22
Nil
Ubicadas entre el mar de Lúmina y la cordillera de los Vientos Silentes, las Cavernas de Solvarka ofrecen atmósfera respirable y temperatura cálida estable.
Se permite la retirada del traje durante ciclos breves.
Las paredes emiten luz suave, sin interferencias.
No se han registrado pulsos ni distorsiones.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
Nos vamos acercando al lugar que marca el mapa, ya lejos del equipo Aquila, pues la tormenta nos ha alejado considerablemente unos de otros; pero no importa.
No sé qué clase de criatura me ha devorado, pero su olor me está mareando y solo deseo quitarme el traje de una vez.
Además, el visor me advierte de que los filtros necesitan limpieza urgente, de lo contrario dejarán de funcionar de forma correcta y corro el riesgo de asfixiarme por los fluidos del monstruo.
Por no hablar de que tengo que limpiar todas las sustancias que me cubren.
Dudo que los trajes estén preparados para permanecer durante un tiempo dentro del estómago de cualquier monstruo.
Al contrario de lo que pensaba, las Cavernas de Solvarka no parecen un refugio.
La entrada no es como una cueva, tal como había imaginado desde un inicio, sino como una hendidura irregular en la corteza helada, rodeada por columnas de vapor que ascienden en espirales lentas.
El terreno emite una vibración, similar a un pulso térmico: cada pocos segundos, una luz ámbar se filtra desde el subsuelo.
No hay ninguna señal, puerta o arco que delimite la entrada.
Solo la grieta que se abre hacia abajo, bordeada por líquenes fluorescentes que reaccionan al calor con destellos suaves.
Por un momento me quedo sin aliento. Me recuerda a los tesoros ocultos de los cuentos de lámparas enterradas, esos que revelaban su entrada solo a quien consideraban digno.
Un oasis en medio de un desierto. Y parece tocado por la magia, aunque sé que esto solo es física. Efectos devastadores de los fragmentos de luna cuando destruyeron el planeta.
Me adelanto y entro primero. El descenso es suave, y aunque no puedo sentir la temperatura, sé que es agradable.
Este lugar me invita a quitarme el traje.
Cuando estamos en el interior, la luz nos muestra lo que tenemos alrededor.
Agua con vapor sobre su superficie, dispuesta en lagos pequeños y medianos.
Brilla, como lo hacía el mar de Lúmina. En el manual ponía que se debe a que estas aguas son una filtración de este.
Miro de reojo hacia atrás, Izz tiene la mano estirada hacia una de las paredes negras y acaricia el líquen brillante sin decir nada, seguramente tan fascinada como lo estoy yo.
Abro mi ordenador de muñeca y compruebo la temperatura.
Veintisiete grados. Ochenta por ciento de humedad.
El aire no es tóxico. Así que me quito el traje sin pensar, lo dejo a un lado y me quedo con la ropa interior sin pudor alguno.
Incluso miro atrás, para ver si ella me está mirando. No lo hace.
Sonrío y dándole la espalda me quito las prendas que me quedan y avanzo hacia el lago más cercano. Meto un pie y me sorprende la calidez, la sensación agradable que me acoge cuando entro en el agua y se me escapa un gemido de satisfacción.
—¿No vas a meterte? —le pregunto acercándome al borde por el interior y poniendo sobre él los brazos cruzados.
Para mi sorpresa ella camina hacia mí. A esta distancia y con esta luz es fácil percibir las curvas de su cuerpo bajo el traje.
Tiene unas caderas redondeadas y su movimiento me deja embelesado unos segundos.
Se agacha cerca de mí, se quita los guantes y se retira el casco con un gesto.
Este desaparece, como si solo se tratara de un holograma.
Es una de las particularidades de los trajes especiales de saqueadores y una de las tecnologías más cotizadas que tienen incluso los modelos más antiguos.
El casco no se retira, ni siquiera se ve, sino que se repliega sobre sí mismo.
Me sorprende encontrarme con su rostro, tan cerca del mío.
Pestañas largas, ojos rasgados. Plateados como un cuchillo de luna.
Atisbo algunas pecas decorando sus mejillas y con esta luz me parecen un mar de estrellas sobre su nariz pequeña.
Está ruborizada y me pregunto con cierto placer si es por mí.
No me devuelve la sonrisa que le dedico, pero ladea la cabeza y extiende la mano gris hacia el agua.
Me pongo en alerta. Me aparto deprisa y la miro con desconfianza.
Por un momento he olvidado qué es. Y también que tiene poderes.
¿Y si puede acabar conmigo con alguna descarga o algo así?
Salgo del agua de un salto, dejando mi desnudez a la vista.
No pienso darle la espalda. Estoy bastante acostumbrado a que me vean desnudo.
En las prácticas eran muchas las veces que teníamos que cambiarnos delante de los compañeros independientemente de su sexo.
Me contempla con ese rubor que le da una belleza hipnótica. Sus ojos se detienen brevemente en el colgante de mi madre, donde cuelga el anillo de Alveron, que es lo único que queda en mi cuerpo. Está incómoda y traga saliva con dificultad.
—¿De qué tienes miedo, saqueador? —dice, sin embargo, manteniendo un tono neutro, aunque hay cierto temblor en su voz.
Saca la mano del agua, lo hace muy despacio y su mirada baja unos segundos hacia mi cuerpo desnudo.
Se muerde el labio. Es una milésima de segundo.
Su sonrisa desaparece, vuelve a tragar saliva y, aunque no hace ningún amago de sentirse atraída por mí, está tan roja que podría calentar ella sola la cueva entera.
Sin embargo, se esfuerza en mirarme con indiferencia, algo que me hace gracia.
Sus cejas se unen cuando su mirada se detiene en mi pecho.
El tatuaje.
—¿Qué significa? —pregunta, levantándose y alejándose unos pasos.
Vuelvo a meterme en el agua en silencio y disfruto por primera vez en mi vida de lo que significa darse un baño. En realidad, si quisiera hacerme daño, ya habría tenido oportunidad.
Los recuerdos me duelen. La memoria de Vik me obliga a coger aire despacio.
Contengo las lágrimas. Aprieto los labios y sumerjo la cabeza entera bajo el agua.
Aprieto los párpados y viene a mi cabeza la imagen de Vik caminando por el Desierto Polar.
Pero en mi imaginación su voz se convierte en un grito.
En una súplica. Y su cuerpo es despedazado por un carnívoro de la tundra.
Emerjo del agua con la respiración acelerada y decido que ya es el momento de salir. Camino hacia ella mientras las gotas resbalan por mi cuerpo. Me seco lo suficiente como para ponerme la ropa interior: una camiseta y un pantalón muy corto.
Saco el kit de mantenimiento del traje —indispensable para conservar los filtros limpios— y lavo el traje. Una vez retiro todas las tripas del carnívoro, busco la aguja térmica para limpiar los filtros.
Todos los equipos de saqueadores tienen en sus trajes una. Es necesario que, tras ciertas circunstancias, se revisen filtros y equipamiento para que el uniforme siga siendo funcional. Es un trabajo minucioso al que estoy acostumbrado y no me cuesta demasiado dejarlo preparado para su uso.
Izz está a unos metros sentada con la espalda apoyada en una pared. No me presta atención, porque está concentrada en un holograma frente a ella. Un tablero de ajedrez.
—¿En serio estás jugando al ajedrez en tu ordenador de muñeca?
—¿Mi qué? ¿El UTP?
—Sí, eso.
—Me ayuda a concentrarme.
—La verdad es que te pega.
—¿Me pega? —Me mira extrañada, pero enseguida vuelve la mirada cuando la inteligencia artificial hace su movimiento.
—Sí, ¿no te lo han dicho nunca? Tienes ese aire elegante. Te pega jugar al ajedrez.
Aprieta los labios y mueve un alfil sin responder.
—¿Naciste en Hespéria o...? —tanteo, sin dejar de observar la partida.
—¿Y a ti qué te importa? —masculla, perdiendo la concentración un instante y perdiendo una pieza.
—Simple curiosidad. —Me encojo de hombros, restándole importancia.
Me sorprende comprobar que lo del ajedrez es lo primero que sé de ella.
No lo ha dicho con ironía, ni con condescendencia.
Lo dice de verdad. Izz continúa con la partida con determinación, hasta poner en jaque a su contrincante.
Su expresión se vuelve implacable, como la de una princesa justo antes de romper el hechizo.
Cuando gana, su sonrisa no tiene nada de altiva ni de desafiante.
Es simple, limpia, casi tímida. Y eso me golpea más fuerte.
Hay algo en ella que la vuelve peligrosamente sexy .
Posee un atractivo que no pretende nada y, quizá por eso, lo consigue todo.
Me aclaro la garganta cuando cierra el holograma y nuestras miradas se encuentran con una intimidad inesperada. Es ella la que rompe la magia incorporándose y dándome la espalda. Lo que me recuerda que debo curarle el brazo y revisar su traje.
—Déjame ver esa herida.
—No es necesario.
—No te lo estaba pidiendo.
—Estoy bien, solo ha sido un rasguño.
Su testarudez me molesta y chasqueo la lengua con disgusto.
—No voy a salir ahí fuera de nuevo sin revisarte eso.
Ella se sube la manga de mala gana y se deja hacer.
La herida está mucho mejor de lo que estaba cuando la vi.
Aunque esto no es lo más extraño. La piel es gris y el tacto me recuerda a un fragmento lunar.
Duro, frío e indomable. Me muerdo la lengua conteniendo la pregunta que hace lo imposible por escapar de mi boca.
¿Por qué tiene un brazo gris? ¿Quién es?
—Está mejor de lo que esperaba —musito extrañado.
—Ya te lo he dicho. —Se zafa de mi agarre y da un paso hacia atrás.
Se baja la manga ocultando la herida y se dispone a apartarse cuando la detengo.
—No hemos terminado. Deberías quitarte el traje y dejar que revise tus filtros. Tras una tormenta de hielo seco como la que hemos vivido...
—No pienso quitarme el traje —responde ella con firmeza—. Hazlo así.