado.

Sus últimas palabras diluyen las anteriores, que había llegado a creer, pero para él yo no soy más que su prisionera.

Al fin Nil se detiene, escribe un código en un panel y el refugio se abre para nosotros.

El impacto que se oye después en la puerta nos hace estremecer.

Se repite una y otra vez hasta que se detiene.

La sala de descompresión hace su trabajo.

Ha tardado en ponerse en marcha, imagino que por el tiempo que debe de llevar sin usarse.

Una luz anaranjada nos indica que el aire es estable.

Se activan los sistemas de limpieza y Nil se sitúa frente a mí, sobre una plataforma metálica cuadrada para enseñarme cómo se hace.

Extiende los brazos y unos chorros vaporosos le recorren todo el cuerpo de arriba abajo y luego otra vez hacia arriba.

Después de esta limpieza rápida, pasa a la siguiente sala donde se quita el traje.

Hago lo mismo que él, y la primera bocanada de aire que entra en mis pulmones me sabe a vida.

El miedo todavía me sacude y amenaza con paralizarme. Tomo aire despacio siendo consciente de la inhalación. El corazón me late deprisa, demasiado, hasta casi resultar doloroso, aunque eso sea imposible.