22 #2
Levanto la cabeza.
—No puedo arreglar los fallos que puedas tener si no te lo quitas.
Desvía la mirada, azorada.
—Pues tendrás que hacerlo.
—Venga ya. Ni siquiera voy a mirarte. Te lo puedes quitar y...
—He dicho que no.
Joder. No conseguiré hacerle cambiar de idea. Me mira, con los labios apretados. Las pecas dibujan constelaciones en sus mejillas, que bailotean cuando niega con la cabeza, como dando más énfasis a sus palabras.
No contesto. Me pongo la parte inferior del uniforme y anudo las mangas a mi cintura antes de acercarme despacio a ella con la aguja térmica.
Veo la duda en su rostro cuando da media vuelta hacia mí, pero no le estoy pidiendo permiso.
Un traje sin un buen mantenimiento puede representar la muerte ahí fuera.
Alzo una mano, la dejo suspendida unos segundos sobre el cierre del cuello.
Un cosquilleo agradable me recorre la palma.
—¿Qué vas a hacer? —susurra, tan cerca que el brillo plateado de sus ojos me parece irreal.
—Voy a necesitar acceso al panel torácico —le contesto bajando la voz.
Todo esto sería más fácil y menos incómodo si accediera a quitarse el traje y a dejarme trabajar en condiciones normales, pero no va a ceder.
Mis dedos siguen avanzando, rozan la junta y me sorprende el calor que desprende.
No debería estar tan cerca de su piel, pero lo estoy.
El traje vibra al detectar la manipulación y ella contiene el aliento.
Todos mis sentidos se ponen en alerta al imaginar que esa reacción se la he provocado yo.
Trabajo en silencio, deslizando mis dedos lo justo por su clavícula.
Sigo bajando. El sensor está a unos centímetros, cerca del latido de su corazón, que siento bajo la tela.
Lo noto acelerado y el mío repiquetea con fuerza.
Su cuerpo está contenido, atrapado, se mantiene rígida ante mi manipulación.
Las mejillas siguen encendidas, los labios apretados y sus ojos evitan mi mirada.
Me viene un aroma a frambuesa negra, a lirios frescos y vainilla.
¿Es ella o son los vapores de la cueva? El impulso de acercarme a comprobarlo hace que mi cabeza se mueva unos milímetros hacia delante en busca de su cuello.
Me detengo a tiempo, pero un pensamiento fugaz de mis labios en los suyos me hace desear saborearla.
«No debería desearla».
Es una rebelde. Mi prisionera. Y aun así escondo el anillo bajo la tela de la camiseta térmica. Carraspeo y me centro en lo que debo hacer.
—¿Te hago daño? —pregunto, al darme cuenta de cómo contiene el aliento.
—No. Sigue.
La urgencia en su voz. Esas palabras. Respiro hondo centrándome en lo que estoy haciendo.
El filtro está saturado y lo limpio con toda la delicadeza que soy capaz, deslizando la aguja térmica de purga por él.
No me tiembla el pulso, pero ella se tensa cada vez que la aguja entra en el filtro.
Mis nudillos rozan su esternón y el calor se extiende de su pecho a mi cuerpo, a medida que el utensilio purga el filtro.
—Este ya está. Gírate —le ordeno.
Lo hace de inmediato, sin apartarse de mí, de modo que su espalda queda muy cerca de mi pecho, su nuca expuesta a una respiración de distancia.
Y de nuevo ese maldito olor me invita a probarla.
Es ella, no me cabe ninguna duda. Deslizo la mano por su cintura, en busca del panel.
Este está tibio. Apoyo la palma de mi mano para estabilizarlo y ella jadea.
Deslizo la aguja por el segundo filtro sin mediar palabra y ella se arquea un poco hasta que nuestros cuerpos encajan por completo.
Lo suficiente para que deduzca que está sintiendo el calor de la limpieza.
Me aparto con brusquedad de sus caderas, luchando contra el instinto de hacer lo contrario.
Ella vuelve la cabeza para mirarme y por su expresión no soy el único que estoy sintiendo esta atracción que no debería existir.
Con todo el autocontrol que soy capaz de reunir, vuelvo a acortar la distancia entre nuestros cuerpos.
—No te muevas —susurro.
Tan cerca de su cuello que si me muevo un milímetro podría rozarla con los labios. La sostengo de la cadera, evitando que se mueva cuando sigo con el trabajo.
—¿Tienes que estar tan cerca? —Su voz quiere sonar firme, pero tiembla y suena como una caricia, una invitación a lo prohibido.
—No te habría tocado un pelo si hubieras accedido a quitarte el traje.
—¿Está muy mal?
—Está... al límite. —Y no sé si lo digo por mí o por los filtros.
Cuando termino, cierro el panel y ella se aparta deprisa, huyendo de mi contacto.
Me mira con la respiración acelerada. Pongo más distancia entre nosotros y reviso el ordenador de muñeca por si hubiera señales del centro de control.
Nada. Un temor frío me recorre las entrañas, porque, quizá, piensen que he muerto como el resto de mis compañeros.
—Filtros limpios y puesta a punto. Por cierto, he activado la función antivaho. Hora de irse, destructora.
El sonido insistente del viento al otro lado de la grieta de la entrada me sorprende. ¿Ha sido de repente o estaba tan concentrado en mi prisionera que no me había dado cuenta? Me acerco a la salida a comprobar la situación. Cristales recorren el exterior: otra tormenta de hielo seco.
—Será mejor que aprovechemos para descansar.
Me acomodo en un rincón de la cueva y guardo el kit de mantenimiento y el resto de utensilios que he dejado desperdigados por ahí. Doy un trago al bidón de agua y estoy a punto de ofrecerle cuando veo que ella ha tomado asiento a pocos metros de mí y está haciendo lo mismo.
—Me lo hice cuando perdí a mi hermano.
Ella alza la cabeza, confundida.
—El tatuaje. Era mi hermano mayor, él tenía uno igual.
Nacimos el mismo día, en el mismo mes, con seis años de diferencia.
Fue un saqueador lunar que nunca regresó.
—La miro esperando que diga algo, pero ella me escucha con una expresión melancólica—.
La muerte de Vik ha sido lo más duro a lo que me he tenido que enfrentar.
Aunque ahora tengo que sumar una nueva herida, una nueva batalla diaria a la que enfrentarme y que es posible que no llegue a ganar.
La de Vik aún la estoy librando sin éxito.
Parpadeo para contener las lágrimas, esperando que no se haya dado cuenta, y vuelvo a dirigir la vista hacia ella.
Un sutil gesto que logro discernir a pesar de los tres metros que nos separan: acaba de limpiarse una lágrima.
Ahora mismo puedo leer en ella como un libro abierto.
—¿Tú también has perdido a alguien? —Me sale como una pregunta, pero en realidad es una afirmación.
—Yo... Ella era... —Guarda silencio de repente. Endurece su expresión y desvía la mirada hacia la superficie de unos lagos antes de añadir—: No quiero hablar de ello.
Y vuelve a cerrarse para que nadie más la lea sin permiso. Aprovecho e intento contactar de nuevo con el teniente Stravic. El ordenador de muñeca esta vez sí da señal y espero unos segundos antes de que Stravic conteste.
—¿Saqueador Dilar?
—Teniente... —La voz muere en mis labios y el nudo por la pérdida se agolpa en mi garganta.
—¿Dónde están? He intentado contactar con ustedes sin éxito. No soy capaz de ver su posición.
—Estoy con la rebelde, pero...
¿... todo el equipo Centauri ha muerto? ¿Solo quedo yo? ¿Un coloso de hielo cuya existencia desconocíamos los ha devorado? ¿Cómo se informa de la muerte de todo un equipo?
Antes de que pueda encontrar la voz que he perdido, la comunicación se vuelve inestable y se corta. Pierdo la señal y, aunque hasta hace unos segundos el ordenador de muñeca me mostraba que era posible contactar, ahora se queda muerto.
Dirijo entonces la mirada a mi prisionera. A unos pasos de mí, seguro que, aunque finge lo contrario, ha escuchado mi breve conversación con el teniente.
Al ver que no hay nada más que podamos hacer aquí encerrados, rebusco en mi ordenador de muñeca la aplicación de lectura hasta dar con el libro que dejé a medias antes de que todo esto empezara.
Las páginas holográficas se despliegan ante mí y me llevan a otro lugar donde el hielo también es el protagonista, pero contiene magia y no muerte.