21
Izz
Los carnívoros de la tundra actúan en soledad.
La boca de estos individuos se ha ampliado debido a mutaciones desmedidas en la mandíbula y los dientes han crecido como colmillos irregulares.
Su sistema digestivo se ha modificado para absorber calor de los cuerpos ajenos, obligándolos a consumir organismos vivos para evitar congelarse y subsistir.
Al igual que las serpientes de antaño, pueden tener en su interior presas de gran tamaño durante meses.
Entre sus características principales está su olor, similar al de la carne en descomposición.
El olor me llega a través del filtro del traje y me hace tragar saliva, mientras el estómago se me revuelve.
Aprieto los dientes, frustrada, y observo a la criatura que tengo frente a mí.
Lo que he leído de estas bestias me pareció terrible en su momento, pero lo que tengo frente a mí...
es grotesco. Tanto que dudo de si puede ser real o solo un producto de mi imaginación.
Ojos crueles, inyectados en sangre. Una cabeza demasiado grande en la que destacan sus fauces, de las que asoman dientes afilados como cuchillos.
El cuerpo, largo, oscuro, recubierto de una sustancia quitinosa que se expande con cada respiración, emitiendo brillos iridiscentes.
Las extremidades superiores son largas, mientras que las piernas son cortas y gruesas.
Es bípedo, pero alterna desplazamientos en posición cuadrúpeda, como un simio.
Y, sobre todo, lo que me hace estremecer es el movimiento sinuoso de su lengua negra, recorriendo sus dientes y las comisuras de su boca.
Mi instinto me grita que corra. Tengo que recordarme que mi vida no peligra, no cuando ya tiene una presa de la que alimentarse durante unas semanas.
El saqueador no es especialmente corpulento, pero esos hombros anchos auguran una buena musculatura que seguro que le servirá a la bestia para calentarse algún tiempo.
Sin embargo, antes siquiera de pensarlo, sé que esto no está bien.
¿Pretendo dar media vuelta y dejar a Nil dentro del carnívoro de la tundra sin más?
Debería hacerlo. De hecho, es una oportunidad excelente para librarme de él de una vez por todas.
No obstante, no estoy preparada para enfrentarme a bestias como estas.
Pensaba que sí, pero el corazón me martillea amenazando con explotar y un sudor frío recubre mi cuerpo.
«Odio admitirlo, pero le necesito».
El carnívoro se tambalea un poco y avanza hacia mi posición. Siento el vínculo particular entre nosotros, aunque su mente está muy lejos de parecerse a la mía.
—¿Qué eres? —pregunto en un arrebato—. ¿Quién eras?
—¿Se puede saber qué cojones está pasando?
Vale. Abandonarle es una cosa. Abandonarle cuando la conexión entre nuestros trajes todavía se mantiene es otra muy diferente. Pongo los ojos en blanco. Ni dentro de un maldito monstruo es capaz de mantenerse callado y ponerme las cosas fáciles.
—Tranquilo, saqueadorucho, ahora te saco de ahí. —Me obligo a sonar segura, pero hasta yo misma me percato del temblor en mi voz, pues no sé cómo voy a hacerlo.
Y, en ese momento, la criatura chilla y el olor de carne podrida se vuelve ahumado. Un rayo de láser lunar atraviesa la boca del monstruo y está a punto de darme.
—Por todas las auroras, estate quietecito —le digo de mala gana—. Casi me das.
—¿Vas a ayudarme, destructora ?
Ignoro el matiz irónico en su voz. Su tono es suave, como acostumbra a usar cuando quiere irritarme, y no parece muy consciente de que en breve puede estar empezando a ser quemado vivo, literalmente.
—Si la respuesta es sí, deberías darte prisa.
Ahora sí siento su miedo. Y no es que lo oiga en su voz, que es tan firme como siempre, sino que lo sé, gracias a los sentidos amplificados de los que él carece.
Percibo cierta energía que emana del carnívoro y mi cuerpo parece abierto a recibirla.
Me pregunto si es otra habilidad que aún no he explorado, pero no me detengo a pensarlo y actúo según lo que siento: que puedo atraer esa energía hacia mí y canalizarla, tal vez como un ataque.
No pierdo nada por probar, puede facilitarme las cosas.
Sin embargo, cuando noto la energía en mi interior y estiro el brazo izquierdo para atacar, el poder se descontrola.
En lugar de salir expulsada, la energía se arremolina dentro de mi brazo, presionando, quemando.
Los músculos se tensan sin que pueda detenerlos y un dolor seco me recorre hasta el hombro.
Intento dirigir la energía, pero la descarga se libera de forma errática, golpeando el suelo con un estallido violento que me obliga a retroceder.
También al monstruo. Cuando el flujo por fin se corta, mi brazo queda temblando y tengo que moverlo para estabilizarlo.
Permanezco en silencio unos segundos, valorando la situación, mientras preparo el cuchillo y el monstruo se aparta perezosamente de mí. No me ataca y no entiendo bien por qué. Aunque por lo que sé de estos monstruos no son agresivos de por sí, sino que...
Tendré que ser rápida si quiero que esto salga bien.
—¿Sigues ahí?
Y ahora, aunque no tuviera mi poder, cualquiera podría notar la ansiedad en la voz del saqueador. Vuelve a disparar con el láser, pero es inútil. El monstruo aprieta las fauces y él grita.
Con todo el valor que soy capaz de reunir, cojo al monstruo con mi brazo mutado, él se gira y sus ojos se concentran en los míos.
Si un día este bicho fue humano, no queda nada en esa mirada, sin embargo...
Me tiembla el pulso cuando alzo mi otra mano y le corto sin miramientos de arriba abajo, conteniendo las náuseas.
La carne de su interior sangra. El líquido es rojo y se congela prácticamente al instante.
El animal grita y abre y cierra las fauces, lanzando dentelladas a su alrededor.
Una de ellas me alcanza en el brazo izquierdo y el traje se abre dejando a la vista la piel gris que hay debajo.
No me detengo a comprobar los daños, pues la lengua se mueve como un látigo y tengo que esquivar sus movimientos, sin embargo, no puedo evitar que parte de su bilis me salpique el traje, mezclándose con la sangre y parte de las entrañas de la bestia, de las que sale Nil, abriendo por completo al carnívoro.
Tose y se aparta del monstruo hecho una masa pringosa de un color indeterminado entre el rojo, el verde y el amarillo.
El carnívoro de la tundra avanza a rastras, aunque en su estado sería casi imposible que consiguiera mantenerse en pie. No mira a Nil, solo me observa a mí, y su rabia late en mi interior. El pulso se me sube a la garganta, y en ese momento estalla.
Nil ha disparado una. Dos. Tres veces.
Después de eso baja el arma y me mira.
—Vamos a dejarnos de juegos ridículos y hablemos en serio.
Su tono es tan seco y autoritario que por un momento me quedo sin habla. No me apunta, no piensa dispararme, le he observado suficiente como para saber que mi vida no peligra a su lado.
—No sé si estás en el mejor momento para tratar temas serios.
—¿Cómo cojones sabías qué era esa cosa?
—Tú eres el saqueador. —Alzo las manos con fingida inocencia—. Deberías saberlo.
—No me vengas con esas. Es el segundo bicho que veo que no estaba registrado en ningún manual y...
—Y por lo tanto, según tus normas, debes ignorarlo, ¿no?
—No menciones el Manual del Saqueador Lunar . Lo conozco bien. ¿Quién eres? ¿Y por qué tienes información de la que yo no dispongo?
—Porque soy una rebelde —digo con naturalidad—. Y vemos lo que otros se esfuerzan tanto en ocultar.
La desconfianza endurece sus movimientos. Enfunda el arma, después de limpiarla en la nieve, y resopla con disgusto.
—¡Esa cosa me ha tragado vivo!
—Tal y como te advertí.
Se me escapa una carcajada, algo que le enfurece más. Ha sido una carcajada nerviosa por la situación que acabamos de vivir y por el hecho de que estemos todavía vivos, en especial él.
—No todo os lo enseñan en la academia —puntualizo alzando una ceja.
—Y tú, sin embargo, sabes cosas que no se enseñan en la academia. —Señala los restos del carnívoro de la tundra—. No eres solo una rebelde, ¿verdad?
—Con un «gracias, Izz» es suficiente. —Me limito a cambiar de tema con la esperanza de que lo deje estar.
—¿Gracias? Sé que el Desierto Polar es impredecible. Estudiamos lo que puede y no puede pasar, aunque siendo conscientes de que no podemos saber todos los secretos que las zonas extremas esconden. Pero esto es diferente. Tú lo sabías y no estaba previsto.
—Tampoco que salieras vivo.
Y, curiosamente, algo embriagador se ha apoderado de mí desde que he visto que salía de las tripas sano y salvo.
—Y ya por eso te crees que...
Se detiene de repente. Sus ojos se han posado en mi brazo izquierdo y cuando dirijo mi mirada al mismo lugar recuerdo la herida. Y veo además la piel gris que el traje ocultaba. Nil se acerca con un par de zancadas y me coge el antebrazo con una firmeza delicada. Trago saliva.
—Estás herida —susurra acercándose tanto a mí que siento el impulso de apartarme, pero no lo hago.
Me quedo muy quieta observando la forma de su rostro, las arruguitas de preocupación que se forman alrededor de sus ojos mientras estudia la dentellada, y tengo que hacer un gran esfuerzo por recordarme que si se preocupa es porque soy su prisionera .
Su trofeo . Y ese es el impulso que necesito para dar un paso atrás y zafarme de su agarre.
—No es nada —digo con brusquedad.
—Izz, tienes el traje rasgado y... —Su preocupación se convierte en alarma, se da cuenta de que el frío extremo parece no afectar a mi extremidad.
—Hueles a culo de morsa —le interrumpo.
Se aparta de mí rompiendo esa magia que nos envolvía hace unos segundos y casi me arrepiento de mis palabras.
—¿Alguna vez has olido un culo de morsa, destructora?
—Ladeo la cabeza sin añadir nada—. Ven, hay unas cuevas termales cerca de un refugio a un kilómetro al norte, más o menos.
Tenemos que curarte y restaurar el traje.
—Saca lo que me parece un trozo de tela de uno de sus bolsillos y da varios pasos hasta que quedo a su alcance—. Esto servirá mientras tanto.
Es un parche de tela de carbono que suelen llevar los nuevos trajes de saqueador lunar —ya que el mío carece de ello— por si sus uniformes resultan dañados.
—No es necesario. Démonos prisa.
En vista de que el frío gélido no afecta a mi brazo mutado, es mejor que guarde ese parche para él. Es posible que lo necesite más adelante.
Nil retoma la marcha aceptando mis palabras y guardando de nuevo el trozo de tela. Respira de forma más trabajosa e imagino que esos fluidos que le recubren no solo le hacen apestar, sino que pueden estropear el material de su traje, y sin este en el Desierto Polar no viviría demasiado.
Mis sospechas se confirman cuando un pitido nos informa a ambos de que su uniforme necesita una revisión urgente, y me pregunto si llegaremos a tiempo o me veré esta vez de verdad en el dilema de compartir con él el oxígeno y poner mi vida en peligro o dejarle atrás definitivamente.